Capítulo 27 - En las sombras
Después de dejarnos la vergüenza, la dignidad y los pies en la pista de baile, decidimos que ha llegado el momento de cambiar de aires y nos dirigimos a otro local.
Por el camino Jenna sigue cantando e intercala su marcha con pasos de baile, giros y gritos más propios de un rancho de Texas que de las calles de Seattle. Muerta del bochorno, Meredith acelera, cosa que no le resulta difícil con sus piernas kilométricas y esbeltas.
Entre el cansancio, los tacones y mi altura, empiezo a quedarme rezagada; como Isa quien, al igual que yo, vino a este mundo en tamaño de viaje y no en frasco grande.
—Oye, bajad el ritmo —les pido a las dos zancudas, cuando ya nos separan varios metros—. Que algunas tenemos problemas para seguiros el paso con esas piernas de jirafa que tenéis.
—A lo mejor el problema no son nuestras piernas de jirafa, sino tus piernas de hobbit —se burla Meredith, mirándome por encima del hombro.
«La madre que la…».
—A lo mejor el problema se acaba si te parto las rodillas y nos quedamos las dos a la misma altura —replico, haciendo que todas se rían, cosa que no entiendo. Uno no se ríe de las amenazas. Tiembla. Suplica. Se hace pis encima. Se desmaya. Puede que todo a la vez. Pero no se ríe.
«Estoy rodeada de raritos. Los atraigo a todos», me lamento. Solo hay que ver al Cuervo, un ser infernal que se comporta como un perro faldero y que tiene alma de galán.
—Inténtalo —me reta Meredith—. Aunque igual necesitas subirte a un taburete para llegar a mis rodillas, pequeña Leprechaun. —Me saca la lengua.
—Serás…
Anda, ¡mira! Resulta que sí podía ir más rápido. De hecho, emprendo una frenética persecución y no cazo a Meredith de milagro mientras Jenna e Isa no dejan de reírse de nosotras.
El segundo pub se parece muchísimo a los que solíamos frecuentar durante nuestra época universitaria. Se supone que este es nuestro elemento, sin embargo, me siento más fuera de lugar que en el bar de cowboys.
Las tinieblas devoran el local que se ilumina intermitentemente con pulsos de luz violácea y en las sombras los cuerpos se rozan, se tocan, se presionan… Se me revuelve el estómago un poco.
Además, no distingo bien los rostros de la gente y eso me pone nerviosa por mucho que me duela reconocerlo. No debería preocuparme por esas cosas. Esta noche no. Ni esta noche, ni nunca más… Pero lo hago.
Entre eso y que me están dando calambres en los pies, decido buscar un sitio en la barra y quedarme un rato apoyada, observando al resto desde una distancia segura.
Las chicas se turnan para hacerme compañía y asegurarse de que estoy bien, a pesar de que les repito que solo estoy cansada y que no tienen de qué preocuparse.
En un par de ocasiones me abordan unos chicos. Meredith se libra del primero sin ningún tipo de compasión. La segunda vez, ella está en el baño con Jenna.
Siendo honesta, aparte de ser terriblemente insistente, el joven no parece mala persona, aun así, no quiero saber nada de él.
Los hombres me siguen dando un poco de miedo y el único que no lo hace, el único con el que me siento cómoda de verdad es aquel al que no puedo tener. Al que no debo desear. Y también es el único que nunca se fijaría en mí del modo en que lo está haciendo este otro chico.
Al final, entre Isa y yo conseguimos que se largue y nos deje en paz tras prometerle que después bailaré con él.
Cosa que no pienso hacer bajo ningún concepto.
Antes beso este suelo mugriento repleto de gérmenes y me contagio de peste bubónica, tuberculosis, gonorrea o solo Dios sabe qué otra porquería.
—El chico era mono —comenta Isa. Tiene que pegarse bastante a mí para que la escuche por encima del atronador bajo de la música.
—Puede —concedo; aunque comparado con el Cuervo parecía un caracol podrido, claro.
—Pero no estás lista aún. —No es una pregunta ni un reproche, solo una afirmación.
—No, no lo estoy.
Ella permanece callada unos instantes, indecisa.
—Te voy a confesar algo —me dice—. Me daba la impresión de que estabas viendo a alguien nuevo; sin embargo, parece que me equivocaba.
Por poco se me caen los ojos al suelo.
—¿Por qué dices eso?
—No sé… Estás distinta, en el buen sentido. Sonríes más, estás más tranquila, más feliz, has empezado a arreglarte un poquito y tienes esa mirada.
—¿Qué mirada?
—Ya sabes…
—No, no lo sé.
—Como si estuvieses enamorada.
Un puño invisible impacta justo debajo de mi esternón y por poco me fallan las piernas. «¿Amor?». Una gota gélida se desliza por mi columna. Es evidente que Karasuhito me atrae físicamente, podría incluso decir que me gusta, pero…, pero… «¿ Amor ?».
