Capítulo 36 - Te esperaré
—Gracias a ti por pedírmelo y por hacer caso a esas descerebradas —me río—. Desde luego voy a recordar esta velada durante mucho tiempo.
Me lo he pasado realmente bien con Karasuhito.
Es divertido, caballeroso, interesante, dulce, generoso, comprensivo, ha congeniado bien con las chicas, es un poco torpe a veces, pero tan mono…
La clase de pareja que siempre soñé tener (si no tenemos en cuenta todo ese asuntillo del ser infernal y el plumón, claro).
Al compás de mi cuerpo, mis pensamientos también se mecen, oscilando entre dos opciones: decirle cómo me siento o callarme como una muerta. «Como la muerta de la que él sigue enamorado», me recuerdo y una lanzada se hunde a través de mis costillas.
No puedo decirle nada. Esta cita no ha significado lo mismo para él que para mí y, seguramente, nunca se repetirá otra vez.
—Me da pena que se acabe esta noche —admito con un hilo de voz, sabiendo que esto es todo lo que puedo esperar de él. Una relación de amistad preciosa que a mí, en mi codicia infinita, no me parece suficiente.
Mi ánimo va en caída libre, arrastrado por una descomunal bola de frustración más pesada que el puñetero plomo.
—Kaya —su grave voz tira de mis ojos hasta que se encuentran con los suyos—, te amo con todo mi corazón y no ha pasado ni un solo día en el que no haya pensado en ti desde que te moriste.
«¡¡Me cago en los chupachups de Coca Cola!!». El mundo se congela. O se incendia. O es invadido por los aliens, yo qué sé.
«¿Ha dicho que me ama? ¡¿Ha dicho que me ama?
! Espera… ¿Ha dicho que me morí? No, céntrate, lo importante es lo otro.
¡¡LO OTRO!! Ha dicho que me ama, ¿verdad?
No he alucinado. Vosotros también lo habéis oído, ¡¿no?
! ¿A quién coño le estoy preguntando? Ay, por Dios, estoy perdiendo la cabeza.
Da igual, el caso es que yo sí lo he oído».
Mi cuerpo colapsa, las manos se me abren solas y siguiendo la inercia del columpio, aterrizo de espaldas en el suelo como una tortuga panza arriba. Se me sale todo el aire del pecho y veo puntitos de colores, pero no pasa nada. También hay puntitos de colores flotando dentro de mi corazón.
—¡Kaya! —grita el Cuervo. Su rostro invade mi campo de visión moteado—. ¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?
Abro los labios para decirle que se deje de memeces y que vaya a lo importante, que me repita eso de que me ama, sin embargo, de mi boca solo sale un silbido que transporta el último aliento que me quedaba.
—¡Kaya! —se angustia él.
Ahora quiero decirle que no sea tan dramático, pero las palabras siguen sin salir. Y lo que es peor, él se inclina más, la peluca se le cae y la maraña de pelo falso aterriza dentro de mi boca abierta.
Procedo a ahogarme por partida doble. Y también me estoy muriendo del asco, para qué mentir. Solo Dios sabe qué clase de gérmenes habrá enredados en el pelo sintético.
El aire se agota del todo y mi mirada se enturbia. «No. No. No. ¡Y una mierda me muero yo ahora! No, cuando él se acaba de declarar. ¡Me niego!».
De algún sitio saco una última pizca de energía para forcejear con la maldita peluca. Logro quitármela de la cara a la vez que Karasuhito me gira de lado y me frota la espalda para relajar mis músculos, que están más rígidos que un ladrillo.
El dolor por fin mengua y mis pulmones se expanden. El aire deja una sensación dulce y ahumada a su paso que alivia la quemazón del pecho. Me permito respirar diez veces, bien hondo, antes de ocuparme de lo verdaderamente importante.
Me escurro del agarre del Cuervo con tanto ímpetu que acabo rodando por el suelo varios metros cual albóndiga enharinada.
Me pongo a cuatro patas y, abandonando todo rastro de dignidad (si es que alguna vez la tuve), gateo a toda prisa hasta que estoy cara a cara con Karasuhito, que me mira sorprendido. O asustado, quién sabe.
—¿Me amas? —le interrogo. Soy consciente de mi tono de incredulidad y desesperación. También soy consciente de que esta situación, con él de cuclillas y yo a cuatro patas, igual no es la más romántica del mundo; pero si a él no le importa, a mí menos.
—Sí. —No hay rastro de vacilación en su voz. Tampoco de guasa. Esto no es una broma. Repito: no es una broma.
—¿Pero tú no estabas enamorado de un cadáver?
—suelto sin pensar. Mi comentario lo espanta tanto que aterriza de culo en el suelo.
Siendo honestos, no puedo culparlo. Yo también tengo ganas de estrellarme contra el suelo, aunque con la cabeza por delante—.
Me… Me refiero a que tú estás enamorado de esa chica, tu última protegida, la que murió hace tanto —me explico de forma atropellada—.
Me lo dijiste en Navidad y lo has repetido varias veces desde entonces.
Él suspira y se pasa la mano por las plumas.
—No entendiste nada de nada —sonríe de forma culpable—. Kaya, tú eres esa chica. Tú eres la chica a la que salvé y de la que me enamoré perdidamente hace seiscientos años.
