La Maldita y El Cuervo Capítulo 34 - San Calentín
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Capítulo 34 - San Calentín

El último mes ha sido igual que un sorbo de limonada fría en una tórrida tarde de verano. La presión que llevaba enroscada en mi pecho desde hace años ha desaparecido, por fin puedo respirar de nuevo, pensar con claridad y sentir que mi vida es plenamente mía otra vez.

Disfruto de mis trayectos andando entre casa y el trabajo, ya no voy corriendo y con la cabeza gacha, e incluso me doy el lujo de pararme a mirar algún escaparate.

La ciudad vuelve a tener un brillo especial.

El aire huele menos viciado. Hasta mi jefe me parece menos malo.

Sigue siendo un parásito con la cara cubierta de pelusilla de kiwi, pero ya no es tan terrible lidiar con él.

Los ratos del almuerzo también han mejorado. Me río más, hablo más y no me pierdo tan fácilmente en bucles mentales (aunque ahora mismo estoy en plena disociación mientras ellas charlan).

Me siento aliviada porque ya no les escondo nada a las chicas. Y ahora que ellas ya saben que existe Karasuhito, hemos quedado tres veces más en mi piso y hemos pasado la tarde los cinco juntos.

Y en casa… Bueno, qué puedo decir. Estar en casa nunca fue tan agradable y al mismo tiempo tan horrible.

Tener al Cuervo al lado es una tortura placentera.

Y la parte de la tortura es culpa mía, no suya.

Culpa mía y de mi mente descarriada que no deja de regalarme sueños en los que Karasuhito y yo parecemos una pareja de casados del Japón antiguo.

Me paso las noches dando rienda suelta a mi amor por él y los días refrenando mis ganas de confesarle cómo me siento.

Deseo tanto estar con él que duele; sin embargo, no quiero estropear lo que tenemos (sea lo que sea) incomodándolo con unos sentimientos no correspondidos. Creo que no son correspondidos. Lo cierto es que cada vez lo tengo menos claro porque su comportamiento me tiene muy confundida.

A pesar de eso, intento no olvidar que un hombre que lleva seis siglos enamorado de la misma mujer no puede ser un picaflor; así que todos esos gestos y comentarios que parecen declaraciones encubiertas o intentos de flirteo tienen que ser malentendidos por mi parte.

El chasquido de unos dedos a medio palmo de mi nariz me arranca de golpe de mi ensimismamiento.

—¿Qué pasa? —me asusto.

—Buenos días, Bella Durmiente —se burla Meredith.

—No estaba dormida, solo divagando un poco —farfullo.

—¿Un poco? Llevamos media hora intentando conectar contigo —se ríe Jenna.

—¿Estabas pensando en alguien? —Isa sonríe de forma traviesa—. ¿En alguien con plumas?

Llevan tomándome el pelo con Karasuhito todo este mes. Por mucho que yo me empeñe en negarlo, me conocen demasiado bien para saber que estoy mintiendo como una condenada.

—No.

—¿Segura?

—Sí.

—¿Tenéis planes para San Valentín? —insiste Isa. Para venir de una familia muy católica, se la ve extrañamente entusiasmada con la idea de arrejuntar a su mejor amiga con un demonio—. ¿Algo romántico?

—¿Algo eróticamente festivo? —añade Jenna, moviendo las cejas de forma sugerente.

—No. No. Y no. ¿Por qué sois tan pesadas? —Me froto la cara con desesperación.

—Porque es evidente que hay una tensión no resuelta entre ese chico, o pájaro, o pollo, o lo que sea, y tú —interviene Meredith.

—Y porque por una vez en tu vida, no te has buscado a un capullo integral —prosigue Jenna—. Así que, si tú no das el paso por ti misma, tendremos que darte un empujoncito en la dirección correcta.

—O tirarte de cabeza al precipicio de una patada en el culo. —Meredith se encoge de hombros—. A mí me va bien cualquiera de las dos.

—Sois lo peor —siseo.

—No, no lo somos —me contradice Isa con una sonrisa—. Y lo sabes. Y también sabes que ese pobre muchacho lleva encerrado en tu casa meses, ayudándote y siendo bueno contigo, y se merece que tengas un detalle con él. Y ya que estamos, tú también te mereces relajarte y ser feliz.

Me hundo en la silla. No por el rapapolvo en sí, sino porque tiene razón.

El Cuervo se merece más, pero es que… Esto no es Navidad.

Esto es San Valentín. El día del amor y las parejas.

No puedo darle una explicación lógica ni coherente a Karasuhito para que celebremos esa fecha juntos sin que eso derive en una conversación horrendamente bochornosa y que no estoy lista para tener.

—Ya le compraré unos bombones y unos calcetines —murmuro al cuello de mi jersey.

«Por los dioses, cuánto rojo», pienso, levemente abrumado.

No sé qué está pasando, pero desde hace un par de semanas, cada vez que me meto a internet para ver vídeos de cocina o buscar cosas que no entiendo, todo es de color rojo.

Me recuerda a lo que sucedió en Navidad, pero ahora en vez de muñecos de nieve y señores gordos, hay corazones.

Corazones por todas partes. O eso me dijo Kaya.

Francamente, estas cosas no se parecen en nada a un corazón de verdad, la forma no podría ser más errónea. De hecho, se parecen más a culos que a cualquier otra parte de la anatomía humana.

