La Maldita y El Cuervo Capítulo 38 - No hay escapatoria
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Capítulo 38 - No hay escapatoria

Me despierto y me siento terriblemente confusa. No recuerdo haberme ido a dormir. Además, me duelen bastantes partes del cuerpo, como si me hubiese caído, y una palpitación me atraviesa el gemelo.

Intento abrir los ojos sin éxito, mis párpados pesan demasiado. En medio de la neblina mental logro captar otras sensaciones. Escucho un jadeo. Huelo a hierro. Me agobio.

No sé qué está pasando. Lo último que recuerdo es que me despedí de Karasuhito y me subí al coche alquilado.

La pelea por la radio. Nos pusimos en marcha y…

y… Nada. Vacío. Un vacío resplandeciente que me hace daño en mi maltratado cerebro.

«Cuánta luz. Cuánto blanco… ¡El oso polar!

». Algo nos sacó a la fuerza de la carretera y caímos por el arcén.

Reúno la poca energía que me queda y muevo las manos. Palpo algo suave y fresco entre lo que sobresalen bultos duros y afilados. «Hierba. Raíces. Piedras». Parece que estoy sobre el suelo del bosque. Lo que no sé es cómo he llegado aquí si yo estaba dentro del habitáculo con las chicas.

Al pensar en ellas, el miedo lanza una descarga de adrenalina que recorre mi sistema. Por fin logro alzar los párpados. Mi vista está borrosa y acuosa. Hay un gran bulto frente a mí. Me incorporo lentamente y parpadeo de forma frenética. El todoterreno va cobrando forma.

La carrocería está llena de abolladuras, pero el vehículo permanece sobre las cuatro ruedas, gracias al cielo, no ha volcado. La puerta del lado donde yo iba montada está abierta de par en par. No sé cómo he salido. Los rizos de Jenna caen desmadejados sobre el volante. No veo a Isa ni a Meredith.

Me incorporo un poco y me percato de que algo brillante y puntiagudo sobresale de mi gemelo. Mi estómago se revuelve, se me va la cabeza y me dejo caer sobre el suelo otra vez. «Aguanta. Por Dios, aguanta». Abro la boca para llamar a mis amigas y de mis labios solo sale un sonido sibilante y ronco.

«Necesito ayuda. Necesito a Karasuhito». Intento pronunciar su nombre y ni el aire sale de mi pecho. Golpeo el suelo con frustración.

—Te veo muy enérgica después de semejante accidente.

Se me hiela toda la sangre del cuerpo. No quiero mirar, aun así, mis ojos se mueven solos guiados por el terror. A unos metros de mí, formando el vértice de un triángulo con mi cuerpo y el vehículo, está Ethan.

Trago. Vuelvo a tragar. Nada baja. Sin embargo, algo agrio sube desde las profundidades de mis entrañas cuando el pánico las estruja.

«¿Qué hace aquí?». No lo entiendo. Es imposible que él nos haya sacado de la carretera.

Lo que nos ha embestido no era un hombre ni una furgoneta.

«Entonces, ¿qué? ¿Y qué hace él aquí?», me repito.

—También te veo más calladita y formal que durante nuestro último encuentro. —Su sonrisa se transforma en una mueca de desprecio feroz—. A lo mejor es porque ya no te sientes tan valiente sin ese demonio cerca. ¿Por qué no lo llamas, Kaya? —me provoca.

Tampoco entiendo esto. No entiendo que sea tan gilipollas o tan suicida como para venir a por mí una segunda vez, sabiendo lo que le espera cuando Karasuhito se entere de lo que acaba de hacer.

Porque el Cuervo lo dejó bien claro, nada ni nadie lo detendrá una segunda vez. Ni siquiera mis ruegos funcionarán esta vez. Y esa certeza es lo que mantiene mis labios firmemente sellados a pesar del terror que burbujea caliente en mi sangre.

No dejaré que Karasuhito se convierta en un asesino por culpa de esta montaña de mierda. Ya les ha hecho daño a las chicas, no permitiré que hiera a nadie más que me importa. «Basta». Me ocuparé de él yo misma, como debí haber hecho hace años.

