La Maldita y El Cuervo Capítulo 32 - Si esto fuese una película de terror
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Capítulo 32 - Si esto fuese una película de terror

Las amigas de Kaya están a punto de llegar, así que me mentalizo para pasar las próximas horas debajo de su cama.

Ella ha limpiado tres veces el suelo, ha extendido mantas y cojines para que yo esté más cómodo, y se ha asegurado de que la ventanita que se conecta a internet tenga la batería llena para que pueda entretenerme. Es tan considerada.

—¿Estás seguro de esto? —pregunta preocupada, mirando alternativamente a la cama y a mí.

—Lo estoy —afirmo. Y aunque no lo estuviese, ya es tarde para echarnos atrás. Esas jóvenes tienen que estar al caer.

El pitido estridente de la campanilla eléctrica de la puerta me da la razón.

Kaya se gira hacia el pasillo y empieza a retorcerse las manos. La sujeto antes de que se haga daño.

—Tranquila, todo va a ir bien, ¿de acuerdo?

Ella asiente, pero no parece muy convencida. La atraigo hacia mí y le doy un beso en la cabeza. El olor a vainilla de su champú me hace cosquillas en la nariz y en el corazón.

La campanilla de la puerta vuelve a sonar. Y luego otra vez. Y dos más. Parece que esas chicas están tan nerviosas como Kaya.

Para no retrasarla más, la suelto, me arrodillo y me deslizo debajo de la cama. Desde mi escondrijo veo cómo los pies de Kaya se alejan y desaparecen tras la esquina. A los pocos segundos toda la casa se inunda de gritos, lloros, maldiciones y lamentos angustiados.

«¿Esto es normal?», me preocupo al ver que los alaridos van en aumento en vez de apagarse. Me imaginaba que sus amigas iban a asustarse al ver el aspecto de Kaya, pero esto parece un gallinero en el que se hubiese colado un zorro.

Los nervios de ayer siguen demasiado frescos y mis pulsaciones duplican la velocidad normal.

«¿Y si se han enfadado con Kaya por algo?

¿Y si la están tratando mal?». Los martillazos de mi corazón están a punto de quebrar mis costillas.

Intento controlarme… Y acabo saliendo de mi escondite a toda prisa en cuanto oigo a Kaya berrear de forma histérica.

Avanzo por el pasillo sigilosamente. Me escudo en las sombras y observo desde la esquina una escena que no tiene el menor sentido para mí.

Hay tres chicas sentadas en el sofá. Una es menuda como Kaya, sonríe con dulzura y tiene el rostro redondeado, el pelo castaño a la altura de los hombros, piel clara y unos ojos turquesas como las aguas de Okinawa.

Las otras dos son más altas. Hay una rubia de fríos ojos azules y gesto hosco.

Y la última joven tiene la piel tostada, ojos vivaces y oscuros, sonrisa amplia y el pelo muy rizado.

Kaya está en la cocina, prácticamente subida encima del fregadero. Con una mano sujeta un cucharón de madera, en la otra tiene el bote de lejía, y se ha alzado el cuello del jersey hasta cubrirse media cara.

No comprendo lo que ocurre, pero sí sé leer el lenguaje corporal de la chica que lo es todo para mí y su actitud defensiva es más que evidente. Se está protegiendo de algo. Una pesada frialdad empieza a instalarse dentro de mi pecho y mis músculos se tensan.

—Mujer, no seas así —se ríe la muchacha de los rizos—. Que es solo un catarrito de nada.

—No estoy acatarrada —declara la rubia con voz muy nasal—. Es alergia.

—Alergia y una mierda —replica Kaya. Cuesta entenderla a través de la ropa—. Estamos en invierno, Meredith, hace como treinta grados bajo cero, no hay plantas ni bichos ni nada. No puede ser alergia.

—Sí que es alergia —asegura la rubia con calma—. Ya os lo dije, la gente feliz me da urticaria y ayer estuvimos rodeadas de personas muy sonrientes en ese maldito bar de cowboys. Es alergia a la alegría ajena.

Las otras dos chicas del sofá se ríen, pero Kaya no parece nada contenta.

—A otro con el cuento, Meredith la Tifoidea. ¡Has traído tus gérmenes a mi casa! —Agita el bote de lejía con ferocidad.

Suspiro. Parece que he pecado de sobreprotector y no está pasando nada malo de verdad. Debería volver a la habitación antes de que reparen en mi presencia, sin embargo, me cuesta irme viendo a Kaya tan alterada.

—No tengo gérmenes. Y ahora ven aquí, haz el favor.

—¡No voy a acercarme a ti y que me pegues el catarro, la mononucleosis o lo que sea que tengas!

La rubia chasquea la lengua tan fuerte que es un milagro que no se la haya partido.

—Cielo —la joven de los rizos oscuros toma la palabra—, hemos venido aquí para que nos cuentes lo que te ha pasado y no podemos hablar si estás a metros de distancia soltando disparates por la boca.

—Yo tengo una mascarilla en el bolso sin usar si quieres ponértela —le ofrece la chica más menuda—. La llevo siempre por si me hace falta en el hospital.

—Lo que necesito es que Meredith se meta en un traje de buzo —replica Kaya.

—Bueno, ya está bien. —Los ojos azules de la rubia se incendian y un escalofrío de alerta baja por mi columna—.

Kaya, ahora mismo tenemos cosas mucho más importantes entre manos que mi puto catarro.

