Capítulo 41 - Solo un hombre
Mi mente no es capaz de comprender lo que estoy viendo. Delante de mí está Karasuhito y, sin embargo… Sin embargo… No es él. Ese no es el Cuervo. Ese es solo un hombre con su rostro. Me tiembla todo.
—¿Qué le ha hecho? —murmura Meredith, dándome alcance.
—No lo sé —respondo con lágrimas en los ojos. Tampoco sé por qué lloro como si acabase de morir alguien, pero es lo que me está diciendo mi corazón. Que el Cuervo acaba de morir.
En medio de la debacle, Ethan alza el puñal por encima de su cabeza y se prepara para clavárselo a Karasuhito en el centro de la espalda.
—¡¡NO!! —grito, totalmente desesperada.
Un relámpago blanco nos adelanta y embiste a Ethan, que cae de espaldas entre toses. «Eso es. Ahógate. Muérete, cabrón». Mi mente sisea como el metal al rojo vivo.
—¿De dónde has sacado tú esto, humano? —Sõjõbõ no parece nada contento. Se pone en cuclillas y recoge con dos garras el puñal negro que ha dejado caer Ethan al recibir el golpe.
Ignorando toda prudencia y el hecho de que el Águila igual me ataca a mí también, vuelvo a avanzar. Tengo que ir con Karasuhito. Necesito llegar hasta él.
Sõjõbõ ni se molesta en mirarme cuando los alcanzo. Su vista sigue fija en Ethan. Está esperando una respuesta que el otro mamarracho no puede darle porque sigue tosiendo los pulmones por la boca.
—Karasuhito. Karasuhito, ¿estás bien? —le pregunto, aguantando los sollozos. Sus ojos siguen siendo oscuros como la noche, aunque ya no veo esas hogueras azules en ellos.
No me mira. No me responde. No se mueve. Ni siquiera sé si sigue dentro de su cuerpo o si estoy delante de un cascarón vacío. Las lágrimas caen con más fuerza.
Pongo una mano en su rostro y la retiro de inmediato, asustada. No está frío. Su piel está más caliente que la mía.
Solo quiero hacerme una bolita en el suelo y llorar hasta perder el conocimiento, pero no puedo. Él me necesita. Él siempre ha estado ahí para mí y yo pienso estarlo para él, a pesar de que no entiendo lo que está pasando.
Le acaricio la espalda de forma reconfortante como él hace siempre conmigo, le hablo al oído y apoyo mi cabeza en su hombro.
El olor a fósforo también se ha ido y eso rompe mi corazón tanto como haber visto desaparecer sus preciosas alas.
Era el olor que yo asociaba ya con mi lugar seguro, mi lugar favorito.
Desesperada ante su falta de respuesta, dedico mi atención a la única otra persona, o pájaro, o demonio que tal vez sepa qué está pasando.
—¿Qué le ha hecho? ¿Se va a poner bien?
Sõjõbõ me mira de soslayo, después a Karasuhito, y de nuevo a mí.
—Le ha robado la inmortalidad. —El mundo se queda a oscuras—. Ya no es un karasu-tengu, ahora es solo un hombre. Una persona. Un mortal como tú. Así que supongo que no, no se va a poner bien.
—¿Y se puede saber cómo ha podido hacer eso un puto patán como Ethan? —Meredith se arrodilla a mi lado y me pone una mano en el hombro. Isa se coloca detrás de mí y me frota la espalda. El susodicho patán sigue luchando por coger aire. Yo rezo para que no lo logre.
—Ha sido el puñal —señala el Águila—. Es el puñal de Izanami.
—Iza ¿quién? —Desoyendo lo que le ha dicho Isa, Jenna también se acerca tambaleándose. Me acaricia el pelo antes de desplomarse a nuestro lado.
—Izanami es la diosa de la muerte. Ella es la reina del Yomi [8] y la que dio origen a la muerte de los seres vivos del mundo.
De no ser por ella, todos seríais inmortales.
Y en ella también reside el poder de privar de dicha inmortalidad a las criaturas sobrenaturales.
Este puñal está hecho con sus cabellos y es capaz de extinguir cualquier vida que toque. Incluso las vidas imperecederas.
Si las chicas no me estuviesen sosteniendo, me habría desplomado sobre el suelo convertida en un millón de fragmentos rotos y sangrantes.
—Ex… Extinguir… una vida… —balbuceo—. Eso… Eso sig… significa que él está…
No puedo decirlo en voz alta. No puedo. Duele demasiado. Y si lo digo será real. No puedo. No puede ser verdad. No, cuando lo tengo aquí mismo, cuando veo su pecho moverse, cuando siento su piel caliente y cuando sus latidos golpean mi mano.
Pero, entonces… «¿Por qué no se mueve? ¿Por qué no dice nada?», me angustio. Mis pedazos rotos escapan a través de mis labios en forma de sollozos ahogados.
—Kaya, tranquila. Respira —susurra Isa, aunque ella también llora.
—Ya te lo he dicho. —El tono de Sõjõbõ es levemente exasperado, como si estuviese hablando con una niña de cuatro años que no entiende nada y lo obliga a repetirse como el ajo—.
Ahora es un hombre. Se ha extinguido su vida inmortal.
Ya no es un demonio, solo un humano. Está vivo, sí, pero seguramente habría sido mejor y más misericordioso que hubiese muerto del todo antes de ver cómo se han caído sus alas.
