Capítulo 25 - Incondicional, absoluto y eterno #3
Pero es evidente que eso no va a suceder. Él se preocupa por mí y me cuida, pero nunca seré para él lo que fue esa chica. No lo seré para nadie porque es imposible que alguien tan mezquino como yo se merezca un amor tan puro. «Puede que, después de todo, Ethan sí tuviese razón en algunas cosas».
A duras penas logro contener las ganas de contárselo todo, sin embargo, ya he hablado demasiado.
Incluso le he dicho que todavía la quiero.
No puedo ir más lejos porque ella no está lista para escucharlo y aceptar mis sentimientos.
Lo sé por el modo en que su ánimo se está desplomando y el fuerte hedor angustiado que desprende.
—¿Estás bien? —pregunto.
Ella se ríe de forma seca.
—Y encima te preocupas tú por mí… —Hace una pausa y niega con la cabeza—. Perdona, no quería ser desagradable. Solo… Solo me he quedado un poco sorprendida. —Su boca se frunce igual que cuando come algo agrio.
—¿Por qué?
Se queda pensativa unos segundos.
—Me ha sorprendido que accedieses a abandonar la montaña y a ser mi guardián si aún la quieres y la extrañas tanto.
—Para serte sincero, mi negativa a cumplir con mis obligaciones me creó muchos problemas con los de mi especie.
—De forma inconsciente, me acaricio la cicatriz que tengo debajo de la clavícula, fruto de uno de mis últimos encontronazos con el tengu que gobierna la montaña, Sõjõbõ.
Trató de arrancarme el corazón del pecho con las garras—.
Así que ya llevaba un tiempo considerando la idea de retomar mi deber, aunque nunca me decidía.
Tras siglos sin escuchar a los humanos, de pronto todas las peticiones me parecían egoístas y banales…
Hasta que apareció tu amiga. Su súplica era sincera y cargaba con tanta aflicción que fui incapaz de ignorarla.
Recuerdo el modo en el que esa chica lloraba con desesperación dentro de su cabeza por lo que le había sucedido a Kaya. Se culpaba por no haberla ayudado más. También tenía muchísimo miedo de que algo todavía peor le acabase sucediendo a su amiga.
Esa sí era una plegaria que merecía ser atendida, una por la que merecía la pena abandonar mi retiro autoimpuesto. Y gracias a los dioses que no la ignoré y me decidí a ir a echar un vistazo, de lo contrario, nunca habría encontrado a Kaya.
Supongo que al final es cierto que el destino nos lleva por la senda correcta incluso cuando no nos damos cuenta.
Mi vista deja de vagar por los recuerdos y mis ojos se enfocan en mi pequeño milagro. Mi amor. La chica que cumplió su promesa y regresó a mi lado.
—Y que sepas que me alegro de haber tomado esa decisión —declaro, y ella se sorprende—.
Me alegro de estar aquí ahora, contigo. Me alegro de estar redescubriendo el mundo a tu lado.
Esto me recuerda mucho al tiempo que pasé con ella…
Tú te pareces bastante a ella —se me escapa, por culpa de la emoción.
El escepticismo fluye a raudales por mis venas.
Dudo que yo me parezca en nada a esa joven.
Ella tenía que ser maravillosa si alguien como Karasuhito la quiso así.
Mientras que yo… Solo hay que verme. Un desastre, incapaz de tomar buenas decisiones, con ansiedad crónica, un corazón mezquino y llena de defectos. Es imposible que nosotras dos…
Mi tren de pensamientos descarrila y se incendia. Una sonrisa enorme, preciosa y luminosa aparece en el rostro del Cuervo y todo desaparece. Solo queda él y su sonrisa, esa que nunca más quiero ver desaparecer como ha pasado hace un rato.
—Aunque tu mal genio es bastante peor que el suyo —se ríe, y me revuelve el pelo—. Pero eso es parte de tu encanto. Me gustan esas pequeñas cosas que te hacen única y especial.
Soy idiota. Rematadamente idiota. Triplemente idiota. Porque a pesar de todo lo que él me acaba de contar, el ridículo de mi corazón por poco sale despedido por mi boca al escuchar esas palabras.
Y las cosas empeoran cuando sus ojos se inundan de ternura. «Basta», imploro. «¿Cómo voy a mantener mi imaginación bajo control si me está mirando igual que si yo fuese un bebé dragón recién salido de un cascarón de oro y diamantes?».
Ningún dios se apiada de mí y él sigue contemplándome con algo rayando en la adoración, haciendo trizas mis pobres sentimientos porque estoy segura de que estoy entendiendo mal todas las malditas señales.
Desesperada por ponerle fin a esto, me pongo en pie demasiado rápido y noto que se me va la cabeza. Una cortina de estática desciende sobre mis ojos, los oídos se me llenan de un sonido molesto y estridente, mi temperatura cae de golpe y mi estómago va detrás.
El salón gira de forma repentina. Parpadeo. Logro ver la lámpara. Vuelvo a parpadear. Todo está donde no debe y el filo de la mesita se acerca a velocidad vertiginosa a mi cara. No tengo tiempo ni de gritar.
Por suerte, no me parto la crisma. Una sombra más oscura que la tinta me rodea y me salva en el último segundo. El olor a fósforo quemado me envuelve por completo.
—Aunque no me pueda morir de un infarto, no me des esos sustos —se queja él.
Quiero decirle que no sea dramático y que yo también me he asustado, pero las palabras y el aire se quedan atascados en mi garganta cuando elevo los ojos y encuentro los suyos a escasos centímetros de mí. Y su nariz. Y sus labios.
Estamos otra vez igual de cerca que en el baño y ahora él me está abrazando. Mi corazón va más acelerado que si me hubiese inyectado café en vena. Tras todo el cansancio del día y el estrés de esta tarde infernal, mi cerebro se apaga del todo.
—¿Se puede saber a dónde ibas con tanta prisa? —me cuestiona él.
—¡Me hago pis! —grito sin razón y al borde de la histeria, y me alejo a la carrera en dirección al baño.