Capítulo 33 - Demonios chiquititos
—Yo sí —afirmo. No dejaré que tilden a Kaya de mentirosa. Si esa chica quiere pruebas, desde luego que puedo dárselas. Qué clase de demonio sería de lo contrario.
Retiro mi brazo de la cintura de Kaya y agarro el borde de mi camiseta. No me apetece destrozar otra prenda de mi escaso vestuario. Un grito ahogado recorre el salón cuando la tela se desliza sobre mi torso. Cuando recupero la vista, me topo con cuatro rostros incendiados.
—¿Qué haces? —me increpa Kaya con ojos desorbitados, intentando no fijarlos en mi cuerpo. Se me escapa una sonrisa—. Tápate .
—¡Que ni se le ocurra taparse! —exclama la muchacha de la piel tostada—. Y ya que estamos, puede quitarse lo de abajo también.
—¡Jenna! —La de los ojos turquesas le da un codazo mientras me lanza miradas furtivas.
—Solo voy a ofrecerle a tu amiga las pruebas que ha pedido sobre mi condición.
—Tu condición de tío bueno…
—¡¡Jenna!!
—¿Qué tienen que ver las pruebas con desnudarte? —me interroga Kaya y, tras un segundo, sus ojos se abren con comprensión—. Oh… No. No, no. Eso no. No puedes…
Mis alas atraviesan la piel de mi espalda y se extienden ante las jóvenes que me contemplan estupefactas.
—¡El diablo! —grita la chica más menuda, y se agarra fuerte al jersey negro de la rubia, de la tal Meredith, para no desplomarse.
—¡El diablo macizorro! —añade la que quería que me quitase también los vaqueros.
—¿Qué clase de truco es este? —La joven del gesto hostil ahora parece una chiquilla desvalida.
—No es ningún truco —contesto—. Te lo he dicho, soy un karasu-tengu. Yo escuché tu plegaria y ahora estoy aquí para cuidar de Kaya.
Para borrar todo atisbo de duda, vuelvo a sujetar a Kaya firmemente por la cintura y la pego contra mi cuerpo. Ella suelta un chillido estridente que no entiendo. Bato las alas y los dos nos elevamos hasta el techo.
—Virgen santísima ten piedad de todos nosotros. —Una de las amigas de Kaya no deja de llevarse la mano de forma frenética a la frente, al pecho y a los hombros.
Doy una vuelta en el aire para que nadie pueda negar que esto es real, esquivando la lámpara por poco. Por el giro un poco brusco, Kaya se asusta y se agarra a mí con fuerza.
Sentir sus dedos deslizándose por mi piel despierta un anhelo que llevaba mucho tiempo enterrado y un ronroneo suave hace vibrar mi pecho. Ella me mira con una mezcla de incredulidad y algo muy parecido a lo que siento yo dentro de mi cuerpo. Fuego.
El tiempo se detiene y la temperatura del aire escala mientras nos perdemos en los ojos del otro.
—Yo diría que sí es real. —El susurro llega desde el suelo y me arranca de golpe de la pequeña burbuja de intimidad que se había formado a nuestro alrededor.
Aterrizo y deposito a Kaya con cuidado en el suelo. Sus mejillas tienen el color de las camelias y sus ojos hacen un esfuerzo evidente por evitarme.
—¿Me crees ya? —le pregunto a Meredith.
Ella abre la boca un par de veces, pero ningún sonido sale de sus labios.
—Si no podéis creerlo a él, creedme a mí —les ruega Kaya—.
Por favor. Esto es real. Él es un demonio, es bueno, amable y ha estado cuidando de mí todos estos meses.
Ayer me salvó de Ethan. —Su voz se convierte en un ruido estrangulado al mencionar a ese cafre.
Yo tengo que tragarme un rugido furibundo.
Detesto que sus labios se manchen con ese nombre indigno—.
Y si me dais una oportunidad, me gustaría explicároslo todo.
Mientras ellas se lo piensan, yo pliego mis alas, recojo mi camiseta del suelo y me la vuelvo a poner. Resuenan tres suspiros de alivio y un quejido lastimero.
Sin dejar de lanzarme miradas cautas, la chica de los ojos turquesas es la primera en acercarse. Su ceño se frunce al mirar de cerca los golpes del rostro de Kaya. Después, dirige su atención hacia mí y asiente con la cabeza.
—Si él te protegió ayer de ese loco, yo no necesito saber nada más. —Abraza a Kaya y me mira—. Gracias.
Siento algo cálido en el pecho por sus palabras y por la forma en que Kaya le devuelve el abrazo. Es evidente que por muy raras que sean estas chicas, son muy importantes para ella.
—Bien dicho. —Ahora es la joven de los rizos la que se acerca. Ella lo hace sin ninguna cautela—. Sabes que siempre estaremos aquí para ti. —Prácticamente salta sobre las otras dos y todas se abrazan y se ríen. Todas, menos una.
—¿Meredith? —La voz de Kaya encierra una súplica inmensa.
—¿No te preocupaban mis gérmenes?
—Meredith…
Tras unos segundos eternos, la aludida resopla de una forma que bien podría ser enfurecida o terriblemente cansada.
—Ayer el puto bar de música country, hoy un demonio escondido en el armario… ¿Qué será lo próximo? ¿Vestidos rosas con encajes? Joder. En serio… Os odio —protesta. A pesar de eso, avanza y se une al abrazo colectivo.
Durante la siguiente hora Kaya pone al día a sus amigas de todo lo sucedido. Ellas están apretujadas en el sofá, Kaya ha traído una silla para ella y yo estoy sentado en el suelo, a su lado, acariciando su mano todo el rato.
