La Maldita y El Cuervo Capítulo 24 - Pechos no, pectorales #2
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Capítulo 24 - Pechos no, pectorales #2

Las manos que me sujetaban se mueven rápidamente por mi cuerpo, cambian de apoyo, me rodean por la espalda y las piernas, y yo aterrizo limpiamente sobre los brazos de Karasuhito sin entender cómo he llegado aquí. La impresión me deja muda.

No es la primera vez que me coge así, como si esto fuese nuestra noche de bodas, pero sí es la primera vez que lo hace cuando él no lleva camiseta y yo no llevo pantalones, y soy terriblemente consciente de cada centímetro de mi piel que está en contacto con cada centímetro de la suya.

Alzo la mirada, aún atónita, y él me está sonriendo. A pesar de mi comportamiento y de los arañazos rojos que marcan su blanca piel, él me está sonriendo y el nudo de mi estómago se afloja un poco.

—Así mejor —asiente. Me deposita al otro lado del retrete y me da unas palmaditas en la cabeza—. Quédate ahí un segundo mientras me ocupo del pobre animal.

Me abstengo de decir que lo único que merece el calificativo de “pobre” en este baño soy yo porque bastante he hecho ya el ridículo por hoy (por esta semana, mes y lustro también).

Él se acerca a la bañera, localiza a la plaga de ocho patas y extiende la mano en su dirección.

«¿No irá a espachurrarla contra la cerámica blanca?», me agobio, pero me obligo a respirar. «No pasa nada. El cadáver puede limpiarse y puedo desinfectar la bañera con napalm si hace falta. Lo importante es que esa cosa desaparezca de este plano existencial».

Karasuhito no aplasta a ese bicho, hace algo mucho peor, lo atrapa en su mano. Juro que si no me acabo de desmayar ha sido un milagro. De hecho, tengo que meterme el puño dentro de la boca para sofocar una nueva oleada de gritos.

Se gira en redondo y se dirige hacia la puerta con una sonrisa. Yo estoy intentando meterme dentro de las baldosas de la pared para alejarme todo lo posible de su mano donde va encerrada esa criatura salida de los abismos del infierno.

En medio de mis jadeos de pánico, escucho la puerta del balcón abrirse y volver a cerrarse. Mi garganta se relaja un poco. En menos de dos latidos, él se materializa en el umbral.

—¿Ya estás más tranquila? —me pregunta.

—La mano —respondo. Él ladea la cabeza, sin entender qué quiero decir—. Lávate la mano. Ahora .

—Vale, ya veo que no —se ríe, negando en silencio al mismo tiempo.

Al ver el bendito jabón llevarse todo resto que pudiese quedar en su piel de ese infame monstruo, mis pulsaciones empiezan a recuperar un ritmo normal y me desincrusto de la pared.

Karasuhito me mira de reojo y su sonrisa se vuelve más ancha. Eso me tranquiliza casi tanto como la visión de la espuma y el rítmico movimiento de sus manos mientras se lava.

Sin querer, mi mirada se desliza de sus manos a sus muñecas y de ahí sigue subiendo por sus brazos desnudos, los cuales ya he visto muchas veces, hasta dar con sus hombros, los cuales no había visto hasta hoy. Igual que su pecho, su costado, sus abdominales…

Mi corazón se lanza en otra frenética galopada y mi temperatura se eleva tan súbitamente que me mareo. Tengo que salir de aquí antes de que la visión de ese cuerpo de escándalo me mate de verdad, pero estoy atrapada en el angosto espacio entre el retrete y el lavamanos.

Para poder alcanzar la puerta, tendría que pegarme a él. Pegarme mucho . Básicamente tendría que restregarme por su costado y su espalda. Y no creo que eso sea recomendable dadas las circunstancias.

«Necesito que se tape», pienso desesperada. Tan desesperada que por poco hago la sublime estupidez de quitarme su camiseta para devolvérsela.

Mientras yo colapso lentamente, él acaba de lavarse las manos. La toalla está en el suelo junto con el soporte metálico, así que solo puede frotarse las palmas contra el pantalón para secarse. El movimiento hace que todos sus músculos se tensen y se marquen todavía más.

«So-co-rro». No puedo dejar de mirar esa piel de seda blanca salpicada con algunas cicatrices de un tono más rosado aquí y allá.

No puedo apartar la vista de todas esas líneas duras y firmes de su pecho y su abdomen.

Y lo que es peor, por la forma torcida y pícara en la que él está sonriendo, es consciente de que me lo estoy comiendo con los ojos. «Por Dios, que se tape».

Concentro todas mis malditas fuerzas en los músculos de mis ojos para obligarlos a dirigirse a otro lado, pero los condenados se niegan a moverse. De hecho, estoy más cerca de hacerme pis encima por el esfuerzo que de cualquier otra cosa. «Que se ponga algo».

Su sonrisa se ensancha y sus ojos descienden, siguiendo la dirección de los míos. Sí. El Cuervo es plenamente consciente de que su cuerpo es perfecto y de que atrae mi mirada con toda la jodida fuerza gravitacional del universo entero. «Que se cubra».

Mis pobrecitos ojos no tienen nada que hacer. Las leyes de la física son como la diarrea, uno no escapa de ellas, solo intenta sobrevivir. Y yo no sé si lo voy a lograr. «Por favor…».