—Más misericordioso… —musito. Entiendo las palabras por separado, pero por alguna razón no comprendo el significado global de lo que el Águila acaba de decir.
«¿Cómo va a ser mejor estar muerto del todo?». No lo entiendo. «¿Por eso Karasuhito no se mueve? ¿Porque piensa igual que el del plumón blanco? ¿Preferiría estar muerto?». El dolor se va sofocando a medida que otra emoción le roba el aire.
No soy una idiota insensible. Solo soy una idiota a secas.
Una idiota de las que dan vergüenza ajena, no de las crueles.
Por eso sé que lo que le ha sucedido a él es una tragedia.
Sé lo mucho que amaba sus plumas, sus alas, volar y pavonearse por ahí.
Alguien le ha arrebatado a la fuerza todo eso.
Le han quitado una parte importante de sí mismo; pero eso no es excusa para quedarse catatónico o pensar que la muerte sería mejor, joder.
Sigue teniendo dos piernas para caminar.
Dos ojos para contemplar el mundo. Dos manos para cocinar, para sostener las mías mientras paseamos y para acariciarme por las noches.
Dos brazos con los que acunarme. Una boca para hablar, para reír y para besar.
Sigue teniendo un corazón que late fuerte dentro de su pecho.
Un corazón que yo seguiré amando pase lo que pase.
Retrocedo un poco para colocarme delante de él y poder verlo bien.
—Karasuhito —lo llamo con tono firme—. ¡Karasuhito!
Nada.
«A la mierda ya con todo».
Junto el pulgar y el índice y le sacudo un capirotazo en medio de las cejas. El efecto es inmediato. Él aúlla, se encoge apoyando el peso de su cuerpo sobre los talones y se lleva las manos a la frente con desesperación.
—¿Por qué? —me increpa con ojos llorosos.
—A mí también me gustaría saberlo… —comenta Meredith. La fulmino con la mirada y se retracta al instante, alzando las manos en actitud conciliadora.
—Por si acaso eres tan memo de pensar igual que tu jefe —respondo, y él me mira sin comprender nada—.
Sé que te ha ocurrido una desgracia terrible, pero aún sigues vivo y eso es lo importante.
Sigues vivo y tienes un juramento que mantener.
Me juraste que no me ibas a dejar nunca.
Cuando las estrellas se apaguen, ¿recuerdas?
—Las lágrimas se deslizan por mis pestañas—.
Bien, pues te informo de que las estrellas van a seguir brillando esta noche, y la siguiente, y la siguiente también.
Así que no puedes dejarme. No se te ocurra pensar que habría sido mejor morir. Tienes que quedarte conmigo.
Dos hilos invisibles se enredan en su hermosa boca y sus comisuras se mueven en la dirección equivocada. Bajan, cuando siempre suben. No soporto verlo así de derrotado.
—Kaya, eso no es lo que me preocupa… Yo ya no… —Sus ojos se convierten en cristal negro que refleja una pena que me asfixia a mí también—. Ya no soy un tengu, ya no puedo ser tu guardián, he perdido mis alas, mis garras, mi fuerza; ya no puedo protegerte. Yo… ya no puedo hacer nada bueno por ti…
Le sacudo otro capirotazo.
—¡¿Por qué?!
—¡¡Porque eres un idiota!! —estallo—. ¿En serio estás así por mí ? ¿Que no puedes protegerme? ¿Que no puedes ser mi guardián? ¿Cómo te atreves a decirme que ya no puedes hacer nada bueno por mí? ¡¡Mentiroso!!
—Pero es que ya no soy un tengu…
—¡Me cago en las palomitas!
—A las palomitas no las metas en esto. —Karasuhito me apunta con un dedo—. Ellas no tienen culpa de nada.
«No puedo hacer esto. Estoy rodeada de memos». Me pellizco el puente de la nariz y me trago las ganas de darle un tercer capirotazo, pero no la mala leche.
—¡A la mierda las palomitas y a la mierda los tengus!
—Percibo una mirada amenazante clavándose en mi cogote—.
Sin ofender —le digo al Águila, antes de que decida destriparme aquí mismo.
Él asiente y yo me vuelvo a concentrar en Karasuhito—.
¿Te crees que eso me importa? ¿Te crees que me enamoré de ti solo porque podías protegerme?
¡No! —me respondo yo solita—. Me da igual si eres un demonio o solo un hombre, mientras no tengas ocho patas, por mí puedes ser un puto rábano.
Y me da igual si has perdido tu fuerza, tus garras o tus alas, aunque siento mucho esto último —añado, porque es verdad—, lo que me importa y lo que amo de ti sigue estando aquí, joder. —Pongo mi palma abierta sobre su pecho.
—Y el cuerpazo no lo has perdido, eso también sigue estando aquí y es muy importante.
—¡Jenna! —le reñimos todas a la vez.
Me abstengo de ponerme en pie y sacudirle a ella también por dos razones muy simples.
La primera, no puedo ponerme en pie. La segunda, ha logrado que Karasuhito sonría levemente.
Al parecer, el colega ha perdido las plumas, pero no el ego.
Supongo que eso es bueno. Y lo del cuerpazo también, aunque no viene al caso y no es lo primordial.
Respiro para serenarme un poco y darme un segundo para poner en orden mis ideas. Lo que necesito decirle al tarugo de mi novio exdemonio es importante.