La Maldita y El Cuervo Capítulo 23 - Placenta de unicornio
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Capítulo 23 - Placenta de unicornio

Ya han pasado las fiestas y toca volver a la rutina, al trabajo y a tener que aguantar a la garrapata con careto de kiwi lleno de pelusilla. Y no es por criticar, pero parece que el año nuevo le ha traído a ese señor una capacidad mejorada de ser un coñazo.

Lleva toda la mañana persiguiéndome y mandándome más encargos sin darme tiempo a acabar los anteriores. A este paso, mi lista de tareas pendientes podrá usarse para cimentar un puente entre Seattle y Tokio.

Cuando lo veo doblar la esquina del pasillo de los atlas de anatomía, los cuales me ha obligado a reordenar tres veces hoy (primero por fecha de publicación, luego por orden alfabético de los autores y, por último, por colores…

¡Por colores! «¿Qué coño somos, la biblioteca de la facultad o Zara?

»), tengo que reprimir las ganas de abrirle la cabeza con el canto de un tomo especialmente pesado.

—Kaya, te estaba buscando —me dice, apretando el paso en cuanto me ve—. Necesito que hagas algo urgentemente .

«Señor, dame paciencia porque como me des fuerza, lo descalabro aquí mismo».

—Aún no he acabado con esto —señalo, por si acaso los libros desperdigados en el carrito no le han dado una pista—. Y parece que hoy todo es urgente —sonrío con una mueca de hartazgo muy mal disimulado. Él decide ignorarme.

—Hay que bajar las cajas del almacén donde guardamos las réplicas de los esqueletos y hay que montarlos cuanto antes.

—Esas cajas están en la parte más alta de las estanterías y pesan como… Bueno, como los muertos que en teoría imitan. Yo sola no puedo bajarlas.

—Solo son unas cajitas de nada…

—Doce cajas.

—Doce cajitas de nada —dice con total desvergüenza—. Así que acaba esto rápido y ponte con eso.

—No voy a bajarlas yo sola —me reafirmo—. Me niego a hacerme daño en la espalda, bastante me duele ya.

Esto es cierto. Por culpa del estrés, mi espalda tiene más nudos que un roble centenario y el dolor de las contracturas a veces no me deja ni dormir.

—Ni que tuvieras sesenta años —me espeta—. Eres demasiado joven para tener tantos dolores.

«Gracias por la adorable observación… Y tú eres demasiado viejo para seguir vivo, y aquí estamos, ambos decepcionados». Evidentemente, no suelto esto en voz alta, aunque ganas no me faltan.

—Perdón porque mi imagen externa no se corresponda con la edad que parecen tener mis articulaciones —replico, mi tono podría rebanar cabezas.

Por desgracia la cabeza del señor Pelusilla permanece sobre sus hombros, mirándome con un desprecio infinito. Tras bufarme una vez, me repite de malas maneras que acabe rápido y me haga cargo de las cajas, se da la vuelta y se larga.

Le digo adiós a su espalda con mi dedo corazón y sacando la lengua porque ante todo soy una dama madura y elegante, claro que sí.

Al final me doy prisa con los atlas, pero no para ir a ocuparme de las puñeteras cajas, sino para ir a comer con las chicas.

Tengo muchas ganas de ver a Isa y a Meredith.

También intento acabar rápido porque por culpa del encontronazo con mi jefe mis nervios están algo agitados y vuelvo a tener la impresión de que me observan.

—¡Chicas! —chilla Jenna en cuanto ve a las recién llegadas, y echa a correr con los brazos extendidos y sus rizos moviéndose en caóticas oleadas.

Haciendo gala de una agilidad envidiable, Meredith se hace a un lado en el último segundo con un elegante giro. Al no encontrar nada que la frene, Jenna por poco aterriza en plancha sobre la mesa de unos chicos que se han quedado lívidos al verla venir.

