Capítulo 36 - Te esperaré #2
—La imperfección también es bella y a mí todo eso me parece adorable. Ya te dije que solo hay dos cosas que no me gustan de ti y ninguna de ellas es culpa tuya. —El silencio se prolonga y el aire se vuelve demasiado denso—. ¿Estás enfadada conmigo?
—Enfadada no, solo…
«¿Confusa? ¿Perpleja? ¿Escéptica? ¿A punto de tener un aneurisma?».
—No te lo había contado antes porque ya te estaban sucediendo demasiadas cosas y no quería añadir más preocupaciones a la lista —se justifica—.
Tampoco me pareció que estuvieses preparada para enfrentarte a todo esto.
Confiaba en que al final me recordaras por ti misma, que recordaras quién era yo y todo lo que existió entre nosotros; pero el tiempo ha pasado, nos hemos ido acercando, mis sentimientos han crecido y ya no he podido callarme.
Lamento si te he hecho daño al hablarte de esto.
No sé si lo que siento puede definirse como dolor. Todo es muy extraño. Me vienen a la memoria otras veces en las que él ha dicho cosas parecidas a lo de hoy, así que esto no puede ser por el alcohol.
Además, está esa extraña sensación de familiaridad que él despierta en mí. La forma en que siempre sabe qué hacer o decir para calmarme, como si ya me conociese. Siempre me ha tratado con una cercanía y una intimidad reservadas a gente que se conocía más que nosotros.
Pero es que todo eso de la reencarnación suena a cuento chino. Esto parece el argumento de una novela romántica paranormal. Se podría titular: La Maldita y El Cuervo . Me dan ganas de reír solo de pensarlo.
Un suave movimiento capta mi atención. Las plumas de Karasuhito meciéndose con la brisa nocturna. «Plumas…». Algo se conecta en mi cabeza. «Tengo a un demonio delante de mí. Llevo conviviendo con él casi medio año. ¿De verdad lo de la reencarnación es tan raro?».
Unas uñas arañan las paredes internas de mi mente. Un pensamiento luchando por emerger a la zona consciente. Es esa molesta sensación de que algo se me escapa que me lleva carcomiendo desde que Karasuhito me salvó de Ethan, desde que…
«Las alucinaciones», me doy cuenta de pronto. Ese día, en el callejón tuve unas visiones rarísimas que yo creía que eran fruto del estrés. Y… los sueños. No eran invenciones mías, eran recuerdos.
En cuanto ese pensamiento toma forma, un dique revienta dentro de mi cabeza. Mi mente se convierte en una vidriera compuesta por cientos de fragmentos de escenas y no recuerdo haber vivido algunas de ellas. Dentro de mí hay un mosaico de una vida pasada entremezclada con la mía. Ahora lo veo claro.
«Joder. Joder. Todas las indirectas que no he pillado. Todas las cosas que he malinterpretado. Todo este tiempo pensando que él quería a otra… ¡Todo este puto tiempo he estado celosa de mí misma!».
Un grito frustrado se escapa entre mis dientes y el Cuervo se sobresalta.
—¿Kaya? —se preocupa. Menos mal que me tiene bien sujeta por los hombros porque, si no, ahora mismo iba a buscar una alcantarilla y me tiraba por ella—. ¿Estás bien?
—Estoy bien, solo soy infinitamente idiota —mascullo ofuscada.
—Yo… —Frunce la boca y sus ojos se pasean nerviosos por mi cara—. Si no te importa, prefiero no responder a eso porque dudo que esa conversación nos lleve a los violines.
«¿Violines? ¿Qué dice ahora este? ¿Se ha vuelto a confundir de palabra?
». Decido dejarlo estar porque, sinceramente, yo tampoco quiero que me dé una respuesta a lo de ser idiota.
Con lo descontroladas que están mis emociones ahora mismo, como me diga que sí lo soy, lo mismo rompo a llorar y luego le obligo a tragarse la peluca.
—Entonces, ¿qué…? —Su voz suena menos grave de lo habitual y se perciben notas de timidez en ella—. ¿Qué piensas tú de todo esto? ¿Cómo te sientes respecto a mí? ¿Me recuerdas? ¿De verdad no estás enfadada?
Ante su avalancha de preguntas tomo consciencia de que él me ha confesado su amor y yo me he caído del columpio, casi me muero dos veces, me he comportado como una enajenada, lo he acusado de estar bolinga y le he llamado loco. En resumen, no le he dado ni una sola respuesta coherente.
