La Maldita y El Cuervo Capítulo 36 - Te esperaré #3
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Capítulo 36 - Te esperaré #3

«¿Cómo voy a tenerlo cuando aquí al lado está el corazón más valiente y tierno que he contemplado jamás? ¿Cuando me siento más amada de lo que me he sentido nunca? Es imposible».

Su sonrisa se ensancha.

—Te amo, Kaya. Ahora y siempre.

Sus labios me roban el “te quiero” que estaba a punto de pronunciar, el cual acaba perdido en el mar de nuestras bocas unidas.

Su beso es lento, suave y profundo, y su lengua va dejando notas ahumadas en mi boca mientras explora. De pronto, me siento en casa.

Me acerco a él, intentando fundirme también con su cuerpo y mis dedos se deslizan entre la sedosidad de sus plumas. Es una sensación extraña y, al mismo tiempo, familiar.

Al notar mi caricia, él gruñe de forma grave y suave un segundo antes de que el beso se intensifique y los dos nos convirtamos en una estrella fugaz caída capaz de dejar senderos de fuego a su paso.

En medio del arrebato de pasión, soy ligeramente consciente de que igual no es muy apropiado estar haciendo esto en el suelo de un parque infantil. Pero tampoco creo que sea muy apropiado besar a un ser mitológico que antes mataba gente, así que… Me encojo de hombros mentalmente.

Cuando su mano se cuela dentro de mi abrigo y traza los contornos de mi cuerpo con caricias expertas, se escucha un nuevo gruñido bronco y un desgarrón. Las alas de Karasuhito están a la vista.

Sin interrumpir el beso, él me sostiene contra su cuerpo y alzamos el vuelo. Esto es lo más surrealista y, al mismo tiempo, lo más excitante que he hecho en mi puñetera vida y mi propia temperatura me impide sentir nada de frío mientras surcamos el cielo de la ciudad.

Esta vez no podemos entrar por el balcón, así que nos vemos obligados a separarnos para poder caminar la manzana que nos separa de casa, tras aterrizar en un callejón angosto y oscuro.

No hemos dado ni diez pasos y él tira de mi brazo, me empuja contra la pared y me roba el aliento con otro beso abrasador. Cualquiera diría que no puede separarse de mi boca y debo admitir que eso me hace sentir especial, deseada y poderosa.

Seguimos avanzando entre interrupciones constantes para besarnos, tocarnos, abrazarnos y reírnos. Para cuando entramos a nuestro piso, somos un caos de ropa arrugada, cabellos y plumas despeinados, manos ansiosas, labios sedientos y ojos febriles.

Él cierra la puerta con el talón, me quita el abrigo a toda prisa y se arranca la parte de arriba de la ropa, que ya estaba rota.

Tengo al Cuervo vestido solo con los pantalones oscuros del traje en mi entrada.

Ahora no hay motivos para apartar los ojos y por poco combustiono al fijarme bien en su perfecto cuerpo.

Mis latidos se aceleran tanto que se me va la cabeza y empiezo a ver otra vez lucecitas intermitentes de colores, como si alguien hubiese instalado un pino gigante de Navidad en mi mente.

Y en vez de una estrella, coronándolo hay un cartel que reza: “aquí yace Kaya. Causa de la muerte: Karasuhito estaba indecentemente bueno”.

Quiero respirar hondo, y solo atino a tragar haciendo demasiado ruido. Mis funciones corporales van a su aire porque mi cerebro está más frito que una gamba en tempura.

Su boca, esa que hasta hace dos segundos me estaba devorando, se curva de una forma sugerente y espantosamente atractiva. Me llevo una mano al pecho cuando mi pulso se salta tres latidos enteros. «Al final me muero de verdad».

—¿Qué pasa, Kaya? —ronronea él de forma juguetona—. Si me miras así, me va a dar vergüenza. —Desliza un dedo desde su clavícula hasta la cintura del pantalón.

El mundo estalla y solo hay calor. Mucho calor.

—Sí, ya veo la vergüenza que te está dando —respondo con la boca seca y los ojos fijos en él. Ya da igual si me toma por una pervertida. Antes me mato que dejar de contemplar esa maravilla.

—Mucha —se ríe con picardía, y se acerca un paso a mí.

—A nadie con ese cuerpo tallado por los dioses le podría dar vergüenza que lo miren —salto sin pensar.

—¿Tallado por los dioses? —Sus cejas se elevan la misma distancia que se ensancha su sonrisa—.

¿Tan guapo te parezco, Kaya? ¿Tanto te gusta lo que ves?

—me provoca—. Que sepas que mi cuerpo es el resultado de una perfecta genética demoníaca y siglos de duro entrenamiento.

Podría decirse que yo también soy como una fruta prohibida y tentadora. —Mueve las cejas de forma lenta.

«La madre que lo…». Es que le encanta pavonearse. Aunque tiene razones para hacerlo.

—¡Ya! —estallo—. ¡No hace falta que te sigas vendiendo que ya te he comprado, leches!

Se inclina sobre mí y la luz desaparece.

—Solo quiero saber si me deseas tanto como yo a ti. —Su dedo se desliza por la curva de mi cintura y sigue ascendiendo por mi columna, electrizando toda mi piel.

Se me ha olvidado cómo se habla. Así que decido responder sin palabras.

Imito el gesto que él acaba de hacer, deslizando las yemas de mis dedos por su piel desnuda.

Su pecho vibra. Su piel se eriza. Me alzo sobre las puntas de los pies y lo beso volcando en él todo el fuego que me abrasa por dentro.

En menos de un segundo, me levanta por los aires y me lleva hasta la habitación mientras nos vamos perdiendo cada vez más el uno en el otro.