Capítulo 29 - Un monstruo y un demonio
Dolor. Venganza. La sangre de Kaya. Justicia.
Tortura. Su dulce labio partido. Mutilarlo.
Despellejarlo. Sus preciosos ojos anegados en lágrimas.
Eviscerarlo. Decapitarlo. El miedo que asfixia su corazón.
Desmembrarlo. Hervirlo vivo. Todas las cicatrices que marcan su bella alma.
Desollarlo. Arrancarle los ojos. Todas las veces que este cerdo le ha hecho daño. Fuego. Muerte.
Nada me detendrá. Lo voy a matar. Lo voy a matar de la forma más horrenda que se me ocurra. Y solo cuando su sangre bañe mi cuerpo, a lo mejor, el incendio de mis venas se aplaca un poco.
Esa montaña de mierda se pone de pie después de que yo lo haya lanzado por los aires para quitárselo de encima a Kaya. «Kaya…». Mi mente se precipita por una nueva espiral de violencia. «Torturarlo. Hacerlo sangrar. Hacerlo llorar. Matarlo».
—¿Cómo te atreves a ponerme la mano encima? —me increpa él—. ¿Y por qué vas con ese estúpido disfraz por la calle? Halloween ya pasó, payaso .
No sé qué clase de animal es un gato güin, y francamente, en estos momentos no puede darme más igual. Solo me importa una maldita cosa en todo este universo. «Sufre y muere».
Mi puño impacta en el centro de su cuerpo. El pobre infeliz ni lo ha visto venir. Seguramente no entienda por qué está doblado sobre sí mismo y a punto de escupir sus intestinos. Y eso que no le he dado tan fuerte. Me he contenido bastante para no matarlo de un solo golpe reventándole las entrañas.
Lo agarro del pescuezo para retenerlo en esa posición a la vez que mi rodilla se eleva. Se escucha un crujido cuando mi hueso impacta en su nariz.
Bajo la pierna, lo suelto y, mientras él se tambalea hacia un lado, yo le descerrajo una patada que lo hace despegar y estrellarse contra la pared. Esa escoria con forma humana se queda desmadejado en el suelo, tosiendo su propia sangre y resollando por el dolor.
Voy descalzo, así que mis pisadas no hacen ruido, aun así, sus sentidos lo alertan de que el cazador se acerca. Intenta ponerse en pie, pero no puede. Casi no puede ni sujetarse a cuatro patas.
Al darse cuenta de que no puede huir, retrocede todo lo que le permite la pared y balbucea incoherencias sobre el dolor que siente y su nariz. El hedor que desprende es insoportable, empiezo a pensar que se ha hecho sus necesidades encima. «Patético», me asqueo.
—¿Quién demonios eres tú? —me pregunta, cuando estoy a dos metros de él.
—Tú mismo lo has dicho, el demonio.
Un gruñido bronco reverbera por mi pecho acompañando al nacimiento de mis alas. Los ojos de ese cerdo se abren de forma desmedida y el pestazo que desprende se intensifica.
«Bien. Que se ahogue en su propio miedo antes de irse de cabeza al infierno».
Bato las alas con fuerza y me elevo varios metros en el aire.
El fulgor pálido de la luna me abraza y se derrama sobre mi cuerpo desde atrás.
«No quiero luz. No habrá luz para él. Solo tinieblas».
Mis alas se extienden por completo y su envergadura bloquea toda la claridad del callejón. Ese repugnante humano grita, espantado.
—Yo soy el guardián de Kaya —declaro con voz profunda, espesada por el humo del incendio que me consume por dentro— y el que va a hacer que te arrepientas de haber nacido.
En respuesta a mi amenaza, su grito de terror se intensifica y, tras unos segundos, se apaga y muere.
Ese ser cruel que tanto disfrutaba atormentando a la mujer que debería haber adorado como a una diosa se desmaya al probar un poco de su propia medicina.
«Verdaderamente patético», bufo frustrado. No puedo torturarlo o matarlo si no se entera, eso no tiene gracia.
Contemplo atónita la escena que se desarrolla ante mí. Una escena más propia de una de mis pesadillas. Un callejón sumido en las tinieblas, un monstruo y un demonio. Y el monstruo acaba de quedarse inconsciente.
El nudo de mi garganta por fin baja hacia mi estómago y parpadeo para aclarar mi mirada. El verde regresa junto con el olor a tierra mojada, a vegetación y a… sangre. Mucha sangre. Una auténtica laguna en la que flotan a la deriva restos humanos mutilados.
En medio de la masacre, el Cuervo se alza como un faro pintado de carbón y carmesí.
Las garras chorreando, la ropa desgarrada, la boca contraída en una mueca cruel y salvaje, el rostro vacío y la mirada perdida en la pesadilla que lo rodea.
No queda rastro de su ternura, de su inocencia o de su bondad.
Solo hay una bestia bautizada en sangre.
Mi estómago se retuerce, pero también hay otra sensación dentro de mí.
Una que no reconozco como mía: alivio. Estoy feliz de que él los haya matado.
«¿Por qué?», me horrorizo. No comprendo estos sentimientos.
