Capítulo 39 - Hazme un favor y muérete #3
No veo a Jenna, aunque noto su olor. Meredith e Isabella también están en el suelo. La primera resuella desesperada en busca de aire mientras se agarra el cuello, la segunda llora de forma queda apretándose el costado.
Durante una fracción de segundo creo que han tenido un accidente, el tiempo que me lleva localizar a la quinta presencia. La noche cae a plomo sobre el mundo y me traga vivo.
—Tú. —Mi voz vibra bajo el peso de la cólera al dirigirme al hombre que, al parecer, ansía con fervor su propia muerte. El humano sonríe satisfecho.
—Karasuhito, no está solo —me avisa Kaya.
El sonido de sus alas, tan familiar, lo delata y no tiene tiempo de emboscarme. Me elevo a la par que él desciende. La nieve y la tinta se cruzan en el aire.
—¿Qué haces tú aquí? —Acompaño mi pregunta con un gruñido bronco.
—He venido a por ti —responde Sõjõbõ, y me enseña los colmillos—. Te lo advertí, Karasuhito. La última vez que tuve que castigarte, te lo advertí; no más faltas, no más saltarse las normas, y mírate. No hay una sola ley que no hayas roto ya o que no hayas amenazado con quebrar, ¿y por qué?
Tengo muy clara la respuesta.
—Por ella. —Señalo a Kaya—. Lo haría todo por ella. Y lo volvería a hacer mil veces más.
—Necio.
—No espero que alguien que solo vive por y para las leyes lo entienda, Sõjõbõ, pero hay cosas más importantes que el deber.
—No digas disparates. Aparte, solo la estás usando como excusa para justificar el abandono de tus funciones y de tu familia.
—Tú no eres mi familia. Ni tú ni ninguno de los tengus del Monte Kurama —declaro, y sus ojos se incendian ante lo que él considera una blasfemia—.
Una familia no obliga, no acosa ni maltrata.
No sois mi familia. Ella lo es. —Miro a Kaya—.
Ella es mi hogar y mi familia. Y ellas también lo son ahora.
—Apunto con el ala a Meredith e Isabella—.
Y tú les has hecho daño a todas y sin razón.
—La razón de que hayan resultado heridas eres tú, Karasuhito. —Escupe mi nombre—. La culpa es tuya y de esa chiquilla por ser tan terca y no llamarte antes.
Me fijo mejor en Kaya. Veo los remordimientos tatuados en su rostro y por fin lo entiendo todo.
No me ha llamado inmediatamente al verse en peligro.
La han obligado. Han hecho daño a las demás para forzarla a llamarme.
Le han hecho elegir entre sus amigas y yo.
Le han hecho sentirse miserable y culpable.
La temperatura se desploma y la oscuridad que habita en mí devora de golpe toda la luz de este lugar. Mi sangre es tinta. Mi alma es carbón quemado. Mi cuerpo se convierte en un puñal de obsidiana y yo me lanzo a por Sõjõbõ. Chocamos en un caos de zarpazos, dentelladas, músculos y plumas.
—Si te resistes será peor —me advierte él—. Acepta tu culpa, regresa conmigo, asume tu castigo y tu muerte, y deja que la humana se quede con el hombre que de verdad la ama.
Sus palabras son yesca que alimenta la hoguera de mi pecho.
El crepitar del fuego se vuelve ensordecedor, me raja el pecho y escapa de mi cuerpo en forma de un rugido salvaje que hace temblar los mismísimos hilos de la realidad.
Sõjõbõ me mira, atónito, y yo lo empujo por los aires de una patada antes de lanzarme otra vez sobre él.
Puede que él sea más mayor y tenga mucha más experiencia en combate, por algo es el jefe de todos los tengus del Monte Kurama; sin embargo, nada puede superar al monstruo de la ira que ha tomado posesión de mi cuerpo.
Mis garras rozan su pecho dos veces mientras las plumas crean remolinos a nuestro alrededor con cada nueva embestida de nuestras alas.
El guerrero que me enseñó a luchar tiene que emplear toda su concentración para frenar mis acometidas. Lo conozco lo suficiente para saber que está sorprendido con lo que está pasando. Seguramente pensaba que me iba a someter fácilmente.
La última vez que nos enfrentamos, yo seguía paralizado por el dolor de haber perdido a la Kaya del pasado y la angustia de no saber si la volvería a ver jamás. Por eso, él luchó con un cuerpo al que le faltaba un alma entera que lo moviese y casi me arranca el corazón del pecho.
Ahora no peleo para defenderme yo, sino para proteger a Kaya y a las chicas. Lucho para salvar lo más importante que he tenido en casi un milenio de existencia. Lucho sabiendo que perder no es una opción. Esta vez no.
La destreza de Sõjõbõ pronto le gana terreno a la ferocidad de mis ataques y las cosas se igualan. Mi carne también se abre y mi sangre llueve sobre la tierra mezclada con la suya. Aun así, yo sigo teniendo ventaja y no pienso desaprovecharla.
Lanzo un zarpazo contra su vientre y él aprovecha mi posición inclinada para hundir su codo en el hueco entre mi hombro y mi cuello.
Me precipito hacia adelante, pero mantengo la calma.
Tenso al máximo los músculos de mi abdomen y ayudándome con las alas, giro sobre mí mismo hasta que mi talón impacta contra su cabeza.
El golpe es brutal y Sõjõbõ se estrella contra el grueso tronco de un abeto que se estremece como si fuese un brote tierno.
Es la oportunidad que estaba esperando. Extiendo las alas al máximo y me preparo para caer en picado sobre él cuando un grito agónico me paraliza. «Kaya».