Capítulo 17 - Sabor a glaciar noruego
Espero en silencio, incapaz de levantar la vista de mis propios pies, a que él me responda. A que me diga si me perdona o no.
Tal vez lo más inteligente habría sido dejarlo correr, no recordarle las mil formas en las que la he cagado ni hurgar más en la herida. Sin embargo, siento que entonces habría vuelto a ser injusta con él.
Es importante que el Cuervo comprenda que lo que yo he hecho está mal.
No quiero que le quite importancia al dolor que le he causado, o que se limite a ignorar las terribles consecuencias que mis actos podían haber tenido si él no llega a estar hecho a prueba de bombas como una cucaracha.
Una cucaracha estúpidamente dulce, sensible y atractiva.
«¿No se supone que es un demonio? ¿No tendría que ser malvado y asqueroso?
», me enfado de forma totalmente irracional, porque es lo que hago cuando me pongo nerviosa, me vuelvo una enajenada incapaz de pensar coherentemente.
Creo que ha quedado demostrado durante esta semana con mi pequeño arrebato homicida.
—Kaya… —Todo mi cuerpo se tensa al escuchar su voz—. ¿Puedes mirarme, por favor?
—Puedo.
El silencio se prolonga entre nosotros.
—¿Y planeas hacerlo próximamente? —se ríe.
—Sí —mascullo entre dientes, muerta de la vergüenza.
—¿Estás segura? —insiste, cuando pasa un minuto entero y yo sigo con los ojos clavados en mis pies—. Si no, voy preparando el té, o el desayuno, o la cena del fin de los tiempos mientras esperamos —bromea.
«Será… hijo de un huevo». Suavizo el insulto porque ya la he cagado demasiado con él, tengo que esforzarme por tratarlo mejor. Por tratarlo como se merece y dejar de ser una gruñona que vive permanentemente a la defensiva y en guerra.
A lo mejor lo de preparar el té no era broma porque su sombra se desliza por el suelo, se está alejando de mí. Una descarga súbita pone en marcha mis músculos. Mi cabeza se alza y mi mano lo sujeta de la camiseta rota.
—Mira, ahí estás —sonríe, y aparta el mechón de pelo que me cruzaba la cara y lo coloca detrás de mi oreja.
Sus fríos dedos rozan ese delicado punto entre el cuello y la oreja y otra descarga me recorre el cuerpo, pero esta es muy distinta de la anterior. Me acaloro de golpe. Para evitar pensar en cosas que no debo, intento reconducir la conversación.
—¿Me perdonas o no? —musito con un tono terriblemente infantil.
—Verás, como me has repetido tantas veces que esto era importante, lo he estado meditando bien —comenta.
Mi estómago se encoge de angustia. «¿Y si no me perdona?
»—. Y he decidido que te perdono, con una condición —añade, y se inclina hacia mí.
Su comisura derecha emprende el vuelo y le da un aspecto pícaro.
—¿Qué…? ¿Qué condición? —farfullo. Esa sonrisa está friendo las pocas neuronas que siguen en pie en mi cabeza tras la hecatombe de esta noche.
—Pídeme a mí que te perdone.
«¿Cómo que se lo pida a él?». Igual sí que me he quedado idiota de verdad, porque no entiendo nada.
—¿Cómo que a ti? ¿Con quién coño te crees que me llevo disculpando todo este rato? ¿Con el cucharón de la cocina? —le increpo de malas maneras.
«¡Muy bien, Kaya!», me felicito con sarcasmo, porque lo de tratarlo mejor y no ser una cascarrabias se me está dando de maravilla , oye.
El mentecato del emplumado tiene la desfachatez de reírse en mi cara como si aquí yo fuese la loca diciendo disparates (que también lo soy), y no él.
—Igual no me he expresado bien…
—Qué novedad —le corto, y su sonrisa se ensancha.
—Pídeme perdón y añade mi nombre al final de la pregunta.
«¿Ya estamos otra vez con lo del nombre?», maldigo.
