La Maldita y El Cuervo Capítulo 22 - Los demonios no se casan
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Capítulo 22 - Los demonios no se casan

Esta vez no corro, camino con pasos largos y lentos, la espalda recta y los hombros bien cuadrados. El porte que merece el kimono que ella me ha regalado.

A medida que la distancia entre nosotros se acorta, la temperatura que desprende el cuerpo de Kaya se eleva y toda su piel se sonrosa.

Detengo mi marcha y dejo que me observe bien. No me importa. Me gusta que me mire. Que su atención se quede conmigo, igual que la mía siempre está con ella.

—Gracias por el regalo. Estoy muy guapo —sonrío ampliamente.

Ella parpadea un par de veces, se lleva las manos a la cara y trata de contener una carcajada. No sé de qué se ríe porque lo que he dicho es verdad. Me he visto en el espejo del baño y parezco un emperador.

—Se me olvidaba lo modesto que puedes llegar a ser —comenta con tono divertido—. Pero en este caso te lo perdono porque es cierto que lo estás. —Se sonroja.

«Ves, lo que yo decía, estoy muy guapo».

—Gracias —sonrío feliz.

—¿Quieres abrir ya tu otro regalo o prefieres dejarlo para después de la cena?

Solo cuando ella lo menciona, recuerdo que ha salido de la habitación con dos paquetes.

—¿Hay más regalos?

Entiendo el detalle del kimono porque yo necesitaba algo más elegante que ponerme hoy para estar a su altura en esta noche de celebración. Que tenga más cosas para mí me sorprende inmensamente.

—Es una tontería… —Kaya se remueve en el sitio—. Toma.

Me ofrece un segundo paquete envuelto con un papel igual de bonito que el anterior. Este es más pequeño, aunque se siente más pesado. Lo abro.

—Recetas deliciosas para cocineros novatos —leo en voz alta.

—Es un libro de cocina. Ahí puedes encontrar más de doscientas recetas —me explica—.

He pensado que igual era más sencillo para ti tenerlas todas juntas en un mismo lugar en vez de tener que buscar por internet.

Tienen buena pinta y hay muchas recetas que yo tampoco conozco.

A lo mejor… A lo mejor podemos cocinar juntos de vez en cuando, como hoy…

Sus palabras salen aceleradas y en un tono demasiado bajo. No puede mirarme a los ojos y se está sonrojando otra vez. Parece avergonzada. Cosa que no entiendo porque esto es un detalle precioso del que debería sentirse orgullosa.

No solo se ha tomado el tiempo y las molestias de pensar en las cosas que a mí me gustan, además, ha añadido algo de un valor incalculable a su regalo: la promesa de pasar más tiempo juntos.

—Muchas gracias, Kaya. Me encanta —sonrío, y ella también—. Pero ¿por qué me haces estos regalos?

Comprarme el kimono puede entenderse como algo necesario; sin embargo, no había necesidad de regalarme esto y lo ha hecho. Y una parte de mí está aferrándose a la idea de que a lo mejor esto significa algo más y, si es así, quiero saberlo. Necesito saberlo.

—En Navidad es costumbre hacer regalos a las personas más cercanas.

Una sombra atraviesa el cielo despejado en el que se ha convertido mi pecho.

—No estaba al corriente de esa tradición y yo no tengo ningún regalo para ti —admito, compungido y avergonzado a partes iguales.

—Lo sé. —Ella me da un leve apretón en el brazo—. No tienes que preocuparte por eso. Es tu primera Navidad, no conoces nuestras costumbres y tampoco tienes dinero ni puedes salir de casa para ir a comprar nada.

Tiene razón, pero no por eso me siento mejor. Sus regalos me han hecho inmensamente feliz y quiero que ella se sienta igual. Quiero corresponder su bondad. Quiero hacerle saber de cada forma posible lo importante que es para mí y lo mucho que la valoro.

El problema es que, como ya he dicho, ella tiene razón. No tengo dinero, no debo salir del apartamento, tampoco sabría a dónde ir para buscar regalos y al parecer lo de las compras por internet no se me dio tan bien como yo creía. Ni aunque quisiera, podría hacerle un regalo.

Una arruga estropea el perfecto rostro del Cuervo y su entrecejo se frunce tanto que sus dos cejas se tocan.

—De verdad, no tienes por qué agobiarte —insisto, aunque la que se está agobiando soy yo porque me siento culpable.

Yo quería tener un detalle con él, pero no fui lo suficientemente considerada para darme cuenta de que lo iba a poner en un compromiso—.

Los regalos son una tontería. Lo realmente importante de estas fechas es compartir tu tiempo con la gente que te importa y eso ya lo vamos a hacer, ¿recuerdas?

—Sus ojos me encuentran, hay pena en ellos y cada vez me siento peor—.

Se supone que hoy es un día feliz, así que vamos a olvidarnos ya de los regalos y empecemos a preparar la cena —sonrío, pero la tensión que siento me impide estirar bien los labios.

Nerviosa, me agacho para recoger los restos de papel que han quedado esparcidos por el suelo. Cuando los tengo todos, giro en redondo y me dirijo a la cocina. No llego muy lejos. Una mano me sujeta del codo y me frena.

