La Maldita y El Cuervo Capítulo 37 - Un oso polar emplumado
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Capítulo 37 - Un oso polar emplumado

La puerta de la cafetería se abre de golpe y un torbellino con rizos irrumpe a la carrera. Casi se lleva por delante tres mesas.

La última vez que Jenna estaba así de alterada, se había cargado el cuadro eléctrico de la sucursal donde trabaja tras intentar sacar algo sospechoso (yo tengo la firme creencia de que solo era una pelusa) del enchufe con una lima de uñas.

Al intentar frenar, derrapa varios metros y su cadera impacta contra la mesa de unos atónitos chicos que le dirigen miradas recriminatorias. Ella se disculpa con rapidez y por fin logra sentarse con nosotras.

—No os vais a creer lo que ha pasado —resuella, con las mejillas coloradas y brillantes del esfuerzo.

—¿Has vuelto a confundir a un cliente del banco con un atracador y has intentado inmovilizarlo con el cable del ratón? —se burla Meredith.

«Uy, no me acordaba de eso».

—Ese hombre era terriblemente sospechoso —se defiende Jenna—. No dejaba de sudar, de tartamudear y de lanzarme miradas intimidatorias.

—Eso era porque estaba intentando pedirte salir, ¿no? —pregunta la rubia con su típica sonrisa torcida.

—Pobre muchacho —murmura Isa.

—Pobre muchacho —coincido, aguantando la risa.

—¡Pobre yo que me di un susto de muerte pensando que me iba a atracar! —exclama Jenna—. Y no sé por qué estamos hablando de esto porque no viene al caso.

—Pues si no has reducido a nadie por error… —Meredith se queda pensativa mientras se da golpecitos en la barbilla con el dedo.

—¿Has vuelto a quedarte encerrada en la cámara de seguridad del banco? —inquiere Isa.

Me tengo que tapar la boca para ahogar la risa. «Tampoco me acordaba de eso». Francamente, no sé cómo Jenna conserva su trabajo.

—¿Por qué tenéis que ser así de brujas? —se ofende la interrogada.

—Yo no soy una bruja —declara Isa—. No lo soy… No lo soy, ¿verdad? —Me mira.

—No lo eres.

—Yo sí —afirma la reencarnación rubia de Maléfica, y le da un sorbo a su vaso—. Aunque en este caso concreto no lo estoy siendo. No es nuestra culpa que seas una cabeza hueca.

—Seguid faltándome al respeto de esa forma y me buscaré a otras amigas con las que compartir el premio. —Jenna gira la cara con indignación.

—¿Premio? —me sorprendo.

—¿Otras amigas? —Meredith enarca una ceja con escepticismo.

Jenna le saca la lengua y procede a ignorarla para responderme a mí.

—Por eso he venido corriendo, para contároslo. ¡He ganado un fin de semana en una cabaña cerca de Verlot y del Lago Spada! —Aplaude—. ¡Y puedo llevar a tres personas conmigo! ¿No es estupendo?

—¡Eso es maravilloso! —se alegra Isa.

—La naturaleza me da urticaria —declara Meredith.

—¿Hay algo que no te dé urticaria? —me río.

—Pocas cosas, la verdad —responde con total desfachatez.

—Deja de ser una amargada, Mer —suplica Jenna—. Es la primera vez en toda mi vida que gano algo y quiero compartirlo con mis mejores amigas. Será como el viaje a Japón, pero sin el sushi ni las doce horas de vuelo —sonríe de forma amplia.

—Me extraña que sea la primera vez que ganas algo con la de sorteos a los que te apuntas siempre —comento, porque es verdad. Jenna tiene la costumbre de participar en cualquier cosa donde haya un premio o un regalo, aunque ni siquiera le interese.

—Lo sé. De hecho, ni recordaba haberme apuntado a este —se ríe—, pero mi tenacidad ha dado sus frutos y lo que es mejor, ¡puedo compartirlo con vosotras!

—¿No recuerdas haber participado? —Meredith frunce el ceño y se cruza de brazos ante la negativa de Jenna—. ¿No será un timo? ¿O alguna broma por el uno de abril [7] ?

—Estamos en mayo —le recuerda Isa.

—Ya lo he comprobado y todo es legal y verídico. Y ya tenían todos mis datos personales, por lo tanto, sí que tuve que registrarme para el sorteo, aunque yo no me acuerde. Y bien, ¿qué me decís? La reserva es para el segundo fin de semana de junio.

—Yo tengo que comprobar los turnos en el hospital, pero si no trabajo, por supuesto que me apunto —asiente Isa. Jenna baila en la silla.

—Los bichos no me gustan y en el bosque hay muchos bichos —protesto.

—¿No será que no quieres dejar solo a tu caballero emplumado? —sonríe Isa—. Todavía estáis en la mágica fase de los primeros meses.

Una oleada de calor nace de mi estómago y asciende por mi pecho hasta acumularse en mi cara.

—No es por eso —farfullo, muerta de la vergüenza—. De verdad me dan pánico los bichos, ya lo sabéis.

También es verdad que pasarme un fin de semana entero sin ver a Karasuhito se me hace un poco duro ahora mismo. Me he vuelto más adicta a ese hombre que al chocolate y Dios sabe que me cuesta la vida mantener mis manos y mi boca lejos de él. Pero tengo a bien callarme ese bochornoso detalle.

—Para algo se inventó el insecticida —contraataca Jenna—. Llevaremos veinte botes. Y de repelente también.

—En ese caso, está bien —cedo, porque no quiero ser la clase de persona que desaparece cuando está en una relación. Me ocurrió con Ethan y fue en contra de mi voluntad, no me apetece que suceda de nuevo.

