Capítulo 41 - Solo un hombre #3
—No me hables tú de normas —sisea el Águila, y todos los pelos de mi cuerpo reaccionan poniéndose tiesos.
Por el rabillo del ojo veo a Isa santiguarse y a Jenna quedarse lívida.
Meredith sonríe de oreja a oreja—. Tú has quebrantado dos leyes sagradas.
No eres inocente, humano. Ni siquiera los tengus matamos a otros tengus.
Si un tengu es condenado a muerte, lo llevamos ante los monjes Yamabushi [9] que conviven con nosotros en el Monte Kurama y ellos llevan a cabo la voluntad de los dioses.
Solo ellos pueden empuñar la daga de Izanami.
Solo ellos pueden arrebatarle la inmortalidad a uno de los nuestros en nombre de la diosa y después matarlo; cosa que hacen inmediatamente para que no tengamos que sufrir presenciando la pérdida de nuestras alas.
Has robado una reliquia sagrada y la has mancillado con tus manos.
Has impartido un castigo que no te correspondía a ti decidir ni ejecutar, sino a los dioses.
No eres inocente —dice esas tres últimas palabras muy despacio.
Traducción: a Sõjõbõ le importa tres leches fritas que Ethan nos haya hecho daño a todos los presentes; solo le preocupa que haya robado un cuchillito y lo haya usado sin su permiso.
Desde luego ese señor tiene que hacer un cursillo de repaso sobre la ética y la moral porque las tiene un poco oxidadas.
Ethan abre la boca para replicar, pero de sus labios solo escapa el sonido de una tetera hirviendo. Un pitido sibilante y agudo que es bruscamente interrumpido por un crujido seco cuando el fuerte puño de Sõjõbõ le parte el cuello con la misma facilidad que si fuese una ramita.
Los dedos del Águila se abren y el cuerpo cae a plomo, quedando desmadejado y laxo sobre la tierra. Y así, sin más, Ethan ya no está. Ya no es. La pesadilla se ha acabado del todo.
La araña ha caído presa de su propia red. Ha pensado que podría salirse nuevamente con la suya, que volvería a ser el más listo de la sala, y le ha salido el tiro por la culata y a lo grande.
A lo mejor debería estar más alterada. Acaban de matar a alguien delante de mí. Sin embargo, siento el pecho extrañamente hueco y una lágrima solitaria es todo lo que producen mis ojos. Y desde luego no es una lágrima de pena.
Es una gota agridulce más que salada porque, aunque el terror haya acabado para siempre, antes de irse, ese cabrón se ha encargado de joder de lo lindo a prácticamente todas las personas que más quiero en este mundo.
—¿Estás bien? —me pregunta Karasuhito. Una arruga de preocupación estropea su entrecejo.
Lo abrazo fuerte. No busco consuelo, solo quiero agradecerle que incluso en una situación así y después de todo lo que le ha pasado, me siga poniendo a mí por delante de todo.
—Estaré perfectamente en cuanto nos larguemos de aquí —asevero—. ¿Cómo estáis vosotras? —Me giro hacia las chicas.
—Deberíamos ir a un hospital, aunque no sé cómo vamos a explicar todo esto —comenta Isa con el gesto descompuesto.
—¿Y si decimos la verdad? —sugiere Jenna, y todas la miramos, espantadas—. Me refiero a parte de la verdad. Que hemos tenido un accidente con el coche y ya.
—¿Y qué pasa con él? —Meredith señala a Karasuhito—. Él también está herido, ahora es humano y necesita un médico, pero en teoría no existe en este país.
«Ni en ningún lado», me lamento.
—Yo puedo ocuparme de sus heridas —se ofrece Isa—. Lo que me preocupa es eso otro. —Señala hacia el cadáver y el demonio pájaro.
Sé a lo que se refiere. Si hay un muerto, habrá una investigación y es imposible que la policía se trague que Ethan viajaba con nosotras después de los mil intentos de denunciarlo que yo hice en su día.
Y tampoco parece muy creíble que, de cinco pasajeros, cuatro resulten levemente heridas y uno, el que le cae mal a todo el mundo, acabe con el cuello partido en un ángulo de noventa grados.
—¿Y si lo dejamos tirado por ahí y que se lo coman los bichos? —propongo, tragándome el asco que esa imagen mental despierta en mí.
—No creo que eso… —empieza Isa, pero dejo de escucharla cuando siento un movimiento a mi espalda.
Me giro y veo a Karasuhito desplazándose por el suelo con los ojos fijos en un punto. Un punto con alas blancas que se acerca a nosotros.
Al intentar moverme yo también, él me detiene con una mano y niega mientras se incorpora y se aleja renqueante para ir al encuentro de Sõjõbõ.
Los nervios culebrean por mi estómago y no comprendo el motivo. El Águila ha matado a Ethan, se supone que ahora está de nuestro lado, ¿no?
—¿Qué vas a hacer ahora, Sõjõbõ? —inquiere Karasuhito.
—Tengo que acabar lo que he venido a hacer —responde el tengu con voz monocorde, haciendo que todo mi mundo se desmorone de nuevo.
«No. No, no. Triple no. La pesadilla se ha acabado. ¡Se ha acabado! ¡Déjanos en paz!», chillo dentro de mi cabeza, porque mis labios parecen cosidos con hilos de hierro.
