Capítulo 31 - Sopitas de papel
«Mañana no voy a poder ir a trabajar», me lamento al contemplar mi reflejo en el espejo.
La mitad izquierda de mi cara parece un arándano gigante por culpa de un cardenal, mi labio inferior está hinchado, igual que la rodilla derecha, sobre la que apenas puedo apoyar peso.
También tengo agujetas por todo el cuerpo del estrés y unas ojeras espantosas porque he dormido menos de tres horas.
Aunque debo admitir que el rato que he dormido al menos ha sido muy agradable.
He vuelto a soñar con esa casita con el techo de paja y con Karasuhito, con su mirada llena de picardía, con él cubriéndome de besos y abrazos mientras yo cocinaba y con…
bueno… con otras cositas que pasaban al irnos a dormir y en las que prefiero no pensar para que mi rostro no pase de ser un arándano a una cereza.
No sirve de nada. En cuanto nuestras miradas se cruzan en el reflejo del espejo, el calor se propaga como una infección bajo mi piel.
Está en modo súper protector y no se ha despegado de mí en todo el día. De hecho, esta mañana me lo he encontrado durmiendo en el pasillo, justo delante de mi puerta, igual que esa semana que yo lo traté como a una mierda y sin razón.
Acordarme de aquello me ha hecho sentir muy culpable y, por eso, le he dejado ir respirándome en el cogote toda la mañana.
Solo por eso. No tiene nada que ver con que su olor me relaje, que me agrade que me toque o me coja de la mano, o que fantasee con que él me acabe viendo del mismo modo que yo a él.
No. No, qué va. Yo no soy tan ilusa. No.
Y mantendré esta afirmación a menos que me aten a un detector de mentiras.
—Mañana tendré que quedarme en casa —suspiro resignada, intentando distraerme con la conversación—. Eso, o decir que me he caído por las escaleras.
—A mí me hace muy feliz que te quedes aquí —declara él con una sonrisa—. Puedes quedarte mañana, pasado, esta semana… Para siempre.
Me río a la vez que niego en silencio.
—Te recuerdo que seguimos necesitando el dinero para comer.
—Si es por ti, no me importa comer papel higiénico —asevera, y lo peor de todo es que le creo.
Me creo que este memo se pasaría el resto de su vida comiendo papel si fuese por mí y mi corazón se pone a hacer unas cabriolas de lo más ridículas—.
También podemos criar gallinas en el balcón, así tendremos huevos. Podemos comer tortilla de papel.
—Estás loco —me río.
—Loco por ti.
Me atraganto.
—¡¿Qué?! —chillo de forma estridente, entre toses.
—¿Qué? —repite él, como si también estuviese sorprendido.
—¿Qué has dicho?
—Nada.
«Nada y una mierda».
—¿Qué has dicho?
—Nada. —Desvía la mirada y se pone a silbar.
—Me cago en los Choco Krispies… ¿Qué has dicho? —Separo bien las palabras de esa pregunta para que se note a la perfección la amenaza subyacente.
—¡Voy a hacer algo de comer mientras aún tenemos comida rica! —exclama, y se va del baño a toda prisa.
—¡Oye! —Le persigo—. ¡Vuelve aquí!
—No quiero. Voy a cocinar. Tenemos que alimentarnos bien ahora que todavía podemos.
—No me importa la comida, lo que quiero es…
—¡Pobrecitos de nosotros que no vamos a tener dinerito para comer! —Alza la voz de forma melodramática, interrumpiéndome. Me trago la risa porque no me da la gana que se crea que se ha librado de esta.
—Karasuhito…
—¡Vamos a tener que hacer sopitas de papel!
—Oye…
—¡Comernos el relleno del sofá!
—Deja de…
—¡Y para el postre recogeremos florecitas en el parque y las chuparemos como si fuésemos abejitas!
Ya no puedo más y estallo en carcajadas. En menos de un latido lo tengo a mi lado, riéndose también y levantándome por los aires en un abrazo que por poco me corta la respiración.
—Eres bobo.
—Lo sé. —Que lo admita ya es un paso—. Ahora vete a descansar, tu cuerpo lo necesita. Yo voy a hacer la comida.
Me lleva en volandas hasta el sofá y me da un beso en la coronilla antes de regresar a la cocina.
—Ya voy a descansar suficiente si no voy a trabajar —refunfuño, porque al final él ha ganado y yo he quedado como una idiota al creer que ha dicho que está loco por mí.
«Madre mía, ¡qué poco ha faltado!», me llevo la mano al pecho ahora que Kaya ya no me ve.
Mis nervios siguen a flor de piel después de todo lo ocurrido anoche, no he pegado ojo, no pienso con claridad y se me están escapando cosas que no deberían salir de mi cabeza.
Si sigo así, al final le voy a acabar soltando a bocajarro toda la verdad y eso sería terrible… «¿Lo sería?». No lo tengo tan claro.
Estoy empezando a percibir cosas en Kaya que me hacen creer que, o bien me está recordando, o está desarrollando algún tipo de sentimiento por mí al margen de nuestro pasado juntos.
Su pulso se acelera cuando la toco. La temperatura de su piel sube si me acerco mucho. Me mira con bastante intensidad cuando cree que no estoy atento. Todo lo que dijo ayer… Pero tampoco quiero ser presuntuoso. Podría estar equivocado.
