La Maldita y El Cuervo Capítulo 18 - Un ratito más
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Capítulo 18 - Un ratito más

Cuelgo el abrigo en el gancho de la entrada y voy corriendo al baño para lavarme los dientes. No hay ningún motivo oculto detrás de este gesto. De verdad que no. Lo hago por mí misma. Por el asco que me da haber estado a punto de vomitar tantas veces y por higiene.

No vaya a ser que en nuestro vuelo nocturno me haya tragado un mosquito. Y esos bichos pueden pegarte la fiebre amarilla, el dengue o la leishmaniasis (y no, no me importa que eso sea una enfermedad de perros. Con mi suerte, seguro que yo también me contagio).

Después, me acomodo en el sofá donde ya me espera el Cuervo. Aunque anhelo el consuelo que me ofrece su contacto, dejo algo de espacio entre ambos. Es mejor así dado que mi cerebro por poco se convierte en mantequilla fundida hace unos momentos.

Al parecer, él no está muy conforme con mi decisión y en menos de un segundo ya tengo a mi particular koala emplumado enganchado a mis hombros. No me voy a quejar. Hoy no. Ya no.

—¿Qué quieres hacer? —me pregunta—. ¿Quieres ver algo en la tele?

—Niego con la cabeza. Seguro que él ha sentido el movimiento en su pecho, donde ahora reposa mi cara—.

¿Quieres hablar de lo que ha pasado antes?

A veces, compartir con alguien nuestros temores y preocupaciones ayuda a que estos sean menos pesados.

Realmente no me apetece ponerme a recordar cosas horribles, sin embargo, creo que le debo una explicación, así sea una muy vaga y superficial.

—Imagino que esta parte ya la sabes si una de las chicas rezó por mí, pero…

Yo estaba saliendo con un hombre que resultó no ser buena persona.

—«Vaya eufemismo de mierda», me río sola—.

Resumiéndolo mucho, él me hizo daño de diversas formas y a veces esos recuerdos me asaltan de golpe, es igual que vivirlo de nuevo, y no soy capaz de controlar el miedo ni la angustia.

Su brazo me sostiene con más fuerza cuando empiezan los temblores y con la otra mano me busca y entrelaza sus dedos con los míos.

—Si te vas a poner triste, no hace falta que hables de ello —me susurra.

—No pasa nada —miento. Me he prometido que iba a ser justa con él y a tratarlo mejor, y este es el primer paso para lograrlo.

Hay un par de cosas que necesito que entienda—.

Prefiero contártelo para que, si alguna vez me vuelve a suceder, no creas que es culpa tuya.

Solo son los malos recuerdos que viven dentro de mí.

Las memorias de todas esas veces en las que él me hizo daño.

—¿Te pegó? —Sus manos se crispan cuando me hace esta pregunta.

—Durante muchos años se limitó a usar palabras para herirme y para hacerme sentir que no valía nada —musito.

Pequeños senderos mojados se dibujan en mi cara—.

Fue destruyendo mi autoestima poco a poco, de forma disimulada al principio y siempre disfrazando todos sus actos como muestras de preocupación y cariño por mí; por eso tardé mucho en darme cuenta de lo que estaba pasando.

Cuando él ya me tenía bien enredada en esa telaraña de manipulación y había logrado que yo misma me despreciase, los insultos y los abusos verbales fueron volviéndose cada vez peores.

A lo mejor no parece gran cosa si lo comparamos con agresiones físicas, pero…

Se puede romper a alguien de mil formas diferentes sin necesidad de tocar su cuerpo.

—Jamás me atrevería a pensar que nada que te haya sucedido a ti sea poca cosa —asevera.

No puedo verle el rostro, tampoco me hace falta para saber que eso es cierto. Su tono es auténtico y desde que nos conocemos, él nunca ha menospreciado mis sentimientos ni mis vivencias.

—Gracias. —Algo me roza la coronilla. No sé si ha sido sin querer o me acaba de dar un beso.