—Lamento lo que te ha ocurrido, Karasuhito —continúa el Águila—, porque es una deshonra que haya sido un humano impío el que te lo ha arrebatado todo; sin embargo, eso no cambia el hecho de que has violado nuestras leyes y debes recibir el castigo que mereces.
—La tormenta más devastadora de la historia se desata en mi alma—.
Supongo que ya no es necesario llevarte a casa, podemos acabar con todo ahora y ahorrarte el sufrimiento y la vergüenza de vivir más tiempo convertido en una sombra de ti mismo.
—Alza las garras al cielo y apunta al pecho en el que habita el corazón más cálido que he conocido nunca.
La tormenta se convierte en un tifón y los relámpagos llenan mi cuerpo de electricidad. Mis músculos responden. No sé ni cómo, me pongo en pie y corro. El dolor del gemelo es una ínfima gota perdida en medio del aguacero de mi corazón.
Me arrojo delante de Karasuhito y me engancho a su pecho en el mismo instante en que la garra de Sõjõbõ emprende su descenso.
El tiempo se ralentiza. Un corazón fuera de mi pecho martillea mi esternón con más fuerza que el mío propio. Mis ojos se cierran en anticipación al estallido de dolor que espero sentir en cualquier momento en la espalda.
—Apártate —me ordena el jefe de los tengus.
Estoy jadeando a causa del pánico y del esfuerzo que he hecho para llegar aquí a tiempo. Sudo. Mi estómago parece el tambor de una lavadora. Mi corazón va enloquecido al galope. Tengo la boca seca. Y veo confeti de colores cayendo del cielo. Y a pesar de todo eso, mi voz logra mantenerse firme.
—No.
—Kaya, por favor —me suplica Karasuhito, intentando empujarme. Estoy tan enredada con él que no puede moverme ni un milímetro—. No puedo permitir que te haga daño…
—Pues ya somos dos —replico, y mirando a Sõjõbõ por encima de mi hombro, añado—: Los tengus no matáis a gente inocente.
Sus ojos dorados ondean mecidos por la confusión.
—Así es.
—¿Me consideras culpable de algo?
Su confusión va en aumento.
—No —me responde, tras un segundo que me ha parecido un siglo.
—Bien. Pues que sepas que para llegar hasta él, vas a tener que quitarme del medio a mí. Una persona inocente. Para impartir tu castigo de mierda, vas a tener que romper tus normas y matarme.
—Kaya. —La voz de Karasuhito es angustia hecha sonido, pero lo ignoro porque vive Dios que yo soy la persona más angustiada en este jodido bosque, país, continente y hemisferio.
—Mientras siga respirando, no pienso soltarlo —prosigo desafiante—. Así que dime, ¿qué vas a hacer, Sõjõbõ? ¿Vas a matar a una persona inocente?
—A dos. —Isa se coloca por delante de mí con los brazos cruzados y la barbilla alzada.
—Que sean tres. —Jenna le pasa un brazo por los hombros, no sé si en señal de apoyo o porque no puede mantenerse en pie sola.
—No es que esto sea el mejor plan del mundo… —rezonga Meredith—. Pero sigue siendo mejor que el puto bar de cowboys. Así que, que sean cuatro. —Se detiene al otro lado de Isa, mientras Jenna se ríe.
Son unas memas. Pero son mis memas. Y las quiero muchísimo. Y también las odio porque he acabado llorando otra vez por su culpa.
—Por favor —implora Karasuhito—. No hagáis esto. Vuestras vidas…
—Nuestras vidas son nuestras, encanto. —Meredith nos mira de soslayo y sonríe—. Y hacemos lo que queremos con ellas.
—Y lo que queremos hacer es cuidar y proteger a nuestra familia —añade Isa.
—También queremos comer chocolate y no engordar —se ríe Jenna—, aunque por el momento nos conformamos con lo que ha dicho Isa.
—Tú mismo lo has dicho antes, Karasuhito —intervengo yo—. Somos tu familia. Para mí, para nosotras, tu vida vale tanto como las nuestras para ti; así que nada de lo que hagas o digas va a hacernos cambiar de idea. Acéptalo. Y tú también —me dirijo a Sõjõbõ.
—Estáis siendo unas necias —resopla el Águila.
—Sin faltar, macizo. —Jenna le apunta con un dedo.
—No me hace falta mataros para quitaros del medio. ¿Tantas ganas tenéis de que os haga daño otra vez? Porque os aseguro que no quiero; sin embargo, si no me dejáis más remedio, lo haré.
—¿De verdad no puedes dejar estar las cosas, joder?
—estallo—. ¿Es que no lo hemos pasado todos ya lo suficientemente mal?
Además, Karasuhito no me corrompió, no me separó de nadie y sí, amenazó a Ethan y lo vapuleó un poco, pero porque ese loco me agredió.
El hombre al que quieres castigar me salvó.
Hizo su trabajo. Me ha estado cuidando y no tienes nada que reprocharle o echarle en cara.
—No te metas en lo que no comprendes, chiquilla.
—¡¿Quieres dejar de llamarme así?! ¿Y se puede saber cuántos años tienes tú?
—Mil cuatrocientos cuarenta y dos.
—Santo paté de aceitunas —murmura Isa, y la entiendo, yo también me acabo de quedar tiesa.
—Va… Vale… Llámame como te dé la gana… —murmuro.