Capítulo 21 - El aperitivo
—Disculpa, pero ese es mi sitio —le increpo. Ella se limita a mirarme de soslayo con gesto aburrido y a ignorarme—. Mi sitio —repito, acompañando cada sílaba con un leve toquecito con el dedo. Por mi osadía, me gano un bufido furibundo.
«Por todos los dioses, qué carácter».
La miro sin saber muy bien qué hacer. Nunca me había visto en una situación semejante.
Normalmente, todos los animales perciben la amenaza que represento, los humanos incluidos.
Aunque no sepan qué soy, saben que soy peligroso y sus instintos más básicos los llevan a huir o a defenderse.
Si bien es cierto que esto último solo lo hacen los animales más grandes como los osos o los jabalíes salvajes de las montañas.
Sin embargo, ella no se ha inmutado por mi presencia y se comporta como si fuese la dueña y señora de la casa, y eso que esta pequeña bola de pelo tricolor solo lleva aquí cuatro días.
Cuatro días en los que me ha robado la atención de Kaya («sí, no me siento muy orgulloso de esto, pero estoy celoso de una gata»); en los que ha usurpado mi sitio en el sofá; en los que se pone a berrear sin razón alguna en medio de la noche; en los que se dedica a tirar cosas a propósito y a ensuciar todo lo que yo ya he limpiado…
No sé de dónde ha salido este ser, pero no creo que esto sea un gato. Esta esponjosa criatura tiene que ser algún tipo de demonio de este país que yo no conozco. Uno enviado para torturarme y destruirme.
—Aceituna, estás en mi sitio —insisto de nuevo—. Podría comerte, ¿sabes?
Lo único que consigo es que ella me mire con desdén. Vuelve a apoyar la cabeza en el cojín y… «¿Esta cosa acaba de sonreír?». Se estira cuan larga es y el poco espacio que quedaba en el sofá desaparece por completo. Lo que yo decía, está aquí para hacerme desgraciado.
Suspiro con resignación y me siento como buenamente puedo en el minúsculo hueco que esta maligna criatura de mente vil ha dejado para mí, a esperar a que Kaya termine de vestirse.
Es la primera vez en mucho tiempo que he podido disfrutar plenamente de los festejos navideños.
Este año solo ha habido risas, buena comida, momentos agradables con mi familia y mi amiga y algún que otro recuerdo para el olvido…
Como el tío Dean bailando con un kilt [5] , girando por todo el comedor, y sin nada debajo. Mis pobres ojos lloran de nuevo.
La única nota gris ha sido saber que Karasuhito estaba solo y encerrado en casa, igual que siempre. Empiezo a sentirme bastante mal con su situación, pero no puedo hacer nada al respecto. Él no puede salir a la calle y yo no puedo quedarme aquí todo el día para hacerle compañía.
Tal vez por eso deseo de verdad que lo de hoy salga bien y que este pequeño plan le alegre. De ahí que me haya ondulado el pelo, maquillado y que lleve mucho rato delante del armario eligiendo qué ponerme. Lo hago porque la ocasión lo merece, no porque quiera que él se fije en mí ni nada de eso.
«Sin embargo, para ir a casa de mis padres me puse un jersey con motivos navideños tan horrendo que, si un elfo de Santa Claus me hubiese visto, se habría arrancado los ojos con un bastón de caramelo», medito, y algo aletea dentro de mi estómago.
«Bueno, eso lo hice para no robarle el protagonismo a las piernas peludas del tío Dean», me justifico.
Tras darle muchas vueltas y probarme más conjuntos de los que estoy dispuesta a admitir en voz alta, así que diremos que me he probado solo cinco, elijo unos vaqueros ajustados negros y una camisa roja de tela satinada que se cruza como un kimono por delante del pecho, creando un recatado escote en pico, y que lleva bordadas flores de loto en hilo nacarado en las mangas. Un regalo de mi abuela.
Me miro al espejo. Es un conjunto sencillo, pero teniendo en cuenta que vamos a cocinar, es mejor ir cómoda.
Y la blusa le da un aire elegante. Además, llevarla me hace pensar en la persona que me la regaló y eso me serena mucho, cosa que Dios sabe que necesito porque estoy hecha un manojo de nervios.
Llevo así desde que me he levantado por la mañana y no lo entiendo. Esto solo es un plan entre amigos. Nada más. Sin embargo, da igual cuánto me repita eso que mi cerebro se niega a asimilarlo. «Igual sí que he respirado esporas de moho», divago.
Antes de que los nervios se descontrolen del todo, me dé un arrebato y me cambie de ropa por trigésimo cuarta vez; yo… Ah, no, espera… Que hemos dicho que solo me había cambiado de ropa cinco veces, fallo mío. Vuelvo a empezar.
Antes de que me dé un arrebato y me cambie de ropa por quinta vez («así mejor, así parezco menos loca»), abro con fuerza la puerta y salgo al pasillo. Con seis pasos largos y levemente temblorosos, irrumpo en el espacio que conecta la cocina con el salón.
Karasuhito está sentado en el sofá, apretujado contra el reposabrazos y con la tablet en la mano. Al escucharme llegar, se gira, nuestros ojos se encuentran, los suyos se agrandan hasta parecer dos perlas gigantes de ónice y se le cae el aparato.
