La Maldita y El Cuervo Capítulo 25 - Incondicional, absoluto y eterno
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Capítulo 25 - Incondicional, absoluto y eterno

La última media hora ha hecho estragos con mi mente y estoy demasiado conmocionado como para cocinar algo complejo, sé que acabaría haciendo algo mal, por eso preparo una cena sencilla, pero que espero que esté buena.

Primero, por poco me muero del susto cuando Kaya ha gritado de esa manera. Después, casi perezco cuando me la he encontrado prácticamente desnuda. Y hace unos segundos mi corazón ha estado a punto de implosionar por el esfuerzo de reprimir las ganas de besarla.

Suspiro y me paso la mano por las plumas en un intento de serenarme. No solo estoy conmocionado, también un poco frustrado y triste. Ha habido un momento en el que ella me ha mirado casi igual a como lo hacía en el pasado y he creído que finalmente me iba a recordar.

En sus ojos ardía el deseo. Sin embargo, faltaba lo más importante. Faltaba el amor. Y tal vez por eso, cuando me he aproximado tanto, Kaya se ha quedado paralizada mientras el olor de su nerviosismo lo iba contaminando todo.

No me ha quedado más remedio que apartarme y dejarla tranquila. Bastante mal lo ha pasado con lo de la arañita como para presionarla más. Su bienestar siempre será más importante que mis anhelos y mis sentimientos. Aunque eso no significa que no duela.

Tenerla tan cerca y, a la vez, saberla tan lejos.

La incertidumbre de si llegará a recordarme algún día.

Luchar por contener todos estos sentimientos para no abrumarla (cosa en lo que fracaso miserablemente muchas veces, soy consciente de ello).

Ver atisbos de nuestro pasado juntos en su comportamiento, en sus palabras y en sus ojos. Todo eso duele horrores.

Podría contarle la verdad, claro. Sincerarme de una vez para que eso traiga de vuelta sus memorias olvidadas. Pero entonces me estaría comportando de un modo egoísta, anteponiendo mis deseos personales a sus necesidades.

Tengo la teoría de que el corazón de Kaya no ha sanado lo suficiente y no está preparado para albergar esa clase de sentimientos, y esa es la razón de que ella no me recuerde ni recuerde nuestro amor. No está lista para hacerlo. Y yo no debo presionarla.

Al salir del baño me recibe un olor maravilloso. No es solo la comida en sí, huele igual que cuando mi abuela cocinaba, huele a cariño, huele a hogar.

Karasuhito ya se ha puesto otra camiseta, así que, sabiéndome a salvo, avanzo hasta la cocina y veo un montón de platos: hay onigiris, salmón salteado con verduras y soja, hay tortilla enrollada, tempura…

—Sí que te has esforzado —comento con una sonrisa.

—No son platos lujosos, pero…

—Pero seguro que están deliciosos —acabo por él, porque con este aroma, estoy totalmente segura de eso.

El Cuervo se gira y su rostro resplandece con orgullo.

—Eso espero. Quiero que cenes bien después del día que has tenido y de lo que ha pasado en el baño.

Su sonrisa me acaricia y algo se caldea dentro de mi pecho. Esta es una de las cosas que más valoro de él, y no hablo de sus atenciones.

Nunca menosprecia mis reacciones por muy desproporcionadas que sean. Evidentemente, a veces se sorprende o bromea, sin embargo, lo hace siempre con respeto y nunca pierde la paciencia ni se enfada conmigo.

Se mosquea por otras cosas, como lo de los pechos.

«De verdad, ¿cómo le he podido decir eso mientras le tapaba los pezones con papel higiénico?

», me lamento. Aunque ni siquiera en esos momentos se comporta como un imbécil y al segundo está como si nada hubiese pasado.

No es rencoroso, y eso es algo que también aprecio muchísimo.

Me paso el resto de la cena con la cabeza en las nubes, divagando sobre todas las demás cosas que me gustan de este chico, o cuervo, o demonio o lo que sea. Estoy tan despistada que él me acaba preguntando:

—¿Sigues preocupada por lo de la araña y los huevos en los oídos? —Mi estómago se encoge, ya se me había olvidado esa cerdada—. Si te quedas más tranquila, puedo mirar a ver si tienes algo.

«Ves… Siempre tan comprensivo, joder». Por alguna razón (seguramente porque soy una trastornada), eso me emociona y me enfada. No puedo evitar imaginarme cosas y sentirme confusa si se comporta así.

Como no puedo decirle que llevo toda la cena fantaseando con sus músculos y sus mil puñeteras virtudes, me veo en la obligación de mentir como una condenada.

—Sí, es por lo de la araña, pero no te preocupes. Solo necesito que mi cabeza se relaje un poco y estaré bien.

—¿Quieres que veamos una película? —propone—. Igual así te distraes.

—No hace falta que te molestes.

—No es molestia, a mí también me apetece ver una. Te lo prometo —sonríe.

—En ese caso, me parece bien —vuelvo a mentir. Tengo la cabeza demasiado saturada de ideas caóticas y nada apropiadas como para concentrarme en una película.

Recogemos la mesa y él me ayuda a fregar los platos a pesar de que se ha ocupado de hacer la cena.

Cuando está todo en orden, nos acomodamos en el sofá. Igual que siempre, él se pega como una lapa, un poco más y se me sienta encima. Y si de normal eso me pone un poco nerviosa, después de haber visto lo que esconde bajo su ropa, acabo otra vez al borde de infartar.