Elijo creer lo segundo porque es lo que necesito ahora—.

Con el tiempo, él se pasó de la raya varias veces y yo empecé a darme cuenta de lo que estaba pasando.

De que eso no era sano ni normal. Intenté poner límites, cambiar la dinámica de nuestra relación, pero ya era tarde.

Él no se tomó nada bien mi resistencia. Las cosas escalaron.

Empezó a haber señales de violencia más allá de la verbal, aunque seguía sin pegarme directamente.

Varias imágenes parpadean en mi cabeza. Golpes a cosas. Objetos arrojados, al principio lejos de mí, luego cada vez más cerca. Agarres que se clavaban en mi cuerpo. Tirones de pelo demasiado fuertes camuflados de bromas…

Mi estómago se retuerce y hago un esfuerzo por tragar. No quiero que el glaciar ártico se convierta en una ciénaga de bilis otra vez.

Cuando se me pasan un poco las náuseas, retomo la palabra:

—Finalmente, una tarde todo se descontroló. Nunca en mi vida había pasado tanto miedo… Creí que ese día iba a darme una paliza de verdad. Se contentó con darme un bofetón y dejarme tirada en el suelo, como si yo fuese basura.

Mis ojos se han convertido en dos cascadas y el temblor de mi cuerpo se intensifica tanto que me roba la voz.

Parezco una maraca con epilepsia. No recuerdo haber temblado así jamás.

Me cuesta un poco darme cuenta de que no soy yo.

O no soy solo yo, mejor dicho. El cuerpo del Cuervo también parece a punto de desmoronarse.

No quiero preocuparlo más, así que decido no entrar en más detalles y acabar mi historia:

—Fue una mierda, una mierda descomunal, pero también fue el día que toqué fondo y decidí romper con él. Aunque luego eso derivó en otro tipo de tortura —me lamento. Una tortura con la forma de meses de acoso, más miedo y toneladas de desesperación.

—Kaya…

Un escalofrío se desliza por mi columna y mi cuerpo se tensa involuntariamente ante ese sonido.

Su voz no se ha alzado lo más mínimo, apenas se podría calificar como susurro y, sin embargo, me ha puesto todos los pelos de punta. Ha sido igual que escuchar el suave ronroneo de un tigre justo antes de que se abalance sobre su presa y la descuartice con los dientes.

Me incorporo, lo miro y mi aliento se atasca.

Su rostro es la mezcla perfecta de belleza y muerte.

Su gesto está calmado, pero su mirada tiene escrita la palabra “violencia”.

Hay frialdad en esa llamarada azul que habita en los abismos de sus ojos y, al mismo tiempo, una ferocidad capaz de reducir el mundo a cenizas en segundos.

En estos momentos agradezco inmensamente saber que el pajarraco tiene una fijación extraña conmigo y me aprecia a su manera, o me habría hecho pis encima.

Me arrastra para acercarme más a él y suelta mi mano para poder sostener mi rostro.

—Kaya, te juro que no pienso permitir que nadie te haga daño nunca más.

Dejo que la intensidad salvaje de su promesa me devore. Que la furia que veo en él entre en mí y embista sin piedad las sombras que me atormentan. Me permito creer que eso es verdad, que con él aquí, estoy a salvo otra vez. Las aristas de mi corazón se suavizan.

—Te juro que voy a encontrar a ese desgraciado y le voy a obligar a vomitar sus propios intestinos —me cuenta con fervor.

«Adiós suavidad»—. Y cuando estén todos desparramados por el suelo, voy a bailar sobre ellos hasta que no sean más que un charco pestilente —prosigue.

«Ay, Dios». Me mareo—. Y después trenzaré una soga con sus tripas y lo ahorcaré con ella.

Lo ahorcaré tan fuerte que se le estallarán los ojos igual que dos uvas maduras. Y luego…

—¡Me cago en la rana Gustavo!

Lucho por liberarme y apartarme de él antes de que no pueda contener más las arcadas y le vomite encima.