No lo sé. Yo creía que ya no era capaz de sentir algo de esa magnitud con un corazón tan destrozado como el mío. Pero… «¿Y si es verdad? ¿Y si me he enamorado de él?». Desde luego eso explicaría muchas cosas, entre ellas el hecho de que me siento celosa de una pobre señora muerta.
Aunque de ser así, eso sería terrible. Desastroso. Una cagada de proporciones épicas y cósmicas. Al final va a resultar que sí estoy maldita, maldita en el amor, porque no puede ser que primero me enamorase de un sociópata de manual y, ahora, de un demonio. «¿Qué coño me pasa?», me angustio.
«Nada. No me pasa nada». No me pasa nada porque yo no estoy enamorada. No puedo estarlo. ¿Encaprichada? Puede. ¿Me gusta? Seguramente. Pero esto no es amor.
—No estoy enamorada —afirmo con ferocidad, y sin saber si la estoy intentando convencer a ella o a mí misma—. Después de todo lo sucedido con Ethan, no puedo ni quiero ver a nadie en ese sentido.
—Lo entiendo. —Isa se aparta un segundo de mi oído para poder mirarme a los ojos.
Su sonrisa es dulce, y triste—. De verdad que sí.
Creo que, de haber pasado por algo igual, yo me sentiría como tú.
Aun así, quiero que recuerdes que no todo el mundo es malo, Kaya.
No debes blindar tu corazón y resignarte con la soledad para protegerte.
Solo tienes que ser un poco más selectiva y cuidadosa con quien dejas entrar en tu vida.
—Ese es el problema —admito—. Ya no confío en mi propio criterio, Isa. ¿Y si vuelvo a cometer los mismos errores? ¿Y si me vuelve a pasar lo mismo?
—No lo hará.
—¿Por qué estás tan segura?
—Primero, porque te he visto recorrer el infierno y volver entera a nosotras. Sé lo fuerte que eres, Kaya, y también sé que eres lista y que has aprendido de todo eso. No dejarás que nadie te haga lo mismo de nuevo.
En parte tiene razón porque, cuando creí que la historia se estaba repitiendo, intenté matar al pobre Cuervo. Lo cual no está bien, claro; pero con el permiso de la policía y de la religión, confesaré que, desde mi punto de vista, eso es mejor que haber agachado la cabeza con sumisión.
—Y segundo —prosigue Isa—, porque nos tienes a nosotras y no permitiremos que se repita algo así.
Nosotras no hicimos las cosas bien. Nos quedamos calladas sabiendo que tenías problemas.
No queríamos meternos en medio de tu relación y que nos acabases odiando, y preferimos esperar en silencio a que tú salieses de ese infierno por ti misma.
Sin embargo, juzgamos terriblemente mal la situación en la que te encontrabas.
Te fallamos al no darnos cuenta de que ese cerdo te dejó sin salidas ni escapatorias.
—Eso no es… —empiezo, porque me duele que se culpen. Yo les escondí cosas por no preocuparlas, me callé y no pedí ayuda. Fui yo. La culpa fue solo mía.
—Sí es —me interrumpe, y me abraza—. Y te aseguro que no se repetirá.
Si alguien te hace daño de nuevo, si intenta alejarte de nosotras, se las tendrá que ver con las tres.
Bueno, básicamente se las tendrá que ver con la mala leche de Meredith —se nos escapa la risa—, pero desde luego Jenna y yo estaremos ahí para ayudar.
Y si hace falta, traeré a mi Nana para que le dé su merecido a cualquier bastardo hijo de un canelón rancio que se atreva a tratarte mal.
Y esa mujer es siciliana de pura cepa y temible con una sartén de hierro en la mano, te lo aseguro.
Nos volvemos a reír y nos abrazamos más fuerte.
—Gracias, Isa. —Hay mucho más que quiero decirle. Dos palabras no son suficientes para abarcar todo lo que siento ahora mismo, sin embargo, es todo lo que logra atravesar el tenso nudo de mi pecho.
—De nada. Para eso están las amigas… Las hermanas. —Me mece lentamente—. Solo quiero que recuerdes que no estás sola, Kaya. Así que, si sucede algo malo, por favor, confía en nosotras y déjate ayudar, ¿vale?
—Te lo prometo —aseguro, y no estoy mintiendo.
Soy consciente de que uno de mis mayores errores de esa época fue el silencio. Quedarme callada. No pedir consejo o ayuda. Intentar proteger la imagen que el resto tenían de Ethan para no causar problemas. Guardármelo todo para no ser una carga. Y no cometeré el mismo error dos veces.
Puede que haya muchas cosas que no he superado todavía.
Heridas que aún sangran y supuran miedo y angustia.
Memorias que son como cardenales que oscurecen mi interior y que no logro que sanen del todo.
Sin embargo, Isa tiene razón, sí he aprendido algunas cosas y por fin siento que estoy avanzando de verdad.
Tras romper con Ethan el calvario no acabó, solo cambió de forma y durante muchos meses seguí vagando por un mundo oscuro.
