Capítulo 35 - Sutil, delicado y suave
Me siento igual que si mis alas hubiesen brotado hacia el interior de mi cuerpo y ahora llenasen mi estómago.
Y eso no es lo único raro. Mis pulmones, mi corazón, el pulso de mis manos, mis ojos…
«¿Por qué no puedo dejar de parpadear?».
Todo parece funcionar mal y, a la vez, pocas veces me he sentido mejor que en este momento.
Tampoco recuerdo una sola vez en la que haya estado así de nervioso. Ahora mismo soy una bola desmadejada de ansiedad y no debería serlo porque solo se trata de Kaya. Ya estaba enamorado de ella, lo llevo estando más tiempo del que podría comprender la mente humana.
Lo que pasa es que hay un problema. Ella es Kaya.
Es mi Kaya y no lo es. Es su esencia, pero está adornada con un millón de luces nuevas por las cosas que le han sucedido en esta vida.
Unas luces que la hacen única. Y debido a esas peculiaridades, creo que me he vuelto a enamorar de ella.
O me he enamorado más. No sé cómo definirlo.
Solo puedo asegurar que lo que siento ahora es cien veces más arrollador que lo que sentí la primera vez.
Y por eso estoy un poquito histérico mientras caminamos por la calle. Solo un poquito. No es que se me vayan a empezar a caer las plumas por el estrés ni nada de eso. Creo. Espero.
Kaya me ha preguntado si quería ir a algún sitio en especial y no he podido responderle. Primero, porque no conozco esta ciudad. Y segundo y más importante, porque a mí me da igual a dónde vayamos siempre que vayamos juntos.
No me habría importado pasar la tarde en casa, cocinar juntos, que me contase cómo había ido su día, cenar, jugar a algo, ver una película… Lo que fuese. Lo que hace cualquier plan especial es que ella forme parte de él.
Sin embargo, después de que Meredith me haya explicado todo el tema de San Patatín, las citas y el romance… ¿Cómo no iba a querer hacer algo así con Kaya?
Ha sido toda una suerte que sus amigas me hayan ayudado.
Al parecer, Isabella eligió la ropa que visto.
Jenna consiguió el animal muerto que llevo en la cabeza.
Supongo que lo mataría y lo despellejaría ella misma.
También ha comprado las rosas. Y Meredith ha perdido varias horas de su día preparándome y explicándome todo pacientemente (sí, esa joven tiene paciencia, y una bastante grande debo admitir).
«Son muy buenas chicas», sonrío, sintiéndome agradecido de que Kaya cuente con personas así en su vida.
Hacemos una primera parada rápida en casa para dejar las flores y para que ella pueda cambiarse porque se niega a ir con una sudadera y vaqueros mientras que yo parezco un modelo de…
«¿Cómo lo ha llamado? ¿Alfonso Domínguez?
». Tampoco importa demasiado. A mí me parece que está guapísima incluso así, pero quién soy yo para decirle lo que tiene que vestir.
Cuando ella sale de la habitación con las tonalidades del otoño envolviendo su figura en forma de un vestido largo y ajustado, por poco rompo la nueva mesita del salón de un puntapié involuntario.
Y luego por poco arranco la puerta de la entrada.
Y después por poco ruedo escaleras abajo al no ser capaz de apartar mis ojos de ella. Todo por poco, gracias a los dioses.
Kaya se apiada de mí y no se toma a mal el lamentable espectáculo que estoy dando. Ni mis balbuceos incoherentes al intentar decirle lo bellísima que está. Solo sonríe y se sonroja. Lo cual me pone aún más nervioso y por poco me estrello contra la pared. Por poco.
En la calle logro recobrar la compostura porque tengo que concentrarme para no chocarme con nadie y eso no me deja margen para quedarme embobado mirándola.
La decisión de dónde ir recae en Kaya y me lleva al cine.
Esto es como el salón de casa, pero en tamaño gigante.
Y hay palomitas. Me gusta este sitio. Cuando se apagan las luces, me gusta todavía más.
Y después de que Kaya se acurruque contra mi brazo decido que podría venir aquí todas las semanas con ella.
Tras la película, paseamos hasta llegar a una zona ajardinada a través de la cual discurren senderos que han alumbrado con farolillos con forma de corazón (o de traseros, todo depende del punto de vista).
Hay muchas parejas aquí. Me fijo en ellos. Todos van de la mano, agarrados del brazo o el caballero rodea los hombros o la cintura de su acompañante. Y todos se miran como quisiera que nos mirásemos Kaya y yo.
Nunca he tenido reparos a la hora de tocarla o abrazarla, para mí es natural.
Sin embargo, ahora soy extrañamente consciente de mi cuerpo, del suyo y del aire que nos separa.
