Capítulo 22 - Los demonios no se casan #2
La pequeña mano de Kaya se eleva hacia mi rostro y ese gesto me tranquiliza. Igual al principio no ha entendido lo que yo pretendía hacer y por eso ha reaccionado de un modo tan extraño. Y ahora ya lo ha comprendido y va a regalarme una caricia en agradecimiento.
Sonrío mientras sus dedos vuelan hacia mi frente. Un relámpago estalla en el punto exacto entre mis cejas.
—¡¿Me has pegado?! —le increpo, frotándome el punto lastimado para mitigar el dolor.
—Sí —admite ella, sin ningún pudor.
—¿Por qué? —Mi tono arrastra reproche y frustración a partes iguales. No entiendo qué he hecho ahora para ganarme este castigo. Con lo guapo que estoy con este kimono, porque de verdad que estoy muy guapo, y encima que pretendía hacerle un regalo.
—No te preocupes, el dolor no es real.
—Te aseguro que es muy real —asevero, sin dejar de frotarme el entrecejo.
—Esto solo es un sueño, así que no pasa nada. Nada de esto es real —se ríe de una forma un tanto histérica—. Mira.
Vuelve a juntar esos dedos delicados que han probado ser capaces de infligir un daño mayor que el de una lanza de acero y se atiza entre sus ojos.
—AY, ¡¡JODER!! —Se hace una bola en el suelo—. ¡Es real! ¡Esto es real! ¡¡El dolor es real!!
—¡Ya te lo he dicho! —Ahora mismo estoy más enfadado porque se ha hecho daño ella que por lo que me ha hecho a mí. Me arrastro sobre las rodillas y voy a su lado—. ¿Se puede saber qué bicho te ha picado?
—Perdón —gimotea de un modo muy lastimero mientras se frota la frente y se balancea sobre sus pies—. Con todo lo que estaba pasando, he pensado que estaba dormida.
—No entiendo qué quieres decir con eso —admito.
Coloco mi mano en su hombro para detener su movimiento e intento que me deje ver su frente.
Tiene una parte extremadamente roja, pero no sé si ha sido del golpe o por la forma frenética en que se estaba frotando ese punto, es un milagro que no hayan saltado chispas.
Aparte de eso, parece estar bien. Al menos físicamente, a nivel mental… Ya no sé qué pensar, la verdad.
—Es que primero me has cubierto de halagos y luego con todo el tema de la boda gótica —me cuenta de forma atropellada. «¿Boda? ¿Qué boda? ¿Y qué pinta una botica en todo esto?». Cada vez estoy más confundido—, pues he creído que esto era un sueño, claro.
—Claro —repito, porque no sé qué más decir. No he entendido nada de lo que ha dicho.
—Era la única conclusión lógica posible.
—Lógica, sí.
—Y para ver si me despertaba, me he golpeado.
—También me has golpeado a mí —le recuerdo.
—Perdón. Soy idiota. —Se tapa la cara con las manos—. Qué vergüenza, madre mía. Vas a pensar que estoy loca.
—No… Yo no… Bueno, sí —confieso, porque no me gusta mentirle. Con ocultarle una cosa, y una bastante grande, ya es suficiente. Aunque más que ocultársela, intento darle tiempo a que la recuerde por sí misma.
—Que alguien me mate —murmura.
—Eso no es posible porque yo nunca lo permitiría, ¿recuerdas?
—Pues si no vas a dejar que me mate nadie, entonces mátame tú.
—Diciendo esas cosas, me estás dando más motivos para creer que estás loca —le aviso.
—Habría sido mejor que me devorases entera antes, como a un entrante de langostinos.
—No me des ideas, ¿quieres? Que bastante me ha costado contenerme.
Sus dedos se abren en abanico y puedo ver sus ojos redondeados y muy abiertos. Su gesto de espanto me arranca una carcajada involuntaria.
—Tú ríete de mi desgracia, mi estupidez y mi salud mental, no te preocupes —me espeta con tono airado.
Supongo que la Kaya pendenciera es mejor que la Kaya enajenada. Aunque debo admitir que ambas tienen su punto de gracia.
—Lo siento, pero no he podido contenerme.
Eres adorable —sonrío—. Cuando te enfadas, cuando te ríes, cuando te vuelves un poco loca, cuando te agobias, cuando duermes, cuando blasfemas, incluso cuando intentas matarme.
—Sus ojos se abren todavía más. Parece una lechuza de las nieves—. Eres adorable y preciosa.
—Y tú eres un zalamero —refunfuña—. Pero gracias por no enfadarte conmigo y por decirme cosas bonitas, aunque no me las merezca.
—No veo por qué habría de enfadarme contigo. Y no comprendo por qué afirmas que no mereces que te diga cosas bonitas.
—Primero, porque soy consciente de cuál es mi aspecto físico.
Su tono parece implicar que hay algo malo con su aspecto, y eso me confunde mucho .
—¿Qué pasa con tu aspecto?
—Comparada con otras chicas, parezco un tallo de apio, un palito de zanahoria o cualquier otra cosa sosa que usarías para untar en el humus cuando estás a dieta.
Desconozco el significado de la mitad de las palabras que ha usado, pero he entendido lo suficiente.
—Kaya, no hay nada soso o malo en ti. Y no eres como un vegetal.
Comparada con otras chicas, pareces una princesa bajada de la mismísima luna con cabellos tejidos con hilos de noche y fuego, ojos más resplandecientes que las estrellas y unas mejillas que harían enmudecer de envidia a las rosas del Jardín Imperial.
—Joder, qué cursilada —farfulla, a la vez que su piel se pone del color de la grana—. Y qué intensidad. Eso ha sonado como algo sacado de un libro antiguo.
—Es que soy antiguo —le recuerdo con una sonrisa.
—Antiguo y cursi. Casi prefería lo de la fruta —murmura avergonzada.
—Puedo seguir recitando metáforas sobre tu hermosura hasta que demos con una que sea más de tu agrado…
—Por Dios, ¡no! Vamos a dejarlo ya, antes de que sufra una combustión espontánea.
Asiento, aunque solo estoy de acuerdo a medias. Por ahora voy a dejarlo estar, pero a partir de mañana me esforzaré más por hacerle los cumplidos que ella merece para que comprenda de una vez lo maravillosa que es por fuera y por dentro.