Capítulo 28 - La furia reencarnada
El pánico estalla dentro de mí y mi mente se apaga. Me convierto en sensaciones. La piel de gallina. La pesadez del pecho. El aliento entrecortado. La boca seca. El amargor de la bilis impregnando mi lengua. Las punzadas en el estómago.
—Te veo bien, Kaya. Demasiado bien. —Su tono sigue igual, amable en la superficie. Una cortina de mentiras que esconde la crueldad subyacente—. ¿Desde cuándo sales tú por la noche de bares?
—Lo que yo haga no es asunto tuyo. —Odio que mi voz se haya convertido en un hilo tembloroso.
—Claro que lo es. Si te dedicas a ir exhibiéndote por ahí como una putita en busca de atención, claro que lo es.
—Yo no quiero la atención de nadie.
—Eso cuéntaselo a los imbéciles con los que estabas coqueteando en el bar —me espeta.
Al principio no sé de qué me habla, hasta que caigo en la cuenta.
«¿Estaba en el segundo bar al que hemos ido?
»—. Pensaba que tenías algo más de dignidad, Kaya.
Mira que ir vestida así de vulgar… ¿A quién pretendes impresionar? ¿No ves que haces el ridículo?
Ethan presiona su cuerpo contra el mío, lo siento por todas partes y yo solo puedo rezar para que el ladrillo se abra y se me trague viva.
Un estremecimiento, mezcla de asco y miedo, me sacude y él lo nota. Su sonrisa de depredador se ensancha. Está disfrutando con esto, igual que en los viejos tiempos.
—Tranquila, solo he venido a hablar contigo. Solo voy a hacerte una pregunta y luego me iré, te lo prometo —asegura. Conozco demasiado bien sus ojos para saber que eso es mentira—. Dime, Kaya, ¿quién estaba el otro día en tu casa de noche? El hombre de la melena negra.
En medio del caos de emociones que estoy experimentando, la perplejidad devora al miedo durante unos segundos.
—¿Cómo sabes tú que…?
—Os vi en el balcón —me interrumpe—. Vi cómo te llevaba en brazos, cómo te acariciaba la nuca.
—Ahí es donde acaba su mano, en mi nuca, y se cierra con fuerza tirándome del pelo.
Un millón de alfileres me atraviesan el cuero cabelludo—.
Es el mismo tipo que te salvó el día del camión, ¿no?
¿Fue ahí cuando lo conociste? ¿Tan pronto me has olvidado?
¿Tan poco me querías que ya estás con otro?
No sé qué me quema más, si el ácido de mi estómago, las lágrimas de mis ojos o la rabia de mis venas.
Ahora lo entiendo todo. Al fin encajan todas las piezas. La sensación persistente de que me vigilaban en el trabajo, en el almuerzo, por la calle... El encapuchado. El día del hielo. Cómo ha sabido dónde encontrarme hoy. Lo del balcón… Era él. Todo este tiempo era él.
Ha pasado más de un año y sigue buscando formas de controlarme, de asustarme, de hacerme daño… No va a dejarme en paz. Este cabrón hijo de una ladilla nunca va a dejarme en paz.
Algo crepita dentro de mi pecho. «Basta. Ya basta, joder».
—No voy a darte explicaciones —siseo—. Tú y yo ya no somos nada. Sinceramente, dudo si alguna vez lo fuimos, porque lo que sea que tú y yo tuvimos no puede llamarse amor, ni relación, ni nada.
—Te aconsejo que te calles o te vas a arrepentir —me advierte.
Una chispa salta. «Se acabó».
—De lo único que me arrepiento es de no haberme dado cuenta antes de cuál era tu verdadera cara, monstruo .
El infierno se desata y el fuego me devora. Cojo años de desprecios, insultos, miedo y amenazas, y los concentro dentro de mi puño antes de descargar un golpe contra el lugar donde creo que está su riñón. Su gruñido de dolor es música para mis oídos.
Lo piso, clavo mi hombro en su tórax, lo empujo y echo a correr en dirección a la calle principal.
Con los tacones no llego demasiado lejos.
Él me alcanza y de un solo bofetón me tira al suelo.
La sangre se acumula en mi boca y estoy a punto de vomitar.
No es el único lugar por el que sangro. La tibieza se desliza desde mis rodillas y empapa mis medias rotas.
Me arrastra de vuelta al interior del callejón. «Si dejo que me lleve a la oscuridad, me puedo dar por muerta», me angustio. Forcejeo, pero solo consigo llevarme un segundo golpe.
El sabor ferroso es tan denso e intenso que satura también mi nariz. Me cuesta coger aire. Una tromba de recuerdos me cae encima. Me hundo. Me ahogo. Me pierdo. Revivo la otra vez que me pegó. El puñetazo en la pared. La puerta del baño reventada de una patada…
Otro recuerdo se entrelaza con ese último y se cuela en medio del torbellino que me asfixia. La puerta impactando contra la pared, el Cuervo entrando al baño como un soldado listo para la guerra y partiéndose la crisma después de verme medio desnuda subida sobre el inodoro.
