Capítulo 26 - El infierno es nuestro, nenas
Me miro en el espejo, sintiéndome insegura sobre mi aspecto. «Creo que este vestido es demasiado ajustado. Y demasiado corto», me agobio.
En el fondo sé que no es así. El vestido está bien, es ceñido, pero no en exceso, me llega justo por encima de las rodillas y llevo unas tupidas medias negras que no dejan nada a la vista. Lo que pasa es que hace mucho tiempo que no me pongo algo así.
Dejé de hacerlo, como tantas otras cosas, por no tener que aguantar comentarios hirientes sobre mi aspecto y evitar discusiones estúpidas que podían acabar escalando en una situación que diese miedo.
«Ya no tengo que preocuparme de esas cosas», me animo sola. Ahora puedo ponerme lo que quiera, puedo ir a donde quiera y con quien quiera. La pesadilla terminó, soy libre y mi vida fluye… Solo Dios sabe hacia dónde (lo mismo voy derecha a despeñarme), pero fluye.
Me observo una última vez, reprimo el impulso de cambiarme de ropa, tomo aire y salgo de mi cuarto.
En cuanto me ve aparecer, Karasuhito se pone de pie con tanto ímpetu que por poco tira el taburete de la cocina al suelo. Sus rasgados ojos se abren más que de costumbre mientras me observa.
—Estás… Estás muy guapa, Kaya —me adula.
El calor se acumula en mi cara—. Muchísimo.
Preciosa. Increíblemente atractiva. Yo… —Me recorre de arriba abajo con la mirada y mi piel reacciona.
Un cosquilleo se desliza sobre mi cuerpo y aparto el rostro a toda prisa para que no vea lo mucho que me afecta su atención.
Desde que tuvimos esa charla sobre su pasado y la chica de la que está enamorado, me estoy esforzando por atar en corto mis desvaríos y por no tomarme sus cumplidos ni sus gestos de forma literal.
Su corazón pertenece a otra mujer, aunque esta lleve muerta siglos, y yo no debo confundir su amabilidad con algo más. Con algo que no debería ni anhelar, para empezar.
Considerando las circunstancias que nos rodean a ambos, nunca debí haber permitido que mis sentimientos por él se descontrolasen de este modo.
Sentir gratitud está bien. Confiar en él es correcto. Ser su amiga es perfecto. Sentirme atraída físicamente por él es entendible. Más allá de eso… Nunca debió existir un más allá y yo lo olvidé porque soy boba.
Así que, en el fondo, supongo que es mejor que haya pasado esto.
Que mis estúpidas ilusiones hayan muerto antes de convertirse en algo demasiado grande.
Es mejor que seamos solo amigos, compañeros, humana y guardián, o lo que quiera que seamos ahora; sin aspirar a nada más. A algo imposible a todos los niveles.
Por eso, aunque siento un dolor que no debería sentir, el de un corazón roto porque él ama a otra, me esfuerzo por no fantasear (lo cual está siendo difícil) y por comportarme con él como siempre porque Karasuhito no tiene la culpa de nada.
—Perdona si mi torpe vocabulario no puede abarcar la inmensidad de tu belleza esta noche —me suelta.
«Siempre tan intensito», me río, pero en el fondo siento una punzada espantosa en el centro del pecho.
Él se acerca con pasos cautos—. Viéndote así, me están dando ganas de acompañarte.
No quiero que mis ojos se pierdan ni un segundo de este maravilloso espectáculo.
—Deja de ser un zalamero —le ruego, avergonzada—. Y tú no puedes venir, ya lo sabes.
—¿Por qué no? —Su tono es de lo más lastimero—. No quiero quedarme en casa solito después de verte así vestida. Quiero estar contigo. ¿No te doy pena?
—Ninguna —contesto, haciendo un esfuerzo por mantenerme seria.
—¡Que los dioses se apiaden de mí! —exclama de pronto, sobresaltándome—. Mi pobre corazoncito no sobrevivirá a esta noche sin ti. Me voy a morir.
—Eres inmortal —le recuerdo—. Y un cuentista desvergonzado.
—¡ Casi inmortal! Seguro que esto me mata. Ay, ¡qué dolor! ¡¡Qué dolor!! —Se lleva la mano al pecho—. Ya lo siento… La gélida caricia de la muerte… ¡Qué penita doy! ¡Auxilio! ¡No me abandones! ¡Llévame contigo, Kaya!
—¿Quieres callarte de una vez y comportarte? —Intento darle un manotazo y me esquiva sin problemas entre risas—. Eres desesperante.
—También soy un excelente cocinero, muy gracioso y atractivo, pero eso no me lo dices nunca —sonríe con un descaro que incendia mi sangre.
Intento ser fuerte, de verdad que sí, pero aquí el colega me lo pone jodidamente difícil siendo así de encantador.
—También tienes un ego más grande que el Monte Fuji —farfullo. Él se ríe de una forma grave y melodiosa, y mis nervios se tensan al compás de mis latidos.
—Cuando te sonrojas de ese modo, estás todavía más hermosa.
Su cumplido ha sido un disparo certero y me siento inestable. Sensación que aumenta cuando él devora la distancia que nos separa con dos pasos largos y se inclina sobre mí.
«Demasiado cerca». El calor de mi sangre se filtra a través de mis venas y alcanza la superficie de mi cuerpo. Su mirada se oscurece mientras danza sobre mi rostro.
—Verdaderamente preciosa —susurra.
