Capítulo 40 - Como las hojas muertas en otoño #2
Mis pies se deslizan varios metros por el suelo y antes de poder frenar, ya tengo a Sõjõbõ encima.
Mi primer impulso es alzar el vuelo, a pesar de eso, me refreno.
Con el humano aún vivo es mejor que no me aleje de Kaya y las chicas.
Si sigo en tierra, puedo protegerlas mejor; aunque eso me robe parte de mi ventaja.
El que fue mi mentor (y mi peor pesadilla) es más grande, más fuerte y su técnica de lucha está mucho más pulida. Yo soy más veloz y escurridizo, y eso me beneficia si estamos en el aire, donde puedo maniobrar con libertad.
Al permanecer en tierra, la balanza se equilibra y cada vez encajo más golpes. Además, a esta distancia tan escasa, nada amortigua los sollozos de Kaya. En más de una ocasión me despisto y lo pago caro.
Cuando me llevo el tercer zarpazo y se abren unos cortes profundos y anchos en mi muslo, la frustración estalla en mi pecho y me empuja a hablar:
—Sé que he roto las reglas, Sõjõbõ, pero tú estás ayudando a un ser despreciable que se dedica a atormentar por placer y sin motivo a mujeres indefensas.
—Esas muchachas parecían defenderse muy bien antes —asegura él con voz calmada; sin embargo, lo veo. El fugaz instante en que sus ojos se desvían hacia el grupo que se abraza y llora, y la duda lo aguijonea. Lo aprovecho.
—Deja que me ocupe de ese humano y, después, te dejaré impartir el castigo que estimes oportuno sin resistirme.
—¡¡Y tres mierdas fritas vas a hacer tú eso!!
El grito que resuena a mis espaldas me hace saber tres cosas.
Primero, Kaya me ha oído. Segundo, no le ha hecho la menor gracia mi sugerencia.
Y tercero, si no me mata Sõjõbõ, lo hará ella en cuanto me ponga las manos encima.
«¡ Bien !». Al menos ha dejado de llorar para chillarme, eso es bueno. Creo. Espero.
—Ese humano es mi protegido y un hombre inocente. No matamos a personas inocentes.
—¿De verdad crees que es inocente? ¿O solo te lo repites para ver si te convences a ti mismo de que estás haciendo lo correcto aun sabiendo que no es así?
He ido demasiado lejos al poner en duda su moralidad. Mi provocación corta de golpe nuestra pequeña tregua, su mirada se enfría y la lucha se reanuda.
El intercambio de golpes es cada vez más rápido y brutal. Casi no hay margen para defenderse, solo para atacar y nuestros cuerpos sufren las consecuencias de nuestras decisiones.
La siguiente vez que Kaya grita es de terror, cuando una de las doradas garras de Sõjõbõ se hunde dentro de mi costado. Me trago el dolor y giro sobre mí mismo, abriéndome más la carne. A cambio, logro pegarle un codazo en el cuello que le arranca el aliento de golpe.
Él se tambalea y yo me arranco sus uñas haciendo que la sangre nos riegue a ambos. Mi visión se nubla un breve instante a causa del estallido de dolor. El jefe de los tengus de Kurama no necesita más que eso.
Su rodilla encuentra mi muslo y la mía cede un palmo, dejándome en una posición levemente inclinada hacia atrás. Mi esternón se hunde bajo el peso de su codo y antes de que pueda quitarme del medio, él me agarra del cuello y empuja con todas sus fuerzas hasta dejarme clavado en el suelo.
Agito las alas para intentar golpearlo por los lados y que me suelte, pero él se defiende a la perfección con las suyas.
Mientras me retiene con una mano, la otra hurga con saña en la herida que me acaba de abrir en el costado.
Algo a medio camino entre un rugido y un alarido me rompe la garganta y escucho a lo lejos cómo Kaya grita mi nombre con desesperación.
No puedo evitarlo y cometo el segundo fallo en menos de un minuto. La miro. Se está arrastrando en mi dirección. Meredith e Isabella van detrás. Tengo la sensación de que esas tres pretenden venir en mi ayuda. Francamente, no sé si me siento emocionado u horrorizado. Seguramente sea ambas.
Sõjõbõ aprovecha mi despiste y me pega un puñetazo. Mi visión se llena de pequeños pétalos demasiado luminosos como para ser reales. Mi mente se embota.
Kaya vuelve a gritar mi nombre y eso me hace reaccionar. Me revuelvo como una bestia acorralada. Mi ala evade su defensa y le golpea en el costado lo suficientemente fuerte como para alejarlo de mí unos metros.
Me incorporo a toda prisa, él clava los pies para impulsarse en mi dirección, se escucha un chirrido estridente y… Una sombra inmensa lo embiste desde atrás y lo hace volar sin necesidad de que Sõjõbõ extienda las alas.
Nos quedamos todos paralizados. Nadie dice nada. Prácticamente nadie respira y lo único que se oye en el bosque es el suave ronroneo del coche.
La puerta delantera se abre y una maraña de rizos manchados de sangre emerge de dentro.
