Capítulo 37 - Un oso polar emplumado #2
—No huyo. Solo atiendo mis deberes de buen novio.
—Para un segundo. —Intenta agarrarme y yo acelero el paso.
—¡Qué tarde! Como no empiece ya a cocinar, no vamos a tener cenita esta noche —exclamo con tono afectado—. ¡Nos va a doler la barriguita por el hambre!
—Deja de ser un teatrero —se ríe, pero yo no me confío. No debo bajar la guardia o lo mismo suelto otra burrada.
—Nos iremos a la cama con el estómago vacío, pobrecitos de nosotros. ¡Lo mismo no llegamos a ver un nuevo día! —Me llevo la mano a la frente.
—Cuentista.
—Y desde luego, si no cenamos, no vamos a tener energías para hacer otras cositas . —Ahora sí me paro y sonrío de ese modo que siempre logra hacer que ella se ruborice. Esta vez tampoco falla.
—Eres lo peor. —Sus mejillas se hinchan y sus labios se fruncen en un mohín. «Adorable. Adorable. ¡Adorable!». Sonrío más—. Si no me vas a responder, me voy a dar una ducha.
—Si quieres te froto la espalda —ronroneo. Su adorabilidad ha logrado que me olvide de la cocina.
—¿Y qué pasa con la cena?
—La cena puede esperar. —Hago un gesto con la mano.
—La madre que te…
Me desplazo a toda velocidad, la rodeo con mis brazos y me inclino sobre ella.
—Yo también estaba pensando en darme un baño. Si quieres, lo hacemos juntos para ahorrar tiempo —digo con tono sugerente.
Mi dedo dibuja su silueta y ella traga con fuerza a la vez que sus ojos se inundan con deseo. Sin embargo, en menos de tres latidos, el deseo es sofocado por otra cosa: venganza. Iluso de mí, se me había olvidado lo pendenciera que puede ser Kaya para lo poco que abulta.
—Te recuerdo que tú tienes que hacer la cena o nos iremos a la cama con la tripita vacía. Pobrecitos de nosotros —me devuelve mis palabras con sorna—. Así que yo me voy a dar una ducha mientras tú haces la cena.
—Pero yo me quiero duchar contigo —gimoteo.
—No te hace falta, no estás sucio —sentencia, e intenta liberarse de mi abrazo.
—Sí lo estoy. Sucísimo. Lleno de mugre. Necesito un baño urgentemente.
—Huelo el aroma del gel de ducha en ti. Ya te has bañado, mentiroso.
«Vaya. Me ha pillado».
Kaya sonríe con suficiencia, sabiendo que ha ganado esta discusión. O eso cree ella. Se le ha olvidado que está tratando con un demonio.
—Sí que estoy sucio —declaro con una sonrisa perversa, un segundo antes de abrir la nevera, sacar el bote de kétchup y embadurnarme los brazos de rojo. Su boca dibuja un círculo perfecto—. Y ahora, ¿nos bañamos? ¿O prefieres que me tumbe así en el sofá?
—Te voy a…
Sus ojos prometen muerte, pero antes de que complete su amenaza, yo ya he caído sobre ella y la he silenciado con mis labios. La sujeto de la cintura y me la llevo en brazos al baño.
Estamos en fila india delante del todoterreno que hemos alquilado para ir a la cabaña de Verlot.
Meredith camina por delante de nosotras con pasos largos y las manos a la espalda, soltando un discurso sobre seguridad vial y los peligros de los bosques de Washington (que, como todos saben gracias a las realistas novelas de Crepúsculo , están habitados por hombres lobo y vampiros vegetarianos).
También comprobamos que no nos dejamos nada importante bajo el tutelaje de la rubia obsesa del control. Después, solo queda una cosa por hacer: despedirnos.
Karasuhito ha bajado a la calle conmigo para ayudarme con la maleta y para ver a las chicas. Lleva una peluca nueva que le consiguió Jenna porque dejamos la primera abandonada tras nuestro arrebato de fogosidad. Algún crío la encontraría y la adoptaría, seguro.
Todas le dicen adiós con un abrazo. Bueno, todas no. Meredith se limita a darle unas palmaditas en el hombro. Pero lo hace con una sonrisa sincera en el rostro, lo que en lenguaje de la rubia equivale casi a una declaración de amor.
Él las trata con el mismo cariño. Me llena de felicidad ver lo cercanos que se han vuelto. Aunque debo admitir que podría vivir sin escuchar las conversaciones de Meredith y Karasuhito sobre matanzas, formas de tortura y demás cochinadas sangrientas.
