La Maldita y El Cuervo Capítulo 19 -Una Navidad emplumada
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Capítulo 19 -Una Navidad emplumada

Hoy es lunes, veintidós de diciembre y el penúltimo día de trabajo antes de las vacaciones de Navidad. Aunque eso no significa que vaya a ser un día relajado o tranquilo, más bien lo contrario.

Me espera una larga jornada por delante.

Al salir de trabajar, Jenna y yo acompañamos a Isa y a Meredith al aeropuerto para despedirnos de ellas.

Luego, tengo que ir a hacer unas compras urgentes y lo peor es que ni siquiera sé qué tengo que comprar.

Seguramente me voy a pasar horas dando vueltas por el centro comercial.

Y, por último, tengo que ir a recoger a Aceituna a casa de Isa.

Necesito llegar pronto a la biblioteca para asegurarme de que salgo a mi hora; sin embargo, a este paso voy a llegar tarde porque un demonio de casi un milenio no deja de perseguirme como un cachorro al que acabas de adoptar.

Desde que hicimos las paces, el Cuervo ha redoblado sus esfuerzos por ser un pegajoso, por matarme de la vergüenza con sus piropos y sus comentarios inapropiados, y por colmarme de atenciones. Lo cual es agradable y un poco enervante.

Su actitud me da ganas de arrojarme a sus brazos y de arrojarme por un barranco, todo al mismo tiempo. Cosa que podríamos hacer, dado que él tiene dos potentes y preciosas alas.

—Te voy a echar de menos —me dice, por trillonésima vez en lo que va de día y no son ni las siete de la mañana—. ¿De verdad tienes que irte?

—Si quieres que tengamos dinero para pagar el alquiler y comer algo que no sea papel higiénico…

—El papel higiénico te deja una sensación arenosa en la lengua —me interrumpe, y arruga el gesto.

Decido abstenerme de indagar por qué leches él es capaz de hacer semejante afirmación porque una vocecita dentro de mi cabeza me dice que, seguramente, eso desembocaría en alguna conversación asquerosa y conmigo a punto de vomitar el desayuno.

—Pues si quieres que tengamos dinero para comer, yo tengo que ir a trabajar.

—Es verdad, perdona. Ya se me había olvidado que tú trabajas y yo te dejo deleitarte con mi presencia porque soy tu querido —sonríe con descaro y desliza un dedo desde su clavícula hasta su cintura.

—Lo que vas a ser es salami de cuervo como no dejes de pavonearte de ese modo —le amenazo, pero mirando al rincón porque me da miedo que los ojos se me vayan tras la línea que él ha trazado.

No sé si la ropa ha encogido o él se ha hinchado, pero la camiseta que lleva hoy le queda indecentemente ajustada—. Y quita, que a este paso llego tarde.

Mi tono furibundo que encierra una promesa de dolor y muerte no surte ningún efecto y él se ríe.

—Ahora hablando en serio, que tengas un buen día en el trabajo. —Me acaricia el pelo—. ¿Necesitas que haga algo más en casa aparte de las tareas habituales?

Lo medito unos instantes.

—Hoy voy a llegar bastante tarde, ¿te importa ocuparte tú de la cena?

Su rostro se ilumina más que las luces que decoran la ciudad en esta época del año.

—¡Claro que no! —Da unas palmaditas, entusiasmado—. Ya sabes que me gusta cocinar para ti. —Una idea empieza a tomar forma en mi cabeza. Igual no tengo que pasarme horas dando vueltas por el centro comercial después de todo—. ¿Te apetece algo en concreto?

—No, puedes preparar lo que quieras con los ingredientes que tenemos. —Otra idea me asalta—. Y hablando de ingredientes… ¿Recuerdas lo que te conté sobre la Navidad y las celebraciones de estas fechas?

—Sí. Recuerdo que me dijiste que irás con tu amiga a ver a tu familia —sonríe con amabilidad.

Después de mis experiencias pasadas, me daba un poco de miedo decirle que se iba a quedar solo prácticamente dos días enteros mientras yo iba a pasármelo bien con los míos.

Sin embargo, lo que él hizo fue preguntarme si celebrar la Navidad con mi familia me hacía feliz.

Y cuando le respondí que sí, se alegró genuinamente por mí.

—Verás, no puedo llevarte conmigo a casa de mis padres porque…

bueno… no podríamos explicar eso . —Señalo su cabeza con un gesto vago de la mano.

Tampoco podríamos explicar lo de las garras y los colmillos, pero no le voy a dar una lista detallada de todas sus rarezas, no parece muy educado—.

Aun así, me da un poco de lástima que te quedes totalmente solo.

—Me quedo solo siempre mientras tú estás trabajando —señala. Sé que no hay acritud ni reproche en sus palabras, simplemente está diciendo la verdad, sin embargo, eso no evita que un desagradable amargor se instale en mi boca.

—Lo sé, pero esto es diferente. Es Navidad.

—Por la forma en que ladea la cabeza y me mira, es evidente que no lo entiende—.

Dejando la religión a un lado, la Navidad sigue siendo una fecha importante y especial en la que la gente se rodea de sus seres queridos y las personas que son importantes para ellos.

Y me da pena que tú te quedes aquí, completamente solo.

—La única persona querida, importante y especial para mí eres tú —suelta con total naturalidad. Yo por poco me trago la lengua.