Lo observo todo, riéndome en silencio mientras me como mi guiso de pescado. Lo cocinamos ayer el Cuervo y yo usando el nuevo libro de recetas que le regalé en Navidad.

A pesar del fiasco, Jenna se recompone y cambia de objetivo.

—Isa, ¡a mis brazos!

La aludida no se resiste y se deja abrazar con una gran sonrisa en el rostro. Su pobre oso acaba espachurrado entre las dos. En medio del abrazo, Jenna empieza a palparla por los lados e Isa se retuerce entre risas.

—¿Qué haces? Me estás haciendo cosquillas.

—Comprobando si estás más mullida que cuando te fuiste.

—¡Oye! —protesta Isa, zafándose del abrazo.

—Yo he engordado cuatro kilos —declara Jenna con total desvergüenza— y ha sido todo culpa de la familia de Kaya.

—A mi familia déjala en paz. —Le apunto con el cubierto—. Ellos no tienen la culpa de que te comieses el producto interior bruto de Noruega en bombones.

—Kaya también ha subido de peso —informa Jenna a todo el maldito comedor—. Cuando la he abrazado antes, la he notado más redondita.

—¡Busca un barranco y arrójate al fondo! —Le tiro mi servilleta echa una bola—. Y es por la ropa, no soy yo.

Isa se acerca y me da un abrazo normal. Un abrazo de buena amiga.

No uno de loca demente que parece estar evaluando el peso del ganado que ha comprado.

También me agradece que haya cuidado de Aceituna en su ausencia.

Llevé ayer a la gata a su casa para que ella no tuviese que venir a mi piso a buscarla y no se encontrase con Karasuhito.

Meredith toma asiento y me observa fijamente.

—No sé si has subido de peso, pero te noto algo diferente en la cara.

Isa ocupa la silla libre de mi derecha.

—Es verdad —coincide—. Estás… ¿más guapa? No, no es eso. No sé… Pareces…

—Radiante —acaba Meredith por ella.

—¡Eso es! Radiante —asiente Isa con una gran sonrisa.

—¿Podemos dejar esta conversación? —les pido, avergonzada.

Jenna se acerca y pega tanto su cara a la mía que por poco nos besamos.

—Cierto. Tienes mejor aspecto. ¿Has cambiado de hidratante? ¿De tónico? ¿Usas un sérum nuevo? ¿Comes más kéfir últimamente?

«¿Qué dice esta loca?».

A Isa se le escapa un ruidito, una risa ahogada mezclada con una tos.

—No he cambiado nada y como lo mismo de siempre —farfullo, cada vez más abochornada.

La boca de Meredith se curva de una forma que da miedo y me agarro a la silla, sabiendo lo que se viene.

—Me da igual si el cambio se debe a un cosmético nuevo, a que te bañas en sales del Himalaya, al yoga o a que te untas la cara por las noches con placenta de unicornio —suelta.

«De verdad… No hay ni una sola persona normal a mi alrededor», me lamento—.

Sea lo que sea, sigue haciéndolo porque te está viniendo bien.

—Gracias, Meredith… Creo…

No sé qué más decir después de lo de la placenta de unicornio. Y porque realmente no he cambiado nada en mi vida.

La única novedad es el Cuervo y nuestro progresivo acercamiento. Pero no creo que relacionarme con un demonio medio pájaro y más viejo que la tos sea el motivo de que mi cutis resplandezca , como han dicho mis amigas.

Por toda respuesta, ella alza su botellín de agua en mi dirección y, tras dar un pequeño sorbo, cambia de tema, gracias al cielo. La conversación pasa a centrarse en nuestra salida de este fin de semana.

Con todo el terrible malentendido con Karasuhito, las fiestas y todo lo demás, ya se me había olvidado que habíamos acordado celebrar la Navidad las cuatro en enero.

Cuando accedí a salir, lo hice por ellas. Yo no tenía demasiadas ganas. De hecho, me produjo bastante ansiedad pensar en la posibilidad de cruzarme a Ethan por accidente y que la pesadilla del acoso se iniciase de nuevo.