¡Como no aposentes tu culo en este sofá en los próximos diez segundos, te voy a arrancar los dedos y me voy a hacer un caldito con ellos!

«¿Acaba de amenazar a Kaya?». Algo turbio y denso se cuela en mis venas y burbujea lentamente dejando una sensación cáustica.

Mi mente se nubla y lo único que tengo claro es que no pienso permitir que nadie le haga daño a Kaya otra vez. Lo de anoche no va a repetirse.

—¡Estoy hablando totalmente en serio! —afirma la joven con un tono amenazador—. Deja de ser una hipocondríaca y ven aquí ahora mismo. Porque como tenga que ir yo a buscarte, te voy a coger de los pelos y…

La oscuridad me engulle.

—¡Estoy hablando totalmente en serio! —vocea Meredith—. Deja de ser una hipocondríaca y ven aquí ahora mismo. Porque como tenga que ir yo a buscarte, te voy a coger de los pelos y…

—Ponle un solo dedo encima a Kaya y te juro que te quedas sin mano, sin brazo y sin intestinos —sisea el Cuervo, materializándose detrás del sofá.

«Ay, joder». Se me caen el bote de lejía y el cucharón.

Las chicas se giran de golpe siguiendo el sonido de la inesperada voz y cuando ven la imponente figura de Karasuhito, sus ojos se abren de forma desorbitada, el gesto se les desencaja y las tres se ponen de pie corriendo en medio de alaridos incoherentes.

Yo me quedo petrificada y no atino a decir nada.

—¡¿De dónde coño ha salido este tío bueno?! —grita Jenna.

—¡Fuera de aquí, secuestrador! —chilla Isa, que se quita la bota con una rapidez asombrosa y se la tira a él a la cabeza—. ¡No te acerques a nosotras! ¡Si nos haces algo, mi nana vendrá a por ti!

Por supuesto, el Cuervo no tiene ningún problema en esquivar el proyectil. Tampoco le cuesta nada evadir la segunda bota de mi amiga, su chaqueta («a este paso, la pobre se queda en ropa interior») ni los dos cojines del sofá. Lo siguiente que sale volando es el mando de la televisión.

Cuando Isa se queda sin cosas que lanzar, Jenna da un paso al frente y adquiere una posición que no sé ni cómo definir.

Tiene las piernas separadas, una rodilla doblada y la otra perfectamente estirada, uno de sus brazos forma un ángulo recto por encima de su cabeza, el otro está extendido y su palma apunta a Karasuhito.

Además, está haciendo un extraño bamboleo con la cadera.

—¡Que sepas que puedo patearte tu culo de macizo!

—amenaza Jenna, y se me escapa una cosa a medio camino entre una risa y un gruñido—.

¡Sé taekwondo! ¡Di dos clases! —Me vuelvo a reír de su desvergüenza—.

Realmente fue una y media. El segundo día me largué a por un café y un croissant porque aquello era un coñazo y no volví.

¡Pero sé lo básico y puedo patearte el culo!

Llegados a este punto, solo puedo dar gracias al cielo porque esta amenaza no sea real o no sé qué habría sido de nosotras. Si esto fuese una película de terror, estaríamos todas muertas.

Por suerte, aunque el Cuervo sí tiene unas tendencias un poco homicidas, solo las dirige contra la gente mala y no contra la gente mema como nosotras. Así que estamos a salvo.

—Mi problema no es con vosotras dos —asegura Karasuhito con una voz profunda y suave como el terciopelo y, al mismo tiempo, más cortante que una navaja. Desde luego no está contento.

—Virgen santísima, qué voz —se le escapa a Isa, y sus mejillas se arrebolan.

—Podría leerme las instrucciones del champú y me seguirían dando sofocos —admite Jenna, igual de boquiabierta que Isa.

«Lo que yo decía. Habríamos sido cuatro memas muertas». Niego en silencio.

—Mi problema es con ella. —Él fija sus ojos rasgados en Meredith, que parece la más entera de las tres.

Mi amiga deja escapar una risa seca y avanza hasta colocarse por delante de Jenna y de Isa, las obliga a retroceder y las escuda con su cuerpo. Después, centra su atención en el Cuervo, se yergue cuan alta es, alza la barbilla con soberbia y lo mira con un desprecio capaz de hundir edificios.

«O igual Meredith no habría muerto», recapacito. Debo admitir que esa rubia puede ser muchas cosas, pero desde luego tiene unos nervios de titanio y unas agallas más grandes que las de una ballena.

—Bien —dice ella con voz gélida—, si tienes un problema conmigo , podemos resolverlo después de que ellas tres se marchen.

—No vamos a dejarte aquí con él —protesta Isa, y se coloca justo detrás de Meredith.

—¡Eso! —coincide Jenna—. ¡No vamos a dejarte aquí con el maromo del físico indecente e intenciones cuestionables!

Meredith pone los ojos en blanco y resopla. Yo tengo que hacer el esfuerzo más grande de mi vida por no reírme.

—Kaya no va a ir a ningún lado. —Karasuhito da un paso al frente—.

No voy a perderla de vista y no pienso permitir que le arranques los dedos o le hagas daño de cualquier otro modo.

Cualquiera que ose amenazar a Kaya, se las verá conmigo.

—Gruñe como un animal salvaje, dejando a la vista los colmillos.

—Santa mozzarella con albahaca. —Isa se santigua.