Capítulo 29 - Un monstruo y un demonio #3
Mi paciencia se estremece como una vela dando sus últimos coletazos y se apaga de golpe. Algo se apodera de mí. Una sensación salvaje y explosiva.
Tengo a Karasuhito aquí mismo y esta noche he tomado consciencia de que soy más valiente de lo que creía. He elegido proteger a otra persona por encima de librarme de mi miedo. Un miedo que de pronto parece mucho más pequeño. Así que me niego a callarme más.
—Que te jodan, pero bien jodido, Ethan —le ladro, a la vez que mi dedo corazón se alza orgulloso y desafiante.
Sus ojos claros se incendian. Mi sangre también. Ya estoy harta .
—Date por muerta, Kaya. Te vas a tragar esas palabras junto con tus dientes…
—¡¡Basta!! —truena la voz del Cuervo, arrastrando con ella todas las sombras del infierno. A la vez, una cortina de plumas negras se alza frente a mí y me oculta de la vista de ese desquiciado.
—Date por muerta, Kaya. Te vas a tragar esas palabras junto con tus dientes…
La tierra se abre y yo me precipito a un abismo de oscuridad.
—¡¡Basta!! —estallo. Mi ala izquierda se extiende y oculta a Kaya.
Ese ser nauseabundo repara al fin en mi presencia y sus facciones se contraen por el miedo.
Me repugna. Lo odio. Quiero romperle cada hueso de su cuerpo. Quiero enseñarle sus propias vísceras y metérselas por la boca. Quiero matarlo. Quiero…
Una caricia me arranca de golpe de la espiral de violencia por la que estaba cayendo. Es Kaya. Tiene un brazo totalmente extendido en mi dirección y me ofrece su mano, mientras con la otra recorre suavemente el perfil de las plumas de mi ala.
Me sonríe tímidamente. Es una sonrisa pequeña. Es un amanecer de verano. Es el nacimiento de una estrella. Es lo más hermoso que he contemplado en mi vida.
Cojo su mano y respiro hondo. Solo importa ella. Solo ella. No debo olvidarlo.
—Escucha, escoria —mi voz suena como si la hubiesen arrastrado por un camino de carbones al rojo vivo—, no te atrevas a amenazar a Kaya.
No la insultes. No le hables. No la mires.
Nada . —Un gruñido grave reverbera entre mis costillas y él se encoge—.
Este es mi primer y último aviso: como te acerques a ella, le hagas daño, pienses en ella siquiera o te atrevas a tratar así a otra mujer, lo sabré y vendré a por ti.
Y la próxima vez no habrá palabras, solo dolor.
Mucho dolor. Te arrancaré los tendones del cuerpo, clavaré mis garras en tus ojos, te abriré en canal, me comeré tu hígado a picotazos…
—A Kaya le da una arcada, así que decido no entrar en más detalles—. ¿Está claro?
Ya no sé si este hombre es un insensato, un imbécil o tiene el organismo tan corrompido por el mal que no es capaz de pensar con claridad, porque en lugar de agachar la cabeza y asentir, dirige una mirada cargada de odio al ala tras la cual se encuentra ella.
Una ola negra como la brea me embiste y me pierdo en el mar de oscuridad por el que llevo navegando desde que he sentido la llamada de Kaya.
En menos de un latido, mi pie impacta contra su pecho y lo clavo a la pared que cruje de una forma inquietante. O a lo mejor ha sido el cuerpo de este gusano. No lo sé, ni me importa.
Lo agarro del pelo y lo obligo a mirarme. Me inclino sobre él y gruño, enseñando los dientes. El hedor a miedo e inmundicia escala.
«Contrólate», me ruega una parte de mí que no ha sucumbido al fuego. «Piensa en Kaya. Hazlo por ella». Ella ha sido fuerte por mí, para protegerme, y yo debo serlo por ella. Si no soy capaz de comportarme como el hombre que ella espera que sea, no merezco estar a su lado.
Respiro. Vuelvo a respirar.
—Te he preguntado si ha quedado claro. —Mis labios siguen vibrando al compás de un sonido amenazador que brota del infierno que habita en mí.
Por fin parece que el mensaje cala en él y asiente—.
Espero por tu bien que eso sea cierto. A partir de esta noche, te comportarás correctamente, te olvidarás de Kaya y no le contarás a nadie lo que ha pasado hoy aquí o ya sabes lo que te espera.
Si hablas más de la cuenta, te mato. Si buscas a Kaya, te mato.
Si respiras demasiado alto, te mato. —Le suelto la cabeza con demasiado ímpetu y su nuca impacta contra los ladrillos.
Haciendo acopio de toda mi fuerza de voluntad, me incorporo y me giro, dispuesto a alejarme de él sin haberme cobrado su vida. Una parte de mí se rebela y ruge con furia, incapaz de tolerar que esa desgracia andante siga respirando.
Mi ánimo se aplaca un poco cuando veo a Kaya con las manos extendidas en mi dirección, una llamada silenciosa. Me quiere a su lado. Y también quiere unas manos que la sostengan, no que maten por ella. Unas manos que le ofrezcan consuelo, no sangre.
Ella no necesita mi violencia ni mi lado salvaje, sino todo lo contrario. Ella necesita un refugio cálido, un lugar seguro, necesita risas, abrazos, ternura… No puedo defraudarla. Antes me mato.
Con dos pasos largos llego hasta ella y rodeo sus dos manos con una mía, está helada. Le paso un brazo por encima de los hombros y la envuelvo entera con mi ala. Tengo que sacarla de aquí cuanto antes. Eso es lo único que importa ahora.