Capítulo 26 - El infierno es nuestro, nenas #2
Fue cosa del destino, estoy segura. Un destino que por una vez fue amable conmigo y puso en mi camino a gente buena de verdad.
«Ha sido más de una vez», me recuerdo, en cuanto unos ojos oscuros, una sonrisa descarada y unas plumas sedosas se dibujan en mi mente.
—¡Ya hemos llegado! —exclama Jenna, sacándome de golpe de mis pensamientos. Señala la fachada del local que tenemos delante y pregunta—: ¿Y bien? ¿Os gusta?
—Me repugna —contesto con brutal sinceridad, contemplando la aberración que tengo delante.
—¿Nos has traído a un puto bar de cowboys? ¿ En serio ? —La ceja izquierda de Meredith emprende el vuelo a la vez que sus manos aterrizan en sus caderas.
—Es… muy… colorido… —añade Isa, haciendo un esfuerzo por suavizar los ánimos, como siempre.
Desde luego el sitio es colorido. La fachada es de madera y tiene más luces de neón fluorescentes que granos de arena hay en el desierto.
Estas dibujan los contornos de sombreros vaqueros en colores chillones, botas con tachuelas, un cactus, un buey, un lazo, una estrella de sheriff… Todo hortera a más no poder.
—Cerrad vuestras bocazas de arpías —declara Jenna— y ya me daréis las gracias cuando veáis lo que os espera dentro. Hectáreas y hectáreas de hombres fuertes, sudorosos, varoniles y con ropas apretadas. Muy apretadas. —Mueve las cejas de forma insinuante.
—Estoy todavía más muerta del asco que hace unos instantes —comento, incapaz de callarme al pensar en el sudor y en el olor que debe concentrarse ahí dentro.
Meredith suelta una carcajada.
—Aguafiestas —murmura Jenna—. No seáis así. Os juro que es divertido, la gente baila en grupo, el ambiente es relajado y alegre, tienen un montón de zumos naturales para Kaya… Dadle una oportunidad y, si no os convence, nos vamos a otro lado.
Al final accedemos porque eso es lo que hacemos nosotras. Nos aceptamos con nuestras diferencias, peculiaridades y gustos cuestionables… Como lo de este bar. Lo de este sitio es cuestionable a más no poder. Un atentado contra el pudor y el buen gusto.
Aun así, muy a mi pesar debo admitir que Jenna tenía razón y que, una vez superado el impacto inicial, este sitio es divertido.
No tiene ese ambiente sofocante de los locales nocturnos, el espacio es amplio, luminoso, colorido, la música tiene un ritmo contagioso y la gente parece únicamente preocupada por pasar un buen rato bailando country.
Jenna no tarda en unirse al grupo del centro del bar y se pone a menear sus caderas y sus rizos de forma enérgica mientras sus risas van mezclándose con las canciones. Solo vuelve a la mesa para beber algo y, la última vez, para llevarse a Isa a rastras con ella.
La pobre al principio parece cohibida en medio de todo el barullo. Meredith y yo estamos a punto de ir a rescatarla cuando nuestro pequeño sol en miniatura empieza a moverse, con pasos tímidos al principio, y acaba desmelenándose tanto o más que Jenna, que aúlla encantada al darse cuenta.
Yo también me río con ganas. Verlas así de contentas me llena de una alegría infinita. Sé que fui yo la que descendió a las profundidades del infierno, pero también sé que ellas me siguieron a varios metros de distancia.
Fueron años duros para todas. Hubo momentos en los que temí que finalmente me darían la espalda y se olvidarían de mí. Spoiler: nunca lo hicieron. Y por eso las quiero con locura y ahora hago su felicidad mía, igual que ellas hicieron suyo mi dolor.
Tras cinco canciones, Jenna e Isa parecen a punto de desmayarse, pero sus sonrisas no podrían ser más amplias. Regresan a la mesa e intentan secuestrar a Meredith, la cual da un grito de espanto que ha debido escucharse en Saturno.
—Dejadme en paz o prendo fuego a este sitio con todas nosotras dentro —amenaza la rubia, aferrándose al borde de la mesa con uñas y dientes.
—No seas una vieja aburrida, Mer —se ríe Jenna.
—Dirás más bien una pirómana aburrida —me burlo, y me gano una mirada asesina de la susodicha pirómana.
—Te prometo que es muy divertido —asegura Isa, intentando soltar las manos de Meredith.
—Os mataré —sisea ella—. Haré bolsitas de té con vuestros restos desecados.
—¡A otra con el cuento! —la provoca Jenna, y comienza a hacerle cosquillas.
En cuanto los brazos de Meredith se contorsionan y ella se suelta de la mesa, Isa le coge de las manos para que no pueda volver a engancharse como un mejillón de roca.
Observo toda la escena con una diversión perversa mientras le doy sorbitos a mi zumo. Mis ojos se encuentran con los de la futura secuestrada y el azul de su mirada parece casi púrpura de la furia que habita en ellos.
—Tú… —bisbisea, mirándome.
—Adiós, Meredith —canturreo, y me despido de ella meneando los dedos—. Pásatelo genial bailando con todos esos maromos con vaqueros apretados y camisas abiertas.
La mala leche le da superpoderes a mi amiga, que de pronto hace una exhibición de fuerza descomunal y se libera de Isa y de Jenna. En menos de un segundo, la rubia loca me agarra del pescuezo y me arrastra a la pista de baile.
—¡Me cago en Epi y Blas! —estallo, al notar semejante tirón—. ¿Qué haces? ¡Suéltame!
Forcejear es inútil, Meredith es mucho más alta que yo. Ella es una mantis religiosa y yo soy una humilde hormiguita.
—No me someteré a este escarnio público yo sola. Si me tengo que hundir en la mierda, tú te vienes conmigo, señorita. —Solo el lado izquierdo de sus labios se alza.
—¡Qué gran amiga, Meredith! —le reprocho.
—¡Eso es! —Jenna nos salta encima—. Todas de cabeza a la mierda.
—Podríamos usar otra expresión que no incluya excrementos, ¿por favor? —pide Isa, uniéndose a la piña. No lo digo en voz alta porque me están aplastando entre todas, pero yo estoy a favor de eso.
—¡A mover el culo! —grita Jenna, entusiasmada. En cuanto llegamos a la pista, se pone a bailar de inmediato. Isa, que ya tiene algo de práctica, la sigue enseguida.
—Esto es el infierno —murmura Meredith, y se frota la cara con desesperación—. Me habéis arrastrado al jodido infierno.
—¡Vamos, Meredith! —Isa le da un golpecito con la cadera.
—Os odio a todas —protesta la aludida.
—Eso es mentira —contestamos las tres a la vez.
—Vale, es mentira. No os odio. Pero esto sí que es el puto infierno.
—Entonces, por esta noche, ¡el infierno es nuestro, nenas! —aúlla Jenna.