Me siento tímido y bobo, todo a la vez. Creo que se debe a que no puedo sacarme de la cabeza que esto es una cita, algo especial y reservado a personas que albergan sentimientos mutuos, según me ha explicado Meredith.
A pesar de mis nervios, sigo anhelando cualquier contacto entre nosotros, así que del modo más disimulado que puedo, balanceo mi brazo para aproximarlo lentamente al suyo sin perder de vista mi objetivo: su mano.
Mis dedos se preparan para rozar los suyos.
Solo un poco más… De pronto, su mano desaparece.
Kaya se gira bruscamente y se aleja en dirección a una pareja de ancianos que están paseando a su perro.
Yo también me aproximo y el pobre animal me mira con una mezcla de sumisión y miedo. Igual se cree que me lo voy a comer. Cosa que jamás haría. Puedo matar personas, pero nunca le haría daño a un perro. Hasta un demonio tiene sus límites.
Retomamos nuestra marcha y decido intentarlo de nuevo.
He visto esto en la película de antes. Finjo un bostezo, me estiro y elevo los brazos.
De reojo, observo mi nuevo objetivo: los hombros de Kaya.
Mi brazo derecho desciende suavemente y antes de que pueda aterrizar, ella se vuelve a desviar.
Esta vez para devolverles el balón a unos críos.
Estoy empezando a sentirme un poco irritado. Aun así, no me rindo. Lo intento con su mano otra vez y ella tiene que apartarse para dejar pasar a unos señores con un carrito. Luego se tropieza. Después ve otro perro.
—¿Quieres dejar de deambular por ahí como un animalillo perdido? —estallo, tras mi sexto fracaso.
—¿ Disculpa ?
—Llevo un buen rato intentando cogerte de la mano y tú no dejas de huir de mí —le digo, desesperado.
—Oh.
—Sí, oh. —Respiro—. Si esto es una cita de verdad, quiero que seamos como el resto de las parejas que hay aquí —admito, bajando el tono.
—No huía de ti —sus pestañas caen y empujan su mirada al suelo—, es que no me he dado cuenta. Lo siento.
Se acerca dos pasos y me ofrece su mano.
—Yo también siento haberme alterado. Estoy bastante nervioso —confieso, entrelazando mis dedos con los suyos.
Un leve temblor sacude su mano y me llega un aroma acre mezclado con su perfume dulce. Ansiedad.
—Si no te sientes cómodo con esto, podemos volver a casa —musita, sin mirarme a la cara.
Al verla así, decido tragarme mi ego y ser lo más sincero que puedo sin llegar a contárselo todo.
—Kaya, no es incomodidad, solo nervios. Es mi primera cita, ¿sabes?
No tengo experiencia con estas cosas porque cuando me enamoré —ella hace un gesto de dolor que no entiendo— todo era muy distinto.
Quiero que te lo pases bien, quiero ser un buen acompañante y compartir una velada especial contigo; por eso estoy nervioso.
No quiero hacer algo mal o seguir tropezándome como si fuese un ave palmípeda en vez de un señorial cuervo.
—Mi pequeña broma le arranca una sonrisa—.
Pero te prometo que no deseo estar en ninguna otra parte ahora mismo. Solo a tu lado.
—Gracias. —Duda, y su mano se retuerce dentro de la mía—.
Y no hace falta que estés nervioso, yo siempre me lo paso bien cuando estamos juntos y, aunque te cayeses cincuenta veces de culo al suelo, eso no estropearía mi noche —se ríe—.
Yo también estoy donde quiero estar y… con quien quiero estar.
—Me mira a través de sus densas pestañas y mi mundo implosiona en un millón de fragmentos brillantes.
Mis esperanzas acaban de coronar el Monte Fuji—.
Así que, ¿por qué no dejamos de preocuparnos tanto porque esto sea una cita y simplemente disfrutamos de esta noche juntos?
—Me parece una idea maravillosa —sonrío.
Mucho más tranquilo y animado, tiro de su brazo para atraerla hacia mí. Ir de la mano ya no me parece suficiente, así que también rodeo sus hombros y el aire que nos separaba queda en el olvido.
Tras el paseo, vamos a un restaurante muy curioso en el que las mesas están repartidas alrededor de la cocina, la cual está a la vista de todos y en el centro del local.
Kaya ha pensado que esto me gustaría y no se equivocaba.
Es increíble ver cómo los cocineros manejan las sartenes, los cuchillos y las especias.
Intento memorizar todo lo que puedo para ponerlo en práctica las próximas semanas.
La comida es deliciosa, el ambiente es agradable y las cosas con Kaya no pueden ir mejor.
Los dos nos reímos y bromeamos igual que en casa, ella no para de hablar y parece relajada y feliz.
