La Maldita y El Cuervo Capítulo 39 - Hazme un favor y muérete #2
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Capítulo 39 - Hazme un favor y muérete #2

—Y por lo que he visto aquí, sois vosotras las que habéis atacado a Ethan primero. Él se ha limitado a sacarte del vehículo y luego se ha defendido de vuestros ataques. No ha hecho nada malo.

Empiezo a verlo todo rojo. El bosque. Sus plumas. El cielo. Todo. Y dentro de mí todo es de ese mismo color. No queda miedo, ansiedad o culpa. Solo rojo. Mucho rojo.

—Ya veo que lo de ser un demonio con decencia es un rasgo exclusivo de Karasuhito —comento con voz calmada, mucho más calmada de lo que me siento yo.

—Ese muchacho ingobernable te ha cegado con sus mentiras y su palabrería bonita. —Los ojos dorados de Sõjõbõ llamean, pero no más que mi sangre.

—El único ciego aquí eres tú —replico con desdén—. Es evidente que tienes un problema con Karasuhito y quieres desquitarte con él. Y por conveniencia has decidido tragarte las patrañas de ese mamarracho para poder justificar tu comportamiento de mierda.

—Mi problema es que se niega a seguir las leyes y a cumplir órdenes.

—¡Dios le libre de pensar por sí mismo en vez de seguir como un borrego a un jefe que está peor de la cabeza que una gallina hasta las cejas de Xanax!

—¿A quién llamas gallina, humana?

—¡¡A ti!! —grito todo lo fuerte que puedo. No sé de dónde estoy sacando las agallas. O a lo mejor sí lo sé. A lo mejor, al tener a alguien a mi lado que no deja de repetirme que soy valiente y fuerte, al fin he logrado serlo—. ¿Además de idiota, eres sordo?

—Te convendría moderar tu lengua —me advierte el Águila con tono grave.

—¿O qué? ¿Me vas a despeñar por una colina? Ah, no, espera, ¡que eso ya lo has hecho! —Le saco el dedo. Y luego, ya que estoy, lo dirijo también contra mi ex por aquello de ahorrar energía, esfuerzos, proteger la Capa de Ozono, o yo qué sé.

Ethan se envara y los tendones de su cuello se tensan. Sin embargo, es un actor estupendo y en menos de un segundo respira, traga, relaja los hombros y sonríe.

—Antes no era así. Ella solía ser mucho más dócil. Ese karasu-tengu la ha corrompido.

—¡Me cago en Peppa Pig! ¿Corromper? ¿ En serio ?

—me río de su desvergüenza de un modo tan áspero que me irrito la garganta—.

¿Quieres que hablemos de quién ha corrompido y roto a quién, Ethan?

Porque te aseguro que lo único que Karasuhito ha hecho es apoyarme, cuidarme y ayudarme a recomponer lo que tú destrozaste.

—Chiquilla, harías bien en reconsiderar tu postura —interviene el emplumado blanco.

«¿ Chiquilla ?». Mi paciencia está danzando sobre una cuerda más fina que el papel de arroz—.

Estás malgastando energías y poniendo en peligro a la gente de tu alrededor por proteger a un ser que solo finge que le importas para librarse de sus responsabilidades.

—Reconsideraré mi postura cuando tú hagas lo propio con la tuya, vejestorio condescendiente —le espeto, y Meredith se ríe—.

No sabes nada de mí ni de Karasuhito; aun así, te llenas la boca lanzando amenazas y dando consejos que nadie te ha pedido.

Ahora veo por qué habéis hecho tan buenas migas vosotros dos. —Los señalo a él y a Ethan.

—Hazte un favor y llámalo. En cuanto lo tenga a él, me olvidaré de ti y de tus amigas.

—Hazte un favor y muérete.

Meredith se vuelve a reír. Nunca la he visto mirarme con un orgullo mayor. Por lo visto, lo de ser unas inconscientes es un requisito obligatorio para ser parte de este selecto grupo de amigas.

—No va a hacerlo por las buenas, se ha vuelto una necia y una terca. —Ethan niega con la cabeza.

—Hazme un favor y muérete tú también —le ladro.

—Vas a llamarlo —asevera Sõjõbõ, y de pronto cambia el agarre sobre Meredith, le libera los brazos y su gigantesca mano se cierra alrededor del largo y pálido cuello de mi amiga. Mis ojos se abren la misma distancia que se encoge mi corazón.

—Has dicho que los tengus no matan inocentes —le recuerdo y, por primera vez en mucho tiempo, mi voz tiembla. Ya no me siento tan valiente.

—Sí, pero no he dicho nada de herir o torturar. —Su brazo se eleva y el cuerpo de Meredith va detrás. Ella boquea ante la súbita falta de aire—. Llámalo.

Mi voluntad hace aguas al ver las sacudidas del cuerpo de mi amiga que, incluso en esta situación, sigue luchando, tratando de patear a Sõjõbõ.

—No se te ocurra hacerles caso, Kaya —susurra Meredith con voz ahogada—. O te las tendrás que ver conmigo y con la escobilla del baño de la facultad.

Quisiera reírme, de verdad que sí, pero el nudo que siento en el pecho está demasiado apretado.

Sõjõbõ me mira de reojo y aguarda unos segundos insignificantes. Como no hago nada ni digo nada, camina con Meredith por los aires y llega al lado de Isa, que sigue inconsciente en el suelo, sangrando por el costado.