Un segundo cañonazo de adrenalina me recorre. Me trago el pánico junto con la bilis, escaneo disimuladamente el espacio que me rodea y le ofrezco el mismo desprecio silencioso que él me está regalando a mí.

—¿No dices nada? ¿Te has mordido la lengua? —se burla—. En otras circunstancias, me daría igual. Siempre has estado más mona calladita. —«Cabrón insolente»—. Pero justo hoy necesito que hables, Kaya. Necesito que llames a ese pajarraco tuyo como el día del callejón.

Mi cerebro se agita como si alguien hubiese arañado un plato con un tenedor.

«Algo no va bien. Por muy loco que esté, no es normal que me pida que llame al que será su verdugo».

Necesito tiempo para pensar y aclarar lo que está pasando aquí.

E igualmente no quiero llamar a Karasuhito, así que opto por desviar el tema.

—¿Qué pasa, Ethan? ¿Acaso quieres que él te haga otra nariz nueva? —Señalo el puente torcido que solía estar perfectamente recto—. Porque hay formas menos dolorosas para conseguirlo.

—Puta.

—Cabrón —sonrío, y él sisea—. Te vuelve a tocar a ti. O puedo seguir yo, no tengo ningún problema. Cerdo desalmado. Aliento de estiércol. Mamarracho. Cagarruta de ñu…

Se impulsa hacia adelante como una res enfurecida y tengo que hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad para no ponerme en pie y huir. Ni siquiera sé si el gemelo me sostendría. Y si los dos estamos de pie, perderé mi escasísima ventaja sobre él.

Cierro el puño con fuerza hasta que la piel de mis nudillos amenaza con abrirse. Ethan llega hasta mí y yo me encojo. No por miedo, sino para sacar provecho de mi pequeño tamaño y obligarlo a agacharse para alcanzarme. Él lo hace y ahí está mi oportunidad.

Sujeto con firmeza la piedra que he cogido y lanzo el brazo a toda velocidad hacia su sien. Con un poco de suerte, lo mismo lo dejo inconsciente en el acto. Sin suerte, al menos confío en desequilibrarlo y aprovechar para golpearlo de nuevo una vez que caiga al suelo.

Él ve venir el golpe un segundo demasiado tarde, cuando ya no puede hacer nada por apartarse de mi camino. Y a pesar de eso, mi puño solo encuentra aire porque algo empuja a Ethan con fuerza desde atrás y lo tumba.

Una melena rubia con brillantes mechones carmesíes baila en el aire siguiendo el compás marcado por los pies de Meredith. Ella pivota y le pega una patada a Ethan en el costado que le arranca un satisfactorio gruñido de dolor.

—No vas a ponerle la mano encima de nuevo, puto cobarde de mierda —bisbisea ella. Es mi amiga y la quiero con toda mi alma, pero su mirada me está dando miedo hasta a mí—. Por encima de mi cadáver.

—Si eso es lo que quieres —se ríe Ethan desde el suelo—. Siempre fuiste la que me caía peor de todas. —Intenta levantarse y Meredith le vuelve a patear.

—El sentimiento es mutuo, gusano.

Él rueda unos metros por el suelo, alejándose de mí. Ella se planta entre los dos, convirtiéndose en mi escudo.

Al verla caminar me percato de que cojea de una pierna, tiene sangre en la cara, además de por el pelo, y también le gotea de una mano.

Y aun así, aquí está, erguida, altanera y desafiante como nadie.

Es mi admiración por ella lo que consigue que no vomite y pierda el sentido al ver tanto rojo (y el chute descomunal de adrenalina que llevo encima también ayuda).

—¿Puedes moverte? —me pregunta Meredith.

—Los brazos sí. No he probado a levantarme. ¿Estás bien?

—Estaré mejor cuando le rompa los dientes a ese miserable. —Al oírla, Ethan suelta una cosa entre un gruñido y una risa ronca—. Y hablando de romper… ¿No deberías llamar a Karasuhito?

