Capítulo 16 - Miss Idiota 2025 #2
—¡¡No!! —El estallido repentino de su voz me sobresalta—.
Eso no es verdad. He sido yo. Todo ha sido culpa mía.
Por mis experiencias pasadas, a veces me imagino cosas y ese día estaba asustada, muy asustada, y lo acabé pagando contigo.
Te vomité encima todas mis inseguridades y mis miedos, y sin razón porque…
—El llanto la deja muda durante unos instantes—.
Porque desde el principio tú siempre has sido amable y gentil conmigo, te has preocupado de forma sincera por mí, me has cuidado dentro de tus posibilidades, te has esforzado mucho por mí, has estado ahí para apoyarme y consolarme en mis momentos de crisis, siempre intentas hacerme sonreír, ya me habías demostrado que podía confiar en ti…
Y aun así… Aun así, dejé que el miedo se apoderase de mí, que me nublase el juicio y me convirtiese en la peor versión de mí misma.
Te he hecho daño de todas las formas posibles.
He intentado matarte, por amor de Dios… Soy lo peor.
Un monstruo. Me he portado de un modo despreciable contigo y tú no te lo mereces. No te mereces nada de eso, Karasuhito…
Tengo un conflicto interno inmenso ahora mismo. Verla llorar y culparse sin razón me hiere profundamente. Sin embargo, no soy capaz de contener una sonrisa. A duras penas lo consigo con las lágrimas.
Parece que no lo estaba haciendo tan mal, después de todo. Sí que la estoy ayudando a sentirse mejor. Y lo que es más importante, tras seis siglos, sus labios han vuelto a pronunciar mi nombre y es el sonido más dulce y hermoso de cuantos he oído jamás.
—Dilo otra vez —le ruego, interrumpiéndola.
La confusión le lleva a aflojar los brazos y yo por fin puedo darme la vuelta y mirarla de frente. Necesito contemplar sus bellos ojos mientras dice mi nombre.
—No entiendo a qué… —musita, con el rostro bañado en lágrimas.
—Dilo otra vez, por favor. —El temblor de mi pecho se traslada a mi voz. La emoción es demasiado intensa.
—La culpa de todo es mía…
—Eso no, tonta. —Hago un aspaviento con la mano—. Lo otro. Lo importante. Di mi nombre, por favor.
— Disculpa , pero creo que haber intentado matarte sí es importante —refunfuña de forma airada—. Y no soy tonta. Bueno, sí lo soy. Lo soy y mucho. Y soy perfectamente consciente de ello, así que no necesito más recordatorios, gracias.
En otras circunstancias, su mal carácter me haría gracia, ahora tengo cosas más importantes entre manos.
Cuando ella abre la boca para seguir protestando, coloco mi dedo sobre sus labios para silenciarla. Son tan suaves como los recordaba y una sensación de nervios se enrosca en mi abdomen.
—Kaya, si tengo que suplicarte de rodillas, lo haré —le advierto, y sus ojos se redondean de forma desmedida—. Pero me gustaría no tener que llegar a eso y poder conservar un mínimo ápice de dignidad, por favor.
—No puedo hablar con tu dedo en mis morros…
—Lo estás haciendo —sonrío; aun así, le hago caso y libero su boca.
—¿De todo lo que te he dicho, eso es lo que más te importa? —Puedo ver el escepticismo ondeando en el mar de sus ojos castaños.
—Me alegra saber que no me odias y que me percibes como una presencia positiva en tu vida —admito—. También me alivia que creas que soy digno de tu confianza porque lo puse en duda cuando no me llamaste cuando esa bestia metálica estaba a punto de…
—Eso fue porque estaba demasiado asustada para decir nada —me interrumpe. La primavera florece en sus mejillas y ella desvía los ojos hacia el suelo—. Sí pensé en ti y quería llamarte…, pero estaba totalmente paralizada. No fui capaz ni de gritar, menos aún de articular palabras.
La dicha que me produce su confesión es indescriptible. Acaricio su melena y apoyo un segundo mi frente en su cabeza, a la vez que dejo escapar un suspiro que arrastra consigo toda la desesperación de los últimos días.
—Puedo entender eso —la tranquilizo—. Y siento no haberme dado cuenta antes de que algo así te podía haber sucedido. Gracias por habérmelo contado. —Me incorporo y le sonrío.
—Eso sigue sin ser lo importante. Lo importante es que me he portado como una bruja contigo. He atentado contra tu vida. ¿Es que te da igual?
