La Maldita y El Cuervo Capítulo 21 - El aperitivo #2
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Capítulo 21 - El aperitivo #2

Mi estómago se está convirtiendo en plomo y me estoy planteando seriamente la opción de regresar corriendo a mi cuarto y quedarme ahí dentro el resto de la noche porque no puedo soportar este silencio. Su silencio.

«Todo esto ha sido un error», me maldigo. Tenía que haberme limitado a llevar la misma ropa de siempre, peinarme como todos los días y dejarme de estupideces. No sé a quién pretendía impresionar arreglándome así.

«A él… Y también a mí». Quería dar un paso más en la dirección correcta y demostrarme a mí misma que mi autoestima estaba un poco mejor y que ya no me afectaban todos los desprecios de Ethan.

Todas esas veces que criticó mi ropa, mi cuerpo, mi rostro, la forma en que me arreglaba… o cuando no lo hacía. Porque ese era el problema, hiciese lo que hiciese, siempre había algo que criticar. Yo nunca era suficiente.

Y por boba ahora estoy al borde de tener una crisis nerviosa. Yo quería tener un detalle bonito con el Cuervo, pasar una noche especial juntos y estoy a punto de echarlo todo a perder una vez más. «Soy patética».

Terriblemente frustrada conmigo misma y mi estupidez, me muerdo el labio de abajo de forma inconsciente hasta que me hago daño.

Un sonido grave y bronco se apodera del espacio que me rodea y me arranca de mi trance. Parecía un gruñido. Un ruido más animal que humano.

Alzo la mirada, desconcertada, y me encuentro con el Cuervo. «¿Eso ha sido él?».

—Perdón —murmura. «Vaya, pues sí ha sido él»—. Es que yo… Tú… Tú estás…

Me mira de arriba abajo, sus párpados casi se cuelan dentro de sus cuencas, se tapa la boca con la mano, con la otra se sujeta el pecho y ese sonido extraño vuelve a resonar entre los dos.

—¿Estoy mal? —La preocupación empuja las palabras fuera de mi boca antes de poder meditar si es una buena idea preguntarle eso a alguien que suele ser bastante sincero.

Le lleva unos segundos quitarse la mano de la cara.

—¿Mal? —Niega efusivamente—. Estás para comerte…

Ahora son mis párpados los que se van de viaje en direcciones opuestas.

—¿Qué?

—Que estás para comerte —repite—. No en un sentido literal, claro… O eso creo… Espero… —Se vuelve a tapar la boca y retrocede un paso mientras su pecho vibra.

«¿Me va a comer? ¿Soy el aperitivo de la cena?». Igual yo también debería alejarme, correr, gritar…, algo… Pero soy incapaz de moverme.

—¿ Disculpa ? —No atino a decir nada más, estoy demasiado conmocionada.

—Creo que me estoy expresando mal. —Hace un aspaviento con las manos. «Más te vale», pienso nerviosa—. Estás preciosa, Kaya. Tan atractiva que mirarte es igual que contemplar una fruta tentadora y prohibida.

—Una fruta —musito.

Mi cerebro está un poco aturdido por todo el insignificante tema de que él ha sugerido (recemos que por error) que iba a comerme; por eso, no sé cómo tomarme que me acaben de comparar con un alimento.

Aunque supongo que podía haber sido mucho peor.

Ha dicho fruta y no pan rancio, leche cortada, rábano avinagrado o carne masticada y regurgitada.

Mis nervios se asientan un poco y mi mente se aclara lo suficiente como para percatarme de otra cosa. Él también ha dicho las palabras “preciosa”, “atractiva” y “tentadora” en una frase en la que yo estaba incluida.

Me cuesta un poco, pero empiezo a darme cuenta de que en realidad me acaba de hacer un cumplido, y uno bastante bonito y bochornoso, como todo lo que hace este memo. Sin querer, sonrío.

«Contrólate o la vas a incomodar», me reprendo. Sin embargo, es difícil porque es tan bella que mirarla duele.

Su aterciopelada piel. Su sedosa melena.

Sus ojos tímidos. «Contrólate». Sus mejillas sonrosadas.

Sus pestañas infinitas. La delicada curva de sus labios.

«¡Control, hombre, control!». Su largo cuello.

La línea perfecta de su clavícula que mis dedos se mueren por recorrer.

« ¡¡Control!! ». Sus pequeñas manos. Los sinuosos senderos de su cuerpo…

«No tengo ningún control. Soy peor que un animal», me lamento cuando un nuevo gruñido grave brota involuntariamente de mi garganta.

A pesar de mi deplorable comportamiento, ella no parece molesta. La arruga de su ceño se relaja, el rubor de sus mejillas se acentúa y una pequeña sonrisa se dibuja en sus labios.

«Socorro». Esto es más de lo que puedo soportar. Su encanto es demasiado poderoso. Su adorabilidad me va a matar (y sigo sin saber si la palabra existe).

Por precaución, retrocedo otro paso. Lo hago para evitar la tentación de decir alguna tontería o de cometer alguna estupidez como besarla. No porque de verdad vaya a comérmela… Eso creo… Espero…

—Gracias, Karasuhito —sonríe más ampliamente, mirándome a los ojos, y yo estoy a punto de desplomarme sobre el suelo.

—¿Por qué? —No he hecho nada para merecer su gratitud. Me he limitado a parecer patético, caerme por todos lados, decir disparates y casi infartar, y se supone que a los tengus no nos dan infartos.

—Por ese cumplido. Significa mucho para mí, así que gracias.

—Solo he dicho la verdad. Eres lo más hermoso que he visto nunca.

Su cara se incendia y adquiere la misma tonalidad que su blusa, y Kaya agacha corriendo la cabeza. Las ondas castañas la ocultan de mi vista y eso no me gusta. Aunque mirarla esté a punto de acabar con mi vida, moriré feliz siempre y cuando ella sea mi última visión de este mundo.

Alargo el brazo, mi mano se pierde entre la cascada de su melena y a tientas busco su barbilla. Con cuidado empujo hacia arriba para que nuestros ojos se encuentren otra vez.

—Tú eres hermosa y siempre estás muy guapa —añado, porque no quiero que piense que solo hoy me parece linda—, pero esta noche estás especialmente bella.

Golpes de tambor flotan por el aire y no tengo claro si es su corazón o el mío.

—Gra… Gracias —farfulla con un tono bajo y agudo—. Estamos de celebración, es un día especial, así que quería arreglarme un poco.

—Desde luego has conseguido que esta noche sea inolvidable —afirmo, y no puedo evitar volver a mirarla entera.

—Ya vale, por Dios —susurra, forcejeando por retirar la cara—. Me vas a matar de la vergüenza a este paso. Y no es que lleve un vestido de gala, solo es una blusa y un poco de maquillaje, tampoco es para tanto.

—Discrepo. —Está increíble por mucho que se empeñe en negarlo. De repente, un pensamiento aguijonea mi cerebro y la burbuja de felicidad amenaza con estallar. Suelto su rostro y esta vez me miro yo—. Tú te has arreglado para esta ocasión especial, y yo voy igual que siempre.

—No te preocupes por eso. No es obligatorio. Yo lo he hecho porque me apetecía.