La Maldita y El Cuervo Capítulo 34 - San Calentín #2
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Capítulo 34 - San Calentín #2

Mi corazón mete la quinta y con un rugido ensordecedor… «¿Eh? San ¿qué?». Parpadeo. No tengo ni la más remota idea de qué ha dicho. Tampoco estoy en condiciones de analizarlo, ahora mismo tengo el cerebro hasta arriba de confeti y purpurina. Y vergüenza. De esa también hay cantidades ingentes.

—Gra… Gracias —susurro, y cojo el ramo como puedo con una sola mano. Él sigue sosteniendo la otra—. Es un detalle precioso, pero… ¿qué haces aquí? ¿Fuera de casa? —Bajo la voz todo lo que puedo.

—Meredith ha venido al piso —dirige su vista un segundo hacia un rincón del vestíbulo.

Ahí están, las tres escondidas detrás de una columna.

«Viejas entrometidas, alcahuetas y chismosas».

A pesar de mi mirada asesina, ellas me sonríen y levantan los pulgares.

Las quiero, pero no son más memas porque no se entrenan—, me ha explicado todo eso de San Calcetín —por poco me río— y las citas, y me ha dicho que, si quería darte una sorpresa, ella me ayudaba.

Suspiro. En parte irritada porque mis amigas sean unas taradas con vocación frustrada de casamenteras, en parte triste porque en realidad todo esto no ha sido idea del Cuervo. Él solo se ha dejado arrastrar a la locura de las otras tres cenutrias.

—Siento mucho que te hayan obligado a hacer todo esto —me disculpo. Él ladea la cabeza, como si mis palabras no tuviesen el menor sentido.

—No me han obligado. Ya te lo he dicho, Meredith me ha preguntado si quería darte una sorpresa y he dicho que sí porque por supuesto que quiero sorprenderte y tener detalles bonitos contigo, pero la mayoría del tiempo no puedo porque no puedo salir de casa.

No sé qué me abruma más, si la intensidad de su tono o de su mirada.

—¿No estás molesto?

—¿Molesto? —Su perfecta nariz se frunce—.

Sinceramente, estoy agradecido y feliz de que me hayan ayudado.

Debo admitir que lo de llevar un animal muerto en la cabeza no me hace mucha ilusión —se toca con un dedo cauto lo que imagino debe ser una peluca— y se me están apelmazando las plumas.

—Hace un mohín jodidamente adorable—. Pero si así puedo salir y estar contigo, lo acepto.

Además, el bicho muerto no huele mal, ya es algo.

Y la ropa me gusta mucho. Mira. —Se separa un paso de mí, sonríe y se pasa una mano por delante del cuerpo—. Estoy muy guapo. Mucho. ¿Verdad?

Normalmente no me gusta hacerle cumplidos porque me da demasiada vergüenza y porque él solito se lo dice todo, no le hace falta nadie más para venirse arriba. Sin embargo, ahora mismo me siento incapaz de mentirle.

—Estás muy atractivo —admito, y mis mejillas se incendian.

Su sonrisa se ensancha y se ilumina, y se escucha otro golpe sordo a mi espalda. Creo que se ha desmayado otra de las señoras de los archivos. «Será mejor que nos vayamos de aquí antes de que mate a alguien de un infarto».

Estoy a punto de decirle que me espere mientras recojo mis cosas, cuando Karasuhito hinca la rodilla en el suelo. Mi boca va detrás. Jenna tiene que coger a Isa porque por poco colapsa ella también.

—Entonces, ¿me harías el inmenso honor de tener una cita conmigo hoy?

—me pregunta. Sigue sonriendo, pero ya lo conozco lo suficiente para saber que está nervioso.

La tensión que se arremolina en los extremos de sus ojos rasgados lo delata.

Por primera vez, él está igual de nervioso que yo.

No. Rectifico, nadie está igual de nervioso que yo, aunque él lo está bastante.

Los segundos pasan y mi boca parece cosida con hilos de hierro—. ¿Kaya?

«Joder, ¡di algo!», me insto al ver que su gesto de angustia aumenta. «Le estás haciendo pasar un mal rato. Deja de comportarte como una patata rancia y di algo. Lo que sea».

Mis labios se abren.

—Patata.

«Idiota. Idiota. ¡Idiota!». Tengo ganas de salir corriendo y tirarme debajo de un coche en marcha. «¿Cómo puede ser posible que de cuatro veces que abro la boca, la cago ocho?».

Karasuhito se esfuerza por no perder la sonrisa, pero su desconcierto es palpable.

—¿Perdón?

Tomo aire y me trago las ganas de matarme.

—¡Sí! —respondo al fin con demasiado ímpetu, demasiado alto y con la piel demasiado caliente—. Me… Me encantaría tener una cita contigo.

Él se levanta tan rápido que por poco me caigo de culo. Por supuesto el Cuervo nunca permitiría que yo me desgraciase en su presencia. No me he balanceado ni dos centímetros y sus brazos ya están a mi alrededor. Su abrazo feroz me levanta un palmo del suelo.

—Gracias —susurra en mi oído. Juro que nunca una palabra tan corta pareció contener tanta alegría y emoción.

De pronto, yo me siento igual. Nerviosa, emocionada y feliz, inmensamente feliz, y eso que me voy de cita con un viudo que no pertenece ni a mi misma especie. Pero, oye, he tenido citas peores.

—Espérame aquí un segundo mientras voy a por mis cosas, ¿vale?

Él asiente. Igual es que no puede dejar de sonreír los segundos necesarios para decir ninguna otra palabra.

Me alejo con pasos rápidos y un chillido me hace darme la vuelta.

Isa ha agarrado a Karasuhito de ambas manos y se las sacude arriba y abajo sin parar, a la vez que da grititos incoherentes.

Meredith le está dando palmaditas en el hombro con gesto orgulloso.

Jenna danza alrededor de todos, no sé si lo está celebrando o invocando a la lluvia.

Y él… Lejos de avergonzarse, él parece a punto de explotar de felicidad y les sigue el juego.

Todos se ríen y verlos desata una emoción nueva dentro de mí. Me tiemblan las piernas, las manos, los labios, las lágrimas y el alma.

Ahí mismo hay cuatro personas a las que quiero más que a mi vida y que, milagrosamente, me quieren lo suficiente como para haber hecho todo esto. Y por primera vez en mucho tiempo me planteo que no estoy maldita, sino todo lo contrario. Alguien me ha bendecido con el mayor de los regalos.