No comprendo por qué habría de alegrarme al ver cómo la oscuridad ha clavado sus garras en Karasuhito y lo está arrastrando al abismo.
Me duele verlo así. Me duele mucho. Me duele dentro del pecho, muy hondo, muy profundo.
Un violento estremecimiento me sacude y de pronto estoy de vuelta en el callejón. No sé qué me está pasando, pero si me estoy volviendo majareta del todo, desde luego he elegido el peor momento para hacerlo.
Karasuhito toma tierra y se acerca al cuerpo que permanece inerte y desmadejado.
—Vaya porquería de aguante —dice, dándole toquecitos con la punta del pie al despojo del suelo a ver si se despierta—. Si todavía no habíamos llegado ni a la parte de la tortura.
Me pongo en pie, me trago el dolor de las rodillas y voy con él. En cuanto me tiene a su alcance, su ala me envuelve y me lleva a su lado. Agradezco la sedosidad de sus plumas. Ahora mismo necesito esto, necesito cosas suaves y sensaciones amables.
Su brazo también rodea mi cintura y me estrecha fuerte contra su cuerpo. Juraría que está todavía más frío que de costumbre, puedo notarlo incluso a través del abrigo y la ropa.
—¿Qué hacemos con él? —pregunto. Ethan ha visto a Karasuhito, así que no puedo llamar a la policía y arriesgarme a que hable del Cuervo.
Seguramente lo tomarían por loco, sin embargo, es evidente que aquí ha habido alguien más esta noche que ha detenido a ese cafre y le ha pegado.
Las autoridades podrían investigar y acabar encontrando a Karasuhito…
No voy a correr riesgos si se trata de él. Me niego.
—¿Cómo estás? —me responde, ignorando lo que le he dicho. Su otra mano me acaricia el lateral del rostro. Sus ojos se incendian otra vez al contemplar mis heridas.
—Estoy bien.
—No me mientas —me advierte muy serio.
«He dicho que ya no iba a guardármelo todo para mí», me recuerdo.
—Me duelen los golpes, pero estoy bien. —Sus ojos llamean en un aviso silencioso—.
Ahora estoy bien —matizo, y apoyo mi frente en su pecho a la vez que agarro con fuerza su ropa.
Él suspira y me abraza usando todas sus extremidades, las de carne y las emplumadas.
Nos quedamos así un buen rato, hasta que los nervios vuelven a empujar la misma pregunta por mis labios—. ¿Qué vamos a hacer con él? Te ha visto.
Él me suelta y un frío paralizante se apodera de mi cuerpo. Clava sus ojos oscuros en el bruto del suelo.
—Podemos ser conservadores y limitarnos a torturarlo un rato, matarlo, desmembrarlo y tirar sus restos por ahí, como haría cualquier persona normal —declara con parsimonia.
«¿ Normal ? ¿Cómo coño va a ser eso normal?
»—. O podemos ponernos creativos. Puedo decapitarlo y sorberle los sesos como si fuese una gamba.
—Al oírlo, tengo que reprimir una arcada—.
A mí cualquiera de las dos opciones me viene bien. —Se encoge de hombros.
—No puedes sorberle los sesos, ¡es una guarrada!
—Bueno, pues entonces lo desmembramos y…
—¡No! —exclamo. Él me mira, extrañado—. ¿No hay otra opción?
—Kaya, te ha hecho daño. Te ha hecho mucho daño durante mucho tiempo. Tiene que morir —sentencia con una ferocidad que hace que mis maltratadas rodillas tiemblen.
Entiendo cómo se siente y lo que me está diciendo, de verdad que sí. Y Ethan me importa una mierda, pero… El recuerdo de la alucinación que acabo de tener me golpea con brutalidad.
No quiero que Karasuhito sacrifique su bondad y su luz, y se convierta en un monstruo de verdad por mi culpa. No quiero volver a contemplar ese rostro desencajado, salvaje y carente de emoción.
Quiero al chico que se ríe de todo, que parece un cachorrillo excitado, que se tropieza cuando se pone nervioso, que canturrea mientras cocina, que me despide y me recibe cada día con abrazos, que se inventa las palabras y cuya presencia está sirviendo de ancla para que yo reconstruya mi corazón y mi vida.
No quiero que sus manos se manchen de sangre. No puedo arriesgarme a que eso lo cambie de ninguna manera, que ensombrezca su espíritu o empañe su alegría. Que lo devuelva a una vida de violencia que él mismo admitió que no le hacía feliz. No puedo. No lo haré.
—No quiero que asesines a nadie por mí, aunque ese alguien se lo merezca —confieso.
Las hogueras color cobalto de sus ojos se avivan.
No me acobardo. Avanzo y apoyo mi mano abierta sobre su corazón—.
Por favor… —susurro, y una leve suavidad empieza a intuirse al fondo de su mirada—.
Sé que eres mi guardián y que debes protegerme, pero ya lo has hecho, estoy a salvo contigo.
Y yo… —La vergüenza me deja muda. No logro que las palabras avancen.
«Tengo que decírselo». Él no para de repetirme que soy valiente y aquí y ahora le voy a demostrar que no se ha equivocado conmigo—. Yo también quiero protegerte a ti.
Sus ojos se abren de golpe.
—Kaya…