La Maldita y El Cuervo Capítulo 32 - Si esto fuese una película de terror #2
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Capítulo 32 - Si esto fuese una película de terror #2

—Lamento comunicarte que la única amenaza aquí eres tú, panoli —le espeta Meredith—.

Y no sé quién coño eres, tampoco me importa, pero eso de que no vas a perder de vista a Kaya te lo puedes meter por donde te quepa.

Ya hemos tenido bastante de toda esa mierda del control obsesivo como para llenar cien vidas por culpa del puto Ethan.

—Su tono va escalando con la misma rapidez que la cólera de su mirada—.

Así que solo te lo voy a advertir una vez, hazle daño a cualquiera de mis amigas y te juro que te la corto y te obligo a que te la comas con kétchup y mostaza.

—Meredith, tranquila —le digo, recuperando al fin mi voz.

Ha llegado el momento de intervenir—. Tenemos que calmarnos todos.

Ellas no me harían daño, solo era una broma —le aclaro a Karasuhito.

No parece muy conforme. Dirijo mi atención a mis amigas—.

Y él no es una amenaza. Tampoco es un secuestrador, ni ha venido a matarnos.

Él es… mi amigo —añado, tras meditarlo un poco.

No creo que decir “es mi demonio guardián” sea muy apropiado.

Y desde luego no voy a confesar ahora que es el chico del que me he enamorado.

No estamos para añadir dramas a la lista, gracias .

—¿Lo conoces? —se sorprende Jenna.

—Sí. —Me coloco al lado de Karasuhito y pongo una mano en su brazo para que las chicas vean que me siento lo suficientemente cómoda con él como para tocarlo. Al segundo, tengo su brazo alrededor de mi cintura—. Nos conocimos hace cuatro meses.

—¿Y por qué no nos has hablado de él? —Hay una extraña mezcla de preocupación y dolor en la voz de Isa. Creerá que les estoy ocultando cosas otra vez—. ¿Y qué hace aquí? ¿Le has invitado tú?

Antes de que yo pueda responder, Karasuhito suelta:

—Vivo aquí. Vivo con Kaya.

No sé quién tiene peor cara de todas, puede que Meredith.

—Esto no puede estar pasando otra vez —murmura ella, hundiendo unos dedos terriblemente crispados en su melena rubia—.

Kaya, sabes que te quiero y que te respeto, pero no voy a tolerar que caigas en la misma mierda de nuevo.

Con todo lo que pasó con el otro gilipollas, me quedé callada por miedo a meterme donde nadie me llamaba y a que te enfadases conmigo, y me arrepentiré toda la vida por ello.

—Su voz tiembla, es la primera vez que la veo así desde que nos conocemos y mi corazón se agrieta un poco—.

No voy a cometer el mismo error. No me voy a quedar de brazos cruzados viendo cómo se aprovechan de ti y te destrozan.

Aunque me acabes odiando luego, si para protegerte tengo que meterte el sentido común a bofetadas o echarlo a él a patadas, lo haré.

—Meredith, eso no…

—Eres tú —me interrumpe Karasuhito, mirando a Meredith como si la viese por primera vez—. No me había dado cuenta porque tu voz suena diferente.

—Es lo que pasa cuando tienes más mocos que algas hay en el mar —le espeta ella de malos modos, pero él se limita a sonreír de esa forma tan suya, lo que causa un desconcierto general y puede que algún microinfarto a juzgar por la cara de Jenna.

—Tú eres la que rezó por Kaya en el templo Kurama-dera —afirma el Cuervo. Los ojos de Meredith se abren de golpe y su boca se cae hasta el suelo.

«¿Fue Meredith?». Me sorprende un poco, una parte de mí pensaba que habría sido la dulce Isa o Jenna, que es la que más cree en temas espirituales.

—¿Rezaste por mí? —le pregunto a mi amiga. Ella se limita a asentir de modo casi imperceptible—. Eso no era necesario.

—Sí lo era —interviene Isa—. Yo lo hice en todos los santuarios que visitamos en Tokio.

—Y yo dejé ofrendas por ti en los templos de Kioto —agrega Jenna.

—Chicas… —me emociono.

—Todo eso está muy bien, pero ¿cómo coño sabes tú eso? —le interroga Meredith a Karasuhito con el rostro descompuesto.

—Porque yo soy el que escuchó tu plegaria —contesta él.

«Ay, no. Por ahí no». Le hago un gesto para que se calle, y no soy lo suficientemente rápida—.

Soy un karasu-tengu y ahora soy el guardián de Kaya.

Estoy aquí para protegerla de todo mal y garantizar su felicidad.

Si ella me deja, me quedaré a su lado hasta el fin de sus días para servirla, cuidarla y asegurar su bienestar y sus sonrisas. Vivo por y para ella.

Las caras de todas son un poema y no puedo culparlas. «Este sería un buen momento para recuperar el cucharón, cavar un hoyo en el suelo y enterrarme viva».

—Joder, qué intensidad —exclama Jenna.

—Qué romántico —suspira Isa.

—Qué vomitivo. —Meredith finge que le da una arcada—. Vomitivo y poco creíble. ¿En serio nos has tomado por idiotas? ¿Un karasu-tengu? —resopla—. Entonces yo soy la bruja de la casita de jengibre.

—Es que lo eres —murmura Jenna, y se gana una mirada que haría que Voldemort se hiciese pis encima.

—No puedes ser un demonio —sentencia Meredith, volviendo a clavar sus ojos en Karasuhito.

—Tiene plumas en la cabeza —señala Isa.

—Y garras —añade Jenna—. Y unos brazos que… —Se abanica con la mano.

—¡Los demonios no existen! —argumenta Meredith con un tono demasiado enérgico.

«Supongo que ya no tiene sentido seguir escondiéndoles nada», suspiro. Puede que sea mejor así, ya estaba cansada de mentirles y ocultarles lo del Cuervo.

—Sí que existen —le contradigo—. Y él lo es, aunque no es un demonio malvado —aclaro rápidamente.

—¿Y tienes alguna prueba para corroborar ese disparate aparte del ridículo disfraz que lleva puesto este fulano?

—Me llamo Karasuhito, no Fulano. Mucho gusto.

Meredith lo mira sin saber si le está hablando en serio o se está riendo de ella.

—Le cuesta un poco captar el sarcasmo —susurro con una sonrisa de disculpa—. Y no, no tengo pruebas, pero…

—Yo sí.