La Maldita y El Cuervo Capítulo 39 - Hazme un favor y muérete
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Capítulo 39 - Hazme un favor y muérete

El desconocido es igual de imponente que Karasuhito, puede que incluso sea más ancho. También podría decirse que tiene una belleza sobrehumana, aunque sus rasgos son mucho más afilados y duros. También parece más mayor. El equivalente a un hombre de unos cuarenta años.

Va vestido con unos pantalones hakama rojos y nada más.

Su melena está compuesta por una mezcla de plumas en tonos blancos y marrones, sus ojos dorados tienen un brillo que me causa escalofríos, y tiene dos alas blancas inmensas, similares a las de un águila.

Además, retiene a Meredith con una mano mientras ayuda a Ethan a ponerse en pie. A Ethan. Al puto Ethan.

Mi estómago sigue a mi corazón en el descenso a los infiernos. «Esto no puede ser verdad».

—¿Sorprendida? —se ríe Ethan, mirándome con suficiencia. De hecho, lo estoy. Tanto, que no puedo articular palabras. Solo atino a contemplar la escena con la boca desencajada—. Déjame que te presente a Sõjõbõ, jefe de los tengus del Monte Kurama.

Observo al que se supone que es el jefe del Cuervo.

«Joder, y me quejaba yo del Pelusa de Kiwi».

Su gesto duro. Sus ojos fríos. Sus garras descomunales.

Sus marcados músculos. Todo en él grita “fuerza y poder” de un modo intimidante.

De un modo que da miedo. Puede que ambos sean tengus, pero solo me hace falta un vistazo para saber que no pueden ser más diferentes.

—¿Por qué? —le pregunto al ser de las alas blancas.

Ethan malinterpreta mis palabras y cree que la pregunta va dirigida a él.

—Porque tu demonio me atacó y me amenazó, Kaya. No me iba a quedar de brazos cruzados esperando a que él me matase a sangre fría —miente con total desfachatez, dándole la vuelta a la historia y manipulando los hechos para ser él la víctima. Igual que hacía siempre conmigo.

Karasuhito le perdonó su miserable vida y le aseguró que no le pondría un dedo encima mientras Ethan no se acercase a mí. Y ese es el verdadero problema.

Este desgraciado no podía dejarme en paz. No podía dejarme ir. Y como no podía, sabía que al final el Cuervo lo mataría y por eso tuvo que buscar un modo de protegerse. «Y de vengarse», añado, al fijarme mejor en sus ojos desquiciados.

—Después de ver sus alas —prosigue el tarado mayor del país—, no me fue muy difícil averiguar qué era investigando un poco.

Un karasu-tengu que, milagrosamente, apareció en tu vida después de tu viaje a Japón.

—«¿También sabe lo del viaje?». Se me revuelve el estómago—.

Comparé los lugares en los que estuvisteis, de los cuales supe gracias a las fotos que Jenna publicó en sus redes sociales, con el folklore sobre los tengus y probé suerte en el Monte Kurama, donde conocí a este amable caballero —sonríe, al señalar al de las alas blancas—.

Sõjõbõ y yo charlamos y, mira tú por dónde, resulta que él estaba buscando a un tengu fugado.

—¿Fugado? —se me escapa.

—Sí. —La sonrisa de Ethan se ensancha—. Al parecer, está prohibido que los yokais abandonen el suelo japonés. Y tu demonio lo hizo. Te siguió hasta aquí. Ha quebrantado las leyes y ahora tiene que recibir su merecido.

Quebrantar las leyes. Recibir un castigo. Si mi corazón no se hubiese suicidado lanzándose de cabeza al centro de la tierra, ahora mismo se habría detenido en seco.

«Karasuhito, eres idiota», me lamento. El muy memo me siguió hasta aquí sin pensárselo dos veces y sin importarle un pepino en salazón lo que eso pudiese suponer para él.

Y lo hizo cuando yo lo trataba peor que a una plaga.

Lo dejó todo por mí. Lo arriesgó todo por mí.

Y ahora… Una tormenta de agua salada se arremolina en mis ojos.

—¿Por eso lo ayudas? —le pregunto al demonio alado—. ¿Para poder encontrar a Karasuhito y castigarlo?

—Por eso y porque Ethan hizo una plegaria y yo la atendí. —Su voz es tan grave y dura como su gesto.

Me da la risa. Seguramente no sea muy inteligente por mi parte reírme en la cara de un demonio que no parece nada amistoso, pero qué le vamos a hacer; creo que ya ha quedado demostrado que no soy la estrellita más brillante del árbol de Navidad.

—¿ Plegaria ? —me mofo—. Se supone que las plegarias son peticiones con un fin bueno y noble.

Nada que haya salido de la boca infestada de mierda de ese cerdo puede ser considerado una plegaria.

Que sepas que te está usando para vengarse de mí y de Karasuhito.

Es lo que hace él, manipula y usa a todos a su alrededor.

Ethan me asesina con la mirada y le respondo muy amablemente con mi dedo corazón. Meredith suelta una carcajada al verme. El demonio ni se inmuta.

—Karasuhito no solo ha desobedecido nuestras leyes una vez más —no me pasa desapercibido el profundo odio con el que el tal Sõjõbõ pronuncia el nombre del Cuervo—, sino que además ha dejado que sus pasiones lo lleven por el camino del mal.