Me paso la mano por las plumas, frustrado.
Todo sería más sencillo si pudiésemos hablar abiertamente del tema.
Aunque eso podría causarle más estrés si yo estoy interpretando mal las señales.
Cosa posible, dado que llevo siglos sin acercarme a una mujer y que solo he vivido la experiencia de enamorarme una vez y aquí sigo, seiscientos años más tarde, idiota perdido por la misma mujer.
«Debo ser paciente», me recuerdo. Es mejor dejar que sea ella la que dé el paso si se siente lista. Solo tengo que mantener mi bocaza bajo control hasta que se me pase el pico de adrenalina de ayer y todo irá bien. Puedo hacerlo.
—¿Y tienes que avisar a tu jefe de que no vas a ir a trabajar? —pregunto, para mantenerla ocupada con otros temas y que se olvide de mi desliz.
—Sí, tendré que mandarle un mensaje luego. Además… —Se queda callada durante tanto rato que me preocupo y me giro. Su ceño parece una verdura en salazón.
—¿Pasa algo?
—Estaba pensando en las chicas…
—¿Por algún motivo en concreto?
—Si no aparezco a la hora de la comida, se van a preocupar; así que tengo que avisarlas también, pero…
—Pero… —Empiezo a preocuparme porque normalmente no hay que sacarle las palabras de este modo.
Sus ojos me buscan y veo angustia en ellos. Suelto todo y corro a su lado. Me siento en el suelo frente a ella y le sujeto las manos porque ya se las estaba dejando rojas de tanto frotarse la piel.
—No quiero mentirles —me cuenta con voz débil—. No quiero esconderles más cosas. Ellas mismas me pidieron que no las dejase al margen y que no me lo guardase todo.
—Me parece una petición razonable. A mí no me gustaría que me lo hicieses.
—¿Me estás animando a contárselo? —Enarca una ceja con actitud escéptica.
—¿Por qué no ibas a hacerlo? —me sorprendo.
—Porque hay cosas que no puedo explicarles, como… —Me mira de reojo—. Y si les digo que Ethan me ha hecho daño, querrán venir a verme y a ver qué hacemos con… —Vuelve a mirarme.
«La pobre piensa siempre en todos antes que en sí misma», me lamento.
—Kaya, si son tus amigas y si de verdad las quieres, se merecen tu sinceridad.
Se le abre tanto la boca que se le podría colar un escarabajo dentro. Le empujo la barbilla para cerrársela porque como eso pase de verdad, como se le meta un bicho dentro, la perderé para siempre porque se morirá del asco.
—Sé que hay cosas que no puedes explicarles —prosigo—, pero cuéntales lo que sí puedas.
Y sobre el resto, simplemente diles que en estos momentos no puedes hablar de ello.
Si ellas te quieren como tú a ellas, te respetarán y lo entenderán.
—Tras meditarlo unos instantes, ella asiente—.
Bien. Y respecto a lo otro, si vienen aquí, yo puedo…
—Miro a mi alrededor. «Puedo ¿qué? ¿Dónde me meto?
»—. No sé… Puedo volar al tejado y quedarme ahí hasta que ellas se vayan.
—Por la cara que pone, creo que mi sugerencia no le ha agradado—.
¿Y si me escondo en la despensa del pasillo?
—No te ofendas, pero no cabes dentro con ese cuerpo descomunal tuyo.
—¿En tu armario?
—No eres un calcetín.
Resoplo. A veces me pone las cosas tan difíciles… Y por alguna absurda razón eso me irrita y me gusta. Soy un ser de lo más extraño.
—¿Debajo de tu cama, tal vez?
—Si vienen, estarán aquí horas —dice con preocupación. Preocupación por mí, y eso calma mi leve exasperación y me hace sonreír.
—No pasa nada. No me importa pasar unas horas ahí.
Puedo llevarme una bolsa de palomitas para picotear y así no me aburro.
—Sí, sigo con antojo desde mi cena frustrada de ayer.
Ella se ríe y niega en silencio—. Debes hacer lo que necesites para sentirte cómoda y bien, y para lo demás ya buscaremos una solución, ¿vale?
Estoy atento a su boca porque espero su respuesta y, de pronto, la veo venir hacia mí. Mi primer impulso es ir a su encuentro, enredar las manos en su sedosa melena y beberme sus labios. «Control». Pero no puedo hacer eso, claro.
Mi cuerpo se rebela, quiere moverse, y yo considero seriamente la idea de clavar las garras en el suelo para obligarme a permanecer en el sitio. «¡Control!».
Aguanto estoicamente y Kaya deja atrás mi boca, apoya su frente en mi hombro y me abraza. Esto no se parece a los otros abrazos que me ha dado, esos que eran necesitados, ansiosos y que pedían consuelo. Ahora no soy yo el que entrega algo, sino el que recibe.
Su cariño arremete contra mi cuerpo con una suavidad poderosa.
Me envuelve. Me arrastra. Se introduce por mi piel, mi boca, mis ojos…
Me ahogo, pero moriré feliz. Todo desaparece y en medio del vacío solo existimos ella y yo.
Ella, yo y esta sensación cálida que cada noche he rezado por volver a sentir.
—Gracias —susurra, y apenas la escucho por encima de los latidos atronadores de mi corazón que se siente más vivo que nunca.