Él coge el mando, enciende la televisión e imagino que estará buscando algo que ver. No lo sé seguro porque tengo la vista clavada en el reloj de la pared.

—¿Qué te parece esta? —me interroga—. Sale una chica muy sonriente en la portada, igual es divertida.

—Sí, seguro que sí —asiento, sin saber qué me está enseñando.

La película no es divertida. No es nada divertida. Tiene más sangre y tripas que la carnicería coreana de nuestro barrio y a la media hora yo estoy medio muerta, cubierta en sudor y a punto de vomitar hasta el pavo de Acción de Gracias de hace veinticinco años. «Madre mía, qué tardecita llevo».

Por supuesto, él nota lo que me pasa incluso antes de tener la primera náusea. Apaga la televisión y centra toda su atención en mí.

—¿Por qué me has dicho que esa película te parecía bien si te ibas a poner así? —me recrimina mientras me lleva en brazos al balcón para que el gélido aire nocturno me reviva.

—¡Y yo qué sé! ¡Ya te he dicho varias veces que soy idiota y que ignores la mayor parte de las cosas que digo! —me defiendo, de un modo bastante lamentable.

Tras dejarme en el suelo, él se va corriendo a por una silla para que yo pueda sentarme y a por la manta del sofá para cubrirme.

Una vez que se ha ocupado de mí, se pone en cuclillas me sostiene una mano y con la otra me aparta los mechones que se me han quedado pegados al sudor de la frente.

—Perdón —musito, avergonzada y mareada a partes iguales. Bajo la cabeza y la escondo entre las rodillas.

—¿Por qué me pides perdón? —Su tono suena confundido.

—Hemos tenido que dejar de ver la película por mi culpa. Seguro que te has enfadado conmigo.

Él parecía entusiasmado con la idea de ver otra película y yo voy y lo fastidio todo porque soy una floja. En vez de estar haciendo algo que le apetecía, está aquí en el balcón atendiéndome. Y todo esto después de la que he liado en el baño con la araña. Evidentemente, tengo que disculparme.

Una mano helada se posa en mi nuca y su pulgar recorre suavemente la línea de mis cervicales. Considerando mi estado actual, agradezco la sensación de frío y lo reconfortante del gesto.

—No me he enfadado contigo, Kaya. Tienes que dejar de pensar eso, por favor. Solo estoy preocupado. No me gusta verte así y no sé por qué has accedido a hacer algo sabiendo que lo ibas a pasar mal. Nunca debes hacer eso, por mucho que la otra persona quiera o te insista.

Sus palabras se convierten en una mano invisible que se cierra alrededor de mi garganta y, por un segundo, me cuesta horrores tragar. Y mi corazón se queda encogido y arrugado, como la lana después de lavarla con agua demasiado caliente.

«Ojalá alguien me hubiese dicho esto mismo hace años».

—No sabía que lo iba a pasar mal porque no he mirado qué película habías elegido —confieso.

Unas carcajadas graves inundan el aire.

—Al final va a ser verdad que tienes el cerebro lleno de libélulas.

—¡Oye!

Me incorporo como un resorte. Mareada o no, estoy lista para replicar (de un modo muy amable y educado, por supuesto).

Me doy de bruces con su sonrisa. La opresión de mi garganta regresa con fuerzas renovadas, interrumpiendo el flujo de aire y de palabras.

Su mano navega entre mi melena hasta desembarcar en mi mandíbula. Me acuna el rostro y yo me dejo abrazar por la ternura de sus ojos. Hasta hace unos meses, me habría parecido imposible que alguien al margen de mi familia o las chicas pudiese mirarme de una forma tan cálida.

Su cabeza se alza y veo chispas de furia en sus ojos. Me encanta cuando saca ese carácter fiero y mis labios se curvan. Sin embargo, en vez de discutir conmigo, Kaya se queda muda y el fuego de sus ojos se apaga bajo una fina cortina acuosa. A lo mejor está así porque se encuentra mal.

—Lamento mucho que la película que yo he elegido te esté haciendo pasar este mal rato. —Me siento muy culpable. Ella ya había sufrido mucho hoy.

—No ha sido culpa tuya. Tú no sabías de qué iba.

—Tenía que haberla parado antes —insisto—. Porque sé que la idea de ver los interiores de otros no te agrada.

—Creo que es algo que no le agrada a la inmensa mayoría de la gente.

—A mí no me incomoda. —Me encojo de hombros—. Aunque seguramente se deba a mi condición de tengu y a mi labor de guardián —matizo, porque no quiero que piense que soy un loco que mata por placer.

Ella abre los labios, pero los cierra enseguida. Su mirada empieza a vagar de forma errática y por su silencio intuyo que su mente está haciendo lo mismo. Intenta hablar otras dos veces, y vuelve a retractarse.

—Puedes decirme lo que quieras —la animo, al tiempo que acaricio la línea de su mandíbula.

—¿De…? ¿De verdad has matado a gente?

—Sí. —No voy a mentirle ni a suavizar mis pecados—. Mi deber y mi propósito en este mundo siempre ha sido proteger a los inocentes que nos pedían ayuda a través de sus plegarias, sin importar lo que tuviese que hacer para conseguirlo.

Ella sopesa mis palabras unos instantes con gesto serio.