Capítulo 20 - Un rábano avinagrado y descompuesto
Estamos delante del control de seguridad, formando un pequeño tapón mientras nos despedimos antes de pasar dos semanas separadas.
—Sed buenas y no os paséis con la bebida —nos pide Isa, mirando solo a Jenna. El osito que suele llevar colgado de su tarjeta del hospital ahora está enganchado a su mochila y también parece juzgar a mi amiga.
—No prometo nada —bromea Jenna.
—Recuerda que vas a estar en casa de Kaya, no puedes dar un espectáculo.
—Da igual —intervengo—, el espectáculo ya lo van a dar mi padre y su familia.
Isa está a punto de decir algo, y Meredith se le adelanta.
—A la mierda el ser buenas, pasadlo bien y punto, joder.
—Qué bonito eslogan de Navidad, Mer —se burla Jenna—. Es de lo más dulce. Deberías hornear galletitas y escribirlo encima.
La rubia le saca el dedo corazón, coronado por una uña pintada de negro, y todas nos reímos.
—Reíros todo lo que queráis, pero lo digo en serio —insiste ella—. Ha sido un año bastante horrendo —me mira de reojo—, así que nos merecemos disfrutar un poco.
—Ahí llevas razón —asiente Isa—. De todos modos, no queremos que Jenna acabe con el sujetador de gorrito en casa de Kaya, así que no te pases con la bebida —repite. El guardia de seguridad que tenemos al lado cada vez frunce más el ceño.
—Sí, mamá. —Jenna le saca la lengua.
—Tampoco pasa nada porque lo haga —comento—. Conociendo a mi familia, es posible que mi tío Fergus se coloque otro sujetador en la cabeza y se ponga a tocar la gaita.
Más risas recorren nuestro pequeño círculo.
—Me voy más tranquila viendo que ya estás mejor —me dice Meredith.
—¿Disculpa? —me sorprendo.
—Llevabas unos días… rara —me explica Isa.
—Di más bien que llevaba unos días que parecía un cadáver con el humor de un rábano avinagrado y descompuesto —agrega Jenna.
—¡Eso no es verdad! —me ofendo.
—Sí que lo es —contestan todas a la vez.
En el fondo sé que lo es. La semana pasada fue muy complicada, y eso siendo generosa.
Suspiro, resignada y también un poco asqueada conmigo misma. No dejo de darles dolores de cabeza.
Y lo que es peor, esta vez se lo he dado sin motivo porque la única responsable de que mi humor estuviese así, de mi insomnio y de mi apocalipsis diarreico fui yo por dejarme llevar por el pánico, ignorar todo sentido común y lanzarme de cabeza a un arrebato homicida como la loca que niego ser.
—Lo siento mucho, chicas. —Agacho la cabeza—. No quería preocuparos.
—Cielo, el problema no es que nos preocupemos… —empieza Jenna.
—El problema es que te lo calles todo y finjas que no pasa nada, cuando es evidente que sí pasa —termina Meredith.
—Es que era una chorrada y no quería molestaros —miento, porque no puedo contarles la verdad, cosa que me duele.
—Kaya, nosotras no podemos saber si es una bobada o no a menos que tú nos lo expliques. —Isa sonríe con dulzura—. Solo vemos que no estás bien y, si no sabemos la razón, es cuando nos preocupamos de verdad. Y lo hacemos porque te queremos, así que la preocupación no es algo malo.
—Eso díselo a mis veinte úlceras de estómago —se me escapa sin querer.
—En este caso concreto, la preocupación no es algo malo —rectifica mi amiga, fijando en mí esos ojos verdes tan claros.
—Hazle caso —interviene Jenna—, es la más lista de las cuatro.
— Yo soy la más lista de las cuatro —afirma Meredith sin ningún pudor, haciéndonos reír—. Pero admito que, en temas de sentimientos y cursiladas de esas, Isa es la mejor de las cuatro.
—Gracias…, ¿supongo? —responde la aludida con tono dubitativo.
—Viniendo de Meredith, eso es una declaración de amor profundo —se ríe Jenna.
—Es verdad. Lo bordaré en un cuadrito y lo colgaré de mi salón para no olvidar nunca este momento tan tierno —bromea Isa.
—Como si lo bordas en el papel higiénico y lo usas para limpiarte el… —salta Meredith, ganándose una mirada espantada del guardia de seguridad.
«Joder, qué bruta es».
—Santo cannoli… —murmura Isa, negando en silencio e intentando reprimir una sonrisa. Jenna no es tan discreta y está a punto de ahogarse con sus propias carcajadas.
—Eso no importa —prosigue Meredith, ajena a las reacciones que su exabrupto ha provocado—, lo que importa aquí es que, si te pasa algo, queremos saberlo.
—Me apunta con un dedo que no tengo muy claro si es acusador o amenazador—.
Por pequeño o insignificante que pueda parecer, queremos saberlo, Kaya.
Y haz el favor de olvidarte de una vez de esas chorradas de que molestas, o te juro que al final voy a perder la paciencia y te voy a obligar a usar la escobilla de un baño público como cepillo de dientes.
Me da una arcada y al guardia de seguridad también.
—¿Hacía falta ser tan marrana? —le reprocho.
—Sí lo hacía —declara ella.
—No estoy de acuerdo con lo de la escobilla, porque vaya puta cochinada —la piel tostada de Jenna está levemente amarillenta—, pero sí con todo lo demás.