La luz regresa a mí. El aire también y logro reconectar con el momento presente. Algo cae del cielo, no sé si es real o una alucinación. Solo sé que es algo ligero, sedoso y negro. Más negro que la noche. Más negro que la tinta. Más negro que la pluma de un cuervo.
—Karasuhito —murmuro.
«Qué guapa estaba Kaya». Todavía sigo maravillado y eso que ya han pasado varias horas desde que se ha marchado con sus amigas.
No negaré que después de verla así vestida, me ha dado pena que se fuese. Me habría pasado la noche entera contemplando su belleza. Pero no puedo acapararla para mí solito.
La Kaya de este tiempo no es como la de antaño, ahora sí tiene una familia y amigas que la quieren, y es importante que cuide esas relaciones porque es evidente que le hacen feliz.
Y si ella es feliz, yo también lo soy. Aunque eso implique pasar menos tiempo con ella o no poder admirarla tanto como quisiera.
«Es que estaba guapísima», me reafirmo. Algo revolotea en mi estómago. Igual es amor o igual es que tengo hambre. Como no lo tengo claro, decido cenar ya.
Sin Kaya aquí no me apetece cocinar algo demasiado elaborado. Podría hacer un revuelto con huevos. Los huevos siempre son una opción ganadora. «Pero ¿con qué?». Rebusco por el frigorífico y los armarios a ver si me viene algo de inspiración, y lo veo. Las palomitas.
Descubrí esa maravilla el otro día, en Navidad, y no quiero desmerecer a los huevos porque son deliciosos, nutritivos y versátiles; sin embargo, puede que las palomitas sean el alimento más maravilloso inventado por el hombre.
Solo he probado algo más adictivo en toda mi existencia, los labios de Kaya.
«Qué atractiva estaba hoy», pienso por trigésimo sexta vez en lo que va de noche y me vuelvo a quedar embobado mirando al infinito.
Algún día tengo que pedirle que se ponga otra vez ese vestido, aunque solo sea para quitar el polvo, me da igual, pero necesito hacerles ese regalo a mis ojos. Sí que lo necesito. Lo necesito mucho . Tanto como respirar o comer… «Comida. Palomitas».
Reconecto con la realidad y vuelvo a fijar mi atención en la caja de la alacena. «Es que estaba tan guapa y adorable cuando se ha ruborizado…». Por poco me abofeteo. «¡Céntrate!». Por esto mismo es más de medianoche y yo sigo sin cenar, porque no dejo de divagar sobre Kaya y su imponente belleza.
Con un resoplido frustrado, ato en corto mi desbocada mente. Ya seguiré comportándome de un modo románticamente patético luego, una vez que tenga el estómago lleno de palomitas.
Cojo la caja y una duda me asalta: «¿de verdad puedo cenar esto?». No es que haya nadie aquí para prohibírmelo, claro, pero las palomitas eran pequeñas y nos comimos el bol entre los dos enseguida, y eso que habíamos cenado antes.
«Se trata de un problema de cantidad más que de imposibilidad», recapacito. Puedo cenar palomitas siempre y cuando haga más de un bol. Es una lógica indiscutible, a mí desde luego me lo parece.
Dentro de la caja hay cinco bolsitas como la que Kaya metió al microondas. Cinco suena a un buen número. Seguro que con cinco me quedo lo suficientemente lleno. Lo que pasa es que esto me plantea un nuevo problema… «¿Puedo meter las cinco bolsas a la vez en el microondas?».
Miro el aparato. A juzgar por el tamaño, sí puedo. Aunque recuerdo que el paquete se hinchó bastante. Lo medito un segundo. Igual no es buena idea calentarlas todas a la vez. Pero no me apetece prepararlas de una en una, sería muy molesto tener que levantarme todo el rato.
«Puedo cenar otra cosa… No. No puedo. Quiero palomitas». Ya se me está negando aquello que más deseo en el mundo, besar a Kaya, no renunciaré también a esto. No lo haré. Me he ganado mi cena de palomitas. Claro que sí.
Tras consultar con mi leal amigo, internet, descubro que también se pueden hacer en una olla calentada al fuego. En cuanto leo esa primera frase, ya no necesito saber nada más.
Voy a la cocina, cojo la olla más grande que tenemos, rasgo las bolsas y hecho el contenido dentro. No parece gran cosa, así que cojo una segunda caja del armario y añado tres paquetes más. Ocho es mejor que cinco.
Los minutos pasan y mi mente está empezando a divagar otra vez, perdiéndose en los recuerdos de Kaya y su deslumbrante vestido, cuando escucho el primer estallido.
Ilusionado, corro al lado del fuego y miro dentro de la olla. Los maíces están vibrando y al fondo veo la primera palomita, una bola de algodón en medio de un campo amarillo.
