Capítulo 24 - Pechos no, pectorales
Me lanzo como un relámpago hacia la puerta del baño y no me queda más remedio que embestirla para poder entrar porque ella ha echado el cerrojo.
Irrumpo en el pequeño espacio como una res embravecida, con las garras preparadas y los colmillos a la vista, dispuesto a despedazar a cualquiera que haya osado hacerle daño a la razón de mi existencia; la cual está subida encima del inodoro, chillando enloquecida, y solo lleva dos pequeñas prendas del color de la lavanda que dejan a la vista mucha piel.
Muchísima. Demasiada. Prácticamente toda la piel de su cuerpo.
«Ay, dioses». Un sonido bronco reverbera por mi pecho, mis pies se enredan entre ellos, arranco de cuajo el toallero de la pared y me voy de bruces al suelo.
Unas terribles punzadas en los músculos de la espalda me cortan la respiración mientras me desvisto. Al final esa sabandija se ha salido con la suya y me ha obligado a cargar con varias cajas.
Me pega un tirón espantoso al intentar desabrocharme el sujetador, así que decido darme un pequeño respiro antes de seguir desnudándome.
Dejo la ropa sucia en el cesto de la colada y me inclino sobre la bañera para abrir el grifo y que el agua se vaya calentando…
Mi corazón se para, se convierte en piedra y estalla en mil fragmentos que salen despedidos por todo mi cuerpo como metralla, arrasando a su paso absolutamente todo, mi sentido común incluido.
Me pongo a berrear presa del pánico y me encaramo al váter.
Ya ni siento el dolor de la espalda. Y me da exactamente igual si estoy subida sobre una superficie infestada de gérmenes y corro el riesgo de contagiarme de salmonella, de difteria o de filariasis (ni siquiera sé qué es eso).
Tampoco me importa un carajo que la puerta del baño acabe de abrirse de golpe, casi saliéndose de las bisagras.
Y casi logro ignorar el hecho de que el Cuervo acaba de irrumpir en el cuarto mientras yo estoy prácticamente en pelotas. Casi . Por eso, aunque sigo chillando como una desquiciada, siento cómo mi sangre se convierte en té hirviendo y después en lava fundida cuando sus ojos recorren todo mi cuerpo.
Un rugido animal hace eco por las baldosas, el emplumado se tropieza, intenta asirse al toallero para no caerse, se queda con él en la mano y se va a besar el suelo.
«Para afirmar ser un demonio guerrero, este hombre es bastante torpe», pienso, sin dejar de gritar ni un solo segundo. Aunque mi afirmación sobre su torpeza se ve refutada cuando él se pone en pie al segundo con un movimiento digno de Kung Fu Panda.
Me vuelve a mirar de arriba abajo y creo que mi propio calor corporal se está reflejando en su rostro porque tiene un color de piel rosado bastante más saludable y bastante menos paranormal. Se escucha otro gruñido, acompañado de un sonido angustiado.
—No puedo luchar así —afirma él, no sé si habla conmigo, consigo mismo o con algún ente que yo no veo. Tampoco importa.
Lo único que importa es que agarra el bajo de su camiseta, la desliza con gracilidad por encima de su cuerpo y en menos de un segundo me la pasa a mí por la cabeza, cubriéndome hasta los muslos.
«Santa Tableta de Chocolate». La visión de su torso por poco me corta la voz, la respiración y la cabeza, ya que estamos. «¿De dónde han salido tantos músculos? ¿El cuerpo humano tiene esa cantidad de músculos?».
Trabajando donde trabajo y después de pasarme la mañana entre atlas de anatomía, debería saberlo, pero no tengo ni idea porque no he visto jamás en mi vida un cuerpo así, tan perfecto y definido.
Él se da la vuelta y la cosa empeora porque su espalda también está llena de duras líneas que tensan su piel creando valles y colinas tan fuertes que podrían soportar el peso del mundo sobre ellos.
Estoy a punto de tener un infarto. Lo sé. Lo presiento. Me voy a morir subida en una jodida tapa de retrete, medio desnuda y por culpa de la depravación. La mía va a ser la muerte más ridícula de la historia.
Karasuhito se coloca delante de mí, escudándome con su cuerpo y recorre el cuarto de baño con la mirada varias veces.
—Kaya, ¿qué ocurre? —me pregunta con voz tensa.
«Que me voy a morir por culpa de tus indecentes músculos, eso ocurre».
Gracias al cielo, tengo el decoro de callarme eso.
Más bien es que sigo desgañitándome como un pollo esquizofrénico, pero vamos a quedarnos con lo del decoro que suena mejor—. ¿Dónde está el peligro?
«¡¿Cómo que dónde está?! ¡¡Ahí!! ¡Ahí mismo!». Me sorprende que no esté viendo a ese ser infernal del tamaño de un tanque de guerra. Pero el Cuervo sigue buscando, incapaz de reparar en la terrible presencia que amenaza con matarnos a los dos.
—Bañera. Araña —consigo balbucear en medio de los chillidos.
Su cuello se gira hacia mí a una velocidad anormalmente lenta y cuando sus ojos me alcanzan veo incredulidad espolvoreada con una pizca de reproche en ellos.
—¿Todo este follón por una simple araña?
La vergüenza me engulle. Y en vez de reconocer que igual estoy reaccionando de forma un poco desproporcionada, decido que es mejor seguir aferrándome a mi papel de loca irracional y ponerme a discutir.
