Capítulo 16 - Miss Idiota 2025
—¿Ya te sientes mejor? —me pregunta él, abrazándome con más fuerza.
—Sí. Ya estoy más tranquila… —Hago una pausa porque la vergüenza está empezando a pesar demasiado en mi pecho.
Vergüenza por las cosas horribles que le he hecho y por cómo se ha portado él conmigo.
Aun así, me obligo a hablar porque necesito decirle esto—: Gracias por quedarte conmigo y por cuidar de mí.
—No se merecen. Si por mí fuese, me quedaría contigo hasta el momento en que tu alma regresase al cielo. E incluso entonces te seguiría gustoso.
«¡Qué bien! Ya tengo de vuelta al intensito», pienso mientras toda mi sangre se queda estancada en mi cara. Aunque si está diciendo estas cursiladas es porque se siente mejor, cosa que me alivia bastante .
Su mejilla se apoya en mi cabeza y quedo totalmente envuelta por él. En ese momento reparo en que él va vestido solo con una camiseta y hace tanto frío aquí arriba que, si me pusiese a llorar, caerían copos de nieve.
—Si quieres, podemos volver ya —sugiero. Me gustaría poder admirar la belleza del paisaje un poco más, pero no puedo ser egoísta. Ya me he comportado lo suficientemente mal con él como para ganarme veinte pases directos al infierno sin colas ni esperas—. Seguro que tienes frío.
—¿Tú tienes frío?
—Estoy bien. Sin embargo, tú solo llevas una camiseta.
—No debes preocuparte por mí. Yo estaré bien siempre que pueda estar contigo.
«Intensito a la enésima potencia». Aunque pongo los ojos en blanco, en el fondo estoy reprimiendo una sonrisa.
Alguien debería venir y entregarme ya mi corona y mi ramo de Miss Idiota 2025 porque, a pesar de todo lo que ha pasado entre nosotros esta semana, sus disparates me siguen haciendo un poco feliz.
Solo un poquito. Una mijita de nada. Una pizca.
Menos que una mota de polvo. «Spoiler: eso es… ¡¡mentira!!».
—Además —añade, y una sonrisa torcida aparece en su cara—, te tengo a ti para combatir el frío.
—¿Perdona? —me extraño. No sé qué quiere decir con eso.
—Eres blandita y calentita, ¿recuerdas?
«La madre que lo… Ah, no, espera… Que no tenía madre». Como no puedo cagarme en su familia inexistente, decido volcar mi ira en él.
—¡Y tú eres un memo y un pegajoso!
El pajarraco suelta una carcajada justo antes de achucharme con demasiada fuerza.
—He echado muchísimo de menos hablar contigo… Y abrazarte… Cuando volvamos a casa, ¿me explicarás qué hice mal para poder disculparme en condiciones y no cometer el mismo error de nuevo, por favor? No quiero hacerte daño nunca más.
Algo agrio se apodera de mi paladar al mismo tiempo que una soga se enrosca con fuerza alrededor de mi estómago.
Sí que tenemos que hablar. Necesito aclarar qué pasó, por qué me mintió y me estuvo siguiendo porque, a pesar de que hizo algo mal, cada vez tengo más claro que no pudo ser con mala intención, que esto no es comparable a lo de Ethan.
Y yo también necesito disculparme por unas cuantas cosas como, por ejemplo, el pequeño e insignificante detalle de haber intentado matarlo tres veces. No una, ni dos, sino tres. Tres . «Soy una persona despreciable», me lamento.
—Sí, hablaremos al llegar a casa —contesto.
Ante mis ojos sucede un milagro, el sol se alza en mitad de la noche y eclipsa la luna cuando él sonríe de la forma más radiante que he visto en mi vida.
Nos ponemos en movimiento y esta vez no cierro los ojos. El Cuervo planea lentamente sin dejar de sonreír, parece genuinamente contento. Puede que haya extrañado poder volar el tiempo que lleva aquí.
Navegamos por la noche, nos acercamos a las estrellas, atravesamos nubes, sobrevolamos el Estrecho de Puget y la zona oriental del Bosque Olympus, trazamos círculos sobre el mar de luces que es Seattle, alcanzamos la reserva natural de Evans Creek donde se nos unen numerosas aves…
Esto es como un cuento. Como una de esas novelas de fantasía que adoro. Me siento como Harry Potter, solo que en lugar de tener el palo de una escoba incrustado en el culo, voy en brazos de un hombre que esta noche ha hecho una de las cosas más bonitas que nadie ha hecho nunca por mí.
Para cuando aterrizamos de nuevo en mi terraza, yo tengo el cuerpo levemente entumecido por el frío, pero una agradable calidez acaricia mi corazón.
El Cuervo me deposita en el suelo. Una parte de mí casi esperaba que cruzase el umbral del balcón conmigo en brazos. «Ves, soy idiota. Idiota a más no poder». Él camina de espaldas un par de pasos y, mirándome a los ojos, extiende una mano en mi dirección, invitándome a seguirlo.
No comprendo muy bien qué hace, aun así, acepto el gesto. Poso mi mano en la suya y doy un paso. Su sonrisa se ensancha de un modo que no debería ser ni posible.
—La mujer más fuerte y valiente del mundo —comenta, dejándome pasmada.
—¿Qué?