En serio, no sé por qué está haciendo una montaña con todo este asunto, solo es un puñetero nombre (y uno jodidamente largo, si se me permite decirlo). Tampoco sé por qué lo estoy haciendo yo. O tal vez sí lo sé, y me da vergüenza admitirlo.
Hasta ahora había evitado llamarlo por su nombre porque eso suponía un muro invisible entre él y yo. Una barrera. Mi último escudo para mantener cierta distancia con el Cuervo y protegerme por si acaso las cosas iban mal.
Y después de todo lo que ha pasado hoy, mi mente me ha jugado una mala pasada y en medio del torbellino de estrés y culpa, he bajado la guardia y se me ha escapado. Aunque eso no es lo verdaderamente malo.
Al decir su nombre, el sonido se ha deslizado por mi lengua con ansia, como si llevase mil vidas esperando para llamarlo, y ha dejado una caricia tibia en mis labios que se han quedado anhelando más. Y eso me preocupa y me asusta a partes iguales.
Por eso prefiero seguir llamándolo Cuervo, emplumado, pajarraco, memo o tarugo. Tarugo no es un mal nombre, tiene su encanto. Tiene personalidad. O majadero. Majadero tiene una musicalidad estupenda. Y todas esas son opciones más cortas y sencillas que su nombre original. Así todos salimos ganando.
Pero aquí mi amigo el intenso se niega a verlo y se ha empeñado en amargarme la existencia obligándome a decir su nombre.
—¿Y bien? —me interroga, cuando pasan los segundos y yo permanezco callada.
—Pídeme otra cosa.
—No, no, no. Esto no funciona así —sonríe con diversión—.
Tú me has preguntado si te perdonaba, y lo haré siempre y cuando me lo pidas añadiendo mi nombre a la frase.
No estoy exigiendo tanto, considerando que casi me muero tres veces.
—Se lleva la mano al pecho con gesto afectado y enarca ambas cejas.
Me dan ganas de ponerle los ojos en blanco, pero me contengo.
—Tú mismo has reconocido que eres casi inmortal, así que pídeme otra cosa. —«A otro con el cuento, pajarraco teatrero»—. Lo que sea, menos eso.
De repente el muy hijo de… fruta me pone pucheros. Un demonio. ¡Pucheros! Un demonio. ¡A mí! «¿Veis como sí tenía motivos para creer que soy la reencarnación de Hitler o que estoy maldita? Porque es imposible que esto le pase a nadie normal».
—Vaya… Yo pensaba que estabas arrepentida por lo que había pasado. Pero si no puedes hacer algo tan sencillo como decir mi nombre… Igual es que en el fondo no te importa.
La vena del ojo empieza a palpitarme.
—Calla.
—Con lo mal que lo he pasado estos días… —dice con tono lastimero. Sus ojos se redondean y sus labios se fruncen aún más. No debería ser posible parecer así de sexy mientras se exhibe un comportamiento tan patético, joder.
—Que te calles, dramático.
—Mi pobre corazoncito no podrá soportar más desaires…
—Basta.
—Ay, ¡cuánto sufro! —Se lleva la mano a la frente y alza la vista al techo.
—Al final te mato de verdad —siseo.
—¡Y todavía me duele la tripita después de comerme esa sopa con culiandro!
—Te va a doler más cuando te obligue a comerte la olla de la sopa.
—Y mis ojitos aún lloran de vez en cuando por culpa del intesticida. —Finge que se seca una lágrima. Ya no sé si intenta hacerme reír o despertar mi ira homicida otra vez.
—Yo sí que te voy a hacer llorar…
—¡Claro! ¡Porque no quieres decir mi nombre! —me acusa—. Y yo soy incapaz de soportar más tu desdén. Me iré a mi rinconcito a llorar en silencio para no molestarte con mi indigna presencia y me acariciaré solito las plumitas para consolarme porque sufro taaaaanto…
—¡¡Me cago en los grumitos del Cola Cao!! —estallo finalmente—. ¡Ya vale, ¿no?!
—Pues di mi nombre. —Se inclina sobre mí y hay un desafío silencioso en sus ojos. También sonríe con una suficiencia que me dan ganas de agarrarle del plumón y borrarle esa estúpida sonrisa de la cara solo Dios sabe cómo—. No hace falta ni que te disculpes. Solo di mi nombre.