Dos más saltan y se transforman ante mis ojos. «¡Esto es mucho más divertido que hacerlas en el microondas!», me emociono. La emoción me dura poco.
A las tres primeras les siguen cinco más.
Luego diez. Veinte. Cincuenta. «Oh». No puedo seguir contando.
«Oh, oh». Las palomitas se acercan al borde de la olla a una velocidad alarmante.
«Oh, no». Me giro corriendo para coger una tapa.
Una erupción resuena a mi espalda y de pronto cae nieve con olor a mantequilla dentro de la cocina. «Kaya me va a matar».
Me lleva mucho rato recoger el desastre que he organizado. Cuando saco la última palomita de debajo de la nevera, la luna ya ha superado su punto álgido y ha emprendido el descenso en su parábola nocturna.
Desgraciadamente, me he quedado sin cena; pero al menos mi vida ya no corre peligro. Solo tengo que deshacerme de las evidencias y será como si aquí nunca hubiese pasado nada. El problema es que no sé cómo hacerlo.
He llenado dos bolsas de basura y no tengo ni la más remota idea de qué hacer con ellas porque no sé a dónde se lleva Kaya la basura los martes y los viernes.
Tras mucho meditar (no es que lo haya decidido en cinco segundos. No, qué va. Igual han sido diez), se me ocurre la solución perfecta. Voy a vaciar las bolsas por el balcón y a correr. El viento se encargará de llevarse las palomitas, igual que se lleva las flores de cerezo caídas en la primavera.
Y después de eso, me haré una tortilla. Las palomitas son deliciosas y tentadoras, pero ya he aprendido la lección. Es mejor ir a lo seguro. Los huevos nunca me harían pasar un mal rato semejante. Los huevos son mis amigos. En los huevos puedo confiar.
Agarro la primera bolsa de basura y me dirijo hacia el balcón.
« Karasuhito ».
Mi cuerpo se paraliza en cuanto siento la llamada de Kaya. A su suave voz le sigue una ola arrolladora de miedo y dolor. Son suyos. Son de Kaya. Alguien le está haciendo daño.
Un rugido salvaje me rompe el pecho al mismo tiempo que mi sangre se convierte en una marejada de violencia densa y cruda. En menos de un segundo, me arrojo al vacío de la noche.
Su nombre se desliza por mis labios dejando una nota dulce en medio del amargor metálico que baña mi lengua.
Es la dulzura de la esperanza. Porque sé que va a venir.
Sé que no me va a fallar. Sé que ese loco emplumado pondría el mundo patas arriba por mí y eso a pesar de que no me quiere. No como yo a él.
Sí. En medio de este horror, la realización me golpea y ya no puedo negarlo más. Lo quiero. Lo quiero de verdad. No debo, pero lo quiero.
Casi no he tenido tiempo de terminar de pronunciar su nombre cuando un ruido sordo estalla a mi espalda y la fuerza que me arrastraba hacia las profundidades del infierno desaparece.
Caigo de rodillas y me vuelvo a hacer daño en las heridas abiertas. Aun así, ignoro el dolor, me giro y ahí está, mi guardián, mi salvador, mi faro de obsidiana, alzándose ante mí con su camisa hecha jirones tras haber volado hasta aquí a una velocidad imposible.
Su figura es imponente. La visión es sobrecogedora. Aunque lo que realmente hace que me estremezca es la ira fría y despiadada que refulge en sus ojos.
Karasuhito me mira por encima del hombro. Su hermosa boca se convierte en una línea pétrea y esa llama azulada que habita en sus pupilas se inflama y devora al negro cuando él repasa mis heridas.
Un gruñido amenazador obliga a retroceder al silencio del callejón y sus plumas se erizan a la vez que su labio se retrae dejando a la vista sus colmillos.
Es el depredador más peligroso de este mundo y se ha convertido en la furia reencarnada. Igual tendría que estar muerta de miedo, pero solo siento un alivio abrumador.
El Cuervo se acerca a mí y me acaricia el rostro.
—No te preocupes, estás a salvo. La pesadilla ya ha terminado. Al menos para ti —añade, dirigiendo sus ojos al hombre con el que tuve la desgracia de compartir varios años de mi vida.
Mis labios tiemblan. La emoción trepa por mi garganta obstaculizando el paso del aire. Todo está borroso. No quiero llorar. No quiero. Parpadeo fuerte.
Abro los ojos y no comprendo lo que veo. El callejón ha desaparecido y las sombras rojizas del ladrillo se han convertido en el manto verde de un bosque. «¿Qué es esto? ¿Me he desmayado?».
Delante de mí está el Cuervo, vestido con un yukata polvoriento y negro, igual de negro que los trajes del numeroso grupo que aguarda a varios metros, todos armados con lanzas, cuchillos largos y katanas. «¿Qué carajos es esto?».
Vuelvo a parpadear y estoy de nuevo en la noche de Seattle.
Con pasos lentos, Karasuhito se acerca a Ethan con la palabra “muerte” grabada a fuego en los abismos de sus ojos.