Estoy intentando cerrar tres páginas que he abierto sin querer cuando llaman a la puerta. Por supuesto lo ignoro, yo no puedo abrir. En teoría, ni siquiera estoy aquí. La casa está vacía mientras Kaya está trabajando.

Pasado un minuto, vuelven a llamar de forma muy enérgica e insistente.

—¡Karasuhito!

Me quedo petrificado. «¿Acaban de decir mi nombre?». Pero eso es imposible. Nadie sabe que estoy aquí salvo Kaya. Kaya y…

—¡Karasuhito! —me llama Meredith por segunda vez. Mi pulso se desboca—. Sé que estás ahí dentro. Soy yo, Me…

Abro la puerta de golpe.

—¿Kaya está bien? ¿Le ha pasado algo? —me agobio. No encuentro otra explicación a la presencia de esta joven en el apartamento.

—Sí que te preocupas por ella —sonríe de forma torcida—. No te angusties, salado. Kaya está bien. He venido a hablar contigo.

—¿Conmigo? —me sorprendo.

—Sí. —Avanza con paso firme y me veo obligado a hacerme a un lado para dejarla pasar.

Ahora que me fijo, va cargada con muchas bolsas.

Las deja caer todas sin ningún cuidado, se gira para mirarme y alza las manos al cielo—.

¿Sabes qué repugnante, pero al mismo tiempo glorioso día es hoy, Karasuhito?

Soy un tengu de ochocientos años entrenado para el combate y la guerra, y ella es solo una humana que ni siquiera parece demasiado fuerte físicamente, pero en estos momentos la sonrisa de Meredith me está dando mucho miedo.

Solo quedan diez minutos para recuperar mi libertad. Y además es viernes. Tendría que estar radiante y la realidad es que solo siento una pesada bola de nervios en el estómago.

Al final, no le he comprado nada al Cuervo por San Valentín y eso no debería suponer un problema porque, primero, él ni siquiera sabe qué día es hoy; y segundo, él y yo no somos pareja y no tengo la obligación de regalarle nada. Sin embargo, me siento mal.

Una parte de mí sí quiere celebrarlo con él. Otra parte de mí es consciente de que he tocado fondo porque quiero pasar el día de San Valentín con el novio demonio emplumado de una muerta. «Todo muy normal y para nada patético, no qué va», me lamento en silencio.

Cojo otro libro del carrito para colocarlo en la estantería y una compañera irrumpe en el pasillo a la carrera. Jadea, tiene los ojos excesivamente abiertos y la piel demasiado rosada. Parece un salmonete.

—Kaya… —Sus ojos se abren aún más. Se acerca, me sujeta los brazos y me clava los dedos hasta el hueso. Empiezo a asustarme—. Hay… Hay un… un chico en el vestíbulo preguntando por ti.

«¿Un chico?». No espero a nadie y la lista de hombres de mi vida se reduce al Cuervo, mi padre y mis tíos.

Y no veo a ninguno de ellos pasándose por la biblioteca de la facultad un viernes por la tarde.

El único que se presentaba de forma inesperada e indeseada en mi trabajo era…

Mi estómago se reduce al tamaño de una semilla.

No puede ser. No sería tan estúpido de hacer eso después del encontronazo con Karasuhito.

Desde luego rezo para que sea así. Y sigo rezando mientras me encamino con pasos inseguros hacia la entrada.

«Por favor, que sea el tío Fergus o el tío Dean, borracho como una cuba y vestido con una falda escocesa y pompones».

Al llegar al recibidor, por poco me desmayo.

No es ninguno de mis tíos. No es ningún pariente.

No es Ethan. Es el Cuervo. Aquí. El Cuervo con un ramo gigante de rosas rojas.

Aquí. El Cuervo vestido con un despampanante traje negro y un abrigo largo del mismo color que se ajusta a su imponente figura de forma indecente.

Aquí. El Cuervo con una media melena azabache en vez de plumas.

Aquí. El Cuervo con unos guantes oscuros que cubren sus garras y le dan aspecto de piloto. Aquí. ¡Aquí mismo, joder!

Mi mente está derrapando. No estoy respirando lo suficientemente hondo. O igual no estoy respirando en absoluto. No lo sé. Lo único que me libra de creer que me he muerto ya es que escucho alto y claro los atronadores latidos de mi corazón.

Karasuhito mira a todas partes, boquiabierto.

Es la primera vez que veo ese gesto levemente abrumado en su rostro.

Lo hace parecer más joven, más humano, más guapo.

Y mientras él pasea sus ojos sin descanso por el lugar, el resto de las miradas están todas posadas en él.

Todas . Mujeres. Hombres. Palomas. Los malditos ficus de los tiestos.

Nada ni nadie escapa a su belleza sobrenatural.

Tras llevar un buen rato admirando la cúpula del techo, él por fin repara en mi presencia y nos deja ciegos a todos los presentes al sonreír. Se encamina con pasos rápidos en mi dirección.

—¿Qué haces aquí? —pregunto con un hilo de voz.

Para mi deleite o desgracia, no lo tengo claro, él toma mi mano, se inclina en una cuidada reverencia, me la besa con ternura y me ofrece el ramo de flores.

Escucho varios suspiros ahogados a mi espalda. Y creo que se han desplomado dos señoras de la sala de archivos y no las culpo, yo estoy a punto de caerme redonda también.

—Feliz San Calentín, Kaya —me sonríe de forma tímida.