—Kaya, ¿qué te pasa? —se asusta él.

—¡Tú! ¡Tú me pasas! —La primera arcada llega.

—¿Qué he hecho?

—Decir unas cerdadas de lo más insoportables, eso has hecho. —Ahí viene la segunda náusea—. ¡Qué asco, joder! ¡Tripas! ¡Ojos! —Y aquí está la tercera. Ya tengo la Santa Trinidad del vómito. Por alguna razón que no comprendo, el muy memo se ríe—. Yo no le veo la gracia —siseo.

—Entiendo… —Se lleva una mano a la barbilla y se queda pensativo—.

El problema son las vísceras, no te opones a la tortura y a la muerte, ¿cierto?

—Estoy demasiado ocupada intentando que no sean mis tripas las que acaben desparramadas por el suelo, así que no respondo y él interpreta mi silencio como le viene en gana—.

Perfecto. Entonces, solo tengo que buscar una forma de hacerlo sufrir sin que tú tengas que ver sus interiores —sonríe, y yo me temo lo peor—.

¡Podemos obligarlo a comerse un kilo de culiandro y que se ahogue con las pompas! —exclama entusiasmado.

Es idiota. Pero idiota de verdad . Tiene unos instintos asesinos bastante preocupantes.

Es pegajoso. Intenso. Más dramático que un husky.

Se ha cargado mi secadora. Por su culpa, no voy a tener que volver a comprar estropajos hasta que me jubile.

Ha saltado por el balcón conmigo en brazos.

Secuestró una gallina y la dejó como pago en un restaurante…

Debería odiarlo. Echarlo de mi vida. Sin embargo, lo que hago es apoyar mi frente en su hombro, agarrarme a su brazo como si fuese un cojín y echarme a reír hasta que me duele la cara y el estómago me da punzadas.

A veces ser tan cabeza hueca tiene sus pequeñas ventajas. Ser capaz de hacer reír a Kaya es una de ellas.

Su risa es como un arroyo de montaña que baja con las primeras aguas tras el deshielo. Limpia, pura, sonora, armoniosa y llena de vida. Es un sonido que me inunda de felicidad y que estoy dispuesto a proteger a cualquier precio.

Me deleito escuchándola, sintiendo la leve presión de su frente en mi hombro y la tibieza que su cuerpo transmite a mi brazo. Es la segunda vez que ella ha tomado la iniciativa y me ha abrazado primero.

Toda esta semana ha sido muy dolorosa. Lo que ha pasado esta noche ha sido terrible. Y lo que me ha contado ella ha abierto una herida sangrante en mi alma. A pesar de todo, el calvario ha merecido la pena.

Volvería a caminar descalzo por esta senda de vidrios rotos si me conduce hasta este momento en el que ella se siente al fin lo suficientemente liberada como para reír en paz.

Cuando las carcajadas empiezan a extinguirse y estoy seguro de que ella ya puede oírme por encima de sus propias risas, digo:

—Ya veo que la idea del culiandro te entusiasma tanto como a mí.

Un segundo torrente de risas fluye libre.

—¿Quieres dejar de decir esa palabra? —me ruega, de forma entrecortada y sin parar de reír.

—¿Cuál? ¿Entusiasma? —inquiero, y ella niega enérgicamente contra mi hombro—. ¿Idea?

—Eres lo peor —se ríe, e inspira profundamente para intentar serenarse—. Se dice cilantro.

—Acabas de repetir lo mismo que estaba diciendo yo. —Me encojo de hombros como buenamente puedo, dado que ella sigue colgada de mi brazo. Cosa de la que no me voy a quejar, por mí, como si quiere quedarse a vivir ahí.

—Eres un descarado.

—¿Por descarado te refieres a que tengo un encanto desbordante?

—Me refiero a que no tienes vergüenza ni decencia —se ríe, y me da un manotazo, uno ridículamente flojo. No mataría ni a una mosca con eso. No podría ni doblar una brizna de hierba tierna.

