Capítulo 21 - El aperitivo #3
—Pero no quiero que pienses que este día no es importante para mí y que por eso llevo la misma ropa de siempre —me agobio—. Es solo que… Yo no…
—Tú no tienes nada más que ponerte —acaba ella por mí, adivinando mis pensamientos.
Asiento. Solo tengo el yukata viejo que traje puesto y la ropa que Kaya me compró, y nada de eso me parece apropiado viéndola a ella—.
Verás, iba a darte esto después de cenar, pero creo que es mejor dártelo ya.
—Regresa a su habitación con pasos rápidos y tras unos segundos aparece con dos paquetes.
Me entrega el más grande—. Feliz Navidad, Karasuhito.
—¿Qué es esto?
—Una berenjena. —Pone los ojos en blanco—. ¿A ti qué te parece? Es un regalo.
Algo se abre dentro de mi pecho, pero no es una fractura dolorosa como la que experimenté hace unos días. Es una flor que extiende sus pétalos de luz y libera una fragancia dulce y cálida por todo mi interior.
Karasuhito se queda totalmente paralizado contemplando el regalo que le ofrezco. No se mueve. No dice nada. No parpadea. Juraría que ni está respirando.
—Sabes lo que es un regalo, ¿no? —pregunto preocupada, al cabo de un rato.
El Cuervo por fin parpadea y hay una calidez inesperada en su mirada.
—Estoy familiarizado con el término, sin embargo, es la primera vez que me dan uno a mí —declara.
Por poco se me cae el paquete de las manos.
«¿Tiene más de ochocientos años y nunca le han regalado nada?
». Algo agrio se apodera de mi paladar—.
La gente suele dejar ofrendas en el santuario y en el Monte Kurama para nosotros, pero son para todos los tengus que habitan la montaña.
Nunca he recibido algo que fuese solo para mí.
—Lo siento mucho —murmuro apenada. Él niega con la cabeza.
—No pasa nada. Tampoco me importaba. Hasta ahora solo había existido alguien de quien no me hubiese importado recibir un regalo, pero ella no tenía los medios para comprar nada —sonríe de forma tierna, y por alguna estúpida razón siento una punzada en el estómago al escucharlo decir “ella”—.
Aun así, me regalaba su tiempo y su compañía, y eso era más que suficiente para mí y lo único que de verdad anhelaba.
La punzada se convierte en una auténtica puñalada. «Joder… ¿En serio, Kaya?», me increpo al darme cuenta de que me estoy poniendo celosa sin razón.
Trago para ver si así se alivia ese amargor molesto de mi boca y que no se escuche en mis palabras. Fracaso miserablemente.
—Si solo querías regalos de esa persona y el resto te da igual, no tienes por qué aceptar esto, claro… —Recojo el brazo extendido, pero él me sujeta de la muñeca.
—He dicho “hasta ahora” —me aclara, antes de sonreír de ese modo deslumbrante tan suyo—. Que tú me hagas un regalo me hace inmensamente feliz. Gracias, Kaya.
—No hay de qué. Igual te viene bien hoy —murmuro.
Él coge el paquete y lo gira varias veces, observando cada detalle del envoltorio. Cualquiera diría que está intentando memorizarlo.
Cuando por fin se decide a abrirlo, lo hace con nerviosismo y el papel se acaba rasgando por varios sitios. Saca la caja, levanta la tapa y sus ojos se iluminan.
Con mucho cuidado, coge el kimono y lo extiende para verlo mejor. Es negro, como toda la ropa que eligió él, y tiene unos bonitos bordados plateados de sedosas plumas entre las que se aprecian las siluetas de garzas alzando el vuelo. No son cuervos, pero son pájaros, así que imaginé que valdrían.
Este regalo no entraba dentro de mis planes iniciales, fue una especie de compra compulsiva porque, al verlo, no pude evitar imaginarme al Cuervo con él y me dieron unos sofocos nada apropiados. Y después de su comentario sobre la ropa, me alegro de haberlo hecho.
—Es precioso —dice, tras contemplarlo un buen rato—. ¿De verdad es para mí?
—Claro —sonrío—. Así ahora tú también tienes algo un poco más especial para ponerte hoy si quie…
—Voy a ponérmelo ya —me interrumpe con un tono de voz realmente excitado.
Suelta la caja y el envoltorio, abraza el kimono, se da la vuelta y echa a correr en dirección al baño. Su reacción me hace reír. El hecho de que casi se cae cuatro veces porque no deja de resbalarse al ir tan rápido llevando solo los calcetines, también.
Esta es una de las cosas que más me gustan de él. Es espontáneo, genuino, con un toque infantil, sí, pero en el fondo es adorable. Y agradezco que sea tan franco con sus sentimientos.
Llega al baño y cierra la puerta. Esta vuelve a abrirse porque no la ha encajado bien. Lo intenta otra vez y la madera rebota en el marco de nuevo. Se le escapa una maldición en voz alta y a mí una carcajada al verlo así de nervioso. A la tercera ya consigue que la puerta permanezca donde debe.
Me toca esperar un buen rato hasta que él regresa al salón, y debo admitir que ha merecido la pena porque… « Joder con el Cuervo». Tengo que reprimir el impulso de abanicarme con la mano.
Está imponente a un nivel que no debería ser posible ni legal. A un nivel que está a punto de hacer que me salga humo por las orejas. A un nivel que le dejaría tocarme, aunque no se hubiese lavado antes las manos.