—Ya te lo dije, si después de caer eres capaz de ponerte en pie y seguir caminando, eres la persona más fuerte y valiente de este mundo. Y tú lo eres, Kaya. No lo olvides nunca.
Se lleva mi mano a los labios y deposita un suave beso sobre mi piel. El gesto me enternece, pero son sus palabras las que por poco me hacen llorar otra vez.
«No soy fuerte ni valiente, solo soy una persona horrenda que te juzgó sin molestarse en escuchar tus razones y que te ha hecho cosas horribles toda esta semana». Y a pesar de eso, él sigue aquí, haciendo todo lo posible para animarme y que yo no me hunda.
La presión de mi pecho vuelve a aumentar y tengo que agachar la cabeza porque mirar esos ojos oscuros llenos de dulzura es más de lo que puedo soportar.
—¿Quieres que prepare té para que entres en calor? —me pregunta con toda naturalidad, como si no acabase de hacer algo increíblemente hermoso.
—Sí, un té estaría bien, gracias —miento. Realmente, el té me importa una leche frita, pero necesito unos segundos para recomponerme de todo esto y buscar la mejor manera de enfocar la conversación que debemos tener.
Sus pies giran, él me suelta la mano y se dirige al interior de la casa. Solo entonces me permito alzar la vista y me topo con su espalda. Su ropa está totalmente desgarrada y cuelga como jirones de trapos viejos. Es exactamente lo mismo que pasó el día del camión.
«¿Se ha chocado con algo?», me asusto. No lo creo. Yo no lo he visto, al menos. A no ser que cuando lo he tirado por el balcón sí haya llegado a golpearse con el suelo. Mi angustia se dispara.
—¿Qué le ha pasado a tu ropa? Está destrozada.
Él se detiene y observa por encima del hombro los restos de su camiseta que se mecen con el viento.
—Ah… —Pone cara de disculpa—. Es lo que pasa cuando extiendo las alas sin quitarme la ropa antes. Siento mucho haber roto otra prenda más de las que compraste para mí.
—Eso es lo de menos —respondo, aliviada de saber que no se ha hecho daño como le pasó el día del…
«Espera… Ese día sí estaba sangrando del hombro, pero su espalda estaba ilesa y su ropa estaba exactamente igual que ahora».
Una inquietud inmensa se apodera de mí—.
El día del hielo y el camión, ¿qué estabas haciendo antes de venir en mi ayuda?
—le interrogo a bocajarro. A la mierda lo de buscar la mejor forma de enfocar la conversación.
—Estaba recogiendo la ropa tendida porque se había puesto a nevar —me cuenta, y entra dentro de casa.
El balcón. Su ropa rota. Las alas… «Madre mía». Me llevo las manos a la cara. Él no me estaba siguiendo por la calle, de lo contrario no habría podido extender las alas sin que todo el mundo lo viese. Estaba en el balcón y voló desde aquí para ayudarme.
No tengo ni idea de cómo supo que yo estaba en peligro, aun así, tengo la seguridad de que eso es lo que pasó.
Él no me mintió. No había salido de casa en todos estos meses.
Seguramente antes estaba feliz no por volar, sino por estar fuera, porque lleva encerrado todo este tiempo.
No me estaba siguiendo. No me estaba vigilando ni acosando.
Yo me asusté por culpa de ese encapuchado y luego volqué toda mi paranoia y mis traumas en el Cuervo.
Lo acusé injustamente. No le di la oportunidad de explicarse o de defenderse.
Durante toda esta semana, he sido horriblemente cruel y él se ha limitado a aceptar cada desprecio, cada desplante y cada ataque con una sonrisa triste mientras se culpaba de lo ocurrido. Y la única culpable aquí soy yo.
Y a pesar de todo eso, de lo mal que me he portado y lo despreciable que he sido, esta noche él… Mis ojos se inundan. «Sí que me merezco esa maldita corona de Miss Idiota 2025. Y la de los próximos veinte años también, ya que estamos».
Mis pasos se sienten más ligeros que nunca y no puedo contener la sonrisa de mi rostro.
Kaya me habla de nuevo. Me ha dejado abrazarla.
He podido consolarla y ayudarla a sentirse mejor.
Incluso hemos volado juntos otra vez. Ha sido hermoso.
Y por fin ha accedido a explicarme qué hice mal. Es imposible no estar feliz.
Estoy casi llegando a la isla de la cocina cuando escucho la puerta del balcón y unos pasos apresurados. «La pobre se estaría congelan…». Mis pensamientos se interrumpen de golpe porque un cuerpo impacta contra mi espalda.
Dos brazos me rodean y se cierran con fuerza alrededor de mi pecho. Me asusto al no comprender qué ha pasado en estos segundos para que ella esté llorando de nuevo y se haya arrojado así encima de mí.
—Kaya, ¿qué ocurre? ¿Te has asustado de algo? —Intento girarme, pero su agarre es férreo.
—Perdona —solloza—. Lo siento muchísimo. Perdóname…
Soy consciente de que no soy el demonio más listo del universo, y debo ser incluso más tonto de lo que yo pensaba porque de verdad que no entiendo nada de lo que está pasando aquí.
—¿Por qué te disculpas tú? Si tú no has hecho nada malo. Fui yo el que te hizo daño y…