Capítulo 30 - Cuando las estrellan se apaguen
En cuanto pongo un pie fuera de ese callejón, mis pulsaciones caen en picado. Ya he quemado toda la adrenalina de mi cuerpo (y puede que también las endorfinas, la oxitocina, la hemoglobina, la clorofila y solo Dios sabe qué más) y me noto inestable y mareada.
Y la sensación empeora cuando me agacho para recoger mi pobre teléfono. Menos mal que Karasuhito me tiene bien agarrada y sujeta con su brazo y su…
—¡Las alas! —exclamo—. No puedes ir por ahí con las alas extendidas. —Entonces, reparo en otra cosa—. Y vas descalzo.
—No pasa nada. Tampoco hay nadie por la calle.
—Aquí no, pero cuando lleguemos a las zonas residenciales seguro que nos cruzamos con alguien. —Pensándolo bien, entre mis golpes, mis medias rotas, mis rodillas ensangrentadas, sus alas negras y sus pies descalzos, lo mismo nos toman por miembros de una secta satánica—. No pueden vernos así.
—No pasa nada —repite de forma despreocupada—.
¿Quieres ver una peli cuando lleguemos a casa?
—me pregunta, como si nada hubiese sucedido.
De primeras me sorprendo, luego siento un alivio inmenso al ver que sigue siendo el mismo cabeza hueca de siempre—.
He hecho palomitas… Bueno… Yo… Igual no…
¡He hecho palomitas! —sonríe de un modo que me recuerda demasiado al día del destripamiento de la secadora.
«Pero solo son unas palomitas y cocinar se le da bien, así que es imposible que la haya liado», me tranquilizo.
—Primero tenemos que llegar a casa y no podemos ir así por la calle —insisto. Aunque tampoco sé si un taxi nos dejará subirnos con estas pintas.
Él se detiene y me obliga a pararme. Retira un poco el ala y el frío de la noche se me clava por todos lados, especialmente en la carne abierta de las rodillas. Ahogo un siseo de dolor.
Sus ojos se oscurecen y me repasa entera, deteniéndose durante unos segundos eternos en mis piernas.
—Tienes razón, no puedes andar así.
—Yo no he dicho…
Sin darme tiempo a acabar mi protesta, me coge en brazos, nos metemos en otro callejón y al amparo de las sombras despegamos. El ascenso es brutal y el grito que se escapa de mi boca queda abandonado en el suelo junto con mi estómago.
Cuando los edificios son solo motas de luz a nuestros pies, Karasuhito extiende por completo las alas frenando en seco. Esta vez mi estómago sale despedido hacia arriba.
—Kaya, ¿estás bien? Tienes un color levemente verduzco.
—Tú tranquilo, cuando te vomite encima, tú también estarás verduzco.
El muy memo va y se ríe.
—Si tienes que vomitar, hazlo hacia abajo, por favor.
—Claro, Dios me libre de vomitarte los pechos… —Una vibración resuena en mi oído—. En tus pectorales de macho machísimo y varonil a más no poder —rectifico a toda prisa, haciéndolo reír de nuevo.
—Cuando estés lista para moverte, avísame e iremos a casa. —Me abraza más fuerte para protegerme del viento mientras planeamos suavemente.
Esto me recuerda al día que volamos juntos por primera vez y mi alma se caldea al pensar en su paciencia infinita y la ternura con la que me trató esa noche.
De pronto, me doy cuenta de que estoy lista para moverme, pero no para irme a casa. Después del momento tan espantoso que he vivido, no quiero volver. Aún no. Lo que deseo es otra cosa.
Alentar este tipo de situaciones entre nosotros es una insensatez y solo voy a acabar haciéndome daño, aun así, por esta noche, quiero olvidarme de todo y volver a sentirme como ese día, cuando él puso la luna al alcance de mi mano.
—¿Puedo pedirte una cosa? —murmuro contra su clavícula.
—Lo que sea.
Me da justo la respuesta que yo esperaba y se me escapa una sonrisa.
—¿Podemos volar un rato antes de regresar? Como… Como hicimos la otra noche…
No me responde y eso me sorprende y me pone nerviosa.
Desentierro la cara de su pecho y alzo la mirada.
La sonrisa más despampanante del universo me da la bienvenida y me derrito un poquito.
Solo un poquito… Vale, está a punto de llover trozos de Kaya sobre Seattle, pero vamos a dejar los detalles gráficos para otro rato que bastante apuro estoy pasando ya.
—Podemos hacer lo que tú quieras. —Se lleva mi mano a los labios sin dejar de mirarme directamente a los ojos de una forma que… «Madre mía».
Me acaloro. Me fundo. Me calcino. Me evaporo. Me hundo. Floto. Estallo. Muto. No lo sé. Siento muchas cosas. Muchas cosas muy intensas. Muchas cosas muy intensas e inapropiadas. «Soy patética. Pa-té-ti-ca», me lamento por mi propia reacción.
Gracias al cielo, él se pone en movimiento y la brisa nocturna me despeja la cabeza. Navegamos sin rumbo sobrevolando los bosques y cordilleras que rodean la ciudad.
Aquí arriba, en sus brazos, me siento más en paz de lo que recuerdo haberme sentido desde hace años y me percato de que todo parece más pequeño e insignificante cuando te sientes segura y feliz.
Creo que incluso sería capaz de dejar de lavarme las manos cincuenta veces al día y hacerlo solo unas veinte si toda mi vida fuese como este momento.
