Capítulo 30 - Cuando las estrellan se apaguen #2
Después de haber visto la luz, no quiero quedarme otra vez a oscuras. No quiero que se vaya. No quiero perderlo. No puedo. «Por favor, no me dejes».
—Kaya, ¿podrías mirarme, por favor?
No me he dado cuenta de que he cerrado los ojos para contener las lágrimas, cosa que no he logrado porque la sal me escuece en la piel irritada de la mejilla y en los labios.
—No lo sé —respondo con demasiada sinceridad. Mi cerebro está exhausto a estas alturas.
—Por favor. Esto es importante.
Lucho por hacerle caso y en cuanto mis párpados se separan, el aguacero se derrama. Con una delicadeza inmensa, él me seca el rostro con su pulgar. Cada caricia aviva la hoguera de mi cabeza.
«No te vayas. Quédate conmigo. Aunque no me quieras, aunque nunca lo hagas, no me dejes. Por favor».
—¿Recuerdas lo que te dije en Navidad? —inquiere él con tono bajo y sereno. Hasta su voz me reconforta.
«Por favor, no te vayas».
—¿Que soy una fruta?
Una bocanada de aire me despeina cuando Karasuhito exhala una potente carcajada.
—No me hagas reír ahora, que esto es serio —me regaña, como si lo hubiese hecho a propósito—. ¿Recuerdas el regalo que te hice?
Mi cerebro tiene que hacer un esfuerzo inmenso por encontrar ese pedacito de información en medio del caos pegajoso y gris que enturbia mis pensamientos.
—Me regalaste una promesa.
—Eso es. —Su mano se mueve con cuidado hasta alcanzar mi nuca y me ladea el rostro.
Ya no tengo forma de esconderme de sus ojos—.
Te juré que me quedaría a tu lado hasta lograr que sanases y que tu vida fuese plena y feliz.
Y tú aceptaste mi regalo. Ser tu guardián va más allá de velar por tu seguridad física, también estoy aquí para proteger tu corazón.
Su ternura me desarma por completo. Él es demasiado bueno y yo me estoy comportando de un modo despreciable y egoísta. Le quiero. Le quiero de verdad, lo que pasa es que soy una cobarde. Y necesito dejar de serlo.
Por eso, me trago el dolor, las lágrimas y las esquirlas de mi destrozado corazón y digo:
—No quiero retenerte aquí por una promesa o un deber.
Ya me has ayudado más de lo que merezco, no hace falta que hagas más por mí.
Estaré bien. —Me obligo a sonreír—. Si echas de menos tu hogar, tu vida y tu tranquilidad, puedes marcharte…
—La voz se me rompe al decir esa última palabra. Toda yo me estoy rompiendo.
—¿Tú quieres que me vaya? —pregunta. Me debato entre la sinceridad absoluta y lo que es correcto.
Él parece ver a través de mí como si yo estuviese hecha de cristal—.
Y necesito que respondas con honestidad o esta conversación puede conducirnos a un lugar al que, a lo mejor, ninguno de los dos queremos llegar porque, y perdona mi osadía, por tu reacción de hace unos instantes, creo que tú no quieres que me vaya.
«A la mierda con todo». Ya qué más da, me ha pillado y sabe que soy un ser mezquino.
—No quiero. —Para suavizar mi mal comportamiento, añado—: Aun así, tampoco me enfadaré contigo ni te detendré si tú consideras que lo mejor para ti es volver a Japón.
—No estoy mintiendo. No me enfadaría, solo me quedaría devastada y con el corazón convertido en un campo de ruinas—.
Solo quiero lo mejor para ti. —Esto tampoco es mentira.
—Bien. —Hace una pausa y su silencio se convierte en un arma afilada que horada mi carne—.
Si depende de mí, ¿sabes cuándo estaré listo para separarme de ti?
Cuando las estrellas se apaguen para siempre y dejen de existir —afirma con calma.
Por poco rompo a llorar otra vez—. Al margen de la promesa que te hice, quiero quedarme contigo, Kaya.
No por obligación o deber, sino porque es lo que realmente deseo.
Es lo que más deseo en este mundo, estar a tu lado.
Sus palabras y la intensidad de su mirada terminan de quebrar mi voluntad y antes de cometer una insensatez, como, no sé, besarlo, escondo corriendo el rostro en su pecho y me aferro a él con una desesperación necesitada.
—Entonces, quédate conmigo —susurro, embriagándome de su olor.
—Siempre. —Me acaricia el pelo—. Mientras tú me quieras cerca, siempre estaré aquí.
Cuando me necesites, estaré aquí. Cuando no estés, te esperaré.
Te esperaré otras cien vidas si es preciso —declara con tono estrangulado, como si hubiese forzado las palabras a través de un espacio muy estrecho.
No entiendo muy bien lo que quiere decir, igual es que estoy lenta por culpa del agotamiento—.
Te buscaré. Te llamaré cada noche para que vuelvas a encontrar el camino de regreso a mí…
—Su pulso se agita y su pecho se llena hondo un par de veces—.
Y cuando haya que comprar estropajos otra vez, también estaré aquí.
Se me escapa la risa.
—Eso no sucederá hasta dentro de unos cuantos años —aclaro.
—Da igual. También estaré aquí. Siempre.
«Siempre», repito en mi cabeza, y no negaré que me gusta cómo suena eso.
Sé que no debería sacar sus palabras de contexto ni adornarlas con un bonito matiz romántico porque ya sabemos que el señor Cuervo es un intensito de la leche y, además, él está perdidamente enamorado de otra.
Pero por esta noche decido darme una tregua y no ser demasiado dura con mi alocada imaginación.
—Gracias, Karasuhito.
El brazo con el que me sostiene las piernas empuja hacia arriba y mi rostro se desliza por su cuerpo, su cuello… Me alejo a tiempo de evitar rozar su cara y su boca.
—Perdona, pero necesito que me mires. —Lo hago y mi vista se enreda en sus pestañas y se precipita al abismo de sus ojos, donde habita un sentimiento poderoso y lleno de luz—. Soy yo el que debe darte las gracias, Kaya. Por no rendirte. Por volver. Por encontrarme.
—No entiendo…
—Sé que no lo haces —sonríe con pena—, pero algún día lo harás.
Estoy seguro de que lo harás. Lo entenderás todo.
Lo recordarás todo . Aun así, quiero que sepas lo agradecido que te estoy.
Solo eso. —Sus labios bendicen mi frente—.
Estás helada… Y seguro que estás agotada. Será mejor que regresemos ya.
—De acuerdo —asiento. Realmente no me importa el frío, pero me siento muy confusa ahora mismo como para llevarle la contraria.
Sus palabras no tienen el más mínimo sentido para mí.
Yo no volví a ningún sitio y tampoco lo encontré, fue una de las chicas la que rezó por mí.
Sin embargo, algo ha resonado dentro de mí cuando él ha dicho eso y ahora siento que una idea está empujando mis paredes mentales desde dentro, aunque no logro saber qué es.
Y mientras regresamos a casa, no puedo deshacerme de esa molesta sensación. Es igual que cuando no recuerdas una palabra y la sientes en la punta de la lengua.
Al final decido que es mejor dejar el asunto para mañana, seguro que mi cerebro está más despejado entonces. Ahora la prioridad es dormir. O eso creía antes de cruzar la puerta del balcón y toparme con dos bolsas de basura llenas de palomitas tiradas en la cocina. «¿Qué coño…?».
Miro al Cuervo, este da un respingo, suelta un graznido estrangulado, se cubre el lateral del rostro con la punta del ala y se va con paso ligero en dirección al baño.