Por último, llega mi turno. Pretendo que esta sea una despedida breve y, sobre todo, casta, dado que estamos en medio de la vía pública y con tres chismosas delante.
—Pásatelo bien con tus amigas y, si tienes cualquier problema, llámame —me dice él, mirándome con una ternura capaz de derretir el Polo Norte enterito. Yo asiento—. Nos vemos en un par de días. Te quiero, Kaya.
En cuanto sus labios rozan los míos, se me olvida lo de la brevedad, la castidad y la homoscedasticidad (ni siquiera sé qué coño es eso, creo que lo he visto en un libro del trabajo).
Mis manos ascienden por sus perfectos costados, notando sus músculos tensarse bajo mi contacto. Un ronroneo se cuela por mi boca seguido de su lengua y mi mundo se incendia, consumido por unas llamaradas negras.
La piel de su nuca se eriza mientras mis dedos buscan sus sedosas plumas. En lugar de eso, me topo con unos cabellos de textura áspera. «¿Qué leches…?». De la impresión, tiro demasiado fuerte y por poco me quedo con la peluca en la mano. La magia se rompe, el fuego se extingue y el beso termina.
Abro los ojos y veo el anhelo contenido a duras penas en los suyos.
Un ruidito capta nuestra atención. Los dos nos giramos.
Isa está de espaldas observando con una atención reverencial el coche.
Jenna y Meredith no tienen tanto recato y me miran de un modo que me dan ganas de hacer el viaje hasta Verlot dentro del maletero.
—¿Nos vamos? —pregunta la rubia—. ¿O prefieres que te demos diez minutos a solas con tu hombre pájaro? El asiento de atrás parece cómodo…
La vergüenza me devora.
—No hace falta, gracias —siseo. Me vuelvo hacia Karasuhito—. Que tengas un buen fin de semana. Nos vemos pronto. Te quiero. —Rozo sus labios para evitar que la situación se descontrole de nuevo.
Él es consciente de lo que he hecho y sonríe. Me sostiene el rostro y, tras decirme nuevamente que me quiere, me besa la frente, las mejillas, la nariz y roza mis labios con suavidad. Les dice adiós a las demás con la mano y regresa al edificio.
Nosotras nos montamos en el coche. Jenna conduce, Meredith va de copiloto, Isa está sentada detrás de la rubia y yo de la morena.
Tras una pelea a muerte entre Jenna y Meredith por el control de la radio, nos ponemos en marcha, listas para pasar un fin de semana en las montañas. «Que Dios nos asista y nos libre de los bichos campestres», rezo en silencio.
Nos lleva un buen rato salir de la ciudad por culpa del tráfico del viernes por la tarde. La cosa mejora considerablemente una vez que tomamos la Interestatal 5 en dirección norte y nos alejamos de Seattle.
Desde mi asiento no tengo las mejores vistas, pero a través de la ventanilla de Isa sí puedo contemplar el pico del Monte Pilchuck, una daga gris contra el azul pálido del cielo.
El paisaje va cambiando y el verde finalmente nos engulle cuando tomamos un desvío hacia una carretera rural que serpentea entre los árboles.
Debatimos sobre qué es lo primero que tenemos que hacer en cuanto lleguemos. Yo digo que limpiar y desinfectar la cabaña a fondo. Dos veces. Meredith insiste en que lo primero es comprar alcohol y café, y a la comida que le den. Jenna quiere ir a cenar fuera. Isa se limita a intentar poner paz.
Tomamos una curva cerrada y, aunque mi vista está fija en Meredith, capto algo blanco por el rabillo del ojo.
Al principio creo que es una furgoneta que viene en sentido contrario; sin embargo, una pequeña señal de alerta se activa en mi cerebro.
Hay algo en el movimiento de ese vehículo que está mal.
El tiempo parece ralentizarse. Mi cuello comienza a girar y mi cerebro por fin asimila qué falla: la furgoneta se mueve en perpendicular, no en paralelo a nosotras. Me vuelvo del todo hacia la ventanilla. «Eso no es una furgoneta».
No hay tiempo para más. Algo nos embiste por el flanco izquierdo. Nuestro habitáculo se llena de gritos. La carrocería se hunde y yo me aparto todo lo que me deja el cinturón. Nos salimos de la carretera por el lateral contrario por el que hemos sido placadas y caemos por la ladera del monte.
Antes de que el mundo se apague, me asalta un último pensamiento: «nos acaba de sacar de la calzada un puto oso polar emplumado».