Nos detenemos justo encima de una gran masa de agua rodeada de abetos cubiertos de escarcha. No estoy segura, pero podría ser el Lago Cavanaugh. La superficie es un espejo de ónice con una perla dibujada sobre el cristal.
—Es una vista preciosa —musito embelesada.
—Sí que lo es —coincide él. Lo miro de soslayo y sus ojos están fijos en mi rostro, no en el paisaje. La vergüenza me devora—. ¿Te sientes mejor?
—No sé si “mejor” es el término adecuado —comento.
Ante su mirada de preocupación, me explico—: Lo digo porque, a pesar de todo lo que ha pasado, me he sorprendido por cómo he reaccionado —admito con un ligero orgullo.
Es una sensación nueva que deja una nota dulce y fresca en mi boca, como morder un melocotón—.
Sí que me he asustado al principio, pero el miedo no me ha dominado igual que otras veces, ¿sabes?
—le cuento, porque él no estaba ahí, no me ha visto—.
Antes de que llegaras, incluso le he pegado.
Con estos bracitos no le he hecho nada, claro, pero le he pegado.
Y le he mandado a la mierda. ¡Y le he sacado el dedo!
—Aunque él sí ha visto eso, se lo cuento igualmente porque estoy emocionada.
—Esa es mi chica —sonríe, y frota suavemente su mejilla contra la mía—. ¿Ves como sí que eres fuerte y valiente?
No puedo responder a su pregunta. Me he quedado mentalmente atascada en lo de antes. En lo de “mi chica”.
«No he oído bien», decido yo solita tras meditarlo un nanosegundo.
Habrá dicho “mi chicha”. «Eso no tiene ningún sentido, ni que yo fuese un michelín de grasa».
O igual ha dicho “mi cincha”. «Eso tiene menos sentido aún, aquí no hay caballos».
Algo aletea nervioso en mi estómago. «Da igual.
Da igual lo que haya dicho porque desde luego no ha sido que soy su chica».
—Ha ayudado mucho que tú estuvieses ahí —reconozco, intentando centrarme en la conversación para dejar de desvariar.
—No te quites mérito, Kaya —me reprende—.
Has sido muy valiente y no lo digo solo porque le hayas atizado, cosa que deberías haber hecho más —sonríe de forma traviesa—.
Lo digo porque solo un corazón extremadamente fuerte puede anteponer el bienestar de otros al suyo propio.
Lo normal habría sido que me hubieses ordenado matarlo, y que su muerte te hubiese alegrado —sus palabras traen de vuelta esa extraña visión que he tenido en el callejón—, pero no ha sido así.
Tú has dominado al miedo, no has dejado que te envenenase el alma, has sido compasiva con alguien que no lo merecía, y también has sido generosa y valiente al querer protegerme a mí.
Con tanto elogio mi temperatura corporal empieza a escalar de forma descontrolada. Al final se va a producir una deflagración y nos vamos a convertir en un meteoro surcando el cielo.
—No intento quitarme mérito —farfullo, aunque en el fondo sí lo hago porque creo que no es para tanto.
Simplemente me he preocupado por alguien a quien quiero, es lo mínimo—.
Solo he hecho lo que debía. Tú eres más importante que librarme para siempre de ese loco.
—Tras meditarlo un segundo, añado—: Y francamente, lo más seguro es que sí me haya deshecho de él definitivamente, aunque siga vivo.
Dudo que se atreva a acercarse a mí después de verse las caras contigo.
Es imposible que Ethan ignore las promesas de muerte del Cuervo. Nadie lo haría. No va a molestarme nunca más. Ya no habrá monstruos acechando en las sombras. La pesadilla ha terminado para siempre.
Debería estar feliz. Debería estar cantando, riendo y aplaudiendo. Sin embargo, lo que está pasando en mi interior es totalmente diferente. Ansiedad. Un torrente embravecido de ansiedad que amenaza con ahogarme viva.
—Kaya, ¿qué sucede? —Por supuesto, él se ha dado cuenta.
Trago, pero nada baja por mi garganta, toda mi saliva se ha secado de golpe.
—¿Te vas a ir? —pregunto con tono infantil, desamparado y roto, tan roto como siento el corazón.
—¿Qué? —Me mira extrañado.
—¿Vas a marcharte? —Inconscientemente, cierro mis manos con fuerza alrededor de su ropa para retenerlo conmigo—. Ahora que ya has cumplido tu misión, que ya no necesito un guardián, ¿te vas a ir?
El poco orgullo que he sentido antes se funde como un helado que tardas demasiado en comerte. No soy fuerte. No soy valiente. No soy generosa. No soy nada.
Ahora mismo, debería estar contenta por mí y por él.
Si ya no tiene que vigilarme, podrá volver a su hogar.
Podrá recuperar su libertad en lugar de pasarse el día encerrado en mi apartamento.
Podrá volver a su vida meditativa, recordando en paz a la mujer a la que sigue amando en vez de tener que soportar mi culo de pirada, mi mal carácter, mis ataques de ansiedad y mis sentimientos no correspondidos.
Debería alegrarme por él. Dejarlo ir. Devolverle su vida. Pero no puedo. Me he llenado la boca diciendo que quería protegerlo y cuidarlo, y ahora… Ahora no puedo soltarlo aun sabiendo que estar aquí conmigo no es bueno para él.