Estoy rechinando tanto los dientes que me voy a partir una muela a este paso y eso no me conviene nada porque, si no pude pagar el arreglo de la secadora, desde luego no podré pagar el copago del dentista.
—Tarugo —mascullo.
—Kaya…
—Mentecato.
—Ese no es mi…
—Merluzo.
—Si vas a…
—Zopenco.
—Ay, ¡qué penita doy! —vocifera—. ¡Pobrecito de mí!
—Botarate.
—¡Mi pobre corazoncito roto de dolor! ¡No podré vivir así! ¡Me voy a morir! ¡Que alguien busque a un enterrador porque la pena me va a matar!
—¡¡JODER!!
—Ese tampoco es —se ríe.
—¡Karasuhito! ¡Karasuhito! ¡Karasuhito! —Lo repito tan rápido que la última vez se me traba la lengua; sin embargo, a él parece importarle tres pepinos.
Estalla en carcajadas de júbilo, me coge en brazos y empezamos a girar por el salón en medio de sus risas desbocadas.
No me queda más remedio que agarrarme fuerte a él y soltar un grito bajo y sostenido mientras no paramos de dar vueltas a una velocidad imposible.
En medio del borrón de luces y formas, de repente veo una sombra de ébano que nos rodea y empezamos a ascender. Este loco ha sacado las alas y está a punto de limpiar las telarañas de la lámpara con las plumas de su cogote.
«¿Por qué es así?», me pregunto ofuscada. «Solo he dicho su puñetero nombre. ¿Por qué las cosas más insignificantes le provocan esta alegría desbordante y, en cierto modo, contagiosa? ¿Por qué me trata como si yo fuese una especie de milagro para él? ¿Por qué?». No lo entiendo.
Y tampoco creo que esta sea la noche indicada para analizarlo en profundidad. Mi cerebro está tan embotado que, si alguien me pregunta ahora mismo cuánto es dos más dos, lo mismo le respondo: coliflor.
Cuando el colega se aburre de revolotear como una polilla gigante cerca de mi lámpara, aterrizamos y damos un par de vueltas más. Para cuando me deja en el suelo, estoy más mareada que después de montar en la montaña rusa y por poco me caigo de culo.
Por supuesto, él me sostiene y me da los segundos necesarios para que mi cabeza deje de girar sin rumbo por el hiperespacio.
Mi vista por fin se enfoca… «¡Dios! ¡Las gafas de sol! ¡Que me quedo ciega!». El amanecer ha estallado dentro de mi salón. Dejando al margen el hecho de que se me han derretido las córneas, lo cierto es que verlo sonreír así me hace feliz a mí también.
He extrañado esa sonrisa durante la última semana. He añorado bromear con él, sus problemas con la lengua moderna, su aura de cachorrillo excitado, sus atenciones… Hasta he echado de menos su comida con pinta de diarrea de gato, pero que no sabe nada mal.
—Gracias, Kaya. —Me acaricia el rostro y su mano se pierde en mi melena, en dirección a mi nuca.
Supongo que, si algo tan simple como decir su nombre logra que él sea así de feliz, igual no me importa seguir haciéndolo; aunque ni yo misma entienda las sensaciones que me provoca pronunciar esa palabra: alegría, nostalgia, anhelo…
Para no seguir dándole vueltas a algo que no me va a conducir a ningún lado, encarrilo la conversación.
—Entonces, ¿me perdonas?
—Nunca ha habido nada que perdonar, pero si te quedas más tranquila de este modo, sí, te perdono.
Me dispongo a darle las gracias, y las palabras se secan en mi garganta cuando él se inclina y aproxima lentamente su rostro al mío.
Mi estómago está a punto de abandonar mi cuerpo por una oreja porque ahora mismo yo tengo la boca cosida por la impresión.
«¿Qué está haciendo? ¿No irá a…?». Está a punto de darme una embolia. O un infarto. O el síndrome del ojo seco, yo qué sé… Solo sé que esto no puede estar pasando. Él no puede besarme. No. Triple no. Rotundamente no.