—¡La Virgen! Me echo una siestecita de cinco minutos y mira la que liais.
Ahora tenemos a otro palomo medio desnudo y…
¿por qué carajos está aquí el picha corta de Ethan?
—Jenna intenta ponerse en pie, se dobla sobre sí misma y vomita de forma ruidosa—.
Creo que no me han sentado bien las empanadas de la comida. —Se frota la boca con el brazo.
—Jenna, es probable que tengas una conmoción cerebral, no te muevas —le ruega Isabella.
—La conmoción la lleva de fábrica —murmura Meredith. Es un alivio inmenso volver a ver esa sonrisa torcida.
—Te he oído, Mer —protesta Jenna—. Cuando Isa me dé permiso para moverme, te vas a enterar.
Me encantaría poder escuchar sus discusiones, pero tengo ciertos asuntos importantes entre manos ahora mismo.
Mis ojos siguen la trayectoria que ha descrito Sõjõbõ tras recibir el impacto del vehículo y evalúo los daños de su cuerpo.
La piel de su costado está más roja que la pulpa de una fresa, su hombro izquierdo está descolgado en un ángulo extraño, no deja de toser y una de sus alas está salpicada de carmesí.
No distingo si la sangre procede de la propia ala o de su cuerpo.
Tampoco importa. No está en condiciones de enfrentarse a mí.
Gracias a la espectacular aparición de Jenna, las tornas han cambiado y yo puedo ponerle fin a este lamentable incidente de una vez por todas.
No necesito matar a Sõjõbõ (tampoco es que pudiese, solo el poder de los dioses puede matarnos), me basta con derrotarlo y demostrar que soy el tengu más fuerte.
Según nuestras leyes, eso me convertiría en el nuevo líder de Kurama, pero le permitiré conservar su puesto a cambio de que él me deje abandonar el clan para estar con Kaya y ocuparme del humano sin interrupciones ni represalias. Y me tomaré mi tiempo. Me relamo solo de pensarlo.
Con los ojos fijos en Sõjõbõ, avanzo dos pasos y de pronto un estallido de dolor me paraliza. Mi sangre sufre una deflagración, se congela, se funde, se solidifica, se evapora, muta y le brotan un millón de espinas que me desgarran con cada latido de mi corazón.
El invierno y el verano más salvajes que ha conocido el mundo se desatan a la vez dentro de mí. Me quemo y me hielo. Mis músculos se retuercen. Mis nervios restallan. Mis pulmones se contraen. La vida se apaga.
Miro de reojo y veo algo negro clavado en mi costado. Las rodillas me ceden por completo y caigo al suelo a cuatro patas. No soy lo único que cae. Una lluvia de plumas marchitas se desata a mi alrededor.
Tras la sorpresa inicial, el alivio recorre mi cuerpo como agua fresca al ver a Jenna salir del coche. Hasta le perdono el asco que me está dando verla echar los higadillos y limpiarse todo el pringue con el brazo («será marrana») porque ha salvado a Karasuhito.
Mientras Meredith y Jenna se tiran pullas, como si estuviésemos en la cafetería almorzando en vez de en esta situación de mierda, mis ojos van con él.
Mi faro de oscuridad ahora teñido con franjas rojas, igual que rayos de sol que rompen el terciopelo negro de la noche.
Su atención permanece fija en el cuerpo de su jefe.
Yo también le echo un vistazo rápido. Parece que se ha llevado un buen golpe. Está bastante peor que Karasuhito tras el encontronazo con el camión, aunque también es verdad que aquello fue un roce y no un impacto intencionado y directo.
Los papeles han cambiado y ahora el Cuervo acecha al Águila. En este pequeño trozo de bosque el depredador se ha convertido en presa.
Karasuhito avanza con pasos firmes. Una campanilla repica en mi cabeza. «Algo va mal». Soy demasiado lenta para percatarme de qué se trata y, para cuando lo veo, el daño ya está hecho.
Ethan ha aprovechado la cobertura del todoterreno para acercarse a Karasuhito desde su ángulo muerto y le acaba de clavar algo en el costado. Parece un puñal negro. Igual de negro que el agujero que se ha abierto dentro de mí.
El Cuervo se detiene, pero no dice nada. No hace nada. Parece congelado. Ethan saca el puñal y Karasuhito se desploma. «No, no, no, no, no. Por favor, no. No. No».
Gateo más rápido para ir con él. Tengo que protegerlo. Mover la pierna herida es una tortura, sin embargo, todo dolor físico palidece en comparación con lo que está pasando dentro de mí al ver que las sedosas plumas negras de Karasuhito empiezan a caerse como las hojas muertas en otoño.
Antes de que yo pueda llegar hasta él, sus hermosas alas han desaparecido por completo. No queda nada de ellas salvo las plumas flotando a nuestro alrededor.
Unos cabellos oscuros enmarcan su rostro, como si se hubiese puesto la peluca. Me fijo en sus manos crispadas sobre el suelo. No hay garras. Aterrada, lo miro a la cara justo cuando él grita sin voz. Tampoco hay rastro de sus colmillos.