Estoy considerando seriamente la opción de abrir la tapa del inodoro y tirarme dentro para ponerle fin de una vez por todas a esta situación.

Antes de que la última hebra de autocontrol se quiebre, cojo lo único que tengo a mano, el rollo de papel higiénico, y a toda prisa corto una tira de la largura de mi brazo y la extiendo sobre el torso del Cuervo.

—¿Qué haces? —inquiere perplejo.

—Taparte —farfullo, al borde de la histeria—. No es decoroso ir por ahí con los pechos al aire.

Sus ojos se abren y sus plumas se erizan.

—¡Yo no tengo pechos!

—Claro que sí, y te los estoy tapando. De nada .

—Soy un hombre, yo no tengo pechos. Tengo pectorales. —Parece imposible que su voz no se haya partido bajo el peso de tanta ofensa.

Si ahora mismo yo estuviese pensando con claridad, me daría cuenta del problema y rectificaría mis palabras para no molestarlo más. Como mi cabeza es un pozo infesto con la consistencia del alquitrán, voy y suelto:

—Todos los mamíferos tienen pechos. Es un hecho biológico.

Su sombra me engulle cuando él da un paso al frente. La sensación de peligro vibra en mi piel y eso me empuja a dejar de mirar su cuerpo y a elevar la vista a sus ojos, los cuales se han convertido en dos hogueras índigo.

Igual que me ha pasado otras veces con él, percibo claramente el aura amenazante que lo envuelve, pero yo no tengo miedo. De hecho, lo que siento ahora mismo tras ver su perfecto torso y tenerlo tan cerca está en el plano astral totalmente opuesto al miedo.

—Soy medio demonio, medio pájaro —susurra, y se me ponen los pelos de la nuca de punta cuando su aliento me roza los labios—.

Y soy un hombre —dice muy despacio y con tono profundo.

Se acerca otro centímetro a mi rostro y mis rodillas pasan de consistencia sólida a gelatinosa—.

Pectorales, Kaya. Tengo pectorales. Pechos no, pectorales .

—Cla… Claro. Pectorales. Pectorales muy masculinos.

Sí… Mucho… Qué sabrá la biología, ¿verdad?

Nada —me río de forma nerviosa, y le doy una palmadita en el brazo.

Los incendios de sus ojos se aplacan un poco—.

Tú eres el experto aquí en demonios, por lo que a mí respecta, puedes decir que tienes dos calabazas en el pecho y te daré la razón.

Se acerca más a mí y tengo que apretar fuerte los labios para contener un gritito de adolescente histérica que no habría sido nada apropiado.

Está tan cerca que, si ahora sacase la lengua, tocaría su boca. Pero no lo haré porque no quiero tocar su boca ni ninguna otra cosa suya. Lo juro. No. No quiero.

Creo que no hace falta que aclare que esto último es mentira, ¿no?

Aun así, aguanto firme porque da igual lo que yo quiera, eso no borra el hecho de que cualquier relación entre nosotros más allá de la amistosa es imposible por múltiples y diversas razones, empezando por que él es un ser sobrenatural.

Los segundos se convierten en una eternidad mientras nos miramos a los ojos a una distancia tan escasa y, al mismo tiempo, tan insalvable. El momento estalla de golpe cuando él se ríe.

—Cuando te pones nerviosa, dices unas cosas muy graciosas. Calabazas. —Suelta una carcajada, pero el muy… sigue ahí, bien pegado a mi cara.

—Ya te dije una vez que tengo la cabeza llena de confeti de colores —contesto sin pensar demasiado, toda mi atención está puesta en su boca y en lo que él decida hacer con ella.

El silencio se despliega otra vez entre nosotros y Karasuhito permanece inclinado sobre mi rostro con una sonrisa en los labios y una emoción extraña y poderosa danzando en sus ojos. No soy capaz de ponerle nombre, es demasiado inmensa para encerrarla en una sola palabra.

Ninguno nos movemos. Casi ni respiramos. Y cuando la tensión se vuelve tan insoportable que amenaza con aplastarme el pecho y cortarme la respiración, él cierra los ojos y se deja caer hacia adelante.

De golpe me sube la tensión, el azúcar, la bilirrubina y la trombocitopenia (ni siquiera sé qué coño es eso. Que alguien lo busque y me lo diga, por favor). Mis rodillas se convierten en dos maracas. Estoy a punto de desplomarme.

Menos mal que he conseguido mantenerme en pie o habría hecho el ridículo…, otra vez. Él se limita a apoyar su frente en la mía, enreda su mano en mi melena y suspira de una forma que resulta dolorosa de escuchar. Hay tristeza en ese sonido y no logro entender la causa.

Tras veinte estruendosos latidos de mi corazón, él se incorpora, me da un breve beso en la frente y me suelta.

—Será mejor que te duches para que puedas relajarte y descansar de una vez. Yo me ocupo de la cena, ¿vale?

Sale del baño sonriendo y se toma un segundo para encajar bien la puerta en su sitio, pero ya no sé qué pensar de esa sonrisa ni de lo que él esconde realmente dentro de su pecho tras escuchar la melancolía que arrastraba ese suspiro.