La Maldita y El Cuervo Capítulo 25 - Incondicional, absoluto y eterno #2
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Capítulo 25 - Incondicional, absoluto y eterno #2

—¿Te arrepientes de haber matado a esas personas?

—No —contesto con sinceridad—. Matar nunca fue mi primera opción, sin embargo, hay quien no atiende a razones de ningún tipo.

Todos ellos eran humanos injustos, brutales y crueles, y muchas veces la violencia solo se sofoca con más violencia.

—El silencio empieza a pesar demasiado entre nosotros, así que decido preguntar antes de que las dudas me corroan el alma por completo—: ¿Te doy miedo?

—¿Qué? ¡No! —me asegura de forma inmediata, y un suspiro de alivio se escapa de mi boca—.

Francamente, una parte de mí se lo imaginaba después de algunos comentarios que has hecho y te agradezco que hayas sido honesto.

Por eso, yo lo voy a ser también. Es verdad que a veces puedes ser un poco…

intimidante , pero conmigo siempre te has comportado bien y lo cierto es que nunca me he sentido en peligro a tu lado.

La única vez fue cuando pensé que me acosabas y aquello fue culpa mía, no tuya.

—Tuerce el gesto, como si el recuerdo le desagradase profundamente.

—Me alegra oír eso.

Acaricio su mejilla y ella no se aparta, lo que termina de aliviar mis inquietudes.

—Además, todo eso pasó hace siglos, ¿no? —me interroga, y yo asiento—. Y me da la sensación de que en esa época había un concepto totalmente diferente de la muerte y de la violencia como forma de justicia.

—Es posible —concedo.

Kaya parece concentrada en alguna idea y le doy tiempo para pensar. Mientras, sigo dibujando el contorno de su pómulo y su mandíbula.

—¿Puedo hacerte otra pregunta? —me dice.

Vuelvo a asentir a la vez que mi pulgar asciende por su rostro.

La punta de mi garra roza el lóbulo de su oreja y Kaya se estremece.

Sé que ha sido por el contacto inesperado, aun así, la visión de la piel erizada de su cuello me hace tomar consciencia de que seguimos en el balcón y de que hace mucho frío.

—¿Te encuentras mejor? —le pregunto.

—Sí, ya se me ha pasado el mareo.

—Entonces, será mejor que vayamos dentro.

En cuanto ella se incorpora, paso mi brazo alrededor de su cadera y la levanto sin esfuerzo, recostándola contra mi pecho. Ella protesta y me asegura con un tono demasiado agudo que puede caminar sola. Por supuesto, la ignoro. No pienso desaprovechar ninguna oportunidad de cogerla en brazos.

Con la otra mano agarro el respaldo de la silla y entramos al piso. Dejo el asiento en su lugar y luego llevo a Kaya hasta el sofá. Mientras ella se quita la manta de encima, yo me acomodo a su lado.

—Eso no era necesario —murmura abochornada.

—No era necesario, pero sí ha sido divertido —sonrío, y me pone los ojos en blanco. Para aplacarla un poco, desvío el tema—: ¿Qué querías preguntarme antes?

—Igual estoy siendo indiscreta y, si no quieres, no tienes por qué responder —me avisa—. Si tu deber es proteger a la gente, ¿por qué llevabas seiscientos años sin salir de esa montaña? ¿Nadie rezó pidiendo tu ayuda?

No me esperaba esa pregunta y durante lo que dura un latido me quedo paralizado. No quiero mentirle, sin embargo, hablar de eso puede conducirnos por un camino espinoso para ambos.

—Lo habían hecho, pero yo no estaba listo —respondo vagamente. Por la forma en la que me mira, sé que ella ha escuchado la melancolía de mi voz tan claro como lo he hecho yo.

—¿A qué te refieres con eso? ¿Estabas entrenando o algo así?

—Mi entrenamiento acabó hace siglos —me río, aunque lo hago con aspereza—. Me estaba recuperando de la última vez que fui guardián de alguien.

El peso de la tristeza se asienta en mis hombros y, de pronto, me cuesta mover el pecho para coger aire.

Sus memorias han sido mi refugio todos estos años y adoro recordarla, aún más desde que encontré a Kaya; a pesar de eso no me gusta pensar en todo el tiempo que he pasado sin ella, ni en cómo mi alma se desgarró en más pedazos que estrellas hay en el firmamento cuando ella murió.

—¿A esa persona le pasó algo malo? —Su tono es muy suave. Se ha dado cuenta de que este es un tema delicado para mí.

La tensión del pecho se hace más intensa y me cuesta encontrar mi propia voz, por lo que niego. Sus ojos me dicen que quiere saber más, aun así, ella respeta mis sentimientos y no me presiona.

Tras unos segundos, su mano se posa sobre la mía. Ese pequeño gesto, que puede parecer insignificante, me reconforta de un modo indescriptible y el aire regresa de nuevo.

—Todo lo contrario. Ella acudió al Monte Kurama para implorar ayuda.

Pertenecía a un clan shinobi —le cuento.

Por eso no puedo soportar a esa gente— y el consejo de su aldea decidió que ella debía infiltrarse en la corte de un daimio [6] y convertirse en su concubina para espiarlo.

Básicamente, querían prostituirla —mis palabras se impregnan de asco y resquemor— y tanto su familia como sus amigos estaban de acuerdo.

