Capítulo 40 - Como las hojas muertas en otoño
Karasuhito se abalanza sobre su jefe a una velocidad imposible. Los dos chocan, un trueno falso rompe la quietud del bosque y todas las aves de los alrededores emprenden el vuelo en una frenética retirada.
Es imposible saber lo que está pasando. Solo veo dos borrones a gran altura que no dejan de fundirse en una mancha gris y decenas de plumas cayendo sobre el mundo, igual que copos sedosos y gigantes hechos de perlas y ónice.
La culpa me devora, me mastica y me consume. La sensación empeora cuando oigo gruñidos de dolor y desgarrones. Diminutos pétalos rojos se suman a la lluvia en blanco y negro.
No soy muy creyente, puede que sea el resultado de haber crecido en un hogar donde cada uno de mis padres tenía su propia religión y yo no quería posicionarme entre ellos. Aun así, ahora junto las manos y rezo. Rezo a quien sea que esté ahí arriba para que proteja a Karasuhito.
Si algo malo le sucede, no podré seguir viviendo conmigo misma.
Yo he decidido que él era nuestra única opción de salvarnos y lo he llamado.
Lo he arrojado a una situación de violencia y dolor, todo aquello de lo que quería protegerlo.
De nuevo me siento impotente, pequeña y débil.
Inservible. Inútil. Una fuente de problemas.
Una risa hiriente se clava por todo mi cuerpo.
—Rezar no te va a servir de nada, Kaya.
—Vete a la mierda, Ethan. Si quieres, hasta te hago un mapa no vaya a ser que te pierdas por el camino. —Lo fulmino con la mirada mientras él se limita a sonreír.
—Te avisé. Te dije que no iba a dejar que siguieras con tu vida sin más. Tú eres mía.
Alrededor de las sogas de culpa que me atenazan aparecen unos hilos de un brillante tono carmesí. Odio.
Odio a Ethan. Lo odio. Lo odio con todo mi ser. Nunca he odiado a nadie así en mi vida, de una forma tan cruda y abrumadora.
—Yo no quiero estar contigo. —Fuerzo las palabras a través de todas las sensaciones que me atascan la garganta.
—Igual quieres reconsiderar eso, dadas las circunstancias.
—Mira el todoterreno y a mis dos amigas que siguen en el suelo, igual que yo—.
Nos podríamos haber ahorrado todo esto si te hubieses limitado a seguir siendo una buena chica y a hacer lo que yo te decía.
Te avisé. Te dije que las cosas no acabarían bien para ti si tratabas de alejarte, pero me ignoraste.
Y ahora, mírate. Míralas. Mira lo que ha pasado por tu culpa .
Quiero decirle que se meta sus manipulaciones por la compuerta trasera, sin embargo, no logro abrir la boca porque los remordimientos se siguen dando un festín conmigo.
Una vocecita dentro de mi cabeza me susurra que este momento es el resultado de mis malas decisiones. Que si yo no hubiese empezado a salir con él, no estaríamos donde estamos, con mis amigas heridas y Karasuhito peleando y arriesgando su vida para protegernos.
Los ojos de Ethan brillan con perversidad mientras se regodea en mi miseria y en mis dudas.
—Y todo para nada, Kaya. Porque Sõjõbõ va a matar a tu Cuervo y cuando ya no quede nadie para protegerte, volverás a ser mía. Volverás conmigo.
Sus palabras me caen encima como un manto de plomo y mi cuerpo se hunde.
—Él no va a morir —gruñe Isa desde el suelo—. Y aunque lo hiciese, Kaya nos seguirá teniendo a nosotras y a su familia. No está sola.
—Después de lo que ha pasado hoy, haríais bien en quedaros al margen de una puta vez. —La voz de Ethan es acero. Fría, suave y afilada—. No vaya a ser que la próxima vez que nos veamos, no tengáis tanta suerte de seguir respirando una vez que yo me haya ido.
Una luz parpadea. Un destello. Una chispa. «¿Qué acaba de decir?». La amenaza de Ethan cala poco a poco en mi aturdido cerebro. La chispa se convierte en un fogonazo y por fin lo veo claro. Lo veo todo perfectamente claro.
El culpable aquí es él, no yo. Por muy mema o crédula que yo sea, él no tenía derecho a jugar conmigo, a mentirme, a maltratarme psicológicamente durante años hasta romperme, ni a pegarme.
No tenía derecho a hacerles daño a las personas que son importantes para mí solo por venganza. Nada justifica lo que él ha hecho.
Y si yo no me hubiese cruzado en su camino en aquel bar, habría sido otra chica. Habría convertido la vida de otra mujer en un infierno como hizo con la mía porque él es el verdadero demonio aquí.
Después de lo mal que ha ido mi último intento de ponerme en pie, decido que mejor me quedo donde estoy. Agarro la piedra más grande que veo a mi alrededor y se la tiro con todas mis fuerzas.
Me pasé muchas tardes de mi infancia y adolescencia jugando a los dardos con mi padre y mis tíos. Puede que tenga las habilidades físicas de una lamprea, pero por Dios que sí tengo puntería.
—¿Qué coño te crees que haces? —me increpa él, tras apartar el proyectil de un manotazo. Por toda respuesta, agarro la siguiente piedra que tengo a mano y la arrojo como un misil, directa a su cabeza—. ¡Estate quieta!
—Oblígame —le reto, con el tercer pedrusco ya listo para despegar.