Les cuenta cómo nos conocimos en Japón, el viaje aquí, algunas cosas de nuestra convivencia, repite varias veces lo mucho que le ayudo en casa, que siempre cocino y que soy muy paciente y comprensivo; y eso me hace muy feliz.
También se calla otros detalles, como aquella terrible semana en la que no me hablaba o el incidente con la secadora o con la araña.
Finalmente, llegamos al tema más escabroso, la noche de ayer.
Tengo que soltarle la mano durante unos instantes porque temo hacerle daño.
La cólera me corroe las venas al enterarme de que ese cerdo llevaba meses siguiéndola y espiándola, y al escuchar los detalles de cómo la emboscó, la insultó y la golpeó en ese callejón.
Cuando les narra a sus amigas la parte en la que asusté a ese hombre y lo amenacé de muerte hasta que se orinó encima y se desmayó, me gano una ronda de elogios y aplausos.
Eso también me hace feliz y mi pecho se hincha un poquito.
Sintiéndome más tranquilo, vuelvo a coger su mano y ella me regala una sonrisa.
—Si llego a saber que la opción de que te lo cargases estaba en el menú, habría pedido eso desde el principio —comenta Meredith, mirándome fijamente.
A juzgar por lo que contemplo en sus ojos, creo que lo mataría ella misma si pudiese.
A pesar de nuestro pequeño roce de antes, está empezando a caerme bien.
—Yo quería matarlo. Iba a hacerlo —admito sin tapujos—, pero ella no me dejó. —Señalo a Kaya con la barbilla. Ella desvía la mirada y se ruboriza.
«Dioses… Es tan preciosa y adorable».
—No me pareció necesario llegar a esos extremos —susurra.
—Eres demasiado buena para tu propio bien —bufa la rubia.
«Sí, decididamente cada vez me cae mejor esta chica».
—Yo opino igual —coincido.
La amiga de Kaya sonríe y eso suaviza bastante la frialdad del azul de su mirada.
—Por mucho que odie a ese bastardo —interviene la joven del rostro dulce, Isabella—, creo que Kaya hizo lo correcto.
Además, una muerte es algo poco práctico.
A no ser que se hubiesen deshecho adecuadamente del cadáver y de todas las pruebas de ADN, cosa muy difícil con una superficie porosa como el ladrillo, habría habido una investigación que habría salpicado a Kaya de un modo u otro.
—A veces se me olvida que tienes sangre mafiosa hasta que dices cosas como esas —se ríe Jenna.
—¡Yo no tengo sangre mafiosa! ¡No la tengo! Solo me gustan mucho las series y los documentales sobre asesinatos.
—Tranquila, Isa, tu secreto está a salvo con nosotras. —Meredith le guiña un ojo—. Y que sepas que tu obsesión con los asesinos en serie tampoco es muy normal.
—Yo no… —La aludida resopla—. Bueno, da igual. Eso no importa ahora. Lo que importa es que Kaya está bien y parece que ya no tendremos que preocuparnos más por ese despojo humano gracias a Karasuhito.
Todas asienten en silencio. De pronto, los ojos de la chica morena se iluminan y no sé por qué siento una pequeña punzada de preocupación en el estómago. Por la forma en que la mano de Kaya se crispa dentro de la mía, ella también lo ha sentido.
—Lo que verdaderamente importa aquí es que Kaya se está tirando a un demonio —sonríe con picardía.
No entiendo la frase. Kaya no me ha tirado a ningún sitio. Si acaso, soy yo el que he considerado a veces la opción de tirarla al cubo de la basura. Miro a la otra afectada por el comentario a ver si puedo deducir algo. Parece a punto de colapsar.
—Yo… No… Yo no… No… ¡Yo no me estoy tirando a nadie! —estalla, con tanta fuerza que por poco se cae de la silla.
—Si tenéis demonios chiquititos, quiero que uno lleve mi nombre —interviene Meredith—. Después de todo, os habéis conocido gracias a mí.
Eso sí lo he entendido. Están hablando de reproducción. O eso creo. Espero.
—Nadie va a tener demonios chiquititos —se espanta Kaya.
—Si pudiese, a mí no me importaría tener demonios chiquititos contigo —se me escapa, porque es verdad, no me importaría nada en absoluto. Aun así, aunque sea verdad, me arrepiento de inmediato de haberlo dicho en voz alta porque esto es todavía peor que la metedura de pata de antes en el baño.
—¡¿ Disculpa ?! —grazna Kaya. Su cara es un extraño puzle de piel pálida y rojo sangre. Sus amigas se inclinan hacia adelante en el sofá y nos observan con interés.
«¿Cómo arreglo esto?». Carraspeo. «Desvía el tema. Desvíalo como si te fuese la vida en ello», me insto.
—Ya te lo expliqué en su día —me encojo de hombros, fingiendo indiferencia—, nosotros no nacemos del mismo modo que los humanos, así que no podríamos tener demonios chiquititos.
«Bien. Lo he hecho muy bien. He salvado la situación».
Mi alivio dura un suspiro, lo que tardo en percatarme de la sombra que oscurece los ojos de Kaya y de las pequeñas arrugas que se han formado en la comisura de su boca.
«¿Le he hecho daño?». No estoy seguro. Dado el concepto que tiene de sí misma, igual cree que esto es un rechazo por mi parte, que no la deseo.
Los nervios me llenan el pecho y empujan más palabras por mi garganta sin que yo pueda controlarlas: