Capítulo 29 - Un monstruo y un demonio #2
—Tú mismo dijiste que al principio tu vida era todo violencia y muerte, caos y oscuridad, y que no eras feliz.
Me dijiste que esa chica te mostró otro mundo y otra forma de vivir.
Imagino que gracias a eso, gracias a ella, ahora eres así, tan bueno, gentil y tierno.
—Mi tono no deja de subir y bajar al compás de mis descontroladas emociones—.
No pretendo compararme con ella o con lo que ella es para ti, pero…
Pero tú eres importante para mí, yo también quiero cuidarte y no dejaré que arriesgues quién eres ahora, tu corazón ni tu luz.
No lo haré —declaro, intentando sonar firme—.
Así que, vamos a tener que buscar una alternativa a todo eso de los restos desperdigados por ahí.
La poca claridad que nos rodea es devorada por la oscuridad de sus ojos. Una oscuridad que contra todo pronóstico no es aterradora, sino acogedora. Una oscuridad en la que podría perderme para siempre y a la que podría llegar a llamar hogar.
—¿Estás totalmente segura de eso? —inquiere con voz grave—.
Porque te juro que pocas cosas hay en este mundo que desee más que hacer pedazos a esa montaña de excrementos.
Y aunque no fuese así, lo haría igualmente para protegerte.
Haría cualquier cosa por ti, Kaya. Arriesgaría cualquier cosa por ti.
Mi vida, mi corazón, mi felicidad, todo .
Lo arriesgaría, lo entregaría, lo haría pedazos yo mismo de ser necesario porque nada de lo que poseo o de lo que soy tiene ningún valor sin ti.
«¡Me cago en todas las conchas del mar!». Me tengo que agarrar más fuertemente a él para no irme al suelo de golpe. Para ser un hombre perdidamente enamorado de otra, me dice unas cosas dignas de una novela de las hermanas Brontë, joder.
—Estoy segura —contesto con voz áspera, tengo la garganta más seca que los desiertos de Arizona.
—Si lo mato, serás libre al fin —insiste—. No tendrás que preocuparte nunca más por él. El miedo acabará para siempre.
—Me da igual. No te sacrificaré a ti para conseguirlo —repito obstinada. Sé que él tiene razón, pero me niego a ser tan egoísta. Me niego a ser tan cobarde.
Karasuhito posa su mano sobre la que yo tengo apoyada en su pecho y de ahí inicia una caricia lenta que se desliza por mi brazo y asciende por mi cuello. Mis pulsaciones se desbocan.
Con delicadeza, sostiene mi barbilla y me obliga a alzar la cara. Nuestras miradas se enredan y el estómago se me queda del revés. Su rostro desciende hacia el mío y mi corazón alza el vuelo, nervioso y excitado, como una mariposa que acaba de salir de su capullo.
Su frente se posa en la mía. Siento la caricia de su nariz en mi pómulo. El olor a fósforo quemado se desliza con suavidad entre mis labios entreabiertos y deja notas ahumadas sobre mi lengua. Su boca está tan cerca… Tan cerca…
El anhelo se retuerce furioso dentro de mi cuerpo, sabiendo que nunca podrá saciarse porque él no me ama, su corazón es de otra, y la sensación es tan abrumadora que, por un segundo, temo echarme a llorar.
—¿De verdad estás segura? —susurra él, prácticamente contra mis labios.
Francamente, ya no estoy segura de nada porque con él tan cerca mi capacidad de pensar coherentemente se está desmigajando como una galleta en la leche caliente.
Se escucha un gruñido procedente del suelo. Ethan está volviendo en sí. Se nos acaba el tiempo.
—Que sí, pesado. Solo me importas tú —suelto sin pensar, porque mi cerebro ahora tiene la bonita y untuosa consistencia del puré de boniato.
Capto los destellos marfil de sus colmillos cuando él sonríe. Una vibración suave se extiende entre nosotros. Esto no es como los rugidos amenazadores de antes, esto es un ronroneo juguetón que hace que se me estremezcan hasta las pestañas.
—Está bien —claudica—. Lo haremos a tu manera. Pero si te hace daño una sola vez más…
No hace falta que acabe la frase. Sé perfectamente lo que viene detrás. Ya no habrá nada ni nadie que pueda detenerlo.
Un escalofrío me envuelve cuando su mano se desliza siguiendo la línea de mi columna hasta llegar a mis lumbares. Me presiona contra su cuerpo con firmeza, pero sin brusquedad, a la vez que me besa en la frente. Ese simple gesto hace estragos en mi pobre corazón.
Karasuhito da un paso hacia atrás, alejándose de mí y se prepara para encararse nuevamente con mi ex.
Sus garras parecen alargarse como dagas de cristal negro y su labio superior, ese que tan tiernamente me ha besado hace un instante, se retrae en una mueca despiadada, dejando a la vista esos colmillos que podrían partirle el cuello a un buey.
No sé qué pretende hacer con él y aún tenemos entre manos el asunto de que lo ha visto. Supongo que solo puedo confiar en que respetará mis deseos, como hace siempre, y no lo matará.
Ethan murmura algo incomprensible, se lleva la mano a la nariz y suelta un siseo dolorido. Sus párpados se abren lentamente, mira a su alrededor, confuso, y sus ojos reparan en mí.
La confusión muta en sorpresa y luego en cólera.
—Tú… —Su voz es veneno—. Puta .