Me encojo de hombros.
—Soy casi inmortal. Lo que tú has hecho no ha supuesto ningún riesgo real para mí, así que no veo dónde está el problema.
Mi contestación es correspondida con un bufido iracundo. Algo dentro de mí se activa, una señal de peligro. Kaya está a escasos segundos de intentar asesinarme de nuevo, lo presiento.
—¡Claro que es un problema! Deberías estar furioso conmigo —me reprocha—. De hecho, antes lo he visto en tu cara. Cuando te he empujado por el balcón, estabas enfadado.
—Estaba enfadado —reconozco—, pero no porque me hubieses empujado a mí, sino porque casi te caes tú también.
—¿El qué? —De la impresión, se le descuelga la boca.
—Me da igual lo que me hagas a mí, siempre y cuando no te arriesgues tú en el proceso. Cosa que ha pasado antes en la terraza. Y también pasó con la niebla esa… con el… infesticida…
Se le escapa una risa que sofoca inmediatamente con las manos.
—Perdón —se disculpa—. Eso ha estado totalmente fuera de lugar. Esto es serio. —Se le escapa otra risa—. Perdón… Es que… —Se ríe otra vez—. Es que eres muy tonto a veces…
«Primero se ríe de mí y ahora me insulta… Qué bien». Cuando hago algo mal, acepto las consecuencias. Sin embargo, no creo haber hecho nada para merecerme ese ataque y mi ego se acaba de resentir un poquito .
—Te recuerdo que hace menos de un minuto te has ofendido porque yo te he dicho la misma palabra —replico.
—Cierto —asiente—. Déjame que rectifique: es que eres muy memo a veces.
—Una chispa de descaro brilla en sus ojos y a mí se me olvida por qué estaba molesto, dónde estoy o cómo se respira—.
Y aprecio tu preocupación por mí, pero eso no quiere decir que deba darte igual lo que yo te haga.
Eso no está bien. Si alguien no te trata bien, no debes conformarte con eso ni aceptarlo sin más.
Yo… —Traga con demasiada fuerza, se ha tenido que hacer daño en la garganta—.
Yo lo sé bien. Lo aprendí por las malas.
—La fragancia de la angustia flota entre nosotros—.
Tú también eres importante. Tu vida es importante.
Y como he dicho antes, no te mereces nada de lo que yo he hecho; por eso, ¿me perdonas, por favor?
Agacha la mirada, se sonroja, agarra el bajo de su abrigo y retuerce la tela sin piedad. Parece realmente nerviosa, apenada y arrepentida.
Sigo sin comprender la necesidad de que me pida perdón. Es cierto que esta semana ha sido complicada y ha habido momentos en los que me he sentido desolado, eso no lo negaré. Sin embargo, no creo que sea su culpa.
Si alguien la ha herido y condicionado para reaccionar de esa forma, para creer que necesita llegar a esos extremos para defenderse y protegerse… Eso no es su culpa. Y es evidente que le han hecho mucho daño considerando todo lo que ha pasado hoy.
No se merece que le reprochen nada o que la castiguen más cuando ya lo está pasando suficientemente mal y está arrepentida.
Lo que necesita es que alguien la acepte con sus pedazos rotos, sus filos, sus cicatrices y toda la oscuridad que habita en ella.
Alguien que le demuestre que puede vivir con orgullo y caminar con la cabeza alta porque ella no ha hecho nada malo, y que no es una mala persona, sino una superviviente.
Alguien que se quede con ella y la ayude a sanar, pero sin presionarla.
Porque no todas las heridas curan. No todos los miedos se olvidan.
Y no pasa nada. Eso no cambia quién es ella de verdad ni reduce su valía en nada.
Y yo quiero ser ese alguien. Quiero darle todo lo que necesita y, al parecer, lo que necesita en estos momentos es mi perdón.
Algo que no tengo ni que pensar porque no estoy enfadado con ella, al revés, solo puedo estar agradecido por las cosas que me acaba de decir: que confía en mí, que soy de ayuda, que valora mis esfuerzos por mejorar, que mi vida importa…
Solo hay algo que la muy puñetera se resiste a decirme. Mi nombre.
Una idea se ilumina en mi cabeza y se me escapa una sonrisa un tanto perversa. Recordemos que, aunque el amor me ha convertido en un ñoño blandito y un tanto patético, soy un demonio después de todo.