Esta noche he estado a punto de vomitar en múltiples ocasiones y no me he lavado los dientes después de eso. Seguro que hay restos de bilis en mi lengua y… «¡Pero ¿qué coño estoy pensando?!».
El problema aquí no es si mi boca sabe a alcantarilla o a menta ártica, a glaciar noruego, al iceberg que hundió el Titanic o a cualquier otro sabor imposible de esos que ponen en los dentífricos. El problema es que no podemos besarnos.
Él está tan cerca que siento el aire que exhala acariciando mis labios y las notas a fósforo quemado van saturando mi olfato. La fragancia resulta terriblemente embriagadora y mi cerebro empieza a hacer aguas.
«¡No! Da igual que su aroma me atraiga. O que de pronto sienta curiosidad por saber si su boca también tendrá ese matiz ahumado.
O que sus pestañas sean tan largas que pueda abanicarme con ellas en verano.
He dicho que no podemos besarnos. Y punto.
¡Punto! Porque es punto…, ¿verdad? ¿O tal vez sea una coma? ».
Estoy perdiendo el juicio. Claro que no puedo besarlo.
Tengo que apartarme. El problema es que el traidor de mi cuerpo ha decidido que naranjas de la China, que él se queda donde está y que pase lo que tenga que pasar con esa boca de labios tentadores, esas manos grandes y fuertes, y ese cuerpo lleno de músculos y piel de seda blanca.
Su nariz roza la mía y cierro los ojos en expectación al beso que está a punto de ocurrir, pero que yo no quiero que ocurra. No quiero. Lo juro. «¡Mentira cochina!».
Tras un segundo eterno, sus labios se posan en… mi mejilla. De la impresión, abro los ojos de golpe. Este idiota me acaba de besar en la cara. «¿Y por qué le llamo idiota? ¿Y por qué estoy enfadada y tengo ganas de gritar?». No hay quien me entienda, en serio.
Él se retira, nuestros ojos se encuentran y mi piel se incendia. No es lo único que se calienta, la ternura que veo en su mirada caldea mi alma y por poco la derrite y la hace fluir fuera de mi cuerpo a través de mis ojos.
El Cuervo se mueve, pero no se aparta, simplemente dirige su rostro hacia arriba a la vez que me empuja suavemente de la nuca y deposita otro beso delicado en mi frente.
La gentileza de sus gestos me conmueve profundamente. Y cuando me besa la otra mejilla y por último la nariz, a duras penas consigo contener las gotas que penden de mis pestañas. Este despliegue de cariño termina con un abrazo que correspondo casi con necesidad.
—Al final no te he preparado el té —susurra en mi oído.
—A la mierda con el té —declaro con vehemencia. «Esto es mucho mejor», pienso, y aprieto más fuerte mi cara contra su pecho. Él se ríe de mi exabrupto, como siempre.
—Igual es cierto, ya se ha hecho bastante tarde. ¿Quieres ir a dormir? Seguro que estás agotada. —Me acaricia el pelo.
Sí lo estoy. A pesar de eso, no quiero ir a mi habitación. No quiero estar sola. Me da un poco de miedo después de todo lo que ha pasado porque en los días en los que el pánico es más intenso, las pesadillas también son más aterradoras.
—Estoy bien —miento—. ¿Te…? ¿Te importa si nos quedamos un rato en el sofá?
—Podemos hacer lo que tú quieras.
—Vale. —Mi gratitud puede sentirse en esa única palabra—. Voy a quitarme el abrigo.
Él sonríe y asiente.
Su cuerpo siempre está más frío que el mío, sin embargo, cuando sus brazos me sueltan siento unas espinas de hielo clavarse por todo mi cuerpo. Me maravilla y, al mismo tiempo, me aterra el consuelo tan inmenso que este bobo me brinda.
Llevo todos estos meses intentando mantener en pie mis escudos contra él y, al final, lo que ha pasado es que cuando le he dejado acercarse lo suficiente, él se ha convertido en mi escudo contra la angustia y el dolor.