Y de vez en cuando se queda mirándome fijamente y luego se sonroja después de que un pulso de calor la recorra entera.
Además, ella ha accedido a tener una cita conmigo en este día dedicado al amor. Ha dicho que no hay nadie más con quien quisiese estar hoy. Y se ha alegrado genuinamente con este plan.
Cada vez estoy más convencido de que no estoy entendiendo mal las señales.
De que su corazón ha sanado lo suficiente para albergar sentimientos por mí (recordados o nuevos) y eso me está envalentonando.
O a lo mejor son las… ¿Cuatro? ¿Nueve? No sé.
Algún número entre cero y doce copas de este líquido dorado y chispeante que me he tomado.
Abandonamos el restaurante y esta vez no dudo, la rodeo de inmediato con mi brazo y ella se apoya en mí mientras caminamos por las calles que siguen llenas de vida y romance.
De regreso a casa cruzamos otro parque. En este no hay farolillos ni gente paseando, solo unas estructuras metálicas extrañas pintadas de colores alegres y decoradas con dibujos de flores, gatos, barcos, soles…
Kaya echa a correr y se sube a unas barras que discurren paralelas al suelo, intenta caminar con los brazos en cruz, pero se cae a los cuatro pasos. Se ríe y vuelve a intentarlo. Al verla, mi pecho se llena con el sonido de mil campanillas de viento y el calor de las noches estivales.
Me reta a que lo haga yo. A pesar de que mi mente flota entre nubes doradas y burbujeantes, cruzo el obstáculo sin mayor dificultad.
Dado mi historial de los últimos meses, puedo no parecerlo, pero de verdad que soy un tengu muy ágil.
Lo que pasa es que Kaya tiene la mala costumbre de electrocutarme el cerebro con su belleza y su adorabilidad .
Ella se enfada, resopla, pone pucheros y vuelve a caerse. Entre risas, le ofrezco mi ayuda para que ella también pueda cruzar este estrecho puentecito que no conduce a ningún lado. Después nos colgamos de unas barras de madera y nos deslizamos por una colina de metal.
No comprendo el propósito de todo esto y tampoco lo necesito. Me lo estoy pasando bien y Kaya no deja de reírse, eso es todo lo que importa.
Tras quedarse casi sin aire corriendo de aquí para allá, ella toma asiento en una extraña silla colgada de cadenas. Me coloco a su lado mientras ella se mece suavemente y sonríe. Me sonríe. Ni las estrellas relucen tanto como sus ojos.
—Me lo he pasado muy bien —comenta, balanceando los pies frente a ella.
—Yo también. Gracias por decir que sí.
—Gracias a ti por pedírmelo y por hacer caso a esas descerebradas —se ríe—. Desde luego voy a recordar esta velada durante mucho tiempo. —La luz de su mirada titila y se oscurece—. Me da pena que se acabe esta noche.
Me pasa igual. Yo tampoco quiero que se acabe este momento.
Quiero vivir alumbrado por sus sonrisas el resto de mis días.
Quiero pasear con ella. Quiero que vayamos juntos a sitios nuevos.
Quiero compartir mi tiempo y mi vida con ella de todas las formas posibles.
Quiero sus abrazos, sus caricias y sus besos.
Quiero entregarle mi corazón sin esconder nada más.
Quiero contarle cómo me siento. Quiero decírselo. Quiero…
«Voy a hacerlo», me decido de repente. No sé si soy yo o las veinticinco copas chispeantes que me he tomado las que hablan; pero ya no puedo contener todo lo que siento dentro del pecho por más tiempo. Voy a declararme aquí y ahora. Voy a hacerlo.
Ha sido una noche preciosa, este es un momento romántico, como esos de los que me ha hablado Meredith, y no se me ocurre una ocasión mejor para dar el paso.
Quiero estar a la altura de las circunstancias, sin embargo, no tengo apenas experiencia, así que recurro al recuerdo de la película que hemos visto antes. Esa declaración infinita y acaramelada en la que sonaban violines de fondo.
Yo también deseo que Kaya oiga violines, por lo tanto, eso es lo que tengo que hacer. Justo eso. Ser sutil, delicado y suave, y ofrecerle una confesión de amor inolvidable. «Yo puedo».
—Kaya —la llamo, y sus ojos se deslizan hasta mi rostro mientras ella se balancea. «Sutil, delicado y suave»—, te amo con todo mi corazón y no ha pasado ni un solo día en el que no haya pensado en ti desde que te moriste hace seiscientos años.
Las palabras atraviesan esa bruma dorada que flota por mi cráneo. «Eso ha sonado un poco… un poco directo , ¿no?». No tengo tiempo de analizarlo. Los párpados de Kaya se pierden dentro de sus cuencas, sus manos se abren de golpe y ella cae a plomo de espaldas al suelo.