Ahora el que se ríe soy yo porque me parece adorable que sea así de beligerante y pendenciera cuando su poder de ataque es comparable al de un diente de león. Aunque también es verdad que su verdadera fortaleza reside en otro lugar, no en el plano físico.

Al escucharme reír, ella por fin alza la cabeza.

Sus párpados están hinchados y levemente enrojecidos, igual que su nariz.

Con la humedad, el halo verde de sus iris es más visible que nunca.

Su gesto me dice que está exhausta, aun así, está sonriendo.

Después de todo lo que ha sucedido esta noche, está sonriendo. Y por eso es más fuerte que nadie.

Estoy a punto de sugerirle que se vaya a dormir, y ella se me adelanta y toma la palabra.

—Muchas gracias…, Karasuhito.

Kaya agacha los ojos, mil rosas florecen en sus mejillas y se muerde un poco el labio de abajo.

Un meteoro cae del cielo e impacta derecho contra mi corazón. «Madre mía… Sí que es adorable», me maravillo.

Es la cosa más adorable que he visto en toda mi vida. Un terremoto de sensaciones demasiado intensas se apodera de mi cuerpo y, por un segundo, me asusto porque al final lo mismo me la como de verdad. Así de adorable se ve.

«¿Y por qué no puedo dejar de decir “adorable”? Parezco bobo».

Mucho me temo que estoy perdiendo la razón, así que, para no hacer o decir alguna estupidez, la cojo, la giro sin esfuerzo, la subo a mi regazo y la recuesto sobre mi pecho.

En esta postura no puedo verla, ni a ella ni a su adorabilidad .

Ni siquiera sé si esa palabra existe. Es muy probable que no, pero ahora eso es lo de menos.

Lo primordial es no comerme a Kaya porque eso sería algo espantoso .

«Que huela como un postre no significa que ella sea comida», me recuerdo.

—No tienes que darme las gracias por nada. Tú eres lo único que importa y estoy aquí para ti en todos los sentidos —afirmo mientras la acuno.

Ella no me responde. Se limita a agarrarse a la parte delantera de mi ropa con una mano y a colar la otra por debajo de mi brazo para rodear mi costado y afianzarse en su nuevo sitio. Me alegra muchísimo ver que no le molesta estar así, tan próxima a mí.

Este momento me transporta a otra vida, una en la que nosotros pasábamos cada noche de este modo. Las emociones que acompañan a esos recuerdos son tan abrumadoras que me pierdo en ellas y para cuando me doy cuenta, ha transcurrido mucho tiempo.

No quiero soltarla, sin embargo, sé que ella necesita descansar después de un día tan agotador. Y ella es lo más importante. Más que mi propia satisfacción personal o mi deseo de seguir a su lado.

—Kaya, ¿no quieres ir a la cama?

No me responde. Tampoco se mueve. Sin embargo, sé que no está dormida porque su respiración carece de la profundidad cadenciosa que acompaña al sueño.

Me inclino para mirarla. Seguramente ella no se ha dado cuenta, pero la he visto cerrar los ojos a toda prisa al sentir mi movimiento. Se me escapa una sonrisa.

—¿Estás dormida? —susurro, aunque ya sé la respuesta a esa pregunta.

Ella permanece totalmente inmóvil entre mis brazos con los ojos cerrados. Mi sonrisa se ensancha. «Supongo que podemos seguir así un ratito más». Yo desde luego no tengo ningún problema con eso.

Alargo un brazo, alcanzo la manta y la cubro con ella para que esté más cómoda.

Luego me aparto un poco del respaldo del sofá para tener algo de espacio y extiendo las alas.

Es una suerte que no me haya quitado la camiseta que ya estaba rota.

Nos envuelvo a ambos creando un capullo de plumas a nuestro alrededor y me vuelvo a recostar.

Sigo meciéndola y después de un buen rato ella deja de fingir y se queda dormida de verdad. Cuando llega la mañana, el sol nos encuentra así, en el sofá y abrazados para protegernos mutuamente de los malos pensamientos.