Me lleva unos segundos y mucha fuerza de voluntad encararme con él. Pensaba que iba a darme de bruces con ese aire atormentado, en su lugar solo veo una férrea determinación que no entiendo. Tiene la misma cara que Batman antes de ir a combatir el crimen.

Sus dedos se deslizan por mi antebrazo, siento los senderos fríos abrirse paso a través de la tela hasta mi piel. Entrelaza su mano con la mía y me mira a los ojos.

—Kaya —su voz está tan seria como su rostro—, tus regalos me han traído una dicha inmensa y me gustaría hacer lo mismo por ti; sin embargo, me es imposible corresponder tu gesto porque yo no puedo comprar nada.

Tampoco tengo nada material que ofrecerte.

Solo poseo una cosa lo suficientemente valiosa...

—Sosteniendo mi mano y sin dejar de mirarme a los ojos, este loco hinca la rodilla en el suelo.

—Me cago en los caramelos de limón —suelto con voz estrangulada.

«¿Qué…? ¿Qué hace? ¡¿Qué está haciendo?! Que alguien venga aquí y me explique, por favor , qué puñetas está haciendo este majadero y por qué parece que está a punto de pedirme que me case con él», imploro, a punto de desmayarme.

Un cañonazo de adrenalina estalla en medio de mi pecho y la descarga se propaga por todo mi cuerpo. Mis manos se sacuden en un espasmo involuntario y una lluvia de papel de colores con renos y abetos navideños nos cae encima.

«¡¡¿Qué coño hace?!!». Sé que me estoy repitiendo, perdón, pero es que mi cerebro ha entrado en bucle porque soy incapaz de verle la lógica a todo esto.

Y tiene que haber alguna. Tiene que haber una explicación lógica y normal para esto.

Una que yo no veo, pero que aun así existe, como el hada de los dientes, los ángeles o el monstruo del Lago Ness.

Esto no puede ser lo que parece. Esto no puede ser lo que yo estoy pensando. No. Triple no. No a la enésima potencia. Esto no es una pedida de mano. Es imposible. Él es un demonio y los demonios no se casan, ¿verdad? ¡¿ Verdad ?!

Maldigo en veinte lenguas muertas al idiota que pensó que era mejor enseñar en el instituto cómo calcular la mierda del área bajo la curva en vez de instruirnos sobre cultura demoníaca.

Porque ni una vez en toda mi miserable vida de adulta he calculado un área, ¡ ni una !

Sin embargo, sí que me vendría muy bien ahora mismo saber si los demonios se casan, se arrejuntan como los pingüinos o simplemente se dividen por gemación como las anémonas.

De repente, mi cabeza se llena de imágenes de una capilla gótica llena de candelabros, un vestido de novia negro y lleno de salpicones rojos que espero sean mermelada de cereza, el Cuervo con su kimono, gente con cuernos y tridentes en los bancos tirándonos plumas ónices, Meredith en su salsa entre tanto mal…

«Estoy desvariando. Estoy perdiendo la cabeza». No es que estuviese demasiado cuerda para empezar, así que seguramente sea eso. Estoy imaginando cosas. O a lo mejor estoy dormida y todo esto no es más que un sueño.

La verdad, eso tiene más sentido. No sé cómo no me he dado cuenta antes de que esto no era real en el momento que lo he oído llamarme “preciosa”.

Con la mano libre, me pellizco el muslo.

«¡Joder!». Eso ha dolido. Pero el Cuervo sigue de rodillas delante de mí y mirándome con la ferocidad de un hombre dispuesto a ganar una guerra, salvar al mundo del impacto de un meteorito u hornear un soufflé (lo cual probablemente sea lo más difícil de esas tres cosas).

Decido tomar medidas drásticas para despertarme de este sueño que ha fabricado mi desquiciada cabeza. Si hacerme daño a mí misma no funciona, entonces… Acerco mi mano a su rostro, junto los dedos y le sacudo un capirotazo en medio de toda la frente.

—Kaya, tus regalos me han traído una dicha inmensa y me gustaría hacer lo mismo por ti; sin embargo, me es imposible corresponder tu gesto porque yo no puedo comprar nada. Tampoco tengo nada material que ofrecerte. Solo poseo una cosa lo suficientemente valiosa... —Echo la rodilla al suelo.

—Me cago en los caramelos de limón —murmura ella.

Su comentario me deja un tanto perplejo. Normalmente, cuando Kaya dice esas cosas es porque está muy enfadada, muy asustada o muy sorprendida; y no veo por qué ahora debería sentirse así, no tiene motivos considerando lo que está pasando.

Mis ojos, que estaban perdidos en las profundidades de los suyos, enfocan todo su rostro.

«Oh, vaya». Pues sí que parece aturdida.

O angustiada. Eso, o le está dando una indigestión, cosa poco probable porque aún no hemos cenado.

Además, por alguna razón, están cayendo fragmentos de papel del techo. No negaré que estoy confuso.

Me dispongo a preguntarle si está bien cuando ella se pellizca la pierna. Da un respingo y sus ojos se abren todavía más. A este paso se le van a caer de la cara, y no es una forma de hablar.

Su errática mirada se fija en mí y su comisura izquierda se eleva de un modo un tanto perturbador. Sigue estando preciosa, pero ahora parece una preciosidad con un problema mental.