La caricia de su aliento es más de lo que puedo soportar y tengo que hacer un esfuerzo inconmensurable para no ceder a la necesidad de alzarme sobre las puntas de mis pies y tocar sus labios.
«Mujer, ten un poco de dignidad», me reprende una voz dentro de mi cabeza.
Es verdad, no puedo ir por ahí besando a demonios de ochocientos años como si esto fuese una novela de fantasía romántica.
Tampoco puedo ir por ahí besando a tipos que están locamente enamorados de otras mujeres como si yo fuese una fresca rompe hogares.
Y por supuesto no puedo ir por ahí besando a hombres que no corresponden mis sentimientos y dejar que me destruyan por completo el corazón y la poca autoestima que me queda.
¿Él es encantador? Sí. ¿Es condenadamente atractivo? Por supuesto. ¿Me dice cosas preciosas y vergonzosas en extremo? También. Pero lo hace porque me prometió que me ayudaría a sanar y a dejar de despreciarme a mí misma; y todos estos cumplidos se deben a esa promesa. Ni más, ni menos.
Respiro hondo tres veces.
—Tengo que irme ya o voy a llegar tarde. —Sí, soy una cobarde y voy a salir corriendo antes de que mi voluntad se venga abajo del todo como un edificio construido con pañuelos de papel.
—Entonces, ¿puedo ir contigo? —sonríe.
—No, no puedes. —Me dirijo hacia la entrada. Por supuesto, él me sigue.
—¿Por qué? —El muy… me pone pucheros y casi me trincho los ojos con sus garras para no tener que ver lo mono que está.
—Porque a ver cómo explicamos eso de los colmillos y las plumas en la cabeza. A lo mejor, si te las afeitas… —bromeo, y eso alivia un poco la tensión de mi estómago.
—Las plumas se quedan —responde él muy serio, y se tapa la cabeza con ambas manos en actitud protectora.
—Entonces, tú también. —Cojo el abrigo y el bolso—. Me voy ya.
—¿De verdad no puedo ir? —Se cuelga de mis hombros y apoya su mejilla en la mía. Mi corazón está a punto de explotar.
—Eres más pesado que las llamadas de spam —resoplo, exasperada con él, pero sobre todo conmigo misma—. No, no puedes venir. Es una noche de chicas.
—Tienes razón. —Para mi sorpresa, claudica y me suelta—.
Estoy siendo un pesado y un egoísta, lo siento.
Te mereces pasar una noche con tus amigas y divertirte.
—Cada vez estoy más perpleja, no estoy acostumbrada a que me digan esas cosas—.
Solo ten cuidado y, si tienes cualquier problema, llámame y estaré ahí en un segundo. —Me guiña un ojo y me abre la puerta.
—Gra… Gracias… —musito.
Él me sonríe, me hace una reverencia de lo más caballeresca y antes de que yo pueda salir, toma mi mano y deposita un suave beso en mi piel.
Haciendo gala de mi comportamiento más refinado, chillo, echo a correr hacia las escaleras y por poco me despeño con los tacones en mi afán por poner tierra de por medio entre el Cuervo y yo.
Caminamos bajo las luces del centro de Seattle en dirección a un local que, según Jenna, es el lugar donde se reúnen todos los chicos guapos de la ciudad.
Yo no tengo ningún interés en ver chicos guapos, ya tengo suficiente con el que escondo en casa, aunque eso no puedo decirlo en voz alta. Y honestamente, ir a un bar o a otro me da igual, lo único que me importa de esta noche es pasármelo bien con mis amigas, cosa que estoy haciendo.
La cena ha sido muy agradable, la comida estaba deliciosa y no hemos parado de reírnos mientras nos acordábamos de todas las locuras que hicimos en la universidad.
Aún me sorprende que acabásemos siendo amigas, teniendo en cuenta que cada una venía de una punta del país, que estudiábamos cosas diferentes y que nuestras personalidades son bastante opuestas.
Sin embargo, nuestros caminos se fueron cruzando del modo más inesperado. Yo coincidía con Isa en la biblioteca muchas veces, aunque nunca habíamos hablado hasta que un día ella me pidió un bolígrafo.
Cuando cogimos confianza, empezamos a sentarnos siempre juntas y a veces íbamos a tomar algo después de nuestras sesiones de estudio.
Así fue como conocimos a Jenna, que tenía un trabajo a tiempo parcial en una de las cafeterías del campus.
Ella era tan abierta y simpática que fue imposible no acabar siendo amiga suya también.
La última en unirse al grupo fue Meredith y lo hizo por todo lo alto. Debo admitir que yo ya la había visto algunas veces en la biblioteca, pero tenía un aura tan intimidante y semejante cara de mala leche que nunca se me habría pasado por la cabeza acercarme a ella.
Un día, en una fiesta, un grupo de chicos la tomó con Isa y conmigo. No paraban de molestarnos y llegaron a acorralarnos en una esquina. Entonces llegó Meredith al rescate, igual que un príncipe de brillante armadura, solo que ella era más bien una bruja vestida de negro.
No le hizo falta ni liarse a golpes, valiéndose de su afilada lengua, en tres minutos dejó a esos chicos al borde del llanto y con la necesidad de buscar ayuda psicológica para superar el trauma que les creó.
Después de eso, aunque ella seguía paseándose con su cara agria por la biblioteca, Isa y yo empezamos a saludarla, a sentarnos con ella… Hasta que finalmente las cuatro nos volvimos inseparables.