Esa palabra es suficiente para que salten todos sus fusibles. Ethan se quita la careta de chico cuerdo y amable, y viene hacia mí con una mueca desquiciada.
Me niego a seguir teniéndole miedo. Me niego .
Lo único que de verdad me da miedo en este mundo es que les suceda algo malo a las personas que lo son todo para mí.
Eso, y que lo siguiente que se cargue Karasuhito en casa sea la lavadora y tengamos que buscarnos un río para hacer la colada a mano. Aunque eso no viene al caso, claro.
Agarro las dos rocas más afiladas que tengo a mi alcance y me preparo. En cuanto está a menos de un metro, lanzo la pierna buena hacia él para obligarlo a retroceder. Ethan finta hacia un lateral. Mi brazo ya está en movimiento y logro arañarle con una arista.
Él gruñe y vuelve a acercarse. Giro sobre mi culo y lanzo la pierna por segunda vez. Sus dedos se cierran en torno a mi tobillo. Me arrastra en su dirección y con la otra mano intenta cogerme de la ropa. Un punzón de piedra se clava en su dorso, él grita y yo sonrío.
De repente, un estallido ensordecedor nace a unos metros de altura. Parecía madera astillándose. Sin querer, miro hacia arriba.
Ethan aprovecha mi pequeño despiste y lo hace por todo lo grande. Levanta la rodilla y descarga su talón con furia sobre la esquirla que aún asoma en mi gemelo. La punta metálica se abre paso por la carne. El dolor me desgarra viva y aúllo como un animal herido, que es justo lo que soy.
Mis ojos se convierten en una cortina acuosa y al otro lado distingo un rostro que se relame con excitación. Siento presión sobre el gemelo y la esquirla que tengo clavada dentro de mí se mueve.
Miro, horrorizada, y veo la mano de Ethan sujetándola. El trozo de metal se retuerce y gira como si fuese una cucharilla dando vueltas en la taza de café. Se me revuelve hasta el alma, rompo a sudar, jadeo y me mareo. Si no me he desmayado ha sido un milagro.
—Suplícame que pare —me dice él con voz densa y turbia, y da otra vuelta a la esquirla.
«Puto loco». No puedo articular más pensamientos coherentes. El dolor lo ha roto todo dentro de mi mente. Y si no puedo pensar, mucho menos hablar; por eso, me sorprende que Ethan pare, aunque yo no he dicho nada.
—Kaya. —Su voz es una caricia que mitiga un poco mi sufrimiento.
Me obligo a poner juntos los suficientes pedazos de mi mente para poder enfocar la vista y ahí está. Mi faro de obsidiana. Mi guardián oscuro. Mi Cuervo. Mi amor.
—Karasuhito… —La última letra se quiebra en un sollozo ahogado. Lloro mayoritariamente de alivio porque, salvo algunos arañazos, parece que está bien.
Levanto la mano y acaricio su bello rostro. Por primera vez mi piel está tan pálida y fría como la suya. Por el rabillo del ojo veo a Ethan en el suelo, protegiéndose el brazo izquierdo. Es el brazo con el que me estaba haciendo daño y ahora tiene dos codos en él.
Con una delicadeza máxima, el Cuervo me rodea con sus brazos, afianza mi pierna herida para que no se bambolee y me levanta. Con pasos rápidos me lleva hacia el lugar donde siguen Isa y Meredith.
—Estaréis más seguras si permanecéis las tres juntas.
—Karasuhito, lo siento —sollozo, y me agarro a los jirones de su camiseta.
—¿Por qué me pides perdón?
—Siento haberte puesto en esta situación… Las chicas… Tenía que protegerlas, pero… pero eso no significa que tú no me importes… Lo juro… Te quiero —lloro desesperada.
Él me deja en el suelo al lado de Meredith que me mira con una pena infinita. Isa extiende su mano y agarra con fuerza la mía. Está mojada y pegajosa.
—Kaya —me obliga a levantar el rostro y a mirarlo—, lo sé. Lo entiendo y no estoy enfadado. No contigo, desde luego. No te preocupes.
—Pero… Te quiero…
—Lo sé. —Su mirada se dulcifica, el guerrero se aplaca y vuelvo a tener ante mí al chico tierno que adora cocinar, invadir mi espacio personal y hacer bromas ridículas—.
Yo también a ti. Tenías que tomar una decisión y has hecho lo correcto.
Ellas son inocentes y no tenían que haberse visto envueltas en nada de esto.
Ahora, descansa. —Roza mis labios con suavidad—. Confía en mí, yo me ocupo de todo.
Se gira y arremete en dirección a Ethan con una velocidad electrizante al mismo tiempo que otra sombra blanca como el algodón cae en picado desde un árbol.
«Cambio de planes. Primero elimino al humano. Luego me ocupo de Sõjõbõ». Es la única manera de que no vuelva a lastimar a Kaya. Y para ser totalmente honesto, quiero matarlo. Necesito matarlo. Solo he deseado una cosa en esta vida más que acabar con ese hombre, que Kaya regresase conmigo.
Acelero, impulsándome con mis alas para intentar llegar hasta ese bastardo antes de que Sõjõbõ me alcance a mí. Ya se ha recuperado del golpe contra el tronco y está listo para volver a pelear.
Lo esquivo por muy poco, pero no alcanzo mi objetivo. Un ala del blanco más puro me barre desde el flanco derecho.