El Águila se da cuenta de su herida e hinca el pie descalzo en ese punto. El dolor trae de vuelta a Isa del mundo de los sueños y su dulce voz produce un aullido que desgarra tanto el aire como mi corazón.

—¡No la toques! —Meredith logra balancearse hasta apoyar los talones en el abdomen del demonio y empieza a patearlo con furia. Sus esfuerzos solo sirven para que su rostro se torne azul más rápido.

No contento con lo que ya ha hecho, ese desgraciado coloca un pie sobre la espalda de Isa y hace fuerza hacia abajo. Se escucha un gemido, un llanto quedo y un pecho que lucha por coger aire.

Esos sonidos se clavan en mis huesos y me obligan a moverme.

Me incorporo y avanzo un par de pasos. Se produce un estallido de dolor en mi gemelo que trepa por mi pierna, desarma mi cadera y llega hasta mi estómago.

El mundo reluce en fogonazos intermitentes y yo caigo al suelo en medio de una arcada.

A través de la cortina de lágrimas veo a mis amigas sufriendo, intentando resistir como pueden a la tortura de ese loco.

No somos guerreras, no sabemos pelear ni tenemos ninguna clase de superpoder.

Esto no es una película y no vamos a volvernos de pronto igual de mortíferas que Catwoman gracias a los arcoíris y al poder del amor y la amistad.

Esto es la vida real y nosotras solo somos unas chicas normales y corrientes que no tienen nada que hacer frente al sadismo y la fuerza de un demonio.

Solo hay alguien que puede plantarle cara.

Alguien que ya resultó gravemente herido a manos del Águila.

La culpa me engulle y me arrastra a las profundidades de un mar oscuro y frío. Se me mete por la boca e inunda mi garganta y mis pulmones. No puedo respirar.

Si no hago nada, mis amigas van a sufrir terriblemente. Si llamo a Karasuhito, será él quien se exponga al peligro. No hay elección correcta. Haga lo que haga, alguien a quien amo saldrá herido. Haga lo que haga, yo pierdo y el cabrón de Ethan gana.

Los ojos dorados y carentes de luz del Águila se fijan en mí.

—Llámalo.

Regreso al piso con el corazón desbocado por ese último beso con Kaya. Menos mal que la interrupción de las chicas me ha insuflado un poco de sentido común porque he estado a punto de levantarla por los aires y traerla de vuelta conmigo. Pero no podía hacer eso. Creo… «No, no podía».

Puede que yo no tenga a nadie más en este mundo y que ella sea el centro de mi vida, sin embargo, gracias a los dioses, eso no es así para Kaya. Ella tiene más personas importantes a las que quiere y que la quieren, y debe cuidar esas relaciones.

Me quito el animal muerto de la cabeza y me ahueco las plumas.

Mientras contemplo el pelo negro, me asalta un pensamiento.

«A lo mejor ya no es correcto decir que no tengo a nadie más», recapacito al pensar en Jenna que mató y despellejó un segundo animal para darme una peluca nueva; en Isabella y la forma en la que siempre me abraza cuando nos vemos y en las recetas italianas que me está enseñando; y en Meredith, su sonrisa torcida y su infinita curiosidad por mis historias como guardián.

Ellas son amigas de Kaya, pero también han creado un espacio en sus vidas para mí.

Me han acogido, me enseñan, me escuchan, me aconsejan, me tratan como si yo fuese una persona normal y me hacen sentir que yo también pertenezco a su pequeña familia de cuatro…

Me gustaría creer que no lo hacen solo por Kaya y que también me aprecian, porque desde luego yo lo hago. Les estoy cogiendo cariño a las tres.

Sin saber muy bien qué hacer ahora que Kaya no está, deambulo por el piso buscando algo con lo que entretenerme y, al mismo tiempo, intentando no tocar nada que no debo. Que los dioses me asistan si rompo algo más de esta casa.

Al final acabo sentado en la mesa del comedor con un cuaderno y el libro de recetas que Kaya me regaló por Navidad y me dedico a hacer el calendario de comidas para la semana que viene.

Puede parecer aburrido, pero a mí me gusta. Mirar las recetas, buscar platos que combinen entre ellos, alternar sabores… Es todo un arte en el que yo me estoy volviendo un experto. Y lo digo de verdad, no porque tenga el ego hinchado como afirma Kaya.

Tras hacer cinco borradores, me quedo satisfecho con el resultado final. Arranco la hoja del cuaderno, la pongo en la nevera y…

« Karasuhito ».

La llamada me golpea como un mazo invisible. Y la oleada de sentimientos que la acompaña también. Esta vez no hay terror, solo desesperación y culpa. Muchísima culpa.

No sé qué le está pasando a Kaya para necesitarme tan pronto ni por qué se siente así, pero no hay tiempo para conjeturas. Me lanzo hacia el balcón y de ahí al cielo del crepúsculo que se va tiñendo de añil.

Sigo el vínculo que me une con la mujer a la que le he entregado todo lo que soy y lo que tengo.

Tras unos minutos agónicos, aterrizo en medio de un bosque y contemplo horrorizado la escena.

El vehículo en el que las chicas se han montado está lleno de golpes.

El olor a sangre es denso. Los sollozos flotan en el aire.

Kaya está tirada en el suelo con los ojos vidriosos. Está herida y no deja de murmurar: “lo siento”. Nuestras miradas se encuentran y no percibo ni un gramo de alivio en ella al verme y eso me preocupa casi tanto como su aspecto.