Me esforcé por continuar con mi vida con normalidad y seguí caminando por inercia.
Me movía, sí, pero lo hacía en círculos, dando vueltas una y otra vez alrededor de los mismos sentimientos opresivos y deprimentes.
No me sentía para nada normal, solo rota y vulnerable.
Frágil y abatida. Cansada y asustada. Frustrada y despreciable.
Todos dicen que lo que no te mata, te hace más fuerte. Bien, pues durante mucho tiempo yo puse en duda la veracidad de esas palabras. Logré salir de esa situación, pero desde luego no me sentía fuerte. Ni valiente. Ni nada de nada.
Solo me sentía un fracaso absoluto en todos los sentidos. Por más que todos me repetían que lo que había pasado no era mi culpa, yo me culpaba. Me maldecía. Me odiaba por haber dejado que un cabrón me engañase, me tratase así, me hiciese creer que me merecía eso y me arruinase la vida.
Ahora me doy cuenta de que todos esos pensamientos nacían de la ponzoña que él plantó en mi mente.
Él ya no estaba, pero el veneno seguía circulando por mi sistema, corroyendo cualquier atisbo de esperanza.
Secando y marchitando cualquier pequeño brote de alegría.
Apagando de golpe el más mínimo destello de amor propio.
Me ha costado mucho, muchísimo , pero al fin siento que eso está cambiando.
En los últimos meses, las palabras y los gestos de amor de los que me rodean están atravesando la cortina de autodesprecio que me aislaba de todos.
Su cariño por fin me está llegando, nutriendo el suelo yermo de mi alma y dejando que la vida florezca de nuevo.
Y todo empezó con él. Con ese extraño chico que, sin conocerme de nada, me cogió de la mano, me miró a los ojos y me dijo que yo era valiente y fuerte por el simple hecho de seguir en pie. Que afirmó que no hay nada malo en mí salvo los miedos e inseguridades que otro puso ahí.
Ese chico que me trata con el mayor de los cariños incluso cuando me porto como una gallina esquizofrénica, demostrándome que de verdad no hay nada en mí que merezca ser castigado, humillado o despreciado.
Con su personalidad de intensito insufrible, sus sonrisas, sus meteduras de pata, su lealtad, su honestidad, sus trescientos estropajos, su voluntad de ayudarme, su alegría contagiosa y todas sus rarezas; Karasuhito embistió con una fuerza arrolladora esos muros que me aislaban y que, a la vez, me mantenían cautiva dentro de mi propia celda de miedo y desconfianza.
Él creó las fisuras necesarias por las que luego empezaron a llegar la luz y la calidez del resto de las personas que más quiero en el mundo.
Y gracias a eso, gracias a ellos, me siento mejor. Me siento más yo. Más libre. Más limpia. Más segura. Más fuerte. Las cadenas se han roto. Los muros están cayendo. Y yo empiezo a vislumbrar un camino ante mí sin monstruos que acechan en las sombras.
Ha sido una buena noche y no es muy tarde, pero a estas alturas los pies me están matando y solo quiero llegar a casa.
El último bar al que hemos ido estaba a menos de media hora andando de mi apartamento y me ha parecido una buena idea volver dando un paseo para despejarme y serenarme antes de ver a Karasuhito.
Aún sigo nerviosa después de lo que ha dicho Isa sobre mi supuesto enamoramiento.
Sin embargo, con cada paso que doy, me arrepiento más de no haberme subido al taxi con las chicas.
Un ruido a mis espaldas me sobresalta y barro la calle con la mirada. Estoy en medio de una zona comercial, todas las tiendas están cerradas y no se ve ni un alma. Aun así, el cosquilleo del miedo se despereza en mi estómago y acelero, ignorando mis doloridos pies.
La sensación de que me observan persiste. «Tranquila, Kaya, solo es la ansiedad. Solo eso», me repito. No sirve de nada. Los nervios se cuelan dentro de mis vértebras y empiezan a mandar descargas por todo mi cuerpo.
No quiero seguir cediendo a mis paranoias, sin embargo, la sensación de pánico me está abrumando y saco el móvil para llamar a un taxi y que venga a por mí, a pesar de que estoy a unos diez minutos de mi casa.
Tiemblo demasiado y no atino a desbloquear la pantalla. Mascullo un juramento entre dientes y me detengo unos segundos para que mi atención no esté dividida entre caminar y el teléfono.
Una mano sale de la nada, se cierra en torno a mi brazo y me arrastra dentro del callejón delante del cual me había detenido. Mi móvil cae al suelo y queda abandonado en medio de la acera.
Alguien me empuja con violencia contra la pared de ladrillo y un dolor punzante y crudo estalla en mi nuca. «Joder, ¡qué daño!».
Abro los ojos y el miedo más visceral asoma su fea cara dentro de mi mente en cuanto veo a quién tengo delante. Al final resulta que no estaba loca y sí había monstruos acechándome en las sombras.