—¡Me dan pánico, ¿vale?! —estallo—. Y esa es enorme.
Inmensa. ¡Titánica! Y seguro que es venenosa.
O peor aún, que tiene gérmenes de araña.
—Un pensamiento me asalta de golpe y tengo ganas de vomitar y de llorar, todo a la vez—.
Ay, Dios… ¿Y si ha puesto huevos? ¿Y si ha puesto huevos en mi oído mientras dormía?
¡No sabemos cuánto tiempo lleva esa cosa en esta casa!
—chillo—. ¡¡No te rías!! —le increpo, al borde de las lágrimas, cuando se le escapa algo muy parecido a una carcajada.
¿Estoy a punto de sucumbir a la ansiedad? Sí. ¿A pesar de eso me estoy cabreando y tengo ganas de atizar al Cuervo? También. Por eso, saco las manos por las mangas de su camiseta para tener plena movilidad y acceso a mis brazos.
Además, al estar encaramada al inodoro ahora soy más alta que él, puedo molerlo a palos y quedarme bien a gusto (todos sabemos que no tengo la capacidad física de hacerlo, pero dejadme vivir en mi mundo de fantasía multicolor).
En el último momento, algo de sentido común regresa a mí y decido no machacarlo porque aún necesito a este memo para que se libre de la araña.
Si lo mato ya, no quedará nadie para luchar contra ese ser de ocho patas.
Porque Dios sabe que no me importa enfrentarme a un demonio, pero no pienso acercarme a esa inmundicia patilarga.
—Kaya, no me río —se justifica él. Sus palabras serían más creíbles si no estuviese haciendo justo eso que está negando hacer.
Le pongo los ojos en blanco y él vuelve a hacer lo que según él no está haciendo.
—¿ En serio ? —le reprocho molesta.
—Perdón, no me río más... —Vuelve a reírse.
Decido que a lo mejor sí puedo matarlo ya y luego prenderle fuego al apartamento para solucionar lo de la araña.
Es un plan sin fisuras—. Es que he pensado que te estaban asesinando, casi me muero del susto, por poco rompo la puerta, he destrozado el toallero, te he visto…
—Carraspea y desvía la mirada un segundo.
Ahora creo que es mejor idea matarme yo y que el Cuervo y la araña disfruten de una convivencia larga y feliz—.
Bueno, dejémoslo en que te he visto; ¿y todo por un pequeño arácnido?
—¡Pequeño y una mierda! Esa cosa es más grande que un melón… ¡Que no te rías! —Intento darle una colleja, pero él la esquiva sin problemas.
—¿Y dónde dices que está ese melón? —pregunta, frunciendo la boca para aguantar las risas—. Porque yo no veo nada.
—Está justo ahí, en la bañera —señalo, sin embargo, cuando miro, ya no veo a esa repugnante bola negra con patas.
«¿Dónde leches se ha metido?». Si no fuese imposible, juraría que se ha escondido para hacerme quedar como una demente delante del Cuervo (y no es que yo necesite mucha ayuda de por sí para lograr eso).
Un leve movimiento en la periferia de mi visión, a escasos centímetros de mí, capta mi atención. Me giro y vuelvo a convertirme en un ave moribunda.
Empiezo a dar alaridos sin ton ni son y literalmente me arrojo contra el muro de músculos que tengo delante. Trepo a la espalda del Cuervo y me quedo enganchada a él, sujetándome con brazos y piernas.
—¡Se ha movido! —berreo—. ¡Se ha movido! ¡Está aquí al lado! ¡¡Viene a matarme!!
Las plumas de Karasuhito me rozan la cara y me hacen cosquillas, aun así, no dejo de gritar ni de aferrarme a él con todas mis fuerzas.
La araña sigue correteando por el borde de porcelana blanca y yo pierdo totalmente la compostura (si es que alguna vez la tuve, para empezar).
En mi desesperado intento por alejarme, sigo escalando por el cuerpo del Cuervo. No sé a dónde pretendo llegar, si es que quiero escapar por la ventilación del techo o qué, solo sé que tengo que alejarme de esa cosa horripilante.
—Aya, omfavó.
Deduzco que él quería decir “Kaya, por favor”, pero le ha sido imposible con cuatro de mis dedos metidos en su boca.
También le estoy haciendo una llave en el cuello que ya habría dejado seco a cualquier otro y sé que uno de mis talones se está hundiendo en su muslo y el otro en su cadera, muy cerca de un lugar muy sensible para los especímenes del género masculino.
Lo siento mucho por él, de verdad que sí, pero ahora mismo mis problemas son mayores que los suyos. Mucho mayores, dónde va a parar.
—¡Mírala! ¡Es gigante! ¡Es una tarántula! —grito, ignorando el hecho de que no tiene pelos—. ¡¡Es una anaconda!! —Ya no sé ni lo que digo, he cruzado esa fina línea en la que ya me importa una leche frita si esa cosa es una araña, una serpiente o un kraken.
Dos sombras sobrevuelan los laterales de mi cara y bajan por mis flancos. Unas manos grandes y frías se cierran alrededor de mi cintura. Al segundo siguiente, todo gira, el mundo se invierte y solo veo un borrón blanco y luminoso que pronto queda cubierto por toda mi melena.