—Yo… no sé si debo —confieso, y mi amiga me lanza una mirada sorprendida por encima del hombro.

—No es momento de ponerse quisquillosa con chuminadas como la moral, Kaya. Ese puto loco nos ha sacado de la carretera.

—Es que él me está pidiendo que lo llame. Algo no cuadra —le cuento. No tengo tiempo de decirle nada más porque Ethan ya está en pie.

Meredith es muy lista, tiene la lengua más afilada que una navaja, un vocabulario que haría ruborizarse al más curtido marine y tiene un cuerpo atlético; pero nada de eso vale mucho considerando que ella está malherida y que se está viendo las caras con un fulano que es policía y que casi le dobla en corpulencia y fuerza bruta.

Tras un breve intercambio, Ethan consigue conectar un puñetazo con el costado de ella y la tumba de un solo golpe.

El crujido que nace del cuerpo de Meredith reverbera dentro de mi cabeza y algo se quiebra en mí. De la grieta surge un monstruo de fauces afiladas que devora de golpe el miedo y el dolor. Me pongo en pie.

Mi amiga boquea, intentando recuperar el aliento y Ethan la acecha como un lobo hambriento. No. Como un lobo no. Ni siquiera los animales son así de crueles.

Lo veo levantar el pie para golpearla en la cabeza y no me lo pienso. Me arrojo contra él y lo desequilibro lo suficiente para hacerlo trastabillar un paso.

—No te atrevas a hacerle más daño. —No reconozco mi propia voz. Creo que no es mi voz. Ese sonido ha salido del mismo lugar que la bestia que ha devorado todas mis emociones salvo la ira.

—Pues llama a tu karasu-tengu.

Una campanilla repica en mi cabeza. Una nueva señal de alerta. «¿Cómo sabe qué tipo de demonio es Karasuhito?». Decididamente, algo va mal.

—No quiero que nadie me robe el placer de estrangularte con mis propias manos —declaro con una voz gélida y serena que sigo sin reconocer como mía.

Ethan se ríe. Por supuesto, no me toma en serio. Nunca lo ha hecho.

—¿De verdad te crees eso? —me increpa—. A lo mejor quieres replanteártelo porque parece que últimamente no aciertas mucho con tus predicciones, Kaya.

Estoy seguro de que creías que todo había acabado y nada más lejos de la verdad.

No hay escapatoria posible para ti. Nunca la habrá.

Y cuando no te quede nada y me supliques de rodillas…

Gotas de sangre salen despedidas cuando Ethan se muerde la lengua y todo su cuerpo se bambolea hacia adelante.

Meredith y yo nos quedamos tiesas. Detrás de la espalda de Ethan hay un trozo gigante del salpica barros del coche y empuñándolo está Isa. Ella también está herida y se balancea de forma inestable, pero sus ojos se han convertido en una marisma de furia.

—Ya estoy harta de ti, Ethan. Si te metes con mi familia, te dejo seco y te mando al fondo del mar con los peces.

—Y luego dice que no tiene sangre mafiosa. —Meredith se agarra a mí para ponerse en pie.

El gemelo está a punto de fallarme por el peso añadido y las dos nos inclinamos en un ángulo peligroso. Por eso, ninguna reaccionamos a tiempo de avisar a Isa. Ethan descarga el talón sobre su muslo desde el suelo y ella cae de espaldas. La fisura de mi cabeza se ensancha otro metro más.

Meredith ruge y se lanza hacia adelante como un animal rabioso. Ella y Ethan se convierten en una maraña rodante de brazos y piernas. No puedo intervenir porque lo mismo le puedo dar a él como a ella.

Frustrada, hago lo único que puedo, voy con Isa arrastrando mi pierna mala por el camino.

—¿Estás bien? —le pregunto, y ella asiente—. ¿Y Jenna?

—Inconsciente. Se ha dado un buen golpe con el volante en la cabeza.