«En serio, ¿no se da cuenta de que la mitad de las cosas que dice se pueden malinterpretar de una forma románticamente errónea? ¿Tan obtuso es?», me desespero, porque estoy convencida de que todos esos comentarios bochornosos tienen que ser consecuencia de sus problemas para expresarse.

—Y si tú vas a estar con tu familia, cosa que debes hacer porque me dijiste que eso te hace feliz, no podemos hacer nada al respecto. —Se encoge de hombros.

Me aseguro dos veces de que mi lengua sigue dentro de mi boca y respiro hondo antes de hablar.

—No vamos a poder pasar juntos esos días, pero se me había ocurrido, si te parece bien, claro, que a lo mejor podíamos hacer algo el día veintiséis. Celebrar nuestra propia Navidad, aunque sea un día más tarde.

De repente me siento estúpidamente tímida, igual que la primera vez que invité a un chico a ir conmigo al cine en el instituto.

Lo cual, por si a alguien le interesa, no fue demasiado bien porque me dijo que sí y luego apareció en el cine acompañado de una animadora rubia y me dejó ahí plantada.

Yo ahogué mi despecho en tres cubiletes extragrandes de palomitas y acabé enferma toda la noche.

—¿Te parece bien? —pregunto cohibida, cuando pasa un minuto entero y el Cuervo no dice nada, solo me mira sin parpadear.

—¿Quieres celebrar la Navidad conmigo?

—Si a ti te parece bien…

—¿Conmigo?

—Sí.

—¿Con…? ¿Conmigo? —Se señala.

Me empieza a palpitar el párpado de una forma muy molesta.

—Sí, contigo —remarco bien la última palabra.

—Conmigo… ¿Segura?

—¡No! ¡La voy a celebrar con el cojín del sofá, al cual vestiré con una camiseta negra y le pegaré una boa de plumas para que se parezca a ti y así seguir teniendo una Navidad emplumada!

Los segundos pasan de una forma exasperantemente lenta.

—Entonces…, ¿conmigo o con el cojín?

«Me cago en Bob Esponja». Lo agarro de la camiseta, tiro de él y yo me pongo de puntillas para que pueda ver bien la promesa de una muerte lenta y dolorosa en mis ojos.

—Sí, contigo —siseo—. Quiero celebrar la navidad contigo , cenutrio. Con-ti-go. Aunque como me lo vuelvas a preguntar una sola vez más, ya va a dar igual porque no vas a llegar vivo a esa fecha.

—Perdona, pero necesitaba asegurarme —se justifica—.

Has dicho que la Navidad se celebra con las personas que son queridas e importantes para uno…

Así que esto significa que soy importante para ti y que me quieres, ¿no?

—sonríe, y por poco se me derriten las retinas.

También me está dando un infarto, pero no pasa nada, me lo he buscado yo solita por imbécil—.

Me quieres, ¿no? ¡¿No?! —La última palabra se alarga de forma infinita, igual que su sonrisa.

«Esto no puede estar pasando. No. No puede… Y es demasiado temprano para lidiar con una cagada semejante».

—Discúlpame un segundo…

—¿A dónde vas? —se extraña, cuando me ve ir hacia el balcón.

—A matarme para no tener que seguir sufriendo esto.

Este es un buen momento para recordar que tengo unas tendencias bastante melodramáticas. En menos de un segundo, él me caza desde atrás y me levanta por los aires.

—No bromees con eso —me regaña.

—No era una broma, te lo aseguro.

—Kaya…

Suspiro resignada.

—Vale, era una broma —concedo, o mejor dicho, miento. Porque de verdad estaba dispuesta a arrojarme al vacío para huir del embrollo en el que me he metido.

Ni yo misma tengo claro en qué plano se sitúan mis sentimientos por Karasuhito. Sé que es importante para mí. Que su presencia me hace bien. Que valoro tenerlo conmigo. Y que el muy desgraciado es jodidamente atractivo y encantador.

Pero también sé que es un demonio pájaro japonés que me saca porrocientos años, que ni siquiera sé si envejece y que es casi inmortal. Y además no tiene seguro médico ni creo que le vayan a dar el visado de residencia.

Es una relación abocada al fracaso. Si no nos separa la edad, la distancia o la Inquisición, lo hará Inmigración y esos sí que dan mucho miedo.

Una relación que ni siquiera estoy segura de querer porque mi corazón está tan fragmentado que ya no reconozco bien ni mis propios sentimientos.

No sé si esto es gratitud, amistad, afecto, atracción física o…

«No. Por ahí no», me freno a tiempo, antes de decir la palabra que empieza por “a” y acaba por “or”. Y no, no me refiero al alcanfor.

Él se aleja del balcón conmigo a cuestas, no se fía del todo y hace bien. Cuando estamos otra vez cerca de la entrada, me deja en el suelo y me rodea para poder mirarme a la cara.

—Entonces, ¿quieres que celebremos la Navidad juntos? —insiste con una sonrisa más deslumbrante que un diamante espolvoreado con purpurina.

Estoy atrapada. Decir que sí equivale a admitir que él me importa; lo cual es verdad y también es terriblemente bochornoso y puede que inapropiado dadas las circunstancias. Sin embargo, ya no puedo retractarme de mi ofrecimiento.