—Solo quedas tú, Mer. ¿Qué me dices?

—¿Qué he hecho yo para merecerme esto? —musita la aludida, pasándose las manos por la cara y el pelo con desesperación—. No soy un ratón de campo, ni siquiera soy una rata de ciudad, solo soy un murciélago que quiere disfrutar de su solitaria y lúgubre cueva, joder.

Ante semejante declaración solo podemos reírnos de ella. Isa es la primera que recobra la compostura e inclinándose sobre la silla, entrelaza su brazo con el de Meredith y la mira como un cachorrito desvalido.

—No será lo mismo si no estás con nosotras…

—Quejándote de todo cada cinco segundos —añado, entre risas.

—La gruñona eres tú, Kaya, no yo —me reprocha Meredith con el morro más apretado que los pantalones de un bombero—. Yo no me quejo. Yo lanzo maldiciones con la furia del infierno.

—Pues maldice entre abetos para variar —bromea Jenna.

—Porfi… —Los ojos de Isa se redondean más, y Meredith resopla.

—Por favor, Meredith —me uno a la súplica, y me gano una mirada asesina.

—No te hagas la difícil —le pide Jenna—. Sabes que somos unas lelas y que no sobreviviremos solas un fin de semana entero. Tienes que venir, Mer.

La aludida deja escapar un gruñido exasperado.

—¡Está bien! —Nos apunta a todas con un dedo largo y afilado como un punzón—. Pero después de eso, no nos saldremos de nuestra cómoda rutina durante tres meses por lo menos, ¿entendido?

—Sí, señora —respondemos las tres al unísono.

Tardo menos de dos segundos en soltar todo lo que tengo en las manos y llegar a la puerta en cuanto escucho las llaves. Kaya aún no ha cruzado el umbral y mis labios ya están sobre los suyos, saboreando la risa que se le escapa por el impetuoso recibimiento. Pero es que la he extrañado mucho .

Durante los últimos meses, lejos de acostumbrarme a sus ausencias, cada vez las siento más porque el tiempo que ahora compartimos es mil veces mejor.

Donde antes había convivencia y amistad, ahora hay amor.

Ahora hay minutos que se quedan cortos para contener nuestras caricias, nuestros besos, nuestras charlas entrelazados en el sofá y nuestro deseo de más.

Siempre más. Como si tratásemos de compensar los seiscientos años que hemos pasado separados.

—Bienvenida —murmuro contra sus labios, y su risa me acaricia—. Te quiero.

—Yo también te quiero. —Se alza sobre las puntas de los pies para corresponderme con otro beso que me sabe más dulce que el primero, porque este nace de ella.

Cuando el beso acaba, la suelto a regañadientes para que se pueda quitar la cazadora y los zapatos, y ponerse cómoda.

—¿Qué tal tu día? —le pregunto.

—Bien. Tengo que contarte una cosa. —Sus ojos aletean con nerviosismo—.

Jenna ha ganado un viaje de un fin de semana a una cabaña aquí cerca, a una hora y media, y nos ha invitado a las chicas y a mí.

Pasaré fuera el segundo fin de semana de junio…

—titubea, agacha la cara y su voz también desciende varios tonos—. Espero que no te parezca mal.

—¿Mal? —me extraño—. ¿Hay algún peligro de muerte cerca de ese lugar?

Su gesto se contrae con perplejidad.

—No. A no ser que cuentes los insectos del bosque como potencialmente mortales.

Me trago la risa para no interrumpir la conversación.

—Entonces, ¿por qué iba a parecerme mal?

—Pues… —Cada vez parece más perdida—. ¿Porque no voy a estar aquí? —pregunta, como si ni ella misma lo supiese.

—Y eso significará que te echaré de menos, pero no que me parezca mal.

Siempre y cuando no te expongas a situaciones peligrosas de forma deliberada, no veo dónde está el problema.

—Me encojo de hombros—. Y sé que pasar tiempo con tus amigas te hace feliz, así que entiendo aún menos por qué iba a parecerme mal.

Su boca se convierte en una fina línea temblorosa y de pronto tengo miedo de haber dicho algo inapropiado y haberla disgustado. Antes de poder preguntar nada, ella da un paso, agarra el bajo de mi camiseta y apoya su frente en mi pecho.

—Perdona —dice con voz queda.

—Siento tener que decirlo, pero… cada vez entiendo menos lo que está pasando —confieso. No le veo la lógica a su disculpa. Ni a todo lo anterior, ya que estamos.

Ella se ríe de forma suave y eso alivia un poco mi malestar.

—Perdona porque, por un segundo, se me ha olvidado que tú eres lo opuesto a lo que yo he vivido hasta ahora —me explica—. Estaba esperando que reaccionases como lo habría hecho él y me he sorprendido cuando simplemente has sido tú mismo. Eso no ha sido justo por mi parte, así que, lo siento.

—Kaya —la rodeo con mis brazos y la mezo suavemente—, no pasa nada. Después de todo lo que has vivido, tu cerebro está condicionado a reaccionar de cierto modo y te llevará un tiempo poder dejar todo eso definitivamente atrás. No te preocupes.

—Siempre eres demasiado bueno —susurra, frotando su mejilla contra mi pecho.

—Eso díselo a la gente que me comí en Hikone…

—¿Qué has dicho? —Se aparta de mí y me mira con los ojos anormalmente abiertos.

—¡Nada! —grazno demasiado alto—. No he dicho nada. Nada de nada.

—Karasuhito…

—Uy, ¡qué tarde es! —comento, señalando el reloj de la pared—. Tengo que ponerme ya con la cena.

—No huyas de mí.