—Perdón —exclama, al escuchar el impacto de la pantalla contra el suelo.
Se agacha para recogerla y al incorporarse, se golpea la nuca con el canto de la mesita baja de café. Es la primera vez que lo escucho jurar en voz alta. Se frota con fuerza las plumas del cogote, intenta ponerse en pie y esta vez le pega un rodillazo a la mesa y la vuelca entera.
—¿Estás bien? —me pregunta Kaya con tono preocupado, a la vez que Aceituna bufa y se baja de un salto del sofá.
No sé qué responder a eso. Mis dedos se han convertido en fideos hervidos, por poco me abro la cabeza con la mesa y luego la he mandado a hacer puñetas de un rodillazo.
Me hormiguea toda la piel. Se me han erizado las plumas.
Y tengo la boca seca. Aunque lo peor con diferencia es lo que siento por dentro.
A mi estómago le han brotado alas y amenaza con salirse de mi cuerpo abriendo un boquete en mi abdomen.
No tengo claro si mi corazón late tan rápido que ya no puedo ni sentirlo o es que directamente se ha detenido del todo.
Y algo está rugiendo dentro de mi pecho, noto la vibración extenderse por mis músculos.
—¿Te has hecho daño? —insiste ella, al ver que no contesto.
La miro de reojo. «Madre mía, está bellísima». Sobre sus párpados hay una tenue sombra dorada, como polvo de oro, que acentúa el halo verde de su mirada. Sus mejillas están levemente arreboladas de una forma muy favorecedora. Y sus labios parecen dos bayas regadas por el rocío de la mañana.
El rojo de la camisa realza su palidez y combina a la perfección con los matices caobas de su melena castaña, la cual cae ahora con unas suaves ondas que resultan hipnóticas. Casi tanto como las curvas infinitas del valle de su cintura al encontrarse con sus caderas.
Mi temperatura sube. O baja. O estalla. O se apaga. No lo sé. No sé nada. Solo sé que Kaya es lo más hermoso sobre lo que he tenido la dicha de posar mis ojos.
En el pasado, ella ya me parecía la mujer más bonita del mundo entero. Pero en esta nueva vida ha trascendido los límites de lo terrenal y ahora es una diosa pisando el mundo de los hombres.
—¿Sucede algo malo? —me pregunta. Su tono suena preocupado y el efluvio de la ansiedad está empezando a enmascarar ese olor dulce y delicioso a vainilla que siempre la acompaña.
Lo único malo , si se le puede llamar así, es que no sé cómo gestionar lo hermosa que está ni las reacciones que su visión está causando en mi cuerpo. Sin embargo, no quiero que se angustie. Esta noche no.
Debo dejar de comportarme como un bobo, ir ahí y decirle que está arrebatadora y que soy inmensamente feliz de poder compartir este tiempo con ella.
Me aferro a esa determinación, levanto la mirada, doy un paso, me tropiezo con la mesa volcada y por poco me caigo al suelo. Consigo enderezarme a tiempo, avanzo y aterrizo sobre el sofá.
«¿Qué coño le pasa? ¿Está bolinga?», me angustio, al verlo aterrizar de morros sobre el sofá.
—¿Karasuhito? —le llamo, y un quejido lastimero resuena desde el otro lado del respaldo. Cualquiera diría que en vez de decir su nombre le he clavado un tenedor—. ¿Estás…? ¿Estás bien?
«Más te vale estarlo», ruego para mis adentros. Porque como no lo esté, como esté enfermo, no sé qué voy a hacer. No sé si debo llevarlo al médico, al veterinario o al inframundo.
—Perfectamente —contesta al fin, aunque con esa voz de pito dudo que lo esté. De hecho, por cómo suena, creo que se ha golpeado en sus partes al caer sobre el sofá. Si es que tiene partes, claro.
—¿Necesitas ayuda? —digo, al ver que pasan los segundos y no se levanta.
—¡No! —grazna—. ¡Estoy divinamente! ¡Ya voy!
Me abstengo de decir nada sobre sus múltiples tropiezos, su voz de castrato o el hecho de que no creo que sea legal que un demonio use la palabra “divinamente”; y espero cada vez más nerviosa a que él venga a mi encuentro.
Su inmensa espalda por fin emerge sobre el borde del sofá, seguida de sus sedosas plumas y de su cara. Me da la sensación de que su piel tiene un matiz rosado o violáceo, algo extraño. Desde luego no está tan pálida como siempre.
Sin soltarse del respaldo y prácticamente arrastrando los pies, rodea el mueble de forma lenta y cauta, moviéndose de lateral como un descomunal cangrejo negro. Solo reanuda un paso normal cuando está lo suficientemente lejos de cualquier obstáculo.
Se detiene a un par de metros de distancia, como si tuviese miedo de acercarse más a mí.
Sus ojos están muy redondeados y se oscurecen aún más mientras recorren mi rostro y mi cuerpo.
Nunca me había mirado con esta intensidad y estoy segura de que el color de mis mejillas debe estar cerca de alcanzar al de mi camisa.
La vergüenza me vence y agacho la cara. De pronto soy demasiado consciente de mí misma, de mi cuerpo, de que igual me veo ridícula con maquillaje, de mi postura… No sé qué hacer con mis manos y me pongo a juguetear con las mangas.