Capítulo 41 - Solo un hombre #2
—Karasuhito, las veces que más me has ayudado no has necesitado tu fuerza. Para protegerme solo has necesitado tus abrazos, tu cariño y tu cabeza hueca. De lo que verdaderamente me has salvado es de mis propios miedos e inseguridades. Y puedes seguir haciéndolo.
Veo un pequeño amanecer en sus ojos y eso me anima a seguir siendo una jodida intensita y una cursi de la leche a pesar de la vergüenza que estoy pasando; porque sí, resulta que finalmente sí me he contagiado de algo.
Tengo una ETR. Una enfermedad de transmisión romántica. Karasuhito me ha pegado su intensidad.
Pero me da igual convertirme en la mujer más moñas del planeta si así consigo que este bobo sonría otra vez.
—Mientras sigas vivo, mientras estés a mi lado y me regales cada día tus sonrisas, tu dulzura, tu espontaneidad, tus atenciones y tus locuras, seguirás siendo mi guardián, el guardián de mi corazón.
—«En serio, me estoy dando diabetes a mí misma».
Dudo si añadir lo que tengo en la cabeza, pero ya total, de perdidos al río—.
Y siendo totalmente honesta, una parte de mí se alegra de que ahora seas mortal.
Me alegra saber que no voy a volver a dejarte solo otros seiscientos años y…
también me alegra mucho saber que no voy a ser la única de esta relación que envejezca y se arrugue como un melocotón pasado.
Se le escapa una risa y de pronto el mundo parece menos oscuro.
—A veces dices unas cosas muy raras e inapropiadas —sonríe.
—No es solo a veces, pero gracias por suavizarlo.
—Envuelvo su rostro con mis manos—. Si estás triste por lo que has perdido, lo entiendo, te daré tiempo y lo superaremos juntos.
Sin embargo, si lo que te preocupa es que mi opinión de ti vaya a cambiar, olvídate de eso.
Te quiero con tus rarezas, tus palabras inventadas y tus malditos estropajos.
A ti. A mi lado. Siempre. No necesito nada más para ser feliz.
«Spoiler: eso es… mentira cochina». También necesito cantidades industriales de desinfectante de manos para ser feliz, aunque eso me lo callo para no cargarme el momento.
—Gracias, Kaya.
Su sonrisa es un faro en medio de la niebla más densa, una llamada silenciosa a mis labios que van al encuentro de los suyos. Al principio es un poco… raro. No desagradable, solo raro porque es igual que besar a otra persona.
Sus labios están calientes, su aliento no deja notas ahumadas a su paso por mi lengua y no siento el suave roce de sus colmillos en la sensible piel de la zona interior del labio; sin embargo, la forma en la que adora mi boca, las caricias de su lengua y ese suave ronroneo que se le escapa sí son igual que siempre.
Es Karasuhito. No el Cuervo, solo Karasuhito, y no me parece mal.
—Qué romántico —suspira Isa de fondo.
—Qué de lengua. —Esa es Jenna.
—Qué asquerosidad.
Mi cuerpo se congela porque esa no es Meredith. Al parecer, el mojón con ojos no nos ha hecho a todos el favor de morirse de una vez.
Me separo de Karasuhito y miro por encima de su hombro. Sí, Ethan se ha puesto en pie y contempla la escena con el rostro desencajado por la rabia.
—Cada día das más asco, Kaya. Eso es casi como besar a un perro —me escupe las palabras.
Un gruñido grave retumba por el aire a la vez que las plumas blancas y doradas de Sõjõbõ se erizan. No le ha hecho mucha gracia el comentario.
—Te recuerdo que también te besaba a ti y eso es casi como besar un inodoro público —sonrío.
Meredith suelta una carcajada ronca y al segundo se lleva la mano a dos sitios diferentes de su cuerpo, claramente arrepentida. Su conato de risa solo aviva la cólera de Ethan.
—Zorra.
—Psicópata.
—Hija de…
—¡¡Basta!! —truena el Águila, y por poco me hago pis encima del susto.
Por suerte, me ignora y centra su ira en Ethan.
Con otro poco más de suerte, él sí se habrá meado en los pantalones—.
Si ya has recuperado la capacidad de hablar, dime de dónde has sacado la daga de Izanami.
Es un objeto sagrado, no debería estar en tu poder, humano.
Ethan se encoge de hombros.
—Fue un suvenir que compré en Japón, nada más.
—Esta daga se guarda en un santuario protegido, es imposible que la compraras. La has robado. Y si tenías la daga, no necesitabas rogar por protección —le increpa Sõjõbõ.
—Conseguí la daga más tarde, me la vendió una chica durante una excursión —se justifica Ethan con tono inocente—.
Y tampoco sabía lo que era. Simplemente la compré porque me pareció bonita y la he llevado encima desde entonces por precaución.
