La Maldita y El Cuervo Capítulo 19 -Una Navidad emplumada #2
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Capítulo 19 -Una Navidad emplumada #2

Francamente, tampoco quiero. Me da mucha lástima que se quede solo en unas fechas así, en el fondo sí que me hace ilusión compartir un momento más especial con él, y también deseo agradecerle todo lo que está haciendo por mí.

—Si te lo he propuesto es por algo —farfullo, tan bajito que puede que solo me haya oído el cuello de mi jersey. Aunque a juzgar por el abrazo que me llevo a continuación, el Cuervo me ha escuchado.

—O sea, que sí que te importo —exclama eufórico. Su entusiasmo y la forma en que se ríe me ponen todavía más nerviosa. No quiero que malinterprete la situación y que esto acabe creando un problema entre nosotros a la larga.

—Mis amigos son importantes para mí —me justifico—. Por eso también invité a Jenna.

A pesar de mi contestación, su sonrisa no se apaga. Tampoco hay decepción en su rostro, solo genuina felicidad.

«Igual la que lo está malinterpretando todo soy yo», recapacito. Puede que todas sus reacciones, sus atenciones y su afectividad nazcan de un sentimiento de amistad, y mi mente sucia y necesitada es la que está sacando las cosas de contexto.

Siendo sincera, ni siquiera sé si los demonios pueden enamorarse o sentirse atraídos por una persona. Tal vez ni me vea como un hombre miraría a una mujer. Igual para él yo soy como un gatito de la calle al que debe proteger.

Por alguna razón, esos pensamientos me apenan.

Y ser consciente de que me siento desencantada me da ganas de abofetearme hasta perder el sentido.

Decididamente el problema soy yo, no él.

Soy yo la que está confusa, la que piensa cosas inapropiadas y la que ve fantasmas rositas y con forma de corazón donde no los hay.

Respiro hondo para calmarme antes de retomar la conversación.

—¿Y tú quieres que celebremos la Navidad juntos, aunque sea con retraso?

Él da un paso al frente, envuelve mis manos con la suyas y las alza hasta apoyarlas sobre su corazón, me mira directamente a los ojos y dice con una intensidad capaz de desatar incendios:

—Sí, quiero.

A la mierda mi calma. Por poco me voy al suelo. Esto acaba de parecer una escena sacada de nuestra boda, joder. «¿Cómo no me voy a imaginar cosas raras si él no para de hacer cosas raras?». Mi voz interna suena aguda, estrangulada y angustiada, como si llevase estreñida una semana.

Mientras yo colapso, él sigue sonriendo, impasible. Y está impasible porque no lo ha dicho del modo en que yo lo he entendido, claro.

Él no me ve de esa forma y lo más seguro es que nunca lo haga, tal vez ni pueda.

Y es probable que yo tampoco, dado que mi pecho es un campo lleno de basura en llamas.

Seguramente, solo estoy confundida porque han sido unos días de mucho estrés y mi cerebro está fuera de control y haciendo de las suyas, dando por saco como siempre.

—Como no podemos salir de casa, se me ha ocurrido que podemos cocinar juntos —sugiero con toda la calma que puedo.

Su sonrisa se ensancha, sus ojos se iluminan, su pecho se hincha y juraría que sus plumas se erizan.

«No pienses cosas raras», me riño—. Y luego cenar viendo una película o podemos jugar a algo, no sé… No es un gran plan, pero…

—Por mí como si pintamos piedras —me corta—. Solo quiero pasar tiempo contigo. —Ya no sé si quiero abofetearme yo o molerlo a palos a él porque de verdad que me lo pone muy difícil con eso de no hacerme ideas raras—. Y lo de cocinar juntos me parece muy buena idea. Me haría muy feliz.

—Vale —murmuro, en parte agradecida de que mi idea le haga tanta ilusión, en parte muerta de la vergüenza—. Pues piensa qué quieres que cocinemos para saber si tengo que comprar algún ingrediente. Yo me voy ya, que al final voy a llegar tardísimo.

—Que tengas un buen día. Te estaré esperando aquí. —Me da un abrazo de despedida, igual que siempre, aunque hoy lo siento inusualmente cálido—. Y si tienes cualquier problema mientras estás fuera…

—Te llamo, no te preocupes. Que tú también tengas un buen día, Karasuhito.

Con cierta renuencia, me separo de él y me voy a trabajar.

«Madre mía. Madre mía. ¡Madre mía!». De lo feliz que estoy, por poco extiendo las alas sin querer. Gracias al cielo, me contengo en el último segundo porque no puedo seguir destrozando la ropa que Kaya compró para mí.

No me puedo creer que este día haya comenzado de una forma tan maravillosa. Después de esa semana de pesadilla, no solo hemos logrado recuperar la relación que teníamos antes, sino que siento que la distancia entre nosotros ha mermado muchísimo.

Ella ya me llama por mi nombre con cierta regularidad. Me ha invitado a celebrar eso de la Navidad con ella. Vamos a cocinar juntos. Y me ha dicho que me considera su amigo.

Y aunque eso aún dista de lo que a mí me gustaría que Kaya sintiese por mí, por el momento me conformo. No solo eso. Estoy agradecido.

La amistad se fundamenta en la confianza, en el afecto, en compartir y en la voluntad de ayudarse mutuamente. Es una forma distinta de amor, pero es amor, a fin de cuentas. Y también es la base sobre la que se cimenta la vida de pareja.

Sin amistad no puede existir el amor de tipo romántico.

Sin amistad habría lujuria, deseo, encaprichamiento…

, pero esa no es la clase de relación que yo busco con ella.

No quiero solo su cuerpo. Yo quiero su luz, sus sonrisas, sus alegrías, sus penas, sus miedos, sus esperanzas, sus sueños, sus desvelos, su confianza… Quiero su alma. Lo quiero todo.

Por eso me hace inmensamente feliz que ya no me perciba como a un extraño o como a una molesta imposición en su vida. Ahora soy su amigo. Y quizás, con el tiempo, pueda ser algo más. La otra vez sucedió igual.

Fui un demonio intrigado por una peculiar mujer cuya alma desprendía más luz que un campo de luciérnagas.

Fui su guardián. Fui un conocido. Fui su amigo.

Fui su amor. Fui su compañero durante toda su vida.

Fui un alma rota cuando su luz emprendió el vuelo y se convirtió en la estrella más brillante del firmamento.

Fui una sombra que esperó una eternidad hasta que ella me encontró de nuevo.

No puedo dejar de sonreír como un tonto enamorado (que es justamente lo que soy) mientras hago las tareas de la casa.

Cuando por fin lo tengo todo en orden y tan limpio que se podría chupar el suelo sin contagiarse de cólera, disentería, tétanos o alguna de esas enfermedades raras que tanto le preocupan a Kaya; me centro en la tarea más importante de hoy: elegir lo que vamos a cocinar juntos el día que celebremos nuestra Navidad.