Capítulo 22 - Los demonios no se casan #3
—¿Y por qué creías que me iba a enfadar contigo? —la interrogo, porque solo me ha respondido a la mitad de mis preguntas.
—Porque mi cerebro parece un vertedero en llamas y yo no dejo de comportarme como una zarigüeya desquiciada e impulsiva hasta las cejas de cafeína, azúcar, y puede que algo más fuerte e ilegal.
—Se pellizca el puente de la nariz y se lo deja igual de rojo que el entrecejo.
Me están dando ganas de esposarla para que se esté quieta de una vez—.
Y esta tenía que ser una noche bonita, feliz, llena de paz y amor, y yo básicamente he usado la paz y el amor para limpiarme el…
Mejor no digo nada asqueroso, no quiero que me dé una arcada.
—Frunce el ceño con desagrado y yo tengo que aguantarme la risa.
—Kaya, a mí me gusta cómo eres. Las únicas cosas que cambiaría de ti son el daño que otros te han hecho injustamente y lo poquito que pareces quererte —afirmo.
De repente, su gesto cambia; parece terriblemente perdida y vulnerable.
Le acaricio el pelo y el rostro—. Me gusta que confíes en mí lo suficiente para mostrarte sin tapujos, que seas espontánea y un poco alocada, que tengas tu carácter y que a la vez seas dulce y cariñosa, que seas paciente, trabajadora, que cuides de los que te importan, me hace gracia que seas tan malhablada —me río, y veo la emoción acumularse en sus ojos—, y cuando te aturullas me pareces de lo más adorable, igual que cuando me enseñas tu lado frágil. No eres una parihuela desquiciada…
Un gruñido me interrumpe.
—Perdón. —Ella carraspea para sofocar la risa.
No hace falta que se disculpe porque me alegra verla reír. Pero ese es el problema, que ella siempre cree que debe disculparse, que hace las cosas mal, que molesta… Ya he pasado el tiempo suficiente a su lado para darme cuenta.
—No hay nada malo en ti ni tienes que pedirme perdón por nada.
No tengo razones para enfadarme, solo para ser feliz porque voy a celebrar mi primera Navidad contigo y me has hecho dos regalos preciosos —sonrío.
«Y hablando de regalos…». Al final nos hemos desviado muchísimo del tema.
Envuelvo sus manos con las mías, me siento sobre los talones y la miro a los ojos—.
Regalos que encierran un sentimiento que quiero corresponder del modo que tú te mereces.
—¿Qué quieres decir?
—Kaya, las únicas cosas de valor que tengo son mi propia vida, que ya te dije que era tuya, mi honor y mi palabra.
No tengo nada más y puede que ni siquiera eso te parezca gran cosa, pero es lo único que puedo ofrecerte.
En nuestra primera Navidad, quiero regalarte un juramento si me dejas —le ruego.
Su boca se descuelga—. Te juro que me quedaré a tu lado hasta lograr que recuperes tu alegría, hasta que sanes y hasta que tú te veas del mismo modo en el que te veo yo; hasta que te des cuenta de que eres una mujer admirable, valiente y hermosa.
Lo único que quiero es que llegue un día en que puedas caminar con una sonrisa en los labios, paz en tu mente y orgullo en tu corazón.
Y me dedicaré en cuerpo y alma a que eso sea así.
¿Me harías el inmenso honor de aceptar mi regalo?
El silencio se extiende entre nosotros y yo espero su respuesta. Tras muchos latidos de mi corazón, una gota de tinta recorre su mejilla. Detrás van muchas más.
—¿He dicho algo malo? —me preocupo.
—No…
—¿Y por qué lloras?
—Porque todo lo que has dicho es precioso y yo soy boba, ¿vale?
—Vale…
—¡No me digas eso! —berrea—. ¡Tienes que decirme que no soy boba, aunque sí lo sea!
La miro, perplejo. «Madre mía, ya se me había olvidado lo complicado que es hablar con las mujeres a veces». Suspiro.
—No eres boba.
—¡No me mientas! ¡Sí lo soy!
«Por todos los dioses…». Respiro hondo tres veces. La quiero con todo mi corazón y tiene mil virtudes, pero a veces también puede ser un poquito enervante. Solo un poquito.
—¿Puedes decirme, por favor , palabra por palabra, qué debo decir para que te sientas mejor y dejes de gritarme? —le ruego desesperado.
—¡Nada! ¡No puedes decir nada porque ya lo has dicho todo! —Se lanza hacia adelante, cogiéndome desprevenido, y aterriza en mi pecho. Sus brazos me rodean y la calidez de su rostro atraviesa la delicada tela del kimono, impregna mi piel y se filtra hasta mi corazón.
Al segundo, se me olvida por qué me estaban dando ganas de tirarla al cubo de la basura. Correspondo su gesto y sostengo con cuidado su espalda y su cabeza.
—¿Ves? Sí soy una zarigüeya desquiciada, irracional y bipolar —afirma a la vez que se sorbe la nariz de un modo escandaloso.
Me da la risa y niego en silencio. No tengo la mente más brillante del universo, pero hasta yo soy lo suficientemente listo para saber que no debo responder a eso.
Eso es una trampa mortal disfrazada de afirmación e independientemente de lo que yo conteste, ella me volverá a gritar o yo la acabaré tirando de verdad a algún sitio, por lo que simplemente digo:
—Feliz Navidad, Kaya.
—Feliz Navidad, Karasuhito.