—Ya somos tres —murmura Isa a través de la mano con la que se tapa la boca, muerta del asco ella también—.
Si te lo guardas todo, Kaya, nosotras nos imaginamos cualquier cosa y nos preocupamos el triple.
Y tú te vas hundiendo bajo todo ese peso cuando podrías aliviar tu carga compartiéndola con nosotras.
Lo que te aplasta a ti sola, seguro que podemos sobrellevarlo entre las cuatro.
Y recuerda que estamos aquí para ti sin importar las circunstancias, no solo en los momentos buenos.
Sus palabras me emocionan muchísimo y me recuerdan a lo que me dijo Karasuhito la otra noche.
—Es que últimamente no os he dado ni un solo momento bueno —musito.
—Kaya… —Nunca en la vida cuatro letras contuvieron una amenaza mayor.
Huyo de la rubia perturbada y me escondo detrás de Jenna.
—La escobilla no, por Dios —imploro.
—Isa tiene razón —me dice Jenna por encima de su hombro—. Y sinceramente, no puedo hablar por las demás, pero a mí me duele un poco cuando te lo guardas todo porque, aunque en el fondo sé que no es así, no puedo evitar pensar que igual es que no confías lo suficiente en nosotras.
La culpa me engulle, me mastica y me destroza. Nunca me había parado a verlo de ese modo. Yo me callaba para protegerlas y en realidad estaba haciendo lo contrario.
Salgo de detrás de Jenna para dar la cara.
—Claro que confío en vosotras. Siento mucho si os he hecho sentir de ese modo.
Y también siento no haberos contado lo que me pasaba la semana anterior.
—Me gustaría sincerarme con ellas, pero no puedo.
Menos aún en medio de un aeropuerto y con un guardia maruja que está pendiente de todo lo que decimos.
Tampoco quiero mentirles, así que me decanto por ofrecerles una verdad a medias—.
Se me estropeó la secadora y ahora mismo no puedo arreglarla ni comprar otra y…
ya sabéis cómo soy… Empecé a imaginarme que iba a salir moho en casa por culpa de la humedad de la ropa, que las esporas se me iban a meter por la nariz y a germinar en mi cerebro, y…
Las carcajadas de Jenna me interrumpen de una forma nada educada. Meredith está mirando al techo con los brazos en jarra e Isa se está tapando la cara con ambas manos.
—¿Qué vamos a hacer contigo, cerebro de brócoli? —Jenna me pasa un brazo por los hombros y sus rizos oscuros me caen por encima.
—Es moho, no brócoli —le aclaro, porque puede que ambos sean verdes y de aspecto sospechoso, pero no tienen nada que ver el uno con el otro.
—Ahora mismo tengo ganas de matarte por ser así de boba… o de darte un abrazo por ser así de boba, no lo tengo claro —suelta la rubia.
—Lo que sea menos la escobilla —le ruego.
—Kaya, si quieres, puedes hacer la colada en mi casa hasta que arregles lo de la secadora —se ofrece Isa—. A mí no me importa.
—O podemos ver si entre las cuatro reunimos suficiente dinero para ayudarte —propone Jenna.
—Eso sería más eficiente que ir cargando con tus bragas sucias hasta casa de Isa —coincide Meredith.
—¿Podemos dejar de hablar de mi ropa interior en un sitio público, por favor ?
—Mi cara está alcanzando la temperatura de fundición del acero—.
Y no hace falta que os preocupéis… —Me vuelvo a esconder detrás de Jenna al ver la ira homicida en los ojos gélidos de la rubia trastornada—.
¡Lo digo en serio! Ya se me ha pasado el arrebato neurótico.
Llevo unos días sin secadora y mis sesos no se han convertido en queso mohoso, así que ya he aceptado que no voy a morir de una infestación cerebral —aseguro, cosa que es verdad.
Además, me sentiría como una mierda si les hago darme dinero solo porque no puedo contarles la verdad—.
Cuando pueda, ya compraré otra; pero de momento estoy bien, lo juro.
Vosotras mismas habéis dicho que estoy mejor.
—Ahí nos ha pillado —admite Jenna.
—Vale —Meredith prácticamente me escupe esa palabra, la pobre tiene muy mal perder—, pero si en algún momento te agobias por el moho, la lepra o cualquier otra cosa, nos lo dices en lugar de pasearte por ahí como un alma en pena que se ha fugado del purgatorio, ¿entendido?
—Sí, señora —respondo al segundo, con la escobilla en mente.
Después de llevarme ese inesperado rapapolvo, apenas nos queda tiempo para nada más. Meredith e Isa se despiden, nos abrazan, nos desean felices fiestas, cogen sus maletas y se encaminan al control de seguridad.
Creo que nadie nos sorprendemos cuando el guardia que ha escuchado toda nuestra conversación se lleva a Meredith a un lado para un registro más exhaustivo. Yo también lo haría si fuese él. Registraría a fondo su equipaje en busca de objetos manchados de caca ajena. Por poco me da otra arcada.
Jenna y yo abandonamos juntas el aeropuerto, pero nos separamos enseguida, ella se va derecha a su casa y yo tengo que ir al centro comercial para hacer una compra de lo más peculiar: un regalo de Navidad para un demonio.
Y no, no voy a regalarle calcetines… ni calzoncillos…
Una imagen nada apropiada aparece en mi cabeza.
Carraspeo y me abanico. «Qué calor hace de repente para ser invierno, ¿no? ».