—Si esto no te parece bien o te incomoda —prosigue—, podemos olvidarlo todo.
Yo no necesito que suceda nada más entre nosotros.
No negaré que lo deseo, pero no lo necesito.
Con estar a tu lado, de la forma que sea, yo soy feliz.
Así que, si te he hecho sentir mal, lo siento.
Y por favor, no me alejes de ti. No dejes de hablarme otra vez.
Algo se enreda alrededor de mi corazón. Es frío, puntiagudo y duele. Duele mucho.
Apoyo mis dedos en sus labios para detener su discurso nervioso. Son tan suaves… Un pulso de calor recorre mi cuerpo.
—Karasuhito, no me he enfadado. Solo me he sorprendido mucho. Lo que me has contado es… bueno, increíble y me está costando un poco asimilarlo todo.
—Es comprensible. E imagino que eso es porque no me recuerdas. No recuerdas nuestro amor —dice desanimado.
Ha llegado el momento de ser totalmente honesta para no hacerle más daño.
—Recuerdo algunas cosas, fragmentos de momentos puntuales.
Una pelea en medio de un bosque. Una mañana tendiendo la ropa.
Una tarde cocinando mientras tú me miras.
Algunas noches… —El calor trepa por mi cuello y alcanza la punta de mis orejas—.
Pero no son más que eso, retazos muy pequeños.
—Cada vez está más cabizbajo—. Así que esto que siento no se debe a que te recuerdo de otra vida y, sinceramente, lo prefiero así —admito.
Quiero que mis sentimientos sean míos y solo míos, no alguna mierda mística del destino.
—¿Lo que sientes? —Una chispa prende con suficiente fuerza como para no dejarse engullir por la oscuridad de su mirada.
—Yo también estoy enamorada de ti —confieso con una patética voz de pito que da vergüenza ajena.
A él no parece importarle lo más mínimo porque se arroja con tanta fuerza sobre mí que los dos caemos al suelo. Por supuesto, no me golpeo en ningún sitio, él se encarga de eso.
De algún modo, consigue abrazarme, girarme y que aterrice sobre su pecho, todo esto en menos de un latido. Y lo ha hecho el chico que por poco se va rodando escaleras abajo tres veces hace unas horas porque no atinaba a levantar solo un pie cada vez.
Sus risas restallan contra mi oído, la vibración se propaga por mi cuerpo y su felicidad se filtra a través de mi piel y, después, por las grietas de mi corazón hasta insuflarle vida nueva. Yo también me río, y lloro un poquito, mientras él no deja de repetir que me quiere.
Lloro de alegría y, también, por esa leve sensación agridulce de la que no puedo desprenderme porque la mayoría de los obstáculos que había entre nosotros siguen ahí. Él sigue siendo un demonio ochocientos años mayor que yo. Yo envejeceré y él no. Yo moriré y él volverá a quedarse solo y devastado.
—Karasuhito. —La ansiedad empuja las palabras fuera de mis labios.
Él me ayuda a incorporarme cuando nota que intento moverme.
Su sonrisa es tan luminosa que duele. Duele pensar que algún día volverá a apagarse por mi culpa y solo Dios sabe cuántos siglos le llevará sanar esta vez—. ¿Estás seguro de esto?
Su cabeza se ladea.
—No te entiendo.
—Yo… —No hay forma de suavizar esto—. ¿Estás seguro de que quieres que pase esto entre nosotros? ¿De verdad quieres que seamos algo más?
—Es lo que más deseo en el mundo.
Un dedo puntiagudo se cuela entre mis costillas y se pone a hurgar sin clemencia en mi interior hasta hacer sangre.
—¿Y qué pasará luego? ¿Qué pasará contigo cuando yo…? —No quiero decir abiertamente “cuando yo me muera” porque suena un poco tétrico, pero por su cara, él me ha comprendido—. ¿No te da miedo pasar otra vez por lo mismo?
—Ya no —declara—. Porque ahora sé que volverás.
Ahora estoy seguro de ello. Así que, cuando tenga que despedirme de nuevo de ti, te esperaré con la certeza de que regresarás conmigo y eso me ayudará a sobrellevar la pena.
Y, además, esta vez tendré los recuerdos de dos vidas a tu lado para mantenerme en pie —sonríe, y el invierno se acaba de golpe—. ¿Tú tienes miedo?
—No.