Tenía mucho miedo. No iba a ir por ahí totalmente desprotegido.
—Mentira —respondemos a la vez las chicas y yo.
—No te creas ni una palabra de lo que te está diciendo —añado, mirando al tengu—.
Lo conozco bien. Este era su plan desde el principio, usarte para acabar con Karasuhito y, si no podías hacerlo, usarte como distracción para hacerlo él.
Y ya que estamos, el resto de las milongas que te ha contado también son mentira.
Hace casi dos años que no estamos juntos y rompí con él porque me pegó.
—Te caíste sola después de tropezarte y golpearte con la pared —me corrige el muy cerdo con total desvergüenza.
—No eres Pinocho, Ethan —suelta Jenna—. No te va a crecer más el pirulí por contar más trolas, así que déjalo de una vez.
—¿Qué es un pochocho? —me susurra Karasuhito.
Me tengo que tapar la boca corriendo para no soltar una carcajada. A Isa se le escapa una especie de ronquido y Meredith se vuelve a reír, aunque se arrepiente enseguida y suelta una palabrota bastante gorda.
—No estoy mintiendo —asevera Ethan.
—Teníamos un pacto, humano —interviene el Águila con voz grave y amenazadora—. Tú me llevabas ante mi karasu-tengu fugado y yo te protegía de él. No tenías por qué temer nada y no necesitabas un arma porque me tenías a mí.
El miedo asoma a los ojos claros de Ethan cuando Sõjõbõ da un paso en su dirección. Algo se ha roto en su relación y todos podemos percibirlo.
—Yo creo que sí la necesitaba —contraataca don Pinocho—.
Solo hay que ver lo que le ha pasado a mi brazo izquierdo.
Aun estando tú aquí, ese loco se las ha arreglado para rompérmelo.
Y podría haber sido peor. —Su tono se eleva y se vuelve más agudo, se está metiendo en uno de sus papeles favoritos: el de víctima—.
He hecho bien en buscar un modo de protegerme a mí mismo, de lo contrario, solo Dios sabe lo que podría haberme sucedido.
Y si tú hubieses hecho mejor tu trabajo…
Los ojos del Águila se convierten en dos finas rendijas por las que se desborda una luz dorada que amenaza con abrasar el mundo.
—Karasuhito ha dejado de pelear conmigo y se ha centrado en ti porque has decidido hacerle daño a esa chiquilla —le interrumpe, a la vez que me señala.
«Y dale». No me gusta que el vejestorio me llame así, pero como ahora mismo me está dando un miedo que te cagas , prefiero no abrir mi boquita a no ser que sea para algún asunto de vida o muerte como, no sé, insultar a Ethan.
—¿Pretendes darme lecciones de moral? —se ríe el puerco mentiroso—. Te recuerdo que tú las has herido a todas al sacarlas de la carretera y luego has torturado a dos de ellas.
—Mis acciones tenían un fin, lograr que Karasuhito viniese aquí —se justifica el Águila, de un modo bastante lamentable, si se me permite el añadido—. Y lo he logrado. Ya no había necesidad de hacerles más daño y tú se lo has hecho.
—Porque es un puto loco y un sádico, ya te lo hemos dicho —le recrimina Meredith a Sõjõbõ.
Él la ignora, solo tiene ojos para Ethan y casi que me alegro.
—Estabas ocupado con tu pelea y no lo has visto, pero Kaya me ha vuelto a atacar. Yo solo me he defendido.
—¡Serás cabrón! —se me escapa, porque recordemos que insultar a Ethan entra dentro de las excepciones vitales por las que me permito abrir la boca en estos momentos—. ¡Yo no te he hecho nada!
—Me has agredido tirándome piedras.
—¡Me cago en My Little Ponny!
Durante un segundo la ira me ciega y me lanzo hacia adelante. Me da igual si no puedo ponerme en pie. Si hace falta, le arrancaré los tobillos a mordiscos como un chihuahua infernal.
Unos brazos me rodean y me retienen, pegándome a un pecho firme y duro, y a la vez amable y cálido. Forcejeo y no logro nada. Karasuhito dirá que ha perdido su fuerza, pero a mí me parece que sigue estando como un puñetero buey.
—No intervengas ahora —me susurra—. Deja que Sõjõbõ se ocupe.
En menos de un segundo tengo que dar gracias porque me haya frenado.
El jefe de los tengus pasa de estar de pie frente a nosotros a convertirse en un borrón, para después volver a materializarse al lado de Ethan.
Lo agarra del cuello y lo levanta por los aires sin ningún esfuerzo como ha hecho con Meredith. Lo considero justicia poética.
—¿Qué haces? —La histeria impregna cada nota de la voz de Ethan—. Has dicho que no puedes hacerles daño a personas inocentes. Va contra las normas.