Sin embargo, ahora me apetece. Estas Navidades me lo he pasado bien y quiero salir con mis amigas. Tengo ganas de pasar un buen rato con ellas, charlar, bromear… Ya no me siento tan nerviosa o temerosa. A lo mejor sí que está cambiando algo en mí después de todo.

Escucho las llaves y corro a la puerta. En cuanto la tengo a la vista, me lanzo encima de Kaya y la abrazo fuerte.

—Suelta, leches. Que me espachurras —protesta ella, y suelta una risita. Evidentemente, ignoro sus quejas y la estrecho aún más.

—Te he echado de menos. ¿Cómo estás? ¿Has tenido un buen día? ¿Te ha ido bien en el trabajo? ¿Te ha gustado la comida?

—Madre de Dios… —Se frota el entrecejo—. Es demasiado temprano para tanta intensidad.

—Son las cinco de la tarde —me río.

—Cierto. Entonces, yo estoy demasiado cansada para tanta intensidad.

—La suelto para que pueda quitarse el abrigo y los zapatos.

Al mirarla bien me doy cuenta de que sus hombros están levemente hundidos y tiene los ojos más cerrados de lo habitual.

Sí parece exhausta—. Mi jefe estaba muy pesado hoy.

—Mi oferta de quitártelo de encima sigue en pie —le recuerdo—. Solo tienes que decirlo y ya no tendrás jefe.

—Por muy tentador que suene eso, ya te dije que no puedes ir por ahí matando gente.

—No tengo que matarlo necesariamente. Puedo torturarlo, darle una paliza, tirarlo a una zanja… —Me encojo de hombros—. Las posibilidades son infinitas.

Me observa en silencio unos segundos.

—Que sepas que este comportamiento bipolar tuyo me tiene muy confundida. Tan pronto pareces un golden retriever cubierto de purpurina como el hijo de Jack el Destripador.

—No sé quiénes son esas personas —admito, y ella se ríe.

—No, claro que no. Si no te importa, voy a darme una ducha caliente porque Dios sabe que mi espalda lo necesita.

—¡Claro! Tú relájate y ponte cómoda, yo me ocupo de la cena.

Kaya se encamina hacia el pasillo y se gira en el último segundo. A pesar de su gesto cansado, una sonrisa dulce decora su boca.

—Gracias por ayudarme tanto con las cosas de la casa y con… bueno, con todo. —Agacha el rostro y se coloca un mechón de pelo tras la oreja.

Una sensación cálida me acaricia y mis labios responden alzándose por voluntad propia. Parece que por fin estoy haciendo las cosas bien con ella y ya no soy una carga.

—Para eso estoy aquí —le recuerdo. Estoy aquí para cuidarla, ayudarla y quererla en silencio hasta que ella me recuerde.

—Lo sé —murmura hacia su pecho—. Y siento no haberlo creído al principio. Pero ahora me alegro de que estés aquí.

Se da la vuelta y echa a correr hacia la habitación. A los pocos segundos atraviesa el salón a toda velocidad con la ropa de estar en casa en las manos y se mete en el baño. Pocas veces le he visto la cara tan roja.

Yo también podría echar a correr, o a volar, o a gritar, o a cantar…

La dicha es demasiado inmensa para contenerla dentro de mí.

Sin embargo, quiero conservar un poquito de dignidad, así que me limito a dar palmadas en silencio mientras salto de un pie a otro; lo cual tampoco es demasiado digno, pero como al menos no estoy haciendo ruido, nadie más sabrá nunca de este patético momento.

Cuando me quedo a gusto, me dirijo a la cocina para preparar la cena más deliciosa que nadie haya probado jamás. Pienso volcar toda esta felicidad en lo que cocine hoy.

Sobrepaso la isla de la cocina y un grito me hiela la sangre. «¡Kaya!».