—Has bebido demasiado champán en la cena —sentencio, tras escuchar semejante disparate—. Eso es una locura. Estás bolinga.
Un puño invisible impacta contra mi estómago y por poco me quedo sin aire de nuevo cuando me doy cuenta de algo. Si está diciendo esas incoherencias, entonces… «Entonces, lo más seguro es que lo de que me ama también sea mentira».
Me muerdo el labio para sofocar las ganas de llorar. «¿Cómo he podido pensar que alguien como él se iba a enamorar de alguien como yo?». La palabra “idiota” se acaba de quedar corta para definirme.
Lo escucho moverse, sin embargo, no puedo alzar la vista. Si mis párpados se mueven un milímetro, las gotas que hacen precarios equilibrios en mis pestañas regarán el suelo.
Sus rodillas se materializan al lado de mis manos. La cortina de pelo que me cubre es alzada con delicadeza y él la sujeta a mi espalda. Posa la otra mano en mi barbilla e intenta que lo mire.
—Kaya, ¿podrías escucharme un momento y luego decidir si lo que te estoy diciendo es o no una locura? —me pide. No, más bien me suplica. Esa palabra se ajusta mejor a su tono.
—Te estoy escuchando —susurro lo más bajo que puedo, para que no se note la inmensa pena que me asfixia.
—¿Y podrías escucharme y mirarme al mismo tiempo?
—No creo.
Un suspiro resignado se extiende entre nosotros. Su mano se desliza hasta acunar mi mejilla. Su pulgar encuentra la primera perla de agua que ha logrado escapar.
—No sé qué he dicho para hacerte daño, pero lo siento mucho.
No era mi intención. Y si te has puesto así porque te he dicho que te amo, te ruego que olvides esta conversación.
De verdad que no quería disgustarte, lo que pasa es que ya no podía callarme más.
No podía seguir guardándome para mí todo esto.
Te quiero, Kaya. —Tono firme. Voz serena.
Sin dudas. Sin risas. Solo sinceridad—. Te he querido, te quiero y te querré.
Hace seis siglos, hoy, dentro de mil años. Solo estás tú. No hay otra. Solo tú .
—Pero… —empiezo, y me callo al darme cuenta de que lo acabo de interrumpir—. Perdón.
No lo veo, aun así, me imagino una sonrisa llenando el silencio entre los dos.
—No pasa nada. ¿Sabes qué es la reencarnación de las almas?
El brusco cambio de conversación me desconcierta bastante y permanezco callada más de lo que pretendía.
—Sí, sé lo que es. Mi madre y mis abuelos son sintoístas.
—Bien, eso me ahorra muchas explicaciones.
Eres la misma chica de la que me enamoré hace tanto porque, aunque tu cuerpo sea otro, tu alma es la suya.
Por eso te reconocí de inmediato en cuanto vi tus ojos en aquel balcón de Nara.
Te reconocí porque llevaba seis siglos pensando en ti a cada instante, rezando porque volvieses conmigo.
La perplejidad consigue lo que no han logrado sus ruegos. Alzo la cara y me topo con un gesto imbuido en cariño, felicidad y devoción.
—¿Cómo? —No atino a decir nada más.
—Eso solo lo saben los dioses. —Se encoge de hombros—.
También desconozco si habías regresado antes ya y nuestros caminos no se cruzaron, o si esta es la primera vez que tu alma pisa este mundo desde que me dejaste ese fatídico día de otoño.
—Sus labios se cierran de golpe y veo el dolor desgarrarlo desde dentro.
No lo soporto y me muevo por instinto. Lo abrazo y, tras un breve instante, él también me estrecha fuerte—.
Lo único que sé es que, antes de que te fueses, me juraste que me encontrarías y yo te juré que te esperaría.
Y así ha sido. Gracias, Kaya. Gracias por volver conmigo.
Su abrazo se vuelve feroz. Me duele un poco el golpe que me he dado en la espalda, pero por nada del mundo le pediría que me soltase cuando se está aferrando a mí con semejante desesperación.
Estoy confundida y abrumada. Es evidente que él cree que esto es real, sin embargo, yo no sé qué pensar.
Solo hay una idea medianamente coherente flotando a la deriva por mi cabeza.
Una duda que necesito que él me responda con sinceridad.
Y su contestación podría hundirme del todo o darme alas, ya veremos.
—¿Solo me amas porque crees que soy esa chica? La reencarnación de quien fue tu amor verdadero.
—Kaya, tú eres mi amor verdadero, ya te lo he dicho. Solo has sido y serás tú. No hay nadie más. —Me suelta y se aparta un poco. Sus ojos se incendian y el fuego me devora—. Y te amo porque tú eres todas las cosas que me gustaban de ella y más.
—No te entiendo —admito.
—Tu alma no es exactamente igual a la suya. Tus experiencias han moldeado tu espíritu de una forma ligeramente diferente y ahora es incluso más hermoso que antes. Tú eres más hermosa, gentil, generosa y fuerte. —Me acaricia el pelo.
—También estoy como una jodida regadera defectuosa, soy una gruñona y tengo más traumas que espinas tiene un cactus —le recuerdo, y él se ríe.