Ha perseguido a una humana con la que se ha encaprichado, la ha embaucado y se la ha arrebatado al hombre que la ama.

—Algo sisea dentro de mis venas—. Y luego ha amenazado de muerte a dicho hombre.

La plegaria de Ethan buscando ayuda está más que justificada —sentencia el pajarraco blanco.

El siseo de mi cuerpo se convierte en una erupción.

—¡¿Se puede saber qué mierda de historia te has montado en la cabeza?! —le increpo a Ethan—. ¡¿Qué mentiras has ido contando por ahí?!

—Solo he dicho la verdad —declara él con calma.

—¿La verdad? —Se me escapa una risa seca, igual que a Meredith, la cual se revuelve e intenta patear a Ethan desde su posición—.

¡Tú no me amas! ¡Nunca lo has hecho! ¡Y nadie te ha arrebatado nada porque yo no era tuya!

—La rabia me quema la garganta y los ojos—.

Y la única razón por la que Karasuhito te amenazó fue porque…

—¡Suficiente! —brama Sõjõbõ, silenciándome de golpe y arrastrando a Meredith un metro para alejarla de Ethan—.

Sé que Karasuhito te ha llenado la cabeza con todas esas tonterías de que sois almas gemelas; las mismas tonterías que lleva repitiendo siglos, pero lo cierto es que es solo un pretexto para hacer lo que le viene en gana.

Ese muchacho no sabe ceñirse a sus deberes ni a las normas de nuestra especie.

«¿Muchacho?». Aunque me pica la curiosidad, me abstengo de preguntar cuántos años tiene él para considerar a alguien de ochocientos un muchacho .

—Hace seis siglos —prosigue el tengu—, en vez de regresar al Monte Kurama cuando acabó su labor de protección de aquella joven, se fue a vivir con ella.

Mintió y dijo que estaba enamorado para desatender sus obligaciones, y lo siguió haciendo durante centurias una vez que la chica murió.

Excusas para vaguear. —Mi sangre vuelve a hervir.

Nadie que haya visto el dolor con el que carga el Cuervo puede afirmar que ese amor era mentira.

Nadie . Pero él lo acaba de hacer—. Tras muchas advertencias, me tocó amonestarlo seriamente y pensé que después de casi perder el corazón, habría aprendido la lección…

—¿De casi perder el qué? —lo interrumpo espantada.

—Él no dejaba de afirmar que su corazón estaba hecho pedazos, así que decidí que podíamos echarle un vistazo para ver si eso era verdad —responde el demonio con parsimonia.

Mis ojos se fijan en las afiladas garras de Sõjõbõ y una imagen parpadea en mi cabeza. La cicatriz estrellada que tiene Karasuhito debajo de la clavícula izquierda, justo encima de… «Del corazón».

Me llevo las manos a la boca para contener el sollozo que amenazaba con escapar de mis labios. Él me dijo que había tenido problemas con los suyos. Que no se habían tomado bien que llevase tanto tiempo sin atender plegarias. Pero esto… Mi cuerpo se estremece.

En medio de su duelo y su dolor tuvo que enfrentarse a la soledad, al desprecio y a castigos físicos. Y aun así, cuando me encontró, su sonrisa seguía resplandeciendo más que el sol, un reflejo de la auténtica bondad de su alma.

Ajeno al sufrimiento que sus palabras me han causado, el Águila sigue hablando:

—Aquello solo fue un escarmiento. Aunque le hubiese sacado el corazón del pecho, no lo habría matado.

Aun así, curar eso debió de ser terriblemente doloroso —cuenta él, impasible.

Algo ácido me abrasa la garganta. Mi cuerpo tiembla.

Mi corazón se encoge—. Los dioses saben que me empleé a fondo para intentar reformar a Karasuhito, y ya veo que no sirvió de nada.

Ese necio está peor que nunca. Se ha saltado todas nuestras normas, te ha arrastrado a su pequeña farsa, ha atentado contra un hombre inocente…

Por segunda vez, algo cruje dentro de mí y todo se viene abajo.

—¿Inocente? ¡¿ Inocente ?! ¡¿Qué coño tiene él de inocente?

! —le increpo, harta de escuchar estupideces—.

Es un perturbado, un mentiroso compulsivo, un acosador y un maltratador.

Puede que te haya contado la mayor milonga del mundo, pero después de ver lo que ha hecho hoy aquí, hasta un bárbaro con el cerebro lleno de plumón como tú debería haberse dado cuenta ya de que de inocente no tiene nada.

No sé qué chispea más, si los ojos claros de Ethan o los pozos dorados del demonio águila.

—¿Y qué he hecho según tú, Kaya? —inquiere mi ex con un tono de inocencia más falso que los cigarrillos de chocolate.

—Si quieres una lista completa, más te vale sentarte porque esto va para largo. Pero por resumir un poco, casi nos matas al sacarnos de la carretera…

—Ese he sido yo —confiesa el de las plumas blancas sin el menor pudor—. Tenía que interceptaros antes de que llegaseis a un sitio concurrido. Necesito discreción para manejar la situación con Karasuhito. Y me he asegurado de que nadie moría. Como he dicho, los tengus no matamos inocentes.

—No nos has matado, pero nos has dejado para el puto arrastre, psicópata —sisea Meredith.

El demonio la ignora igual que si fuese un insignificante bicho zumbando en su oído y sigue mirándome a mí.