Decían que la habían criado para eso. Ella no quería ese destino y por eso pidió ayuda a los tengus.

Yo escuché su ruego y acepté convertirme en su guardián.

Conseguí protegerla, nadie le hizo daño y ella tuvo una vida larga y feliz…

Y yo permanecí a su lado hasta el final.

El recuerdo de aquella mañana en la que sus ojos ya no se abrieron más me golpea de lleno y escucho las fisuras reabrirse dentro de mí. La mano de Kaya se mueve y sus dedos se cuelan entre los míos.

—Cuando murió fue muy doloroso —confieso.

Lo más doloroso que he experimentado nunca—.

Proteger a la gente era mi deber y me gustaba, tener que hacer daño para lograrlo, no tanto.

Nunca fui verdaderamente feliz con mi vida de guerrero, pero ese era mi destino.

Y tras una existencia llena de violencia y muerte, ella se convirtió en un remanso de paz.

Me mostró la belleza del mundo y transformó un corazón duro e impasible en pura luz.

Y al perderla, de pronto todo me parecía vacío, oscuro y frío.

Sin ella nada tenía sentido. Me llevó mucho superar su ausencia…

—Mi voz se apaga porque acabo de decir una mentira.

No lo superé, nunca lo hice, solo aprendí a vivir con el dolor. Aprendí a vivir en un mundo de tinieblas donde me esforzaba por juntar mis pedazos a diario, solo para volver a desmoronarme cuando llegaba un nuevo amanecer y ella no estaba ahí.

Me obligué a aguantar por la promesa que ella me había hecho: que volvería conmigo, que no dejaría de buscar hasta dar con el camino que la llevase de nuevo a mí. Y por la promesa que yo le hice a ella: que no dejaría de esperarla ni de amarla, para que mi alma fuese el faro que guiase a la suya.

—Cuando murió fue muy doloroso —me cuenta Karasuhito con voz temblorosa—. Proteger a la gente era mi deber y me gustaba, tener que hacer daño para lograrlo, no tanto. Nunca fui verdaderamente feliz con mi vida de guerrero, pero ese era mi destino.

Sus palabras me golpean y tomo consciencia de lo terriblemente injusta que he sido juzgándolo. Puede que sea un demonio y que a veces tenga unos instintos un tanto macabros; sin embargo, ahora me doy cuenta de que es un demonio que disfruta más cocinando que haciendo daño.

—Y tras una existencia llena de violencia y muerte, ella se convirtió en un remanso de paz.

Me mostró la belleza del mundo y transformó un corazón duro e impasible en pura luz.

Y al perderla, de pronto todo me parecía vacío, oscuro y frío.

Sin ella nada tenía sentido. Me llevó mucho superar su ausencia…

—Su voz se apaga y la tristeza lo devora.

No queda rastro de su sonrisa, de su espíritu alegre y casi infantil, de su optimismo contagioso que tantas veces me ha salvado… Nada. Solo el dolor más crudo que he contemplado jamás.

Un dolor con el que lleva cargando seiscientos años, porque ese es el tiempo que pasó encerrado en las profundidades del Monte Kurama por voluntad propia, incapaz de superar su duelo.

Su sufrimiento hace eco dentro de mi pecho e igual que si mi corazón estuviese hecho del más fino cristal, se resquebraja sin remedio.

Quiero gritar. Quiero llorar. Quiero arrancar con mis propias manos el velo de oscuridad que ha caído a plomo sobre él. Quiero traer de vuelta su luz… Pero soy tan inútil que no atino a hacer nada salvo sostener su mano y hacer la pregunta más estúpida del mundo.

—¿Aún la quieres?

Es una pregunta estúpida porque es evidente que un dolor así solo puede nacer de la pérdida de un amor igual de grande. De un amor que no se olvida. Que se integra en tu cuerpo como un engranaje sin el que no puedes funcionar. Que se cuela en tu sangre y pasa a formar parte de tu esencia misma.

—Sí —responde al instante, clavando sus ojos en mí. Parece mentira que una palabra tan pequeña pueda encerrar ese nivel de fervor y pasión—. La quise, la quiero y la querré. Sin importar el tiempo o las circunstancias, ella fue, es y será la única para mí. La única .

Se acerca a mí y la ferocidad de su mirada me consume y me reduce a polvo. Y creo que es mejor así, es mejor que me esfume para siempre porque acabo de descubrir que soy la persona más espantosa de este mundo.

De nosotros dos, yo parezco el demonio desalmado y no él porque, en lugar de sentir compasión por su sufrimiento o de maravillarme de que un amor así haya existido jamás, sus palabras han hecho brotar un campo de espinos dentro de mí. Mi carne se desgarra y la sangre mana sin control.

Estoy celosa de una muerta. Estoy celosa de que alguien amase a esa chica de este modo incondicional, absoluto y eterno. Pero, por encima de todo, estoy celosa de que fuese él quien la amase así. «Y todavía lo hace», me recuerdo con amargura.

Soy patética, despreciable y absurda. Mis celos son totalmente infundados e irracionales.

Me he imaginado cosas, he malinterpretado las acciones de Karasuhito y he fantaseado con algo que evidentemente solo está en mi cabeza: que a lo mejor yo le gustaba del mismo modo que él empieza a gustarme a mí.