«¡Joder!». Todo esto es por mi culpa y sé que está en mis manos ponerle fin con una sola palabra y, sin embargo, algo en mí se rebela ante la idea de llamar a Karasuhito.

Algo me está diciendo que aquí está pasando algo que yo no entiendo y que, haga lo que haga, debo mantener al Cuervo lejos de Ethan.

El grito de dolor de Meredith hace que mi tren de pensamientos descarrile. Ese bastardo la ha aprisionado contra el suelo usando su propio cuerpo y le está retorciendo el brazo de una forma grotesca. Si sigue así, se lo va a sacar de la articulación.

—Tenemos que ayudarla como sea —le digo a Isa, que asiente.

«A lo mejor entre las tres podemos reducirlo». Me aferro a esa esperanza. Él es más fuerte y nosotras estamos para el arrastre, pero somos más. Y estamos bastante cabreadas.

Y mi cabreo aumenta cuando veo que la otra mano de Ethan está perdida dentro de la camiseta de Meredith y ese cerdo se relame.

Esto es más de lo que mi cabeza puede soportar. La grieta se ensancha tanto que todo empieza a desmoronarse. La luz se extingue dentro de mí y con ella se va mi cordura, mi miedo, mi instinto de supervivencia y todo lo demás.

De pronto, solo soy rabia y uñas que se clavan en cada centímetro de piel que veo.

Ethan intenta apartarme de un manotazo y, sin dudarlo ni un segundo, le muerdo.

Mi boca se inunda de su sangre, pero las arcadas no llegan.

Los gérmenes acaban de descender mil posiciones en mi lista de preocupaciones.

Él está encima de Meredith y yo encima de él, arañando como un gato salvaje. No le queda más remedio que rodar para librarse de mí. Da igual que me esté aplastando, no lo suelto y mis uñas siguen recorriendo su cara y su cuello, intentando llegar a sus ojos.

En medio de la trifulca, la zona lumbar de ese bruto se hunde en mi cuerpo y lo escucho escupir de golpe todo el aire. Mi vista se enfoca unos segundos y veo que Isa lo ha golpeado desde arriba con el trozo de vehículo.

Por el olor, creo que él acaba de vomitar. Ni siquiera eso me agita el estómago. Tu cuerpo no puede rebelarse contra ti si no hay cuerpo, si solo eres una llamarada de cólera y un puñado de ceniza al viento.

Isa vuelve a alzar el trozo de salpicadero y se tambalea peligrosamente hacia atrás. Está pálida y sudorosa, y una mancha parduzca se va extendiendo por el costado de su camiseta rosa a una velocidad alarmante.

—Déjame a mí. —Si yo soy fuego, Meredith es hielo. Hielo afilado e inclemente.

Agarra el trozo de salpicadero con las dos manos, clava sus ojos llenos de esquirlas en la cabeza de Ethan y se prepara para hundirle el cráneo. Y sé que lo hará. Sé que Meredith no dudará ni un solo segundo y tampoco tendrá ni un solo remordimiento sobre ello. Y la pesadilla habrá acabado.

Antes de que la cabeza de Ethan se abra como una sandía, se escucha un sonido atronador y de la nada se levanta un huracán que nos empuja a todos hacia atrás en direcciones opuestas.

Al salir despedida, la esquirla del gemelo se me clava más hondo y no puedo evitar gritar. El inesperado aguijonazo de dolor vuelve a conectar de golpe mi mente y mi cuerpo, y soy consciente de cuánto me duele todo y de lo mareada que me siento.

Me incorporo como puedo. Isa está tirada a unos metros de mí y no se mueve. Creo que ella también ha perdido el conocimiento, igual que Jenna.

El dolor es tan intenso que mi campo de visión se inunda de puntos blancos flotantes. Son gigantes y… «Eso no son puntos». Un dedo frío se desliza por mi columna. Una gota de sudor va detrás. Son plumas. Plumas blancas.

Me giro lentamente y mi corazón se precipita a los abismos de la tierra. Hay un demonio pájaro en medio del bosque y no es Karasuhito.