La Maldita y El Cuervo Capítulo 33 - Demonios chiquititos #2
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Capítulo 33 - Demonios chiquititos #2

—Aunque el hecho de que no podamos tener descendencia no significa que no podamos…

Kaya se arroja hacia adelante y me tapa la boca con la mano.

—Cállate ahora mismo —me ordena. Parece furiosa. O estreñida, no lo tengo claro. Solo sé que mi intento de arreglar las cosas no ha funcionado.

—Si te he ofendido de algún modo, explícamelo mejor para poder disculparme —hablo, con su palma aún apoyada en mis labios.

—Sí, Kaya. —Meredith sonríe—. Explícate mejor. Danos bien de detalles de lo que te está pasando por la cabeza.

—¿Sabéis qué? —Kaya se acomoda en la silla y endereza la espalda al máximo—. No tengo por qué explicar nada. No tenemos que seguir hablando de esto porque no va a haber demonios chiquititos porque nadie se está tirando a nadie. Punto.

—Pues no sé a qué esperas —replica Jenna— porque, hija mía, míralo. Míralo . —Me señala de arriba abajo—. Es guapísimo y tiene un cuerpo divino y hecho para el pecado.

«Esta chica también me cae cada vez mejor».

—Sí lo soy y sí lo tengo —asiento. Las plumas de la coronilla se me levantan un poco.

Preferiría mil veces que fuese Kaya la que me dijese estas cosas, pero me conformaré por el momento con esto ya que ella se niega a hacerme ningún cumplido. Cosa que me duele un poquito, no lo negaré. «Con la de cosas bonitas que yo le digo a ella».

—No me ayudas —me sisea Kaya.

—No pretendía ayudarte. —Las demás se ríen de mi respuesta—. Solo estaba dándole la razón a tu amiga porque es verdad, soy muy atractivo y tengo un cuerpo fuerte que merece la pena ser admirado.

—Vive Dios que lo tiene —asiente Jenna.

—Amén —responde Isabella, alzando su refresco.

Meredith suelta una carcajada ronca.

—Limpia, hace la colada, cocina, mata gente y, además, no es nada modesto. ¡Me encanta! Tenéis mi bendición plena para ser felices y procrear como conejos.

—Muy amable. —Me inclino en el sitio como muestra de gratitud.

—¡No le des las gracias! —chilla Kaya—. Y vosotras, ¡dejad de decir disparates y de hincharle el ego! Que bastante creído se lo tiene ya, joder.

—Y tiene motivos más que de sobra para tenérselo creído. —Jenna silba—. ¿Le habéis visto los abdominales? Y esos pectorales…

—¡Gracias! —exclamo, sobresaltándolas a todas—. ¿Ves? Pectorales, Kaya. ¡ Pectorales !

—Estoy rodeada de idiotas —murmura ella. Las demás nos miran con desconcierto.

—Pectorales —insisto, y ella bufa—. Pectorales.

—Me cago en los arcoíris. —Se gira y se inclina en la silla para acercarse a mi rostro—. Pectorales. Pechugas. ¿Qué más da?

Acabo de recibir un puñetazo directo al ego que, según Kaya, tengo muy hinchado. Voy a su encuentro, poniéndome de rodillas. Nos encaramos.

—Los pollos tienen pechugas. Yo soy un cuervo —replico, entrecerrando los ojos.

— Perdona , es verdad —sonríe con una amabilidad más falsa que unos naipes trucados—. Qué fallo el mío. Los pollos tienen pechugas, alas y plumas. Ah, no, espera. Si tú también tienes de eso.

«La muy…». Abro la boca para responderle y unas risas sofocan mis palabras. Los dos nos giramos en dirección al sofá. Las amigas de Kaya están tiradas de cualquier manera unas sobre otras, riéndose a carcajadas.

—Parecen mis abuelos —dice Isabella, mientras se apoya en el brazo de Jenna, y las risas se intensifican.

Un destello capta mi atención. Miro hacia la izquierda y me deslumbro con la sonrisa de Kaya. Hay tanta felicidad y cariño en esa sonrisa, mientras observa a sus amigas, que es imposible seguir molesto con ella, aunque haya osado compararme con un ave torpe y regordeta de corral.

Me vuelvo a acomodar en mi sitio, le cojo la mano y se la beso antes de entrelazar mis dedos con los suyos. Ella me mira, sorprendida, pero su gesto enseguida se relaja y sigue contemplando a sus amigas tras regalarme una sonrisa dulce a mí también.

Tras ese pequeño paréntesis, las amigas de Kaya dejan de tomarle el pelo y todas charlan animadamente sobre varios temas.

Algunos no los entiendo, otros sí, pero no intervengo a menos que me pregunten algo directamente para no molestar.

Además, me gusta ver sus intercambios. Son divertidos y en ellos se percibe el amor profundo que se tienen.

Al cabo de un par de horas deciden que van a cenar aquí y a ver una película.

«¡Bien!», me alegro en secreto al pensar en las palomitas.

Me alegro tanto que por poco aplaudo. Menos mal que me contengo en el último segundo porque eso no habría sido nada digno y ahora tengo una reputación que mantener con estas jovencitas.

Debaten largo y tendido sobre qué cenar. Yo me ofrezco a cocinar, pero no me dejan, al parecer encargar comida cuando están todas es una especie de tradición. Al final se deciden por un restaurante tras preguntarle a Kaya unas cincuenta veces si de verdad no le importa y si su estómago lo tolerará.

Esperamos una media hora antes de que vuelva a sonar la campanilla eléctrica de la puerta. Un desconocido trae la comida. Huele bien. Cálido. Más bien, picante. A tomate. A carne. A especias.

Disponemos platos, cubiertos y la comida sobre la mesita baja del salón. Hay algunos aperitivos y en el centro hay unas cosas que parece gyozas, pero son mucho más grandes, la masa es amarilla en vez de blanca y se ve el relleno de un brillante tono rojizo salpicado de morado y verde.

Las chicas están muertas de hambre y enseguida se lanzan a por los palitos de queso y los aros de cebolla fritos. Karasuhito observa todo con atención, pero no se atreve a coger nada.

«Es la primera vez que ve comida mexicana, no sabrá ni por dónde empezar», recapacito.

—Eso son burritos —le explico—. Se comen con las manos, como si fuesen un sándwich.

Él me sonríe, evidentemente agradecido, y asiente.

—¿Y qué llevan por dentro? —pregunta con curiosidad.

Las demás cogen el suyo, dispuestas a empezar.

—Pollo, salsa de tomate, jalapeños, pimientos, cebolla morada, cilantro…

El gesto del Cuervo se descompone, cualquiera diría que lo acaban de apuñalar. Un borrón negro se mueve a una velocidad imposible y, para cuando me quiero dar cuenta, Karasuhito ya no está en el suelo.

Enfoco la vista y lo encuentro planeando sobre la mesa, con los brazos extendidos y cara de terror. La misma cara de terror que tienen las chicas al verlo abalanzarse sobre ellas y quitarles la comida de un manotazo.

La inercia del salto se acaba y Karasuhito cae a plomo con sus setecientos millones de kilos de músculos demoníacos sobre mi pobre mesita de café que, evidentemente, no puede soportarlo y se hunde tras un crujido ensordecedor de las patas de madera.

Él cae. Los platos vuelan. Una lluvia de comida se desata en mi pulcro salón, que acaba convertido en el escenario de una batalla campal en la que se ha derramado salsa de tomate en vez de sangre.

Nadie respira. Nadie dice nada. Solo atinamos a parpadear mientras restos de comida nos chorrean por la cara.

—¡Culiandro! ¡Esas cosas llevan culiandro! —ruge el Cuervo desde el suelo, manoteando entre los aritos de cebolla, luchando por levantarse—. ¡Os habríais pasado una semana entera eructando pompas de limón!

Tres pares de ojos, azules, marrones y del verde más claro, se alzan lentamente y me piden una explicación en silencio.

No puedo dársela. No puedo hacer nada salvo no